¿Por qué viajo en moto por el mundo?

Y ¿por qué no? La moto me lleva a todas partes, hay caminos para llegar a cualquier lugar del mundo y aunque no usé jamás un GPS, siempre encontré mi rumbo hablando con la gente en el camino.

Viajo en moto porque me gusta. Prefiero ver el mundo (sus bellezas y miserias),  a través del visor de mi casco y no de una pantalla inteligente. Despacito, a mi ritmo y sin más plan que rodar libre por donde la moto deje.

dsc_0217

Kawasaki Versys 650. Lista para llevarme a Alaska.

Respiré el polvo del desierto de Atacama en Chile, trepé a 10 kilómetros por hora las alturas nevadas de los Andes peruanos, mojé mis pies en el océano Pacífico en Ecuador y toda Centroamérica, atravesé viñedos interminables por la rutas mendocinas en Argentina y bebí aguardiente con los indios de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia y mezcal casero con los Mixtecas en Oaxaca, México. Y a todas partes me llevó una moto.

nieve-en-la-moto

Quillcaccasa, Perú. 4120 msnm. Poderosa Honda V-Men 125cc.

Los filósofos nos aconsejan, en los millones de memes que habitan en la red, que salgamos a vivir con alegría y pasión porque solo hay una vida. Viajar me hace feliz y hacerlo en moto me apasiona.

En este espacio encontrará las crónicas de mis viajes por Suramérica en la Honda V-Men 125cc, moto de cilindraje pequeño pero de una fuerza inquebrantable que me trajo de Buenos Aires hasta Bogotá en una marcha épica por montañas remotas, desiertos asfixiantes, playas llenas de vida y personas inolvidables.

El 26 de marzo de 2017 salí desde la capital colombiana en la Kawasaki Versys 650cc rumbo al norte de nuestro continente americano. Destino: Alaska e intermedias. Nos vemos en la ruta!

XXVIII. A Las Vegas en moto y los hippies alaskeños.

Llevábamos tres días tratando de conquistar las nieves perpetuas de los 5330 metros sobre el nivel del mar del Ritacuba Blanco, una imponente montaña ubicada en la Sierra nevada de Güicán/Cocuy, el glaciar más grande de Colombia, cuando mi hija Catalina hizo una alto en la escalada para recuperar energías tomando agua y comiendo un suave y dulce bocadillo veleño hecho de guayaba y mucho azúcar.

Yo caminaba apenas un metro delante de ella con todo el equipo en mi espalda, sufriendo los rigores del cansancio, los -3º C. de temperatura, la falta de oxígeno a esa altura y disfrutando al mismo tiempo del paisaje impresionante que se aprecia desde las cumbres nevadas de Los Andes.

-“¿La próxima vez vamos de vacaciones un lugar calientico?”, preguntó Cata con un hilo de voz en medio del desierto helado.

-“El más caliente que se pueda hija”. Respondí añorando la suave caricia de la brisa veraniega en alguna playa, para luego tomar un corto sorbo de agua fría de la cantina verde militar que me acompaña en todos mis viajes de aventura.

IMG-20140415-00266

Escalar Los Andes con mi hija: Felicidad pura.

IMG-20130326-00666

Esa conversación vino a mi mente mientras cruzaba a toda velocidad el desierto de Mojave en mi camino de California a Nevada, rumbo a Las Vegas. Manejaba a Esmeralda casi en piloto automático por las largas y bien pavimentadas carreteras gringas mientras mis recuerdos me llevaban a las montañas junto a mi hija a quien podía ver claramente con su rompevientos naranja hablándome desde aquel lejano nevado en mi patria.

Cuando salí del rancho Cucamonga, pasadas las 11:30am, el termómetro marcaba 38,7º C. a la sombra y el sol radiante en lo alto anunciaba que subiría aún más. Ese día recorrí 371 kilómetros en menos de 3 horas por una ruta casi toda recta y rápida, que ofrecía unas pocas curvas suaves y nada de sombra.

Por alguna razón que nunca supe, todas las áreas de descanso de la Interestatal 15 al norte estaban cerradas y solo descansé una vez al parar por gasolina en el poblado de Baker, en plena Mojave Freeway  a 43º C. Para que la moto y yo soportáramos los rigores del desierto solo había una fórmula que aplicar: velocidad.

Dormirse en la moto a 140kms/h.

Los últimos 100 kilómetros antes de llegar a Las Vegas fueron de una lucha constante contra el sueño. Para evitar hundirme en los tiernos brazos de Morfeo y caer contra la dura realidad del asfalto, desarrollé una técnica que consiste en cantar lo más fuerte y desafinado posible con la visera del casco cerrada para sentir la música a todo volumen.

Pero claro como soy periodista y por algunos años, que recuerdo con cariño, viví de mi voz trabajando en emisoras de radio y haciendo de locutor en comerciales de cuanto producto existiera en el planeta, fundé Radio Helmet, una emisora unipersonal dedicada a no dejarme dormir en las rutas sin curvas del oeste norteamericano.

-“Buenas tardes y bienvenidos a la sintonía de Radio Helmet. Hoy transmitiendo desde el cálido desierto de Mojave en Estados Unidos, conduciendo a más de 140 kilómetros por hora sobre la siempre fiel Esmeralda, una Kawasaki Versys de 650 centímetros cúbicos que aguanta de todo!”.

Así comenzaba la transmisión de mí para mí, un solo locutor, un solo oyente y por supuesto un solo cantante.

-“ Bright light city gonna set my soul
Gonna set my soul on fire
Got a whole lot of money that’s ready to burn,
So get those stakes up higher
There’s a thousand pretty women waitin’ out there
And they’re all livin’ devil may care
And I’m just the devil with love to spare
Viva Las Vegas, viva Las Vegas!!!”.

Imaginaba que cantaba como el rey Elvis, pero no.

-“Acabamos de escuchar Viva Las Vegas, interpretada por Gerardo Soto, más conocido en el ambiente artístico como El Motonauta, a propósito de su próximo arribo a la ciudad del pecado que calculo será en menos de 40 minutos si la policía no lo detiene por exceso de velocidad”, decía para mí mismo con la voz romántica de los locutores de los años 90.

Así seguí cantando como Tom Jones, Axl Rose, James Hetfield, Carlos Vives y hasta como Antonio Aguilar. Parece cosa de locos, pero Radio Helmet salvó mi vida cada vez que el sueño se apoderaba de mí en las rutas rectas y calientes.

-“ Yo soy el aventurero 
El mundo me importa poco 
Cuando una mujer me gusta 
Me gusta a pesar de todo

Me gustan las altas y 
las chaparritas, las flacas y gordas 
y las chiquititas, solteras 
y viudas y divorciaditas 
me encantan las chatas 
de caras bonitas…  Interrumpimos esta transmisión de Radio Helmet porque acaba aparecer ante mis ojos la ciudad de Las Vegas! Llegamos Esmeralda!!!”.

20170612_201255

El lujo y los excesos están a la orden del día en esta ciudad que nunca duerme.

KM. 22746. La Ciudad del Pecado.

Reservé una cama en un hostel con piscina y estacionamiento privado a buen precio en la Fremont Street en pleno Downtown de la ciudad. Guardé la moto, tomé una ducha, me cambié de ropa y como era de esperarse salí a ver con mis propios ojos lo que por décadas había visto en cine y televisión por cable.

Por su cercanía a mi lugar de alojamiento decidí ir primero a vivir la Fremont Street Experience, uno de los espectáculos gratuitos más reconocidos de la ciudad en el que se pueden encontrar conciertos, luces multicolores, desnudistas en topless, cantantes urbanos, cerveza helada, comida por montones y por supuesto, docenas de casinos.

En esta calle de la zona antigua de Las Vegas, la primera en ser pavimentada en toda la ciudad,  se levantaron los primeros casinos y hoteles y por muchos años fue la calle repleta de luces de neón que más apareció en escenas de películas, series y documentales.

20170612_231321

Actualmente una pantalla/bóveda de más de 27 metros de altura, con cerca de 12,5 millones de bombillas led y 220 altavoces (550.000 vatios de sonido envolvente), cubre las 5 cuadras principales de la Fremont Street en la que cada noche se presenta un espectáculo de música y luces que reúne a cientos de turistas de todas partes del mundo.

Recorrí unos siete casinos esa noche. Cada uno con bares deslumbrantes, restaurantes con comidas del mundo, espectáculos internacionales de todo tipo y prostitutas de civil que ofrecían sus servicios en voz baja, con un delicado acento sureño, en las barras de los bares o junto a las máquinas tragamonedas sin llamar la atención del personal de seguridad. Volví a dormir al hostel más de 12 horas después de haber salido.

Al día siguiente pensé en salir en la moto a dar vueltas por la ciudad pero la fuerte resaca me lo impidió. Luego de una ducha fría y un almuerzo abundante pasé la tarde junto a la piscina del alojamiento refrescándome con cerveza helada para la sed bajo un sol que castigaba los ojos y la piel en medio de un cielo azul perfecto en el que ni por error se asomaba una nube pasajera.

Los alaskeños.

Mientras mataba la resaca, una pareja de gringos muy rubios y de piel muy bronceada, que alguna vez fue blanca, se acercó a mi empuñando un par de Bud Light que a la vista parecían cervezas de comercial con cientos de gotas de rocío de variados tamaños rodando sobre la lata azul escarchada.

Ivalu, una mujer alta y delgada de no más de 30 años, me habló primero, en inglés pero con un acento que hasta ahora no había oído jamás.

-“¿Tomas una cerveza con nosotros?”, preguntó la rubia mientras alargaba su brazo para entregarme una de las Bud helada. Acepté de inmediato.

El pequeño bikini dejaba ver una buena colección de tatuajes multicolores esparcidos por su cuerpo cobrizo. Tribales, flores y hasta un pez koi adornaban su atractiva figura.

Detrás llegó su hermano Nilak, apenas dos años menor que Ivalu, cargando una pequeña hielera en la que más tarde descubriría varias cervezas más.

-“¡El motociclista colombiano!”, saludó Nilak en el mismo extraño acento, mientras estrechaba mi mano.

Los hermanos habían llegado la tarde anterior en una vieja camioneta Ford F100 de los años 80 y habían estacionado junto a Esmeralda. Al ver la placa de la moto, averiguaron sobre mí en la recepción del hostel y ya estaban informados que yo aparecía esporádicamente con mi cara de náufrago a tomar una cerveza  antes de salir a dar vueltas por la ciudad.

Nacidos y criados en Alaska, los hermanos Fisher eran hijos de una pareja de hippies californianos  que se fueron a buscar suerte en las heladas tierras del norte a comienzos de los años 90 y nunca más regresaron a lo que consideraban “las sociedades decadentes de su pasado”.

Pero sus hijos no pensaban igual y estaban recorriendo Canadá y Estados Unidos hacía casi dos años, de los cuales le habían dedicado poco más de un año a California y sus playas cálidas sobre el Pacífico. La F100 era la misma camioneta con que la sus padres habían salido de Santa Cruz, California, rumbo a  Alaska y ahora querían ir en ella a México para aventurarse luego hasta Centroamérica, por lo que no podían desperdiciar la oportunidad de hablar con un viajero que venía de aquellos rumbos.

Hostel Fremont Street

Este es el hostel de la calle Fremont, perfecto para mochileros en moto, carro, bicicleta o a pie.  (1322 Fremont St, Las Vegas.)

Ya en la sombra, Ivalu se quitó sus lentes de sol y dejó al descubierto los ojos más azules que haya visto en mi vida. Los de su hermano eran iguales pero no le lucían como a ella.

Cerveza en mano, les narré lo mejor que pude mis experiencias en la belleza mágica del México lindo que me tocó vivir, describí con detalle las playas hermosas del Pacífico panameño, los extensos y verdes bosques de Costa Rica, la tranquilidad del golfo de Fonseca en El Salvador, la majestuosidad de los volcanes en Nicaragua y la riqueza arqueológica de Guatemala.

-“What about the security?”, preguntó Nilak intrigado con su acento, que ahora sabía era alaskeño.

-“Don’t drive your car at night and don’t go where you have not been invited. The world is less dangerous than they have told us”, dije con mi voz de galán de telenovela colombiana para tranquilizar a la pareja que ya comenzaba a soñar con Latinoamérica.

Más tarde me contaron que en la lengua de los esquimales Inuit,  ‘Ivalu’ significa Unión y que ella se llamaba así porque gracias a que su madre quedó embarazada de ella, sus padres se tuvieron casar. Dos años después nació Nilak, que significa algo así como ‘agua fresca que viene del hielo’. Según los hermanos, sus padres escogieron ese nombre porque concibieron al pobre Nilak luego de una noche de copas en la que bebieron mucho whisky con hielo.

No paré de reír en una hora.

The Strip /La Franja.

18 de los 25 hoteles más grandes del mundo están en el Boulevard Las Vegas, también conocido como el Strip de la ciudad del pecado. Un franja de 6,5 kilómetros de larga que alberga nombres tan famosos como Bellagio, Caesars Palace, Flamingo, Mirage, Venetian, MGM, Tropicana, Luxor y Mandalay Bay, entre otros y que deslumbra por su derroche de lujo, luces y millares de turistas que la recorren de noche y de día.

Una vez más la madrugada me sorprendió deambulando por las calles del salvaje oeste del consumo y los excesos. Tome cerveza en el Flamingo, perdí unos dólares en la ruleta del Bellagio, comí el famoso plato de langosta y bistec de Tony Roma’s en el Fremont Hotel y recorrí cada casino que apareció en películas como Ocean’s 11, Diamonds are Forever (James Bond), Con Air, Rain Man y Hangover.

En Las Vegas la realidad supera ampliamente la ficción. Eso si no vi nada de la violencia que se puede apreciar en películas como Leaving Las Vegas o Casino de Martin Scorsese. Al contrario, es una ciudad que ama al turista y su dinero sin importar que, como era mi caso, pareciera un náufrago recién rescatado luego de varios meses perdido en alta mar.

Dormí hasta pasado el mediodía en la habitación del hostel en la que casi siempre estuve solo a pesar de que había señales de que por lo menos otra de las cuatro camas estaba ocupada.

Cerca de las tres de la tarde, en medio de un calor soporífero, estaba listo para regresar a California. Antes de salir busqué a los hermanos alaskeños, pero no estaban aunque la Ford F100 seguía junto a mi moto. Les dejé un par de autoadhesivos de El Motonauta y me dispuse a preparar a Esmeralda para el viaje.

Como ya conocía la ruta y sabía que en máximo tres horas estaría de regreso en el Rancho Cucamonga, me tomé la vuelta con calma. Un último paseo por el alucinante Boulevard Las Vegas y acelerador a fondo para cubrir 371 kilómetros volando sobre la Highway I.15, ahora al sur.

20170613_144003

No podía faltar esta foto.

Una vez más la imagen de mi hija en la nieve me recordaba que cuando hacía frío quería calor y que ahora que lo tenía quería frío. La eterna inconformidad del ser humano con lo que tiene, siempre anhelando algo más.

Dicen que la felicidad solo es completa si es compartida: Estaba recorriendo el mundo en moto, haciendo los sueños realidad, pero mientras rodaba por la autopista que atraviesa el desierto de Mojave sentía la necesidad de estar con mi hija en aquella montaña nevada de Los Andes Colombianos.

-“Buenas tardes y bienvenidos a la sintonía de Radio Helmet…”.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXVII. Perdido en Los Ángeles.

KM. 22375. Los Ángeles, California.

Llegué  a Hollywood cerca de las 3 de la tarde, pero no porque así lo quisiera, en realidad estaba perdido en Los Ángeles, sur de California, hacía ya un par de horas.

Ese día quería ir al observatorio Griffith, ubicado en el parque urbano más grande  de los Estados Unidos, y cada vez que enfilaba la trompa de Esmeralda hacia la colina en la que está el edificio científico, tomaba un camino equivocado o se me atravesaba una autopista de la que a duras penas lograba salir para luego regresar al punto de partida y estar más perdido que al comienzo.

No llevo un GPS para mis viajes y el celular, en el que eventualmente uso la aplicación MAPS ME para ubicarme a la entrada y salida de las grandes ciudades, acababa de caerse de la moto a más de 120 kilómetros por hora. Aunque lo rescaté del duro asfalto sobre el cual cayó, sobra decir que solo pude recoger pedazos de variados tamaños del aparato en el cual tenía varias docenas de fotos de mi paso por Centroamérica y México. Lo bueno es que logré recuperar la Sim Card intacta.

20170610_100105_Film1

Así quedó el pobre celular. Además del golpe le pasaron por encima varios autos a toda velocidad antes de poder rescatarlo del asfalto. 

Perdido como estaba en una ciudad de más de cuatro millones de habitantes (18 millones si se suman las personas que viven en los condados vecinos de Riverside, Ventura, Orange y San Bernardino y que trabajan o tienen negocios en L.A.), decidí buscar un estacionamiento en el cual dejar la moto segura y caminar por ahí en busca de un nuevo teléfono celular que me sirviera para lo que faltaba del viaje hasta Alaska.

Para las fotos fijas de los lugares impresionantes con paisajes únicos, uso una Nikon Réflex 5100, para los videos que se pueden ver en el canal de YouTube El Motonauta, tengo una cámara de acción Contour Roam 2 HD, casi indestructible que pongo en el casco o en cualquier lugar del chasis de la moto y para todo lo demás uso la cámara del celular, así que era importante reponer el aparato estrellado contra cálido suelo californiano.

En uno de esos giros inesperados, mientras iba al norte cuando tenía que estar conduciendo hacia el sur, encontré un estacionamiento que anunciaba un precio de 8 dólares por 4 horas de parqueo si se consumían productos del comercio cercano.

Dejé la moto en ese lugar y ahí mismo me cambié de ropa y me puse zapatos deportivos para caminar por lo que pensaba era un centro comercial en el que tal vez podría encontrar un nuevo celular.

Cual sería mi sorpresa cuando al salir del ascensor que me subió desde el parqueadero subterráneo hasta el primer piso, me encontré en medio de las instalaciones del Teatro Dolby, en el que se entregan los premios Oscar de la Academia de Ciencias Cinematográficas. No era un centro comercial, por lo menos no como los que yo conocía.

 

Salí a la calle a sentir los agradables 24º C. de la ciudad y mi primer paso fuera fue justo sobre el Paseo de la Fama, una acera que se extiende a todo lo largo del Hollywood Boulevard cubierta con más de 2500 estrellas con los nombres de famosos a los cuales la Cámara de Comercio de la ciudad honra por sus contribuciones al desarrollo de las industrias del cine, la televisión, el teatro, la música y la radio.

20170609_185621

Aquí la estrellita de uno de mis directores preferidos. Paseo de la Fama, Hollywood, California.

-“A tomar fotos para Facebook”, me dijo una voz pantallera en mi cabeza.

Pero no tenía con qué tomarlas! Así que levanté la cabeza para buscar un local en el cual comprar un celular nuevo. Pero nada. El Teatro Chino y el Museo de cera de Madame Tussauds a la izquierda y una tienda de regalos de la película La La Land a la derecha.

Estaba parado sobre la estrella de Mel Gibson, frente a la famosa pagoda del Teatro Chino en Hollywood, con un sol maravilloso iluminando el día y no tenía una camarita para inmortalizar el momento así que decidí volver al estacionamiento para sacar de las maletas de la moto la Nikon 5100, lo que solucionaba el tema de las fotos emblemáticas, pero ¿y las selfies pal face?

Los Super Héroes al rescate.

Caminando por el Paseo de la Fama se puede uno encontrar con Superman y Batman compartiendo una Diet Coke sobre la estrella de Jackie Chan o Quentin Tarantino, con la Mujer Maravilla hablando de las cosas de la vida con su viejo amigo Thor hijo de Odín, y al doctor Bruce Banner a medio transformar en Hulk, sentado a la sombra del Hard Rock Café esperando a que algún entusiasta de los comics se acerque a tomarse una foto con él.

En el Paseo de la fama Marvel, DC Comics y El MotoNauta pertenecen al mismo universo.

Le pregunté a un hondureño disfrazado de Iron Man por un lugar para comprar barato un celular y me dijo que le preguntara a Mickey Mouse, una joven mexicana muy amable que estaba unos metros más adelante disfrazada del tierno ratoncito. Mickey me dio las indicaciones para llegar a un centro comercial pequeño a unas cinco cuadras de ahí en el que vendían de todo y en el que su marido panameño  me indicaría el lugar exacto en el cual conseguir lo que quería.

A estas alturas del viaje ya había descubierto que la gente buena es mayoría en el mundo. Si esto me pasa viajando de turista en avión mi primer sentimiento habría sido de desconfianza y creyendo que me querían robar no habría aceptado ir cinco cuadras abajo a comprar un celular. Pero como soy aventurero en moto, si fui.

Roberto, un panameño hablador y feliz de vivir en Estados Unidos hace más de 15 años, atendía un local de recuerdos de cine y alertado por su esposa vía mensaje de texto me estaba esperando para llevarme hasta el puesto de don Alejandro, un hombre mayor, alto y delgado de cabello muy blanco y piel morena que vendía celulares y variados accesorios para enviar dinero a su casa en Jalisco, México. Compré el celular y volví al Paseo de la Fama a agradecerle a Mickey Mouse por la ayuda.

El teléfono coreano, con una cámara decente que pagué a muy buen precio, resultó de muy buena calidad y todavía me acompaña en estos días. Nadie me quiso cobrar propinas por la ayuda, ni quisieron engañarme, solo gente buena ayudando mientras se buscan una vida mejor lejos de su patria.

El Master Chef.

Terminado el completo paseo por el centro vital de la industria cinematográfica norteamericana consulté el mapa de California, que muy amablemente me dejó descargar don Alejandro en mi nuevo teléfono celular, para encontrar la salida de la ciudad a la Highway 10 hacia el sur, camino para volver a la casa del chef Carlos Michaud en Fontana, a menos de una hora de Los Ángeles y donde me estaba quedando gracias a los buenos oficios de Hugo Coto, el motociclista Boliviano que conocí en el ferry de Mazatlán a La Baja California en México.

Coto, quien ya me llevaba una ventaja considerable, pasó por la casa de Carlos dos semanas antes y ahora estaba en Seattle a dos horas de la frontera canadiense, listo para recorrer en su moto el país en el que comienza la emblemática Alaska Highway con la que todos los motociclistas viajeros soñamos.

Mantuve contacto con el amigo boliviano por whatsapp y gracias a eso ahora estaba alojado en la casa del chef Michaud, un motociclista alegre y buena gente que hace ya varias décadas dejó su Perú natal para convertirse en uno de los mejores cocineros del sur de California luego de estudiar varios años en el afamado Le Cordon Blue College of Culinary Arts.

Michaud

Descansando en casa del chef Michaud.

 

Hacía dos días que había hecho el cruce de la frontera de Tijuana a San Diego y sin parar en esta última, seguí derecho a Fontana donde me esperaba Carlos con buenos consejos sobre las rutas norteamericanas, cama y comida calientes y una animada charla sobre las ventajas de vivir rodando en moto. En sus tiempos libres el Master Chef deja atrás las delicias que produce en la cocina y se dedica a su pasión: rodar en moto libre como el viento.

Por su consejo fui a conocer El Chaparral Motors Sports, la tienda de motociclismo más grande de Estados Unidos ubicada en San Bernardino, apenas a 20 kilómetros de mi hogar de paso. Allí me surtí de los elementos de abrigo que me hacían falta para lo que faltaba del viaje a Alaska y le cambié la rueda trasera a la moto por una bellísima Shinko coreana que más adelante probaría su valor.

Compré esta poderosa llanta Shinko en Los Ángeles pensando en los caminos de tierra, lodo y grava suelta que me esperaban en los territorios del norte de Canadá y por supuesto en las duras carreteras de Alaska. Para probarla cruzé el caluroso Valle de la Muerte en el desierto de Mojave (con una parada técnica de tres días en Las Vegas para rehidratarme) y luego regresé a L.A. para tomar la ruta del Pacífico al norte por toda California y Oregon hasta llegar a Seattle. Atravecé la bellísima British Columbia hasta adentrarme en lo más profundo del Yukon, entré a Alaska en medio de lluvias torrenciales y crucé el Ártico con ella, para finalmente llegar hasta el famoso campamento de Dead Horse al final de la Dalton Highway. Para no hacer largo el cuento, regresé a Colombia rodando casi por el mismo camino y hasta aquí me trajo la Shinko sin una sola pinchadura. Hoy, 36000 kilómetros después de haberla estrenado en California, la estoy cambiando por una doble propósito de la misma marca Coreana y creo que todavía le quedaba algo de vida útil. #ElMotoNauta #kawasakilovers #shinkotires #AlaskaenMoto #lonerider #rideordie #kawasakiversys650 @kawasaki_colombia #DaltonHighway #AlaskaHighway

A post shared by Ariel Gerardo Soto H (@elmotonauta77) on

Pero antes de seguir al norte hice un pequeño desvío de 300 kilómetros al este para visitar la ciudad del pecado.

Leaving Las Vegas.

La familia de mi amigo y colega periodista Nicolás Abrew hace algunos años vive en California y de manera generosa me ofrecieron su casa en el Rancho Cucamonga (así se llama la ciudad),  para pasar unos días, lavar la ropita, descansar y liberar la moto de peso para recorrer tranquilo los 370 kilómetros que separan Cucamonga de Las Vegas.

Desde el día en que vi la única película buena de Nicolas Cage, Leaving  Las Vegas, quería conocer esa sórdida ciudad, la capital misma del pecado, el sueño americano, la meca del capitalismo salvaje, las apuestas desmedidas y el consumo sin control, y ahora era la oportunidad perfecta.

La señora Nubia, madre de Nicolás (Abrew, no Cage), prepara deliciosos platos que recuerdan los sabores de la comida colombiana que hacía más de cuatro meses no probaba y las amenas charlas con Manuel Abrew padre de Nicolás, Carolina (hermana del colega periodista), y Ronny su esposo (de Carolina no de Nicolás), me hicieron sentir como en casa. En casa colombiana!

20170610_195843_Film3

Familia Abrew-Huayhua en pleno recibiendo a El Motonauta en el Rancho Cucamonga.

Dos días de mimos familiares después, salí del Rancho Cucamonga directo hacia Nevada, dispuesto a atravesar el desierto conocido como el Death Valley (Valle de la Muerte), para luego entregarme a los placeres que brinda la ciudad del pecado.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXVI. De Tijuana a San Diego. La frontera más transitada del planeta.

Las 14 fronteras que había atravesado por tierra, hasta ese momento,  tenían dos puntos de control de pasaportes y documentación de la moto. Uno del lado del país del que se va saliendo y otro del lado de aquel al que se pretende entrar. Así que para mí fue una sorpresa encontrarme de frente con la caseta de migración norteamericana sin antes haber sellado mi salida de México.

Llegué al punto de control luego de menos de una hora de fila al rayo del inclemente sol de verano. Para ser el cruce fronterizo más transitado del planeta (más de 300.000 pasos diarios), me pareció rápido.

-“Cuál es el motivo de su viaje a los Estados Unidos”,  me interrogó en inglés un oficial migratorio, afroamericano como dicen los gringos políticamente correctos, sin salir de su caseta mientras alargaba la mano para que yo le entregara mi pasaporte.

– “Turismo, voy a Alaska en esta moto”, respondí de inmediato, también en inglés,  al tiempo que le entregaba mi pasaporte vigente.

-“¿Tiene visa?”, preguntó el oficial.

-“Por supuesto”, dije mientras le alcanzaba otro pasaporte, el caduco, en el que tenía la visa gringa.

El funcionario comenzó a revisar ambos pasaportes intentando encontrar algo. Una y otra vez le daba vueltas a las hojas de mis documentos de viaje sin pronunciar palabra, solo movía la cabeza de izquierda a derecha en señal de desaprobación.

Pensé que estaba buscando el sello de salida de México, que por supuesto no tenía, por lo que me apresuré a decirle que aún no había hecho ese trámite en el vecino del sur.

-“Todavía no he salido de México oficial, no vi la caseta de migración de ese lado”, dije en tono informativo.

-“¡Estos son los Estados Unidos de Norteamérica!”, dijo el policía subiendo el tono de voz. Me recordó al rey de Esparta interpretado por Gerald Buttler en la película 300, gritando justo antes de enviar a un pozo sin fondo, de un solo patadón en el pecho, a un mensajero del rey rival.

Me devolvió mis pasaportes y me pregunto si ya había estado antes en Estados Unidos a lo que respondí que sí.

-“Muéstreme el sello de entrada”, dijo desafiante.

Sin bajarme de la moto me quité los guantes y procedí a buscar el dichoso sello que un par de años atrás le habían puesto a mi pasaporte viejo en el aeropuerto de Newark. Entre tanta estampa oficial, yo tampoco lo encontré y como el procedimiento ya tardaba mucho apareció otro oficial con cara, apellido y bigote latinos.

-“Buenos días”, saludé en español al oficial Vargas.

-“Aquí se habla inglés”, dijo el recién llegado funcionario, en inglés, claro. “¿Cuál es el problema?, le preguntó a su colega.

-“Quiere entrar al país, dice que va a Alaska en esa moto y que ya estuvo antes en Estados Unidos pero no encuentro el sello de entrada anterior”.

-“¿Mi visita previa no le aparece en su sistema? Tal vez si revisa…”, interrumpí a los policías.

-“¡No me diga cómo hacer mi trabajo!”, respondió exaltado el afroamericano.

-“Aquí no puede entrar en moto señor”, terció Vargas.

-“¿Cómo no?, hace menos de 15 días pasaron dos colegas motociclistas brasileros y uno argentino por aquí. Apenas ayer pasó otro boliviano también en moto”, dije con seguridad.

-“¿Entonces, usted sabe más que yo?”, me increpó Vargas en perfecto español.

-“Pareciera que sí”, afirmé respetuoso, pero mirándolo directo a los ojos.

-“¡Inspección secundaria!”, tronó Vargas visiblemente contrariado.

Another brick in the Wall.

El rancho de la Tía Juana o Ticuan (tortuga), como los indígenas Kumiai llamaban a la ciudad de Tijuana en referencia al Cerro Colorado cuya forma tiene la apariencia del caparazón del lento animalito, se asienta en numerosas colinas, cañones de variada profundidad y una larga línea costera a orillas del Pacífico oculta por una bruma misteriosa en la mañana que lentamente desaparece a medida que el sol calienta sus aguas repletas de surfistas en verano y que termina contra la barrera de contención que los gringos le han impuesto a sus vecinos del sur.

DSC_0184

Miles de migrantes tratan de cruzar el muro cada año tratando de asegurar una vida mejor a sus familias. Algunos lo logran y otros mueren en el intento.

Ese muro fronterizo no es de ahora, ni fue un invento de míster Trump. Su construcción se inició en 1994 en el gobierno de Bill Clinton, ¿lo recuerdan? Era aquel presidente que le daba besitos a sus becarias en el lugar más deseado del mundo: la oficina oval de la Casa Blanca.

En los más de 3000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay muros, vallas y barreras diversas de 1050 kilómetros de extensión. Donde no los hay, existen accidentes geográficos naturales que harían muy difícil construir nuevas barreras artificiales.

Según la Organización Internacional para las Migraciones, durante el primer semestre de 2017 murieron más de 250 migrantes indocumentados tratando de “dar el brinco al otro lado”. Unos ahogados en su intento por cruzar a nado el río Bravo, otros presas de las temperaturas extremas del desierto de Sonora/Arizona y muchos más asesinados por los crueles “coyotes”, traficantes de personas para quienes la vida de los pobres es una mercancía desechable.

En julio de 2017 fueron noticia mundial los 10 indocumentados que murieron asfixiados en Texas y que viajaban hacinados en un camión de carga con más de 100 migrantes de diferentes nacionalidades. Del lado mexicano, en Veracruz otro remolque fue abandonado ese mismo mes con 147 centroamericanos que buscaban llegar a Estados Unidos por “el hueco”. De ellos 48 eran niños. Los coyotes los dejaron encerrados a su suerte sin agua y sin comida a más de 34ºC.

Según la conservadora estadística oficial, de los miles de migrantes que cada año tratan de llegar a Estados Unidos sin papeles en busca del “sueño americano”, mueren en el camino entre 350 y 500 personas, de las cuales el 30% son menores de edad, muchos de ellos viajando solos.

Cada año cerca de 50 millones de personas cruzan de un lado a otro de esta frontera, unos con papeles, otros con cojones. La desesperación es mucha en nuestra América Latina y el castigo por ser un pobre sin visa es la muerte.

La temida inspección secundaria.

 Este procedimiento se aplica a las personas o vehículos sospechosos de cualquier cosa, desde llevar más de lo que dicen en su equipaje, hasta terrorismo. Y ahí estaba yo en una bahía especial para vehículos vigilado por docenas de cámaras, escáneres térmicos y equipos de rayos- x listo a que me inspeccionaran.

Había pasado una media hora de estar esperando con las maletas abiertas de par en par en la bahía a la que había sido conducido por el funcionario afroamericano, cuando llegó una oficial bellísima, uniformada de azul igual que sus colegas de la caseta, pero claramente con más rango por la forma en que todos se dirigían a ella. Alta, de curvas perfectas y cabello negro divinamente anudado con una cola de caballo que se movía de lado a lado con cada paso decidido que daba hacía mí.

-“ Good morning officer”, saludé maravillado a la deslumbrante policía migratoria.

-“Vamos a ver, ¿qué pasó? ¿Por qué lo mandaron acá?”, preguntó la oficial en un español caribeño que puso mi corazón a latir más rápido de lo normal.

Con la mirada fija en sus grandes ojos negros que contrastaban perfecto con su delicada piel blanca, apenas bronceada por el sol de San Diego, le expliqué la escena de la caseta con los dos policías.

En esa media hora esperando al bello brazo de la ley que ahora con gran amabilidad me atendía, había encontrado el sello de entrada por el aeropuerto de Newark que me habían puesto en una visita previa a suelo norteamericano. Se lo mostré y me dijo que no hacía falta. Que en su sistema constaba mi entrada. Plop!

Con su dulce voz me preguntó de nuevo a que venía al país. Le conté que estaba recorriendo todo el continente americano y que iba para el Ártico, a Alaska, a probarle a mi hija que un hombre ordinario puede hacer cosas extraordinarias si se lo propone. Fue la primera vez que vi la sonrisa perfecta de este ángel uniformado.

-“¿Trae más de 10.000 dólares con usted en este momento?”.

-“ No señora”.

-“¿Trae armas o drogas ilegales que pretenda ingresar a los Estados Unidos?”

-“No señora”.

-“¿Tiene la intención de cometer actos terroristas en suelo norteamericano?”.

-“No señora”.

-“¿Cuál es su profesión u oficio?”.

-“ Soy periodista, escribo crónicas de viaje”, respondí señalando la dirección de mi página web estampada en la camiseta.

Vásquez, así se apellidaba la inspectora, ordenó que los perros olfatearan mi equipaje. Superada la prueba canina me pidió que cerrara las maletas y que la acompañara a las oficinas administrativas.

Pensaba en acompañarla hasta el fin del mundo mientras caminaba a su lado rumbo a un edificio gris de metal y cristal espejado. En cuanto cruzamos las puertas del complejo un frío aire artificial refrescó mi humanidad. Vásquez me condujo hasta el cubículo en que dos oficiales muy rubios, el gordo y el flaco, conversaban animadamente sobre motos.

-“¿La tuya es alemana o japonesa?, me preguntó el flaco.

-“Kawasaki, japonesa por supuesto. Ellos hacen las mejores motos para estos viajes”, respondí animado.

-“¡Te lo dije!”, estalló el gordo en una sonora carcajada mientras con su gran mano izquierda asestaba una sonora palmada en la humanidad de su colega, quien a su vez reconoció que se había equivocado, como quien pierde una apuesta. Habían observado todo el procedimiento a través de las cámaras de seguridad.

Revisaron mi visa, mis pasaportes y luego de pagar seis dólares de impuestos, estamparon el sello que me concedía hasta seis meses para completar mi faena hasta el Ártico y salir sin inconvenientes de territorio estadounidense. De la moto no me pidieron ni un papel.

Vásquez me acompañó hasta la moto y mientras caminábamos por el complejo me ofreció disculpas por el tiempo que me habían hecho perder asegurando que Johnson, el afroamericano, era un novato, aprendiendo a hacer su trabajo.

-“No es un problema oficial, si éstas cosas no me pasaran no tendría historias que contar”, respondí con sinceridad.

A partir de ese momento comencé a rodar por la amplias y rápidas autopistas norteamericanas. Apenas 8.000 kilómetros me separaban del campamento petrolero de Dead Horse en el Ártico alaskeño, el punto más al norte del continente al que se puede llegar en moto.

San Diego

Al salir de México y entrar a USA, las autopistas se presentan de inmediato al otro lado del muro. Rápidas y bien hechas permiten avanzar más rápido.

Lo que no sabía en ese momento es que me esperaba una de las experiencias más intensas de mi vida recorriendo la costa oeste norteamericana, conociendo gringos generosos a cada paso y ciudades y parajes alucinantes que nunca se iban a borrar de mi mente.

Para eso se viaja en moto.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXV. La Felicidad tiene nombre de mujer.

KM. 22025. Tijuana, Baja California. México.

La cadena de transmisión de Esmeralda venía sonando duro, forzada, amenazando con reventarse en cualquier momento de lo tiesa, seca y usada que venía, ya no aguantaba más tensión y el aceite lubricante de poco o nada le servía a la maltrecha pieza vital.

Y no era para menos. Al llegar a Tijuana la cadena ya tenía encima más de 30.000 kilómetros de uso, de los cuales cerca de la mitad habían sido rodados en las extremas condiciones que ofrecen las rutas de los Andes colombianos, el accidentado y salado Pacífico centroamericano y los valles, sierras y desiertos mexicanos. En general, la cadena sufría del abuso diario de un viaje en moto por el mundo.

Semanas atrás había comprado, a muy buen precio en Ciudad de México, una cadena DID japonesa que cargaba junto a otros repuestos para cambiarla cuando fuera necesario y ahora lo era. Lo que no sabía en ese momento es que el tan necesario paso por el taller iba a ser postergado varios días más.

A celebrar la vida.

Al llegar a la casa de mi buen amigo Jaime Benavidez en Tijuana, una cerveza helada me esperaba junto al correspondiente abrazo de bienvenida de toda su familia. Su esposa Vero, sus dos hijos Mati y Lio y su hermano Omar me recibieron como uno más del clan en su hogar.

A Jaime lo conocía de la época de la universidad. A comienzos de este siglo, los estudiantes de comunicación social del continente nos dábamos cita cada año en cualquier ciudad de América Latina para atender conferencias, talleres y clases magistrales en congresos académicos que casi siempre terminaban en parranda, noviazgos pasajeros y amistades de por vida.

Aunque nos mantuvimos en contacto gracias a las maravillas de la tecnología moderna como el Facebook y el Whatsapp, llevábamos años de no vernos. Sin embargo eso no impidió que el buen Jaime me celebrara el cumpleaños 40 por todo lo alto con un derroche de generosidad que solo se obsequia a los miembros más queridos de la familia cercana.

Comenzamos suave en el Sótano Suizo, el primer pub con cerveza artesanal propia de Tijuana. Luego llegó la comida, un gigantesco Mamut Dog que básicamente es un perro caliente de 50 centímetros de largo hecho con salchicha húngara picante, queso suizo, mostaza francesa, pico de gallo y cuatro chiles habaneros encima que le dan ese sabor especial a la cocina mexicana.

DSC_0159

Jaime luciendo los colores de la selección Colombia de fútbol mientras se acumulan las cervezas en la mesa. No se desperdició ni una gota.

 

20170820_161135

El famoso y muy sabroso Mamut Dog del Sótano Suizo en Tijuana.

Lo que siguió fue una serie inagotable de cervezas de la casa mezcladas alegremente con historias de viajes inolvidables protagonizadas por personajes del pasado, finamente aderezadas con tragos de tequilas bravos y uno que otro mezcalito oaxaqueño de los buenos, que los muchos amigos de mi anfitrión iban pidiendo en la medida que iban llegando al Sótano Suizo alertados de la llegada de un motociclista colombiano medio loco que estaba de paso por sus tierras.

La fiesta con baile frenético, música a todo volumen, abundante comida y ríos de tequila duró una semana entera de bar en bar, e incluyó tacos de camarón con queso y aguacate, tacos de pescado a la tempura, tacos de birria (carne de borrego o res) bien picantes, tacos con todo tipo de mariscos frescos y los deliciosos tacos al pastor, todo siempre acompañado de cerveza fresca bien helada en un clima templado inmejorable.

DSC_0167

De la entrada no pasé.

Por supuesto que subí de peso una vez más gracias a la cocina “BajaMed” que combina a la perfección la comida típica mexicana con la mediterránea aprovechando los variados ingredientes que se cosechan en la región.

Salto a la fama.

En medio de la celebración otro buen amigo, de esos días de viajes universitarios por nuestra América Latina, se convirtió en mi relacionista público principal. Roberto Clemente, dueño de su propia agencia de comunicaciones, me llevó a aparecer en canales de televisión, periódicos y revistas y a dar charlas en universidades contando mis historias de viajes y la motivación que me impulsaba a rodar en moto libre por el mundo.

Siempre traté de inspirar a más personas a viajar, a liberarse de la rutina y , en ultimas, a cumplir sus sueños más alucinantes. Ahora gracias a Roberto y su agencia Cuatro Comunicación, que me dieron mis 15 minutos de fama en todo el norte de México, tenía esa maravillosa oportunidad de llegar a más gente con ese mensaje que había venido construyendo a lo largo de miles de kilómetros a base de experiencias propias y  reveladoras charlas con otros viajeros:

La felicidad tiene nombre de mujer, se llama Libertad y yo la encontré rodando en moto por el mundo.

DSC_0007

Entrevista para Tv Azteca, uno de los canales más vistos en México.

Fueron unos días muy divertidos en los que me hicieron sentir como en casa. Aunque venido del extranjero, ya era un Tijuanense más. Uno de los responsables de mis correrías por Tijuana fue Omar Benavidez, el hermano de Jaime y ahora mi manager oficial, en cuya camioneta andaba para arriba y para abajo cumpliendo todo tipo de compromisos, mientras Esmeralda reposaba tranquila en el estacionamiento de la casa Benavidez.

Esmeralda! Tantos encuentros con los medios en las mañanas, preparación de conferencias en las tardes y parrandas en las noches, me habían hecho olvidar que Esmeralda necesitaba taller y cariño urgente.

Cambiada la cadena de la moto en el famoso taller de los hermanos Tapia en la avenida Negrete y superada la monumental resaca que me dejó la parranda, me despedí con tristeza de mis amigos, de mi nueva familia mexicana y de la ciudad fronteriza más visitada del mundo.

46 días habían pasado desde aquel 23 de abril en que había entrado a México por su frontera sur, en Chiapas, y ahora estaba haciendo la temida fila para entrar al gigante hermano rubio del norte.

En ese instante en que solo faltaba un auto para llegar a la caseta en la que enseñaría mi visa gringa para pasar al otro lado, me invadió una profunda tristeza por dejar atrás ese país maravilloso que me había dado casi todo con extrema generosidad y bondad.

Miré al sur por última vez antes de acelerar hacia el punto de control migratorio. Una bandera mexicana gigante, visible desde kilómetros de distancia, clavada en la mitad de la tierra de la Tía Juana ondeaba caprichosa al viento, dándome la despedida y al mismo tiempo invitándome a volver.

Gracias México. Si eres lindo y querido.

20170826_160038

Volveré.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXIV. Desierto, tequila y caídas. Mis primeros 40 años.

KM. 19.585. Mazatlán, Estado de Sinaloa. México.

Desperté junto a Esmeralda todavía ebrio de tequila y cerveza en un lavadero de autos en Mazatlán, un bello puerto en el golfo de California en donde las aguas azules del Mar de Cortés se mezclan con las fuertes corrientes del océano Pacífico a lo largo de 80 kilómetros de playas perfectas que le hicieron ganar el nombre a la ciudad de “La Perla del Pacífico”.

Esa mañana cumplía 40 años de vida y la noche anterior la había pasado bebiendo con el Loko Walas y sus muy locos amigos de club de motociclistas Los Cuervos MC que me recibieron con ceviche sinaloense de la mejor calidad y un surtido inagotable de Ballenón Pacífico, una cerveza embotellada en presentación familiar de 1,2 litros para calmar la sed que produce estar a 34ºC de temperatura media en mayo.

 

18698197_10207111163377342_8521949893743067498_n

En primer plano, el Loko Walas.

 

DSC_0037

Ballenón en mano, solo había que empujar la moto hasta el lavadero para guardarla cruzando la calle.

DSC_0039

Amigos nuevos todos los días. Aquí con Los Cuervos MC que me hicieron el aguante del cumpleaños.

 

Tres días antes.

Los días previos a conocer al Loko Walas y su combo, habían sido de paz y tranquilidad en Etzatlán, Jalisco, los dominios Miguel Urista quien, además de famoso motociclista de aventura, es un reconocido odontólogo en México que cada tanto deja la tranquilidad de su hogar para subirse a su KLR 650 cargada con un consultorio móvil para irse a los pueblos más perdidos de su país y así llevarle salud a la gente que no tiene acceso a ella por lo remoto de los parajes en los que viven y por la muy marcada desidia del Estado que azota a toda nuestra América Latina.

Urista atiende gratis y por varios días a quien lo necesite y no se va de un pueblo hasta que no ha empastado la última muela, tratado el último conducto y removido la última caries de la boca de hombres, mujeres y niños sin importar nada más que la vocación de servicio que lo acompaña. Cada quien cambia el mundo a su manera y este hombre es un ejemplo.

En casa del odontólogo pasé tres días comiendo como marihuanero recién bajado de la nube voladora, arreglando un pequeño desperfecto de la moto con la ayuda Juan Sierra, motociclista, mecánico y experto “choriquesero” de Etzatlán y planeando las mejores rutas para cruzar Estados Unidos y Canadá rumbo a Alaska aprovechando que Urista conoce de memoria cada carretera, curva y paraje insólito de nuestro continente americano.

18739170_10154429516745925_2211500670199293407_o

Una buena parte del tiempo que se pasa en un gran viaje se emplea viendo mapas y planeando rutas. Aquí en Etzatlán, casa de Miguel Urista antes de partir a Mazatlán.

18620367_10211291727782032_7215387889527936259_n (1)

Al centro don Jaime Cardenas y de naranja el doctor Urista quien recibe motociclistas de todo el mundo en su casa a cambio de amistad y una buena charla.

Una nueva despedida cargada de emoción y a rodar de nuevo. De camino a Mazatlán me deshidraté una vez más llegando a un pueblito mágico de arquitectura colonial y pescadores de camarones, ciclistas por montones y bellísimas morenas: Escuinapa de Hidalgo. Por fortuna las carreteras de Sinaloa están llenas de todo tipo de comercios en los que por un precio muy bajo se consigue agua fresca y abundante comida de buena calidad.

DSC_0025

La bicicleta es el medio de transporte preferido por los habitantes de Escuinapa.

DSC_0031

Aquí con don Pedro Infante, el motociclista más famoso de Sinaloa.

Hacía tres meses había salido de Bogotá y para el 28 de mayo, día de mi cumpleaños, esperaba estar ya en Alaska pero la belleza natural del camino que estaba recorriendo, la gente buena que estaba conociendo y las miles de historias y lugares imperdibles de los que estaba siendo testigo, inevitablemente me venían retrasando y yo, dejándome llevar siempre por lo que voy sintiendo en la ruta, me fui quedando de buena gana.

KM. 20.085. La Paz, Baja California Sur.

Un almuerzo abundante en comida de mar y mucha agua mineral me dejaron en buenas condiciones para seguir adelante. Los hermanos motociclistas de Los Cuervos me acompañaron hasta el puerto y una vez más tuve que despedirme de buenos amigos recién hechos en la ruta.

La resaca de 12 horas la pasé en el ferry de Mazatlán a La Paz en el que por azar conocí a tres motociclistas brasileros y dos bolivianos que llevaban en la cabeza la misma loca idea que yo de llegar a Alaska en moto. En ese momento no lo sabía, pero de los seis, solo tres llegaríamos a Alaska y apenas dos lograríamos alcanzar, con un mes de diferencia, la meta de llegar al campamento petrolero de Dead Horse en el Ártico norteamericano, la carretera más al norte de nuestro continente.

La travesía por el Mar de Cortés, al que el gran explorador Jacques Cousteau llamó “el acuario del mundo”,  resultó muy animada gracias a las historias que cada viajero contaba sobre su experiencia recorriendo las Américas: lugares paradisiacos por doquier, bellas mujeres en cada país, policías corruptos en todas partes, comidas abundantes en cada esquina, pinchazos en las rutas de todos los tamaños y hermandad motera a diario, fueron los comunes denominadores de cada cuento.

Llegamos a La Paz entrada la mañana del 29 de mayo en medio de un sol radiante que presagiaba una rodada tranquila. Hugo Coto y su esposa, los bolivianos, tomaron rumbo a Los Cabos, mientras yo junto a los brasileros Rudy Gatta y Ricardo Cardoso nos fuimos a buscar un restaurante donde comer un buen pescado. El tercer brasilero desapareció a alta velocidad rumbo al desierto sin despedirse. Luego del almuerzo Rudy y Ricardo siguieron camino al norte mientras yo me quedaba en la ciudad en casa de amigos.

DSC_0041

El ferry entre Mazatlán y La Paz cuesta 124 dólares que incluyen transporte de moto y piloto, la cena y una cómoda silla reclinable para descansar las 12 horas de travesía.

Mi buen amigo y periodista Didier Chica había hecho arreglos para que Esmeralda y yo nos quedáramos a dormir una o dos noches en casa de Mariano y Jacquelinne, su hermano y cuñada, quienes al enterarse de que recién había cumplido 40 años destaparon una botella de buen whisky que descontamos en pocas horas en medio de carcajadas de alegría.

Gracias a la generosidad de los Chica, hice de La Paz mi base de operaciones para rodar sin equipaje por la mítica Ruta 19 que lleva a Todos Santos, el pueblo costero en el que se encuentra el famoso Hotel California de la canción de The Eagles y que termina 160 kms después en el turístico Cabo San Lucas donde un policía de tránsito mexicano me perdonó una multa por estacionar la moto en lugar prohibido, para tomar una foto con el mar azul  y la playa de fondo.

DSC_0077

Wellcome to the Hotel California.

En esta vida viajera cada día se conoce gente maravillosa dispuesta a ayudar a cambio de amistad, por eso dejé con tristeza La Paz luego de despedirme de Mariano y Jacquelinne para enfrentarme a los siguientes 1400 kilómetros de desierto que hay hasta Tijuana, donde me estaba esperando mi gran amigo y casi hermano Jaime Benavidez para la celebración oficial de mis primeros 40 años de vida. Pero la ruta me tenía reservadas aún un par de sorpresas antes de llegar a la tierra de la Tía Juana.

Besar la arena del desierto.

Apenas 100 kilómetros adelante de La Paz, ya en pleno desierto de la Baja, me caí de la moto dos veces en un camino de arena profunda y suelta que servía  como desviación por los trabajos de mantenimiento de las carreteras que cruzan Baja California de sur a norte rumbo a Ensenada.

No me paso nada grave, pero quedé tirado en medio del desierto a casi 40ºC sin ayuda a la vista. Junto a mi pasaron dos camionetas 4×4 y un camión de carga que a pesar de verme luchando por levantar la moto en medio del calor no se detuvieron ayudarme.

Cerca de 20 minutos estuve batallando mientras empleaba todas las técnicas conocidas para poner en píe a la golpeada y pesada Esmeralda sin obtener más resultados que sudar copiosamente para deshidratarme una vez más.

Como saliendo de un espejismo en el horizonte, vi cómo se acercaba un chevy sedan rojo medio viejo a baja velocidad. Al llegar al punto en el que me encontraba, de él se bajaron una canadiense y una pareja de mexicanos. Viajeros que recorren el mundo en ese autito y que al instante reconocieron en mi a un camarada en apuros.

DSC_0111

Esmeralda en el suelo. Primera caída desde que salí de Bogotá, séptima en mi vida como motociclista.

DSC_0114

Siempre hay alguien dispuesto a ayudar. La ruta me puso en el camino de estos buenos samaritanos.

Entre los cuatro levantamos la moto y la echamos a andar, pero el caminito prometía más emoción todavía así que mis nuevos amigos se fueron rodando despacio detrás de mí en caso de que volviera a caer. Y así fue.

La arena caliente estaba muy profunda y aunque Esmeralda estaba calzada con las más finas llantas doble propósito me fui de nuevo al suelo al tratar de remontar una suave duna de arena blanca. Segundo beso al desierto en menos de dos kilómetros.

De nuevo pusimos la moto en vertical, me subí de un salto y le di un arrancón poderoso con el que logré sacarla serpenteando sobre la arena hasta alcanzar terreno más firme unos 600 metros adelante, siempre vigilado por las dos viajeras y el viajero que parecían salidos de una de las viejas películas de Mad Max, el guerrero del camino.

Esa tarde llegué hasta la pequeña ciudad de Santa Rosalía, la segunda población mexicana en tener energía eléctrica después de Ciudad de México gracias a las minas de cobre que fueron explotadas hasta la saciedad en los siglos XIX y XX.

Por apenas 12 dólares conseguí  una habitación decente en un hotel de madera construido al estilo colonial francés, como casi todo el pueblo. La gente del lugar afirma que la iglesia y la sede de gobierno local fueron diseñadas por Gustavo Eiffel cuya obra más célebre es la torre en París que lleva su apellido.

Luego de una noche tranquila arrullado por el lejano sonido de la olas al romper contra la escollera que protege el muelle sobre el Mar de Cortés, retomé la ruta del desierto rumbo a Ensenada. Advertido vía whatsapp por Rudy y Ricardo de la escasez de gasolina en la ruta, los brasileros que ya me llevaban tres  días de ventaja,  traté de conseguir infructuosamente un bidón en el cual transportar un par de galones extra para no quedarme varado en la mitad de la nada.

Al salir de la población de Guerrero Negro, 220 kilómetros después de Santa Rosalía y unos 610 kilómetros antes de Ensenada, un cartel escrito a mano en un trozo de madera confirmaba la advertencia de Ruddy: “Próxima gasolinera a 400 kms”. Sin alternativas tuve que recurrir al ingenio viajero.

En el minisúper de la última estación de gasolina conseguí dos bidones de agua de tres litros cada uno que llené hasta poco antes del tope con combustible regular. Con cuidado los até sobre la maleta que va en el asiento del pasajero de Esmeralda y salí como alma que lleva el diablo a internarme en el desierto solitario.

Aunque los contenedores improvisados se inflaron un poco, resistieron bien el calor abrasador y mis contantes maniobras para esquivar los tremendos hoyos en el asfalto que me acompañaron todo el camino. El depósito de Esmeralda se llena con 19,5 litros de combustible que duran aproximadamente 350 a 380 kilómetros dependiendo de las condiciones de manejo. Mejor prevenir y no quedar tirado por ahí a que me coman los coyotes.

KM. 21.905. Ensenada, Baja California.

Llegué a Ensenada con el sol en la cara casi a las 7 de la tarde (en junio oscurece pasadas las 8:00pm en esa parte del planeta), en medio de un tráfico infernal en el que por poco choco tres veces, dos de la cuales contra la misma camioneta Tacoma negra que cada vez que podía me adelantaba en tramos prohibidos cerrándome el paso en su corrida como si quisiera echar unas carreritas conmigo.

No sé si el conductor de la Tacoma me oyó pero a la segunda embestida le solté una serie irrepetible de groserías de alto calibre con ese acento de ñero colombiano que tan bien se me da y que tanto miedo mete en la series de narcos que inundan la televisión mundial.

¿Recuerdan a Carlos Mac, el argentino pelionero que conocí en Panamá y con quien crucé Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador? Su meta era llegar a la Baja 500, una dura carrera de rally internacional que atrae fanáticos de los autos de todo el mundo, pues Mac lo había logrado.

Nos mantuvimos en contacto todo el camino y ahora me esperaba en un hotel de la ciudad en el que dormí casi 14 horas seguidas, agotado por los 850 kilómetros de desierto que recorrí ese día al rayo de un sol inclemente y a través de paisajes alucinantes que se grabaron en mi mente por su belleza desbordante y salvaje.

DSC_0144

DSC_0148

40ºC a la sombra. Con el detallito de que no hay sombra.

Menos de 100 kilómetros me separaban de Tijuana y su famosa frontera con Estados Unidos, así que los recorrí al día siguiente muy despacio por la vía panorámica para llegar hasta el hogar de mi amigo Jaime. En ese momento no lo sabía pero me esperaba una semana de fiestas, comida y bebida antes de estrellarme contra el muro que divide las dos naciones y que por poco no me dejan cruzar.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXIII. México picante o la gastronomía del viajero.

¿Qué voy a comer hoy?

La verdad es que nunca me hago esa pregunta. Prefiero dejarme sorprender por la comida que la ruta me va presentando cuando me da hambre y así aprovecho para probar los platillos de calles y mercados de cada país. Al salir de Colombia pesaba exactos 92 kilos. Llegando a México por su frontera sur ya había perdido 8 kilos y al salir por Tijuana de la tierra del mariachi y el chile mi peso corporal superaba los 97 kilos que más o menos disimulaba gracias a mis 1,80 metros de estatura.

-“Hay que comer bien cuando se puede. Usted no sabe lo que le espera en el camino”, me decía una voz glotona en mi cabeza.

Mientras tanto devoraba tamales y tacos gigantes en Chiapas, exquisito mole oaxaqueño en Huatulco, generosos ceviches en Sinaloa, tostadas de mariscos enormes en Tijuana, trucha asada recién pescada en Michoacán y quesadillas, tlayudas y enchiladas de todos los tamaños a lo largo de la costa pacífica mexicana, Ciudad de México y Jalisco. Todo aderezado con finos toques de chile picante que al final terminé disfrutando tanto como si hubiera nacido en medio de los extensos cultivos de agave azul del que se destila el famoso tequila.

Me enchilé fuerte en tres ocaciones: en San Cristóbal de las casas con una carne a la tampiqueña deliciosa, en Ciudad de México con un pozole de apariencia inofensiva y en Guadalajara con unos tacos al pastor comprados en la calle. Por supuesto eso no me detuvo y seguí comiendo como si el mundo se acabara mañana.

Subir y bajar de peso en un viaje en moto de larga duración es de lo más normal. Esto sucede por los cambios de comida en cada país que se visita, por los horarios atravesados en los que se toman los alimentos, las altas temperaturas de Centroamérica que deshidratan a cualquiera y las constantes invitaciones de los amigos locales a probar tacos de carnitas, sopes, pozoles, fajitas, burritos, tortas y hasta chapulines, una variedad de insecto colorado que brinca por los verdes campos de la geografía azteca.

Luego viene el enorme esfuerzo físico que supone conducir una moto de 200 kilos cargada hasta las banderas de ropa, herramientas, repuestos, variados accesorios, equipo de acampada y comida en lata para el camino, por varias horas al día, durante muchos días consecutivos. Hay jornadas tan intensas que al final no dan ganas ni de comer. Solo armar la carpa, tomar agua, una barra de Snickers y a dormir.

DSC_1591

Con algo había que bajar la comida y un mezcalito es digestivo.

DSC_1648

Una cervecita antes de subir al Templo de Tepoztecalt.

KM. 18225. Ciudad de México.

Llegué a CDMX con más de dos horas de retraso a casa de mi amiga Ingrid Rueda a quién por supuesto no le había contado por whatsapp del tremendo susto de cinco minutos que me dieron los encapuchados en las carreteras del estado de Guerrero.

En general dejo pasar varias semanas antes de contarle a mi familia y amigos los incidentes desagradables que me pasan en el camino y terminan enterándose de los detalles a través de mis crónicas de viaje. Así no se preocupan innecesariamente por cosas que se solucionaron sin mayores esfuerzos, pero que a la distancia podrían parecer peores de lo que en realidad fueron.

Luego de una ducha refrescante, Ingrid me llevó a comer a Coyoacán. Si, a comer. Nos acompañaron René, su novio, y su bella hija Uma, una niña muy despierta y encantadora de cinco añitos que me daba a probar de todo. Ese día no solo comí los famosos chapulines en tortilla con queso y salsas sino que además probé tacos al pastor, dorados y de carnitas al por mayor.

DSC_1709

Uma Rueda jugando con su nuevo amigo El MotoNauta.

Los siguientes 10 días los pasé disfrutando de la hospitalidad de mis anfitriones, descansando, visitando sitios de interés como cualquier turista, bebiendo diversas variedades de tequila y cerveza nacionales y comiendo las abundantes delicias de la gastronomía mexicana.

Una mañana de sábado luego de una buena fiesta con mariachis en la plaza Garibaldi, René me llevo al mercado Educación, en la zona sur de la ciudad, a probar lo mejores tacos de barbacoa del universo, hechos con carne maciza de borrego. Por supuesto comí más de la cuenta porque “uno nunca sabe lo que le espera en el camino”, pero en México uno sabe que lo que viene es comida y de la buena, en cualquier esquina del país.

Antes de salir de la capital rumbo a ciudad Hidalgo en Michoacán, donde me esperaba la leyenda del motociclismo don Jaime Paz, dejé a Esmeralda tres días en las capaces manos de don Francisco “Chito” Carrillo, otra leyenda del motociclismo mexicano, y su hijo Daniel dueños del mejor y más completo taller de motos en toda CDMX.

En su local de la calle Patriotismo 302 le hicieron un completo servicio a la moto que incluyó cambio de toda clase de fluidos, pastillas de freno y cadena nuevas y reparación de los soportes de las maletas que ya venían con grietas producto del largo viaje por Centroamérica, todo a muy buen precio y con el correspondiente descuento al viajero.

Los Carrillo son una prueba viviente de la solidad de la tribu viajera y más que mecánicos, son motociclistas apasionados dispuestos a ayudar. (¿Dónde voy a dormir esta noche? https://elmotonauta.com/2017/06/15/xvi-solidaridad-la-consigna-de-la-tribu-viajera/ ).

DSC_1665

Daniel (Izq) y don Francisco Carrillo me atienden como un príncipe en su taller. Esmeralda la más agradecida.

Los Viejos Vagos.

Jaime Paz acaba de cumplir 59 años, ha tenido más de 50 motos en su vida y llegó a  Alaska y volvió a su natal Ciudad Hidalgo en apenas cinco semanas a bordo de una BMW 650GS gris sobre cuyo asiento lleva una piel de ovejo que sirve para disipar el calor en las ardientes rutas de la Baja California o calentar el culo en las frías del norte de América.

Jaime Paz Alaska

Jaime Paz el día en que llegó a Alaska apenas 20 días después de haber partido de Michoacán. Voló en su BMW 650GS.

Hace casi siete años, don Jaime rodaba con sus amigos rumbo a Mazatlán, a disfrutar de la famosa semana de la moto, cuando un policía de carreteras los detuvo. Al ser interrogado sobre su ocupación, el motociclista respondió “comerciante”.

Al ver la pinta de don Jaime, que entonces iba en una Yamaha V-Star 1300cc, el agente de la ley le soltó a quema ropa una frase que lo acompañará hasta la tumba: “¡usted lo que es, es un viejo vago!”, y desde entonces así se le conoce al buen don Jaime.

El Viejo Vago me recibió en su casa tres días en los comí como naufrago recién rescatado, pero también rodamos más de 100 kilómetros conociendo los alrededores de su tierra, hablamos de las rutas en Alaska, su pasión por la motos y los años que lleva recorriendo Centro y Norteamérica de extremo a extremo en distintas motos que de solo recordarlas le ponen una sonrisa de oreja a oreja en la cara.

El club de motociclistas que preside está formado por personas de todas las edades, pero son más numerosos los que superan los 55 años  y que comparten con él la imperiosa necesidad de rodar libre por carreteras de asfalto, tierra suelta o barro. Se hacen llamar Los Viejos Vagos Viajeros, por supuesto. Cuando sea grande, quiero ser como ellos.

DSC_1763

Con el Viejo Vago recorriendo pueblitos de Michoacán en busca de trucha fresca para almorzar.

KM. 18895. Guadalajara, Guadalajara.

Si usted ha leído mis crónicas con juicio, ya sabrá que no uso GPS. Voy preguntando por el camino y muy atento a las señales y avisos de la carretera para llegar a mi destino. Sin embargo, cada tanto me pierdo y a veces son perdidas de varios cientos de kilómetros que me llevan a encontrar lugares maravillosos que no estaban en los planes o a conocer gente que de otra forma habría sido imposible cruzarse en el camino.

Saliendo de Ciudad de México me perdí unas dos horas tratando de encontrar la ruta hacia Toluca y en las autopistas de cuota de Michoacán rodé más de 30 kilómetros en dirección opuesta a Guadalajara que era la siguiente ciudad en la que me detendría más de una semana.

La rueda trasera, que se había pinchado más de 1600 kilómetros atrás en Chiapas, de repente estalló faltando menos de 50 kilómetros para llegar a Guadalajara. Por fortuna rodaba despacio y logré controlar la moto sin problemas. En CDMX los Carrillo me habían regalado una llanta usada en muy buen estado que cargaba amarrada al baúl de Esmeralda para usarla en una ocasión así.

Providencialmente, a menos de 200 metros de donde quedé inmóvil, estaba una llantería en donde cambiamos la ponchada en medio del calor abrasador del verano jalisqueño. Si ya sé, debí cambiarla antes, pero que le vamos a hacer.

DSC_1797

Mi moto no tiene caballete, o soporte central, por lo que se hace difícil reparar cualquier cosa de la mitad para atrás de la máquina, pero con un poquito de ingenio todo se soluciona. 

DSC_1798

La llanta estalló casi enfrente a esta llantería en Ocotlán. La suerte siempre de mi lado.

Superado el problema, la primera parada fue la casa de Diego Herrera y su novia Carla. Músico talentoso y líder de la banda Quinta Kalavera, me llevó a comer de todo. Desde tacos dorados rellenos de toda clase de carnes y vegetales hasta la famosa carne en su jugo acompañada de frijolitos refritos con elote, totopos dorados, rabanos, cebollitas cambray fritas, cebolla con cilantro picado y cerveza negra Modelo, de Karne Garibaldi, un famoso restaurante que ostenta el récord Guinness por el servicio más rápido del mundo: sirve su plato fuerte apenas 13,5 segundos después de ordenarlo. Comiendo de esa manera era natural que siguiera subiendo de peso, pero que rico que estaba todo.

Los siguientes días los pasé de arriba abajo conociendo todo lo que pude de la bella capital de Jalisco. Tlaquepaque y sus callesitas de colores, las luchas libres de la Arena Coliseo, los bares del centro entre los que se destaca el Escarabajo Scratch y los edificios de la ciudad que mezclan cuatro siglos de bellísima herencia arquitectónica.

De casa de Diego me mudé a la de Beto Cárdenas, el motociclista y ahora buen amigo mexicano que conocí en Panamá y con quien rodé hasta entrar a su país para luego separarnos en Zipolite hacía ya más de 20 días. Pasé unos días tranquilos en Guadalajara, escribiendo crónicas en casa de Beto, bailando salsa en los parques públicos de la ciudad, tomando cerveza en cantinas antiguas y conociendo gente buena a diario.

DSC_1805

La bella arquitectura de la ciudad me da la bienvenida, ya más gordito de lo usual.

DSC_1827

Lucha libre, una tradición sensacional en México.

Un merecido descanso que iba a necesitar para enfrentar los cerca de 40ºC del desierto de Baja California, La Paz y Los Cabos, el hipercalórico choriqueso del doctor/motociclista Miguel Urista en Etzatlán y las dos semanas de celebración de mi cumpleaños número 40 en Mazatlán y Tijuana con más tequila del que puedo recordar.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XXII. Las balas corren más rápido que las motos.

-“¡Alto!”, gritó el encapuchado apuntándome directamente al corazón con su fusil de asalto. Acaté la orden de inmediato, las balas corren más rápido que las motos.

De la caseta de pago fueron saliendo más encapuchados, cada uno con un arma más grande que el anterior y aunque solo podía verles los ojos, en su mirada adivinaba que estaban tan sorprendidos como yo con la tensa situación.

KM. 17428. Huatulco, Oaxaca. Cuatro días antes.

Llegué con Beto y Gabriel a Huatulco en medio de una mañana soleada. La brisa del Pacífico nos saludó refrescante mientras el bello paisaje de sus bahías nos daba la bienvenida a un paraíso de aguas verdes y azules rodeado de elevados acantilados y montañitas desbordantes de todos los tonos de verde que tiene la naturaleza salvaje.

Nos instalamos en un hotel muy cómodo, que pagado entre los tres salió a buen precio, y salimos en las motos a recorrer playas, montañas y cuanto atractivo turístico tiene la ciudad para ofrecer y la verdad son muchos.

Esa noche, mientras cenábamos tamales oaxaqueños en un puesto de la calle, junto a mí se sentó una delgada morena preciosa de ojos color café colombiano recién tostado y sonrisa encantadora.

Su brazo izquierdo enyesado y un bello acento, muy distinto al de todos los mexicanos que había oído antes, combinaban a la perfección con su blusa blanca. Dos botones caprichosos desabrochados presentaban un escote profundo que alegró de inmediato la vista del viajero.

Con la seguridad de quien sabe lo que hace, ella pidió un tamal de chile en rajas con queso, el único que yo no había probado por temor al famoso picante mexicano presente en casi todas las comidas del país. Yo iba por mi tercer tamal de mole, una delicia envuelta en hojas de plátano hervidas, pero eso no me impidió probar el de la recién llegada.

-“¿Pica mucho?”, pregunté conociendo de antemano la respuesta. Ningún mexicano admitirá que su deliciosa comida es muy picante porque acostumbran a comer cantidades alarmantes de chile picoso hasta con los dulces destinados a los niños.

-“No tanto. Prueba, está delicioso”,  respondió la bella morena tomando un poco de su tamal en el tenedor de plástico para ofrecérmelo. La miré a los ojos y comí esperando sentir fuego en mi boca y aunque picaba un poco no mintió, estaba delicioso.

De Sinaloa. Su bello acento era de Sinaloa.

DSC_1496

Una de las nueve bahías de Huatulco, al fondo un crucero llenito de gringos.

Las despedidas.

Temprano en la mañana del día siguiente desayunamos en el mercado local y luego comenzamos a recorrer los 110 kilómetros que nos separaban de Puerto Escondido, el lugar hasta el que Gabriel nos acompañaría y desde donde regresaría a Tuxtla.

Con lo que no contábamos era que a menos de 50 kilómetros de Huatulco se nos atravesaría Zipolite, la famosa playa nudista oaxaqueña también conocida como “la playa del amor”.

Paramos por curiosidad a darle un vistazo al lugar para luego seguir adelante y terminar almorzando deliciosos frutos del mar recién pescados, acompañados con cerveza Modelo helada. Entre cerveza y cerveza el día se fue acabando y con él se nos fueron las ganas de rodar. Total, no hay prisa.

DSC_1503

Zipolite, también conocida como la playa del amor, nos gustó tanto que decidimos quedarnos a disfrutar de la noche.

DSC_1513

Ya lo dice el viejo y conocido refrán: “A donde fueres…”

Amanecimos en una cabaña muy cómoda con hamacas a orillas del mar en la Posada México, disfrutamos de un rico desayuno y partimos, pero cada uno por su lado. La noche anterior en medio de cervezas y buena música en vivo, Gabriel nos informó que ya debía regresar a Tuxtla a atender su negocio, Beto había decidido ir a conocer Oaxaca de Juárez, capital del estado, y yo seguiría rumbo a Acapulco con un breve paso por Puerto Escondido.

Entre las cosas más difíciles de la vida nómada están las despedidas. Cada semana se conoce gente maravillosa de la que es inevitable tener que despedirse de manera abrupta. Ese día nos despedimos con un nudo en la garganta pero con la seguridad de que en la ruta nos volveríamos a encontrar.

IMG-20170430-WA0018

Listo para rodar en medio del calor.

KM. 17678. San Agustín Chayuco, Oaxaca.

En México existe la posibilidad de evitar las costosas autopistas de pago y circular por las llamadas “libres”, que en general están en regular estado y llenas de topes reductores de velocidad que hacen lento el circular por ellas.

De Zipolite a Acapulco rodé por la libre sin mayores contratiempos pero decidí descomponer el viaje, de menos de 600 kilómetros, en dos tramos para evitar manejar de noche en el estado de Guerrero que hoy sufre los embates de la violencia de más de cinco organizaciones de narcotraficantes que se disputan a bala el control de su territorio.

Una vez más el chat de ayuda al Motoviajero me proporcionó un hermoso lugar para pasar la noche. Contactada por sus hermanas las Mujeres Bikers Unidas de México, llegó Marissol Merino para guiarme hasta el pueblo de San Agustín Chayuco, con tan buena suerte que esa noche se celebraban las ferias y fiestas del su santo patrón con mucha comida típica, abundante mezcal del bueno, bandas en vivo, desfile de reinas en trajes tradicionales y fuegos artificiales para cerrar la fiesta que cada año junta a indígenas Ñuu Saví (Pueblo de la Lluvia), o Mixtecos y colonos de 80 kilómetros a la redonda.

En medio de la fiesta los hombres llevan en hombros un torito decorado y cargado de varios kilos de pólvora que estalla incesantemente en honor a San Agustín. Animado por el ambiente festivo y el mezcal, yo también cargué mi torito en medio de la plaza, comí y bebí como local y regresé a casa con los padres de Marissol en el platón de una camioneta de estacas, ya pasada la media noche.

IMG_20170501_175631_051

Estas corridas de toros si me gustan. El único animal que sufre es el que carga el toro.

DSC_1537

Bailes típicos, mezcal y buena comida en las fiestas de San Agustín.

Fue una experiencia única estar en el México que no aparece en las guías de viaje y un perfecto recordatorio de que para ver lugares así es que viajo en moto por el mundo.

KM. 18028. Acapulco, estado de Guerrero.

Los 400 kilómetros que me faltaban para llegar a Acapulco los hice bastante rápido por una carretera que a pesar de ser de las libres se hallaba en muy buen estado. Ya en la tarde descansaba tranquilo en casa de una colega periodista a quien contacté a través de la aplicación CouchSurfing, que uso poco en este viaje gracias a la hermandad motera pero que ha probado ser bastante efectiva a la hora de necesitarla.

Luego del paseo de rigor a las playas que de niño veía en el programa número uno de la televisión humorística (El Chavo del 8), subí hasta La Quebrada, el acantilado de 45 metros de altura, para ver el espectáculo  en el que valientes nadadores se arrojan al agua helada del Pacífico sin dudarlo a cambio del aplauso del público y una merecida propina.

A la mañana siguiente decidí rodar por las autopistas de pago para evitar inconvenientes con la delincuencia en lo que me faltaba del estado de Guerrero rumbo a Ciudad de México. En teoría serían de 3 a 4 horas de rápidas autopistas y no más de 35 dólares en peajes. Pero no fue así.

Los encapuchados en la carretera.

Al salir de Acapulco y tomar la ruta 95D el tráfico prácticamente desapareció. Pagué los 76 pesos del primer peaje y avancé por una carretera de asfalto perfecto por unos 60 kilómetros hasta que apareció la caseta de pago de Tierra Colorada.

-“Más plata”, pensé sin darme cuenta que no había filas y que solo yo estaba rodando hacia el peaje. No había camiones, autos u otras motocicletas a pesar de que algunos vehículos me habían adelantado kilómetros atrás.

-“¡Alto!”, gritó un encapuchado que salió de un momento a otro del cubículo de cobro apuntándome directamente al corazón con su fusil de asalto. Acaté la orden de inmediato, las balas corren más rápido que las motos.

De las casetas fueron saliendo más encapuchados, cada uno con un arma más grande que el anterior y todos con pistola al cinto. Aunque solo podía ver sus ojos, en su mirada adivinaba que estaban sorprendidos de ver a una moto tan cargada de maletas y a un tipo tan raro pilotándola.

Tan pronto como pude me quité el casco y apagué la moto para que el hombre que me apuntaba no cometiera el error de pensar que yo quería huir. Sin bajarme de la moto saludé con una sonrisa nerviosa, igual que cuando me para la policía.

-“Buenos días señores”, dije sin esperar respuesta.

-“Buenos días joven”, respondió el encapuchado de manera respetuosa. “¿De dónde viene?, preguntó en seguida sin perderme de vista a través de la mira de su fusil.

-“Desde Colombia en esta moto”, dije intentando una sonrisa que no me salía. Para ese momento cuatro hombres más me rodeaban y otros seis permanecían atentos a prudente distancia.

-“¡En moto desde Colombia! Eso está muy lejos”, exclamó un nuevo hombre que no había visto hasta ese momento y que llegó desde atrás mejor armado y con cara de ser el jefe.

Sin capucha, mostraba su cara con una espesa barba rubia. Llevaba puestos gorra y chaleco negros, lentes de sol, botas militares y pantalón de muchos bolsillos sujetado por un cinturón táctico del que colgaban un radio de comunicaciones, un celular y una pistola en su funda.

 

DSC_1587

Autopista del Sol, Acapulco/CDMX, minutos antes de encontrarme con los encapuchados.

-“¿Ya vio la placa de la moto?, le pregunté al jefe para que corroborara que era verdad lo que yo decía.

-“¡Ya la vi! ¡Que chingón!” soltó el barbón al tiempo que bajaba su arma y me daba una palmada de aprobación en el hombro, gesto que sirvió para que los demás dejaran de apuntarme.

Lo que siguió fue una alucinante conversación con preguntas sobre los kilómetros que había recorrido en la moto, cuánto me costaba el viaje, cómo estaban las carreteras, qué país me gustaba más hasta ahora y la mejor de todas: “¿No ha tenido problemas de seguridad en el camino?”

Le conté de cuando me robaron la cámara en Costa Rica y del incidente de la Chamarra perdida en Guatemala, siempre sentado en la moto sin atreverme a desmontar porque hasta ese momento ese era el primer problema de seguridad que tenía en el viaje.

-“¿Puedo seguir o me devuelvo?”, me aventuré a preguntar en medio de la animada charla.

-“Deja ver”, respondió el jefe alejándose hacia la caseta para hablar en privado por el radio. Menos de dos minutos después regresó igual de jovial que como se fue por lo que me atreví a preguntarle quiénes eran y qué pasaba allí.

-“Somos el pueblo parce”, dijo tratando de imitar el “acento colombiano” que aprendió en las series de narcos que inundan la televisión mundial. No pregunté más.

-“Sigue derecho por la de cuota hasta la caseta de Chilpancingo, no te vayas a salir eh…”, me instruyó tuteando en voz baja el líder de los encapuchados.

-“Ábranle muchachos, está todo bien. ¡Órale, órale!”, urgió el jefe a sus hombres.

Despacito me puse el casco y los guantes, prendí la moto y me despedí del jefe con un amplio ademán de adiós de mi brazo derecho para evitar malentendidos con sus subalternos.

Puse primera y aceleré sin afán tan pronto terminó de levantarse la talanquera. Los siguientes 60 kilómetros hasta Chilpancingo los recorrí completamente solo, no había un alma en el camino.

Al llegar al peaje un retén oficial de la policía federal me detuvo, les conté de mi incidente con los encapuchados a lo que solo respondieron que tuve mucha suerte.

-“¿Sabe quiénes son oficial?”, pregunté intrigado.

El policía negó con la cabeza y me ordenó salir de la autopista un par de kilómetros adelante y seguir la fila de autos por la ruta libre 93 que lleva a Tlapa y de ahí a Cuernavaca porque, según la policía, el resto de la ruta estaba cortada por más encapuchados desconocidos.

18278934_10154361873045925_6119484453698781984_o

Acapulco de noche. A pesar del susto, México sigue siendo lindo y querido.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

 

XXI. México, a medio camino entre lo real y lo mágico.

KM. 16509. Ciudad Cuauhtémoc, frontera Guatemala/México.

Un televisor gris de los viejos dominaba la esquina superior derecha del puesto de migraciones mexicano en Ciudad Cuauhtémoc, Chiapas. En su pantalla abombada se podía ver a El Santo, luchador enmascarado ícono de la cultura mexicana del siglo XX, peleando contra las momias de Guanajuato en una película de los años 70.

-“Estas momias son indestructibles, ¡huyan!”, gritaba el luchador mientras repartía golpes a diestra y siniestra en una de las 50 películas que lo hicieron famoso en todo el mundo como “El Enmascarado de Plata”.

Llegué muy temprano a la frontera y era el primer extranjero en querer entrar a México en moto ese domingo soleado. El funcionario regordete que debía sellar mi pasaporte estaba dormitando sobre su escritorio y junto a él un hombre joven, al parecer su asistente, no despegaba la vista de la película de acción en technicolor.

-“Buenos días”, dije en voz baja para no despertar al gordito.

-“¿Entra o sale?”, preguntó el asistente casi susurrando.

-“Entro”, dije en voz baja mientras el jefe se acomodaba en la silla en medio de sus sueños burocráticos.

El joven de inmediato me entregó los formularios de rigor que procedí a llenar para legalizar mi entrada.

-“¿Será que lo despertamos?” pregunté sin saber que hacer mientras el asistente recibía mi documentación junto a los formularios y las 1000 fotocopias de siempre.

-“El señor que va entrando”, exclamó el joven mientras ponía suavemente su mano izquierda sobre el hombro derecho del viejo para despertarlo a trabajar.

Sobresaltado, el hombre agarró mi pasaporte todavía medio dormido y en un acto reflejo lo abrió y estampó un sonoro sello de entrada en cualquier página sin siquiera mirar y se quedó ahí, inmóvil con el sello en la mano, mirando mi pasaporte como quien ve una foto de la vieja casa familiar, llena de recuerdos, a la que nunca más volvió.

Durante cinco segundos, que parecieron eternos, los tres nos quedamos en silencio viendo el sello en la página 18 de mi pasaporte. Sin mediar palabra el gordo funcionario salió de su sopor para teclear unos datos en su computadora, verificar la validez de mi documento de viaje y devolvérmelo con un gesto de hastío en su cara.

-“Bienvenido a México señor”, dijo el joven con una sonrisa en el rostro, mientras su jefe lo miraba con mala cara.

-“¡Santo no me dejes!”, gritaba una mujer de cabello muy negro y largo en la TV mientras corría en tacones tras el Enmascarado de Plata que no paraba de golpear momias a su paso.

KM. 16608. Comitán de Domínguez, Chiapas.

Justo al lado de la oficina de migraciones están las de aduanas y Banco del Ejercito, en donde se hacen los pagos más elevados que haya visto en frontera alguna: 400 dólares de depósito por entrar en mi propia moto, reembolsables al salir del país; 55 dólares de impuesto de rodamiento de la moto y 30 más por el piloto.

DSC_1315

485 dólares se pagan para pasar esta frontera en moto.

 

Aflojado el dinero fui libre de internarme en territorio mexicano y rodar hasta Comitán, menos de 100 kilómetros al norte de la frontera, donde Beto me esperaba en casa de los motociclistas Byron y Alexis Guerra, padre e hijo, dispuestos a dar refugio a los viajeros que se aventuran en moto por sus tierras.

La casa de los Guerra es una especie de santuario para los motociclistas de todas las cilindradas en el que se pueden hacer reparaciones de todo tipo de ser necesario, descansar tranquilo para recargar energías perdidas, comer tacos caseros y recalcular las rutas dependiendo del destino elegido.

DSC_1339

La casa de los Guerra en Comitán recibe motociclistas de todo el mundo a cambio de amistad.

Por este lugar han pasado europeos de todas las nacionalidades, argentinos locos en motos de baja cilindrada, artistas brasileros, centroamericanos en gigantescas motos chopper y un par de colombianos a los que ahora yo me sumaba.

KM. 16868. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

A la mañana siguiente y luego de un desayuno abundante, salimos de Comitán rumbo a Tuxtla, capital del estado de Chiapas, donde nos esperaba Gabriel Gómez un abogado/motociclista a quien también le gustan los viajes de aventura y quien nos iba a acompañar unos kilómetros para mostrarnos las bellezas de su Estado.

Unos 20 minutos antes de Tuxtla, Beto y yo paramos a tomar algunas fotos de la naturaleza desbordante que rodea a Chiapas y por pura casualidad, junto al río Grande, nos encontramos a tres motociclistas que recién habían pasado la frontera con Guatemala por “el hueco”, de ida y vuelta, sin pasaporte ni papeles de las motos.

Las zonas de frontera en Centroamérica están invadidas por un denso comercio de todo tipo de productos de imitación que van desde las camisetas oficiales de los equipos de fútbol español de moda, hasta Rolex de oro que deslumbran al pasar. Por supuesto hay televisores Clony y celulares marca Sungsam que se venden junto a mercados de calzones multicolores, frutas y verduras, puestos de artesanías y una que otra cervecita helada para el calor.

Una frontera así cuenta además con una serie de pasadizos, callejones y senderos ocultos que permiten a los viajeros indocumentados circular de lado a lado pagando la correspondiente suma de dinero al bandido de turno, o por lo menos eso fue lo que narraron nuestros nuevos amigos a la orilla del río.

Luego de intercambiar impresiones sobre la ruta seguimos camino a Tuxtla donde, ya instalados en casa de Gabriel, trazamos un plan que en los días siguientes nos llevaría a conocer el majestuoso Cañón de la Venta y las cascadas de El Aguacero, maravillas naturales de la región.

DSC_1375

Una ducha refrescante en la cascada El Aguacero en el Cañón de la Venta. Chiapas, México.

DSC_1437

Chiapas es sinónimo de belleza natural. Parte baja del Cañón de la Venta.

La moto de Gabriel, una KLR 650, estaba en el taller esperando un kit de arrastre y suspensión nuevos, lo que nos hizo descansar un par de días mientras estaba lista para seguir avanzando rumbo a Puerto Escondido en Oaxaca a unos 600 kilómetros de la capital de Chiapas.

La Ventosa.

Con la KLR 650 como nueva retomamos el camino, ahora con la guía experta de Gabriel en la delantera. Sobre el istmo de Tehuantepec, casi a mitad de camino, apareció el parque eólico conocido como La Ventosa que, como su nombre lo indica, es una zona azotada por vientos que superan los 120 kilómetros por hora y permiten dar energía limpia a más de 700.000 hogares mexicanos.

El viento por lo general voltea pesados camiones de carga, pero con nosotros estuvo indulgente y nos dejó pasar sin mayores contratiempos por una ruta rodeada de aerogeneradores de más de 80 metros de alto con aspas de hasta 35 metros de largo que dominan el paisaje de esa parte de Oaxaca.

Confiados en que llegaríamos a Huatulco esa misma tarde apretamos el acelerador por la costosa autopista de pago y rodamos tranquilos hasta que, siete kilómetros antes de Salina Cruz, comencé a sentir como Esmeralda se bamboleaba de lado a lado y se hacía difícil de controlar.

DSC_1467

Pinchado en medio de la noche oscura. Pero mis amigos ya venían al rescate.

De inmediato reduje la velocidad hasta lograr controlar la moto para estacionarla a la orilla del camino. Al inspeccionar la máquina me di cuenta que la llanta trasera estaba perdiendo el aire rápidamente y que debía tratar de repararla yo mismo. Al salir de la última estación de gasolina pasamos sobre un terreno en construcción en el que había grava suelta y pedazos grandes de metal. Tal vez ahí se picó la llanta.

Mis compañeros de ruta iban adelante y no pudieron ver que me detuve así que estaba solo en medio de un paraje solitario y muy poco transitado a esa hora. En menos de media hora el sol se ocultó dando paso a una noche cerrada, pero por fortuna una línea de señal celular me permitió enviarle un mensaje a Gabriel con mi ubicación.

10 minutos después Beto y Gabriel llegaron en mi auxilio y aunque pidieron apoyo del personal que trabaja para el concesionario que mantiene la carretera, la ayuda nunca llegó así que procedimos a reparar el pinchazo con aire comprimido en lata y chicotes de goma que metimos a presión.

El arreglo temporal duró justo lo necesario para llegar a una vulcanizadora en Salina Cruz donde tuvimos que sacar la rueda nosotros mismos porque el llantero solo parchaba ruedas de auto y no sabía sacar la de una moto. Fue ahí donde descubrimos que la llanta no solo tenía un piquete sino que además estaba cortada en tres secciones diferentes, como si la hubieran tajado con una navaja muy filosa.

La única alternativa viable para repararla fue poner una cámara inflable dentro de la llanta que por pura casualidad Beto llevaba como repuesto para su moto en caso de emergencia. Ya era muy tarde y la oscuridad y el calor intenso nos hicieron abandonar la idea de llegar a Huatulco ese día.

Decidimos dormir en un hotelito junto a la terminal de autobuses del pueblo para salir muy temprano rumbo al paraíso de las playas del Pacífico oaxaqueño, incluyendo las nueve bahías de Huatulco y Mazunte, la playa de surfistas; el famoso Puerto Escondido y Zipolite, la playa nudista más célebre de México.

En ese momento no lo sabía pero muy pronto caería en un retén de presuntos paramilitares al servicio del narcotráfico que, encapuchados y armados hasta los dientes, se habían tomado a la fuerza un tramo de la carretera entre Acapulco y Ciudad de México por el que yo rodaba desprevenido.

XX. Los buenos somos más.

KM. 15319. San Miguel, El Salvador.

Luego de solucionar el mal entendido que nos tuvo como sospechosos de actividades ilícitas por más de cuatro horas en la aduana de El Amatillo en El Salvador, siempre custodiados por un guardia de seguridad con cara de adolescente y un poderoso fusil de asalto en sus brazos que acariciaba como si fuera su hijo recién nacido, avanzamos de nuevo pero esta vez en medio de la noche.

En el mundo hay gente mala, pero estoy convencido de que los buenos somos más. Los amigos del chat de ayuda al motoviajero estuvieron pendientes todo el tiempo de nosotros y uno de ellos nos ofreció apoyo en Santa Rosa de Lima a 20 kilómetros de la frontera.

Jimmy, el colega motociclista de seguro nos vio cara de náufrago recién aparecido luego de pasar meses a la deriva comiendo algas y tomando agua salada porque de inmediato nos ofreció agua y comida abundantes y un techo seguro bajo el cual dormir cómodamente, con ducha y estacionamiento suficiente para las tres motos.

Al día siguiente rodamos los pocos kilómetros que nos faltaban hasta San Miguel para encontrarnos con Wilson Rivas, Julio Portillo y sus amigos quienes nos esperaban en sus poderosas BMW para guiarnos a la casa de playa de Wilson frente al Golfo de Fonseca en el Pacífico salvadoreño.

Yo no sé nadar así que aproveché las tranquilas aguas del golfo para tomar mis primeras lecciones, creo que no me fue mal, pero todavía me da miedo aventurarme en ríos cañadas o lagunas, del mar ni hablar.

DSC_1246

Golfo de Fonseca, El Salvador.

Al día siguiente, luego de una buena cena compuesta de una amplia variedad de frutos del mar y cerveza cortesía de nuestros nuevos amigos, seguimos camino rumbo a La Libertad, cuartel general de los Piratas de El Salvador, quienes en medio de la parranda en Nicaragua dejaron olvidado el cucharón ceremonial de servir el ron. Yo lo había recuperado y ahora lo cargaba como un tesoro en mi moto para devolverlo a sus legítimos dueños.

Las playas del Pacífico son bellísimas y cuesta mucho avanzar porque en todas me quiero quedar a vivir. Ese día en particular tardé de más en cargar la moto de nuevo por estar tomando fotos del paisaje y Carlos, el argentino, tenía la urgencia de encontrar un Western Union del cual retirar una remesa que le habían enviado de su patria y que le serviría para rodar hasta México.

-“Che, los espero a la entrada del pueblo así salimos juntos”, dijo Mac y arrancó a buscar su dinero.

Beto y yo salimos 15 minutos después a esperar al argentino a la entrada del pueblo y por desordenados no logramos encontrarnos para rodar hasta el siguiente punto del itinerario. Ya en La Libertad conseguimos un hilito de señal y logramos comunicarnos con Mac quien, como novedad, estaba furioso.

Una nueva frontera.

Beto decidió seguir avanzando hacia Guatemala para recuperar algo del tiempo perdido en la carretera infernal de Honduras y en la aduana eterna de El Amatillo, mientras yo me fui a la casa de Mike Moreira, el presidente Pirata, a devolver el cucharón.

Lo que no sabía, aunque si lo intuía, es que me esperaban con cerveza, ron y pupusas (tortillas gruesas de maíz hechas a mano y que se rellenan de cualquier delicia comestible), en una casa rodeada de motos y montañas.

Carlos Mac llegó al cuartel general de los Piratas dos horas después que yo y al día siguiente rodamos juntos hasta el paso de la Hachadura, frontera con Guatemala a 150 kilómetros de La Libertad, por una ruta que va pegada al Pacífico y que atraviesa las entrañas de las montañas gracias a cinco túneles que agilizan el paso por el litoral y sus muchas curvas

Ya acostumbrado a la burocracia fronteriza me sorprendió lo ágil que fue este paso en particular, el trato amable de los funcionarios a ambos lados de la frontera y la buena comida casera que encontramos frente al puesto de aduana y que nos sirvió de almuerzo.

En este punto Mac y yo nos despedimos. Yo seguí hacia Antigua a encontrarme con Beto que me esperaba en un hostel/mansión colonial de 12 dólares la noche lleno de mochileros europeos, mientras Carlos seguía su camino rumbo a México, su objetivo: llegar a la Baja 500, un exigente rally que se realiza en el desierto de la Baja California cada año.

Nunca he usado GPS en mis viajes, voy preguntando y fijándome en las señales que muestran el camino a seguir, pero esta vez me perdí y por tomar mal algún desvío o girar donde no debía, llegué a la ciudad capital de Guatemala y me costó un poco salir de su endemoniado tráfico. Llegué a Antigua, mi destino original, al final de la tarde.

DSC_1257

KM. 15919. Antigua, Guatemala.

DSC_1260

Salsa en vivo y cerveza en Antigua, una ciudad que vale la pena visitar.

Ya instalado en el hostel salí con el mexicano a comer y a bailar salsa con las turistas europeas, que abundan en estas ciudades coloniales, en un bar local que tiene música en vivo todos los días de la semana. Apenas dos cervecitas y a dormir temprano.

Dos volcanes dominan la escena en Antigua, el de Agua y el muy activo Acatenango, también conocido como el volcán de fuego. A la mañana siguiente el de fuego lanzó humo y ceniza en estallidos como truenos que meten miedo pero que para los locales son de lo más normal del mundo.

DSC_1269

Atrás del volcán Acatenango ruge en medio de una mañana tranquila.

KM. 15929. Hobbitenango.

Luego de un desayuno frugal Beto y yo nos encaminamos a Hobbitenango, un pueblito de ensueño, construido en lo alto de una montaña a 10 kilómetros de Antigua, cuyas casas hechas de botellas de plástico y materiales reciclados evocan el pueblo de los Hobbits de la famosa saga de El Señor de los Anillos.

En el último kilómetro, justo antes de llegar al pueblo/hotel boutique/restaurante, varios carteles advierten que más allá de ese punto solo vehículos con tracción a cuatro ruedas puede subir a disfrutar de las impresionantes vistas del valle de Panchoy y de los cercanos  volcanes.

Consciente de no llevar llantas off road, igual me aventuré por el estrecho camino de grava y tierra suelta que sube en una pendiente que supera ampliamente los 15º . Yo me fui adelante mientras Beto esperaba en caso de que me cayera. Superada la mitad de la cuesta esperé a Beto quien subió zigzagueando los primeros 500 metros.

Ambos estuvimos a punto de caer varias veces pero logramos controlar nuestras pesadas maquinas, cargadas de maletas, hasta la entrada de Hobbitenango un lugar que además de mágico, funciona completamente con energía solar y eólica y no está conectado a ninguna red local.

Luego de una larga parada a contemplar la naturaleza desde las alturas y un excelente almuerzo, bajamos al borde del abismo en primera y siempre a punto de caer, pero no. Ya una vez había perdido los frenos por usarlos en exceso en un viaje que hice con mi hija Catalina al cañón del Chicamocha en Colombia. Esta vez bajé frenando con el motor y todo salió bien.

DSC_1273

La tranquilidad de estar en las montañas desconectado del mundo se logra aquí.

Todavía nos esperaban 150 kilómetros hasta el lago Atitlán por una ruta de paisajes alucinantes, atravesando ríos y montañas, lo que no sabíamos es que esa carretera estaba prácticamente destruida por el paso constante de camiones cargados con arena de las canteras cercanas y que subía y bajaba en curvas casi imposibles llenas de mucha tierra suelta que cada tanto nos hacía patinar. Lo de Hobbitenango había sido un juego de calentamiento nada más.

Al llegar al lago de 18 kilómetros de longitud, un imponente paisaje hace que las penurias del camino se olviden muy rápido.  Tres volcanes rodean el cuerpo de agua lo que hace aún más impresionante la vista: el Atitlán, el Tolimán y el San Pedro, todos de más de 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.

DSC_1287

Atardecer junto al Lago Atitlán.

DSC_1294

El hogar del viajero.

Los bandidos de siempre.

Conseguimos que nos permitieran acampar en una construcción en la marina frente al lago, pero mientras estábamos armando las carpas la chaqueta de protección de Beto desapareció. Con nosotros solo estaban dos operarios de unas máquinas de coser lona con las que arman fundas de protección gigantes para botes igual de grandes y el administrador de la marina.

Buscamos por todas partes y no logramos encontrar la chaqueta o chamarra, como se le conoce a esta prenda vital del traje del motociclista de aventura, que no solo protege de la lluvia y el frío sino que además, en caso de una caída, cuenta con protecciones en la espalda, hombros y brazos que minimizan el impacto sobre la humanidad del piloto y muchas veces salvan su vida.

La noche cayó y con la luz de una linterna escribimos carteles en hojas de cuaderno en los que se describía el artículo perdido y se anunciaba una recompensa en dólares a quien la devolviera. El número celular de Beto y una frase que decía “la necesito para volver a casa”, remataban los cartelitos que pegamos con cinta gruesa en postes y paredes del pequeño poblado de Panajachel a orillas del lago.

Al día siguiente desarmamos las carpas, cargamos de nuevo las motos e hicimos un último intento infructuoso por recuperar la chaqueta tratando de convencer al administrador del lugar de que nos dijera si había visto algo o que nos dejara ver las cámaras de seguridad del lugar. Pero nada.

Aunque cabía la posibilidad de que la prenda hubiera caído accidentalmente de la moto, ya que Beto se la quitó antes de entrar a la marina y la puso sobre la moto, la sospecha principal recaía sobre el administrador, ya que los dos muchachos trabajadores no se apartaron un segundo de su labor de coser lonas.

Tomamos rumbo hacia Quetzaltenango donde nos esperaba una suculenta carne a la parrilla, cortesía de nuestros amigos motociclistas de La Parrilla 09, resignados a perder la chamarra. Ya habíamos avanzado unos 15 kilómetros cuando de pronto comenzó a sonar el celular de Beto de manera insistente.

Al otro lado de  la línea una voz de mujer anunciaba que había encontrado la prenda tirada en la calle y que al ver el cartelito de la recompensa decidió llamar para devolverla. Beto se devolvió a la marina como un rayo. Al llegar una niña, con marcados rasgos indígenas  y de no más de 12 años, lo esperaba con la chamarra metida en un saco de papas que le entregó al mexicano previo pago de la anunciada gratificación. Sigo pensando que fue el de la marina, pero eso es algo que tampoco podré probar jamás.

Ya en Quetzaltenango almorzamos como reyes y luego de un breve paseo por la ciudad, seguimos camino hacia la frontera con México que ya estaba a menos de 250 kilómetros minados de cientos de reductores de velocidad, topes o túmulos hechos de cemento y construidos de lado a lado de la carretera para prevenir accidentes.

DSC_1304

Buses escolares norteamericanos repotenciados, ruedan a toda velocidad por las calles y autopistas guatemaltecas cargados de pasajeros.

DSC_1306

También hay que hacer turismo. Quetzaltenango, Guatemala.

DSC_1308

La mejor carne de Guatemala está aquí. Motociclistas del mundo, bienvenidos.

Menos de la mitad de ellos están señalizados y aparecen sin previo aviso lo que hace que rodar por esta carretera sea un verdadero martirio para la suspensión de la moto, aún a baja velocidad. Según la prensa guatemalteca, este pequeño país tiene más de 3800 túmulos dispersos en sus carreteras, la mayoría de ellos en las rutas que conducen del centro a hacia la frontera con México.

KM. 16509. Ciudad Cuauhtémoc, frontera Guatemala/México.

Luego de la carrera de obstáculos y de sortear docenas de viejos buses escolares gringos, adaptados a bus de pasajeros, que corren a altas velocidades por los estrechos caminos que llevan a la tierra del tequila y el chile picante, llegamos al paso fronterizo.

Hecho el trámite de salida del lado guatemalteco nos dirigimos al lado mexicano a hacer la entrada correspondiente. Beto volvía a su país después de 3 meses en una ruta que lo llevó en moto hasta Venezuela y de regreso.

Por ser mexicano y su moto estar matriculada en el país no tuvo problemas para entrar, por el contrario yo tenía que esperar al día siguiente ya que la oficina de aduanas y el banco en el que hay que pagar un depósito de 400 dólares por la moto estaban cerrados. Era sábado, no sabía que era sábado.

Me quedé a dormir en un hotelito de frontera bastante decente mientras Beto seguía rumbo a Comitán, a menos de 100 kilómetros del puesto fronterizo, donde me esperaría en casa de Alexis Guerra, otro motociclista dispuesto a ayudar al viajero en Chiapas.

DSC_1310

Salida de Guatemala, entrada a México por Chiapas.

Al día siguiente iba a entrar sin problemas con la idea de recorrer parte del país en 15 o 20 días para luego pasar a Estados Unidos y seguir rumbo al norte, atravesar Canadá y llegar finalmente a Alaska.

Lo que no sabía en ese momento es que México no me dejaría ir hasta 46 alucinantes días después, cargado de docenas de nuevos amigos y toneladas de historias que contar.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

XIX. Sin sombra, sin agua y sin pluma.

KM.14869. Puesto de control migratorio y aduanero puente La Amistad. Frontera Honduras/El Salvador.

La policía salvadoreña nos buscaba cerca de la frontera sur con Honduras por haber pasado ilegalmente y alta velocidad los controles aduaneros, desatendiendo la orden de pare del retén policial. La consigna era encontrarnos y  retenernos a toda costa.

Según el reporte oficial tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador. Las motos fueron descritas como “grandes y cargadas de maletas sospechosas. Una de las motos era verde”.

El día anterior nos habíamos despedido de nuestros amigos los Piratas Riders con quienes tanta fiesta y diversión tuvimos y le dimos la bienvenida a Beto Cárdenas, el mexicano que estábamos esperando hacía ya varios días en diferentes ciudades de Centroamérica y que nunca aparecía.

DSC_1220

Beto Cárdenas al frente/Izq, Carlos Mac al frente/Der, Marcell Mendieta nuestro anfitrión, atrás con el chaleco biker y El MotoNauta. Última noche en León, Nicaragua antes de emprender el camino a la frontera.

DSC_1229

Los volcanes siempre acompañan el paisaje centroamericano.

Luego de descansar un día entero, dormir y comer bien, Carlos Mac en la KLR 650, Beto en la V-Strom 1000 y yo en mi Versys 650, nos encaminamos rumbo a la frontera. El plan era sencillo: rodar 300 kilómetros desde León en Nicaragua hasta San Miguel en El Salvador atravesando dos fronteras el mismo día, la de Guasaule (Nicaragua/Honduras) y la de El Amatillo (Honduras/El Salvador).

La primera frontera fue lo usual: fotocopias por triplicado de cada pequeño papel, certificación, título de propiedad, pasaporte, visas y seguro, una corta fila, los sellos y fumigaciones de rigor y adelante.

Entramos a Honduras al comienzo de la tarde en medio de un calor sofocante que superaba los 42ºC a la sombra. Advertidos por los Piratas salvadoreños, sabíamos que el tramo hondureño, de apenas 130 kilómetros, iba a ser el más difícil por el lamentable estado de la carretera.

En este punto la gran cantidad de baches de diversos tamaños y profundidades que van apareciendo en la ruta me hicieron pensar que una guerra terrible había tenido lugar allí y que los cráteres en el pavimento eran producto de un intenso bombardeo enemigo. Pero no, era apenas la clásica desidia oficial por una zona humilde y muy pobre del país que no le interesa a nadie en la capital.

Comenzamos a avanzar con precaución, pero resultaba de verdad imposible eludir cada bache. Las maniobras evasivas, cada vez más complicadas, amenazaban con accidente en cualquier momento así que decidimos bajar la velocidad y tratar de caer en la menor cantidad posible de huecos.

La deshidratación.

Las suspensiones de las tres motos venían soportando bien el difícil terreno y nos movíamos entre 70 y 90 kilómetros por hora, una velocidad que al comienzo nos hizo pensar que en menos de dos horas alcanzaríamos la frontera con El Salvador.

De pronto un calor abrazador, húmedo y casi insoportable se apoderó del ambiente. El sol en lo alto y ni un solo árbol, parada de bus o rancho que nos diera un poquito de sombra. En mi cantimplora llevaba un litro de agua que consumí de apoco en la primera hora y media de trayecto sin saber que en las siguientes dos horas no iba a encontrar un solo lugar en dónde llenarla de nuevo.

El primer síntoma de la deshidratación apareció en la segunda hora: un calambre en la pierna derecha que por poco me hace perder el control de la moto. Solo había una cosa que hacer y era acelerar por entre los baches para enfriar un poco la máquina y el cuerpo con el viento y llegar cuanto antes a El Amatillo.

Un sudor copioso y salado que bajaba por mi frente por momentos me cegaba y al abrir el visor del casco para intentar limpiarlo, un viento caliente se metía con fuerza por los ojos haciéndolos arder con violencia. Era como ponerle de frente la cara a un secador de pelo encendido a su máxima potencia.

Mi corazón latía muy rápido. Un mareo persistente y mis ojos irritados me hacían sentir que estaba en medio de una pesadilla apocalíptica y que iba atravesando un campo contaminado con radiación mortífera luego de una gran guerra nuclear.

No recuerdo muy bien cómo, pero tres horas después de entrar a batallar en ese infierno de carretera, logramos llegar a una estación de gasolina con sombra y agua en botella para beber a gusto.

Bajé de la moto a punto de desmayarme, traté de apagarla y no pude. Beto lo hizo por mí, pero luego me fue imposible sacar la llave del encendido. Con mi último aliento caminé tambaleándome hacia el pequeño almacén de la gasolinera y fui directo al refrigerador principal. Saqué dos botellas de Gatorade y me las bebí ahí mismo, sin pagarlas primero.

Lentamente fui recuperando los sentidos, mi corazón se tranquilizó y el mareo desapareció. Pagué la bebida hidratante y compré un litro adicional de agua. Al salir encontré mi moto atravesada en medio de dos bombas surtidoras, mi chaqueta tirada en el piso junto a los guantes y el casco a punto de caerse de encima del baúl trasero de la moto.

-“¿Te sientes mejor hermano?”, dijo Beto preocupado.

Unos minutos antes, cuando el mexicano acudió en mi ayuda para apagar la moto, yo lo recibí de mal humor, irritado y desdeñoso, síntoma inequívoco de que la deshidratación ya se había apoderado de mí. Le ofrecí una disculpa sincera, recogí mis cosas y 20 minutos después ya estábamos en El Amatillo entregando fotocopias por triplicado de todo.

image (15)

¿A dónde se fue el agua?

La pluma.

Los funcionarios de este cruce fronterizo resultaron muy amables y conversadores a ambos lados de la línea que los une, pero del lado salvadoreño parece haber una total desconexión entre el área de migraciones, encargada de los trámites de las personas, y los de aduanas, encargados de los trámites de las motos.

-“Disculpe señorita, ¿y la aduana para la documentación de las motos?”, pregunté al no ver la ventanilla oficial que normalmente aparece junto a la de migraciones.

-“Debe estar unos seis kilómetros adelante, pregúntele al policía en la pluma”, respondió sonriente la funcionaria salvadoreña.

Una pluma es ese brazo de metal que sube y baja gracias a un contrapeso y que sirve de barrera para controlar el tráfico de vehículos y personas. Una talanquera, como las que cierran el paso cuando va a pasar el tren.

18033331_10154326593235925_1584650361020197595_n

Ya recuperado volví a ser yo mismo.

Mac salió adelante a buscar la pluma, seguido de Beto y yo detrás, todos a menos de 40 kilómetros por hora por la larga fila de camiones que a esa hora congestionaba la entrada a El Salvador.

Sorteamos los camiones por la izquierda y llegamos hasta un control policial que nos ordenó seguir adelante. Mac a la cabeza no obedeció de inmediato y le preguntó al policía de turno por el puesto de aduanas a lo que el uniformado respondió con un gesto de hastío y un grito de trueno.

-“¡Avance señor, avance!”, ordenó el policía. Mac obedeció esta vez y avanzamos buscando siempre la dichosa pluma.

Por unos 20 minutos rodamos y rodamos y nada de la pluma o el puesto de aduanas así que paramos en una gasolinera a consultar en el chat de ayuda al motoviajero para ver si alguien sabía que hacer o dónde quedaba el lugar.

De inmediato nos recomendaron volver al punto donde el policía nos había ordenado avanzar, según los motociclistas del chat, ahí era la pluma!

Desandamos los pocos kilómetros que habíamos avanzado hasta llegar al puesto de control. Un alboroto general se armó entre los policías al vernos volver y el energúmeno uniformado de antes hizo un gesto para llamar a un funcionario identificado con chaleco de la Dirección General de Aduanas (DGA), que de inmediato corrió a nuestro encuentro.

-“¿Por qué se pasaron el control así? La policía los está buscando con la orden de retenerlos a toda costa!”, dijo el funcionario en tono alarmado.

-“¿Y la pluma, dónde es?, pregunté intrigado.

-“Aquí mismo, ésta es”, dijo el de la DGA señalando a los policías del retén.

-“No veo la barrera”, afirmé buscándola con la mirada.

-“Es que no hay barrera física. Este punto se llama así”, informó el funcionario mientras nos mostraba el camino de tierra por el que se llegaba al control oficial de aduanas.

El director.

Ingresamos al complejo que igual atiende camiones descomunales, que motos de 125cc y tratamos de hacer el trámite correspondiente pero se nos negó la entrada. El propio director de la DGA en el sector conocido como El Puente de la Amistad atendería nuestro caso según nos informó un guardia que no entendía por qué tanto alboroto con nosotros si todos los días pasaban motociclistas extranjeros por ahí.

En estas situaciones Carlos Mac siempre se calienta y pelea con los funcionarios, y aunque en esta oportunidad no le faltaba razón, corríamos el riesgo de perder las motos por habernos internado de manera ilegal en territorio salvadoreño, así que Mac se quedó en el estacionamiento cuidando las motos mientras Beto y yo le hacíamos frente a la burocracia y la policía.

Dos horas pasaron antes que nos atendiera el director. Nos recibió en su despacho con un gigantesco código aduanero en la mano y una amplia cantidad de pequeños libros de leyes que comenzó a recitar uno a uno para luego explicar que las habíamos roto todas.

Escuchamos en silencio.

-“¿Dónde los agarró la policía? ¿Desde dónde los devolvieron?”, preguntó el director mirándonos por encima de sus viejos lentes de lectura sin apartar las manos de los códigos legales.

-“Volvimos por nuestra propia voluntad, ninguna autoridad nos retuvo. Regresamos al no encontrar el puesto de aduanas luego de 20 minutos de estar manejando hacia el norte”, explicamos entre sorprendidos y asustados.

El director cambió de actitud de inmediato al saber que volvimos por decisión propia y nos explicó que según el reporte oficial, hecho por el policía mala leche que nos dio la orden de seguir y por culpa de quien evadimos sin querer el control aduanero, tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador.

-“La policía dice que ustedes pasaron tan rápido que apenas lograron ver el color de la última moto, una verde, y que no atendieron la orden de parar en la pluma”, explicó el funcionario con cara de desconcierto.

El motociclista que se embarca en este tipo de aventuras generalmente lleva una cámara en el casco para capturar las bellas imágenes que van a apareciendo en la medida que se avanza por rutas alucinantes y paisajes descomunales o asombrosos.

Por supuesto nosotros no éramos la excepción. El argentino tenía grabado todo el paso por el retén y el procedimiento del policía en su GoPro.

Más de cuatro horas después de haber regresado a la aduana de El Amatillo nos fue autorizado el ingreso legal a El Salvador, el director se disculpó, firmó él mismo nuestro ingreso y nos deseó buen viaje.

 

DSC_1239

Parqueadero de la DGA en el que esperamos resignados.

Especulando diría que el policía de la gran puta pluma era corrupto y que nos dejó pasar esperando que sus compinches en patrullas oficiales nos capturaran bien adentro de El Salvador para luego exigir una buena propina en dólares a cambio de nuestra libertad. Sin embargo eso es algo que nunca podré probar.

Muy pronto, esa primera mala impresión del país cambiaría para siempre.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.