XVI. Solidaridad, la consigna de la tribu viajera.

¿Dónde voy a dormir esta noche?

La verdad es que nunca sé dónde voy a terminar al final de cada jornada de devorar kilómetros al mando de mi moto rumbo a Alaska. Esa pregunta me la hice a diario y fue la preocupación principal durante la etapa de planeación del viaje.

Pensando en eso compré una carpa resistente que va conmigo a todas partes y en la que he pasado no menos de 20 noches entre Centroamérica y México, contacté amigos que generosos me han recibido en sus hogares o gestionado la ayuda de sus familiares y conocidos en lugares tan distantes unos de otros como Medellín, Ciudad de México, Guadalajara, Tijuana y Los Ángeles.

Pero, la respuesta ya no me inquieta porque descubrí la solidaridad viajera.

 

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Esmeralda y mi carpa a orillas del lago Atitlán en Guatemala.

Antes de salir de Bogotá me inscribí en la aplicación CouchSurfing que funciona maravillosamente si se avisa el destino con tiempo, pero yo improviso mucho la ruta de acuerdo a lo que voy sintiendo del camino y según lo que me cuenta la gente que voy conociendo a la orilla de la carretera así que la he usado poco, pero sirve.

La primera parada en el camino fue en Medellín en casa de mi amiga Diana Lache quien me recibió con una típica bandeja paisa hipercalórica (arroz, frijol, carne, chorizo, chicharrón, plátano y huevo fritos), que tardé más de tres días en digerir.

Antes de salir de Bogotá había hecho contactos con un grupo en Facebook llamado Motoposadas Colombia cuyos miembros al comienzo no me prestaron mucha atención, pero en cuanto comencé a viajar todo cambió.

Ya en Medellín Sandra y Duván fueron los primeros de una larga lista de motociclistas generosos del grupo dispuestos a ayudar al viajero a cambio de compartir una cerveza, un almuerzo y una buena charla.

Ellos me contactaron con Cesar quien pagó de su bolsillo una posada del amor en Carepa, a menos de hora y media del puerto de Turbo, donde descansé tranquilamente mientras las morenas damas de compañía del Urabá antioqueño intercambiaban dinero por cariño con sus clientes, camioneros cansados de transportar banano por las carreteras de la zona.

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Residencias Quito en Carepa, segunda noche en la ruta. ¿Ya vieron a Esmeralda?

Ya en Turbo, mi tío Alejandro me envío a casa de su amigo Toyo Romani, que me sirvió de base mientras gestionaba, negociaba y renegociaba el paso a Panamá con todo y moto.

Estaba en esas cuando me escribió al celular un tulueño buena gente que era amigo, del primo, de un compadre del vecino de un motociclista del grupo de Facebook que había recibido ayuda en Panamá de un tal Dioris Osis.

El anónimo tulueño,  a quien no conocía de nada pero le estaré eternamente agradecido, me dio el teléfono del panameño con un mensaje que decía. “Escríbale, él lo ayuda en Panamá”.

Y yo hice caso, le escribí. Total nada podía perder mandando un mensajito presentándome, diciendo que era amigo del tulueño y que iba para allá en quien sabe cuántos días y que si me recomendaba un hotelito barato o un lugar para acampar.

KM. 12865. Ciudad de Panamá, Panamá.

“Hermano! Bienvenido a Panamá, te espero en mi casa cuando quieras, no pagues hotel”, me respondió Dioris casi de inmediato, al tiempo que me enviaba la ubicación de su casa en Google Maps. Yo no lo podía creer. Alguien que no me conocía, me recomendó con otra persona que tampoco conocía y esta a su vez me ofrecía su casa para descansar al salir de la travesía por las Islas de San Blas en el Atlántico colombo-panameño.

Si usted leyó la crónica de mi paso de Turbo a Panamá con los piratas del Caribe en tres botes distintos, cambiando la moto de barco en barco en medio del océano para llegar de noche a un puerto perdido en la selva, entenderá que lo único que yo quería al terminar la travesía de tres días por el borde del Darién era llegar a la casa del famoso Dioris. (Lea aquí la crónica del paso del Darién: https://elmotonauta.com/2017/06/01/xv-esmeralda-y-el-alucinante-paso-del-tapon-del-darien-en-bote/ )

En cuanto salí a la civilización, otro desconocido me prestó su teléfono. Dioris apareció en una camioneta con su hija y me guió hasta su casa, llena de motos, donde repuse fuerzas por dos días, lavé la ropa, le quité la sal a la moto y pude ver con tranquilidad los daños sufridos por Esmeralda en el último tramo del viaje en bote, el de cinco horas desde puerto Obaldía hasta puerto Cartí.

Casa de Dioris Osis.

El carenaje rayado y las pastas de los lados con serias grietas que amenazaban con expandirse. Daños cosméticos que no me quitan el sueño. Luego de los paseos correspondientes por la ciudad, el canal y sus alrededores, Dioris me preguntó por mis planes de viaje, a lo que respondí sacando pecho: “Alaska”.

-“Y ya estás en el grupo de apoyo de Centroamérica y México?”, preguntó el motociclista anfitrión con tono de testigo de Jehová invitándome a su culto al verme la cara de pecador sin remedio.

APOYO CENTROAMERICA MÉXIC 20170409_072823

Cinco minutos más tarde me estaba presentando en el grupo de Whatsapp ante una comunidad de más de 200 motociclistas desperdigados desde Panamá a Tijuana, muchos de ellos viajeros como yo y todos dispuestos a ayudarme con posada, comida y no pocos consejos de rutas, mecánica básica y avanzada y sobre todo con buena energía para el camino. Desde entonces no he vuelto a preguntarme, dónde dormiré la noche siguiente.

KM. 13510. David, provincia de Chiriquí, Panamá.

El primero en ofrecer su apoyo vía grupo de whatsapp fue Bobby Valdez, un panameño aguerrido y motociclista apasionado que a pesar de tener una BMW de 1200cc, decidió subirse a una Yamaha de 125cc para recorrer toda Centroamérica y parte de México en un viaje en honor a sus padres que le llevó más de dos meses completar.

Por supuesto acepté la invitación y más de 450 kilómetros adelante de Ciudad de Panamá estaba llegando a su refugio para motociclistas en las tierras altas de Chiriquí.

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Bobby en su BMW 1200CC.

Hacía ya varios años años que Bobby viajaba en moto, comandaba una familia de esposa y tres hijos y cuidaba a su madre, una señora mayor que vivía feliz entre los recuerdos de su vida pasada. Una mañana calurosa, como todas las mañanas en la ciudad de David, la madre de Bobby al oírlo hablar de viajes en moto con otro colega motorizado lo llamó y le pidió que no la dejara sola.

“Espérate a que me muera y después te vas a viajar en moto”, le dijo la señora en privado. Tres días después murió. Al funeral asistieron motociclistas de todo Panamá quienes le hicieron una calle de honor de camino a su última morada.

Las palabras de su madre querida calaron profundo en la mente de Bobby, un hombre recio y trabajador que por momentos se entristecía y perdía su mirada en el horizonte mientras me contaba esta historia con un vaso de Seco Herrerano mezclado con soda, limón y hielo en la mano.

Tardó un mes en equipar a la ComeCalle, nombre con el que bautizó a la Yamaha YBR 125cc azul con la que se lanzó a la carretera rumbo al norte, y en organizar su vida para poder salir a disfrutar de la ruta.

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Bobby y la ComeCalle.

Cuando llegué al refugio pensé en pasar una o dos noches allí en medio de las montañas en un clima agradable que nunca superó los 20 grados. Terminé pasando cinco días y cuatro noches recorriendo caminos poco transitados, playas solitarias, comiendo buena comida panameña, tomando cerveza, bañándome en cascadas de agua cristalina y conociendo gente nueva todos los días.

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Lugar privilegiado para el descanso en las montañas de Panamá.

También aproveché el tiempo para escribir un par de crónicas que casi no publico y para reforzar con fibra de vidrio el carenaje de la moto y así evitar que las grietas se expandieran más. Ya estoy en Los Ángeles y el arreglo sigue funcionando.

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Un poquito de fibra de vidrio por dentro y Esmeralda como nueva.

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Lavar las camisetas para seguir el camino oliendo rico.

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Paz y mucha tranquilidad para escribir con calma una buena crónica.

Al refugio fueron llegando Luis Diaz un motociclista español de 67 años conocido como el Moterus Vetustus, Beto Cárdenas un mexicano hiperactivo en sus 30, hijo de médicos brujos de Jalisco y Carlos Mac un argentino pelionero y buena gente que reniega de todo, todos los días de su vida pero al final disfruta del viaje.

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De Izq. a Der. Beto Cárdenas, Roberto Valdez Jr, Bobby Valdez y su nieto, Carlos Mac y El MotoNauta. El mundo es un lugar menos peligroso de lo que nos muestran los medios. Los buenos somos más.

Luis, policía retirado, estaba buscando un terreno para construir su casa soñada en Centroamérica y seguir disfrutando de la vida; Beto, ingeniero emprendedor, luego de más de un mes en una ruta que lo condujo de su natal Guadalajara hasta las alturas del pico Bolívar en Venezuela, estaba regresando a su tierra en una Suzuki V-Strom de 1000cc y Carlos Mac, mecánico de barcos, en una KLR 650 estaba yendo desde Argentina hasta la Baja California en México para ver la carrera conocida como La Baja 500. Cada loco con su tema.

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Motos del mundo en el refugio “Mamao” para motociclistas en las tierras altas de David, provincia de Chiriquí, Panamá.

En ese momento no lo sabía, pero aunque cada uno de nosotros llevaba un destino diferente, íbamos a recorrer juntos miles de kilómetros por varios países, incluyendo la playa en la que me robaron en Costa Rica, el bar en el que aprendí a bailar bachata con una esbelta morena nicaragüense y la carretera hondureña en la que por poco me desmayo manejando, víctima del calor extremo y la deshidratación severa.

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Playa La Barqueta, Chiriquí. Panamá. Vale la pena visitar Panamá y si es en moto mejor.

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2 comentarios en “XVI. Solidaridad, la consigna de la tribu viajera.

  1. Fue un gusto conocerte. Ustedes los moteros dejan una huella maravillosa con sus anecdotas, vivencias que incitan a viajar..
    La vida es una y hay que vivirla intensamente
    Dios siempre los proteja..los Angeles van con ustedes!
    Abrazos…

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