XIII. Conducir a ciegas, incendiar la moto y ser robado por la policía.

KM. 4939 y medio. Curahuasi, Perú.

Las carreteras peruanas son verdaderas escuelas de conducción que, gracias a sus condiciones extremas, constantemente están probando las habilidades del motociclista al mando de su máquina. Las curvas cerradas dominan los caminos que suben sin piedad hasta alturas nevadas para luego bajar hasta el nivel del mar a través de caminos velados por la neblina más espesa o la lluvia torrencial.

Luego de rodar menos de 110 kilómetros por estas vías espectaculares para el motociclismo de aventura, encontramos un alojamiento perdido en medio de una montaña apenas visible por causa de la neblina que llenaba el lugar al tiempo que los cultivos de anís perfumaban el ambiente con un suave aroma a aguardiente colombiano.

Una mujer de unos 35 años, delgada, de cabello liso y ojos negros abrió la puerta de lata del alojamiento con una niña de unos dos años a su lado que no la soltaba de la mano. Por su expresión al vernos montados en esas motos recargadas de maletas se podía adivinar que nosotros no éramos la clase de huésped que acostumbraba recibir en su hogar.

-“¿Muy buenas noches, habrá alojamiento para estos tres humildes viajeros?”, pregunté para romper el hielo y que ella viera que éramos capaces de comunicarnos con la gente.

-“Aquí solo vienen enfermos a pasar la noche y se van temprano al hospital”, dijo la mujer  en un suave y pausado acento alto andino, sin salir de su asombro ante el cuadro que los tres presentábamos enfundados en nuestras chaquetas sucias de viaje y con la cara de loco que queda al quitarse el casco.

El centro médico al que ella aludía, llamado Dios Pisuyana, era conocido en la región como el Hospital Alemán y era el único en cientos de kilómetros a la redonda que atendía a los no pocos pobladores de la región de Abancay. Casi todos agricultores de origen humilde,  tenían que caminar por varias horas para llegar desde las lejanas veredas de la provincia en busca de atención y se quedaban en hospedajes como este para madrugar a la cita con el médico o a hacer la fila para pedirla.

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Curvas, curvas y más curvas en Perú hasta perderse en las montañas.

Luego de charlar un poco logramos convencerla de dejarnos armar nuestras carpas en la parte de atrás del terreno, junto a las gallinas y a una veintena de jaulas llenas de cuyes listos para el sacrificio y las brasas. El cuy es un tierno roedor de carne escasa y sabor dulzón que sirve de alimento en Los Andes desde Perú hasta el sur de Colombia.

Tras una escasa cena de arroz y sopa instantánea preparada por Emilio, nos dispusimos a dormir pero resultó muy difícil conciliar el sueño. La habitación para rentar contaba con cuatro camas ocupadas por dos hombres bajitos, de piel café, más de 40 años y muy curtidos de tanto labrar la tierra y una mujer muy vieja de facciones indigenas, la cara arrugadísima como periódico viejo que se tira a la basura y su joven nieta de no más de 20 años.

Ambas, de rodillas a los pies de la cama de la joven, rezaban a gritos pidiéndole a dios por la salud de la anciana. Si dios existe seguro estaba aburrido con tanto grito. A la mañana siguiente ya no había nadie. Las rezanderas se esfumaron y los rudos agricultores acababan de partir luego de tomar jugo de frutas.

El alojamiento era un pequeño rancho de madera y barro con piso de tierra y techo de paja. Pero el centro vital del lugar era la cocina. La estufa de barro estaba en el piso y se cocinaba a leña. El fuego en el centro de la construcción ayudaba a mantener caliente la casa y a que los pacientes pasaran mejor noche.

Por las prisas del día anterior olvidamos preguntar cuanto nos costaría pasar la noche allí, así que al despedirnos preguntamos. La mujer que regentaba el lugar nos cobró el equivalente a 5 dólares en soles peruanos, que incluyeron la noche, un delicioso jugo de frutas con un toque mágico de anís y servicios completos de baño y ducha fría ubicados en un cubículo de lata gris, madera cruda y tela asfáltica negra.

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La dueña de casa juega con su hija en la moto de Emilio antes de seguir camino.

Cuando quisimos pagar los 15 dólares, cinco por cada uno, la mujer nos explicó con la calma con que le hablaba a sus enfermos que eran 5 dólares en total. Igual pagamos los 15 y nos fuimos felices de ver que hay gente buena en el mundo que ayuda a los demás sin esperar nada a cambio, aún en medio de la pobreza de cosas, no de espíritu.

KM. 5191 Poblado Quillcaccasa, Perú.

Salir temprano no garantiza recorrer muchos kilómetros en una jornada. Una vez más las motos iban lentas por la falta de oxígeno en las alturas de los andes peruanos. Rodamos a no más de 40 km/h durante cerca de 8 horas sin tregua.

La noche comenzó a caer en medio de paisajes semidesérticos y nevados y tuvimos que parar en Quilcaccasa, un caserío levantado a orillas de la carretera en el que encontramos una rica cena de arroz con huevo e Inka Cola y un alojamiento de montaña en casa de la dueña del restaurante.

Al despertar, el paisaje resultó sorprendente. Estábamos al filo de una montaña desde la que podíamos apreciar una cadena montañosa nevada, más abajo de nosotros. Las motos pasaron la noche frente a la casa que nos sirvió de posada y amanecieron cubiertas de una nieve fina que no las dejaba arrancar.

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Este lugar desolado nos sirvió de refugio por una noche. La mujer que camina hacia la entrada nos hizo arroz con huevo para el hambre.

Tardamos casi media hora empujando mi V-Men, que por primera vez en todo el viaje se negaba a encender. Al final lo logramos rodándola colina abajo con un esfuerzo descomunal por la falta de oxígeno a los 4120msnm de Quillca, como le dicen los locales a su poblado.

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Por primera vez la V-Men no enciende al toque, pero se entiende por las duras condiciones climáticas que enfrentaba.

Desayunamos mate con galletas, como casi todos los días y volvimos a la ruta helada. Al partir una suave nevada se posaba sobre la ruta y e iba formando una fina capa de hielo sobre la carretera que hacía muy peligroso transitar, pero no podíamos darnos el lujo de esperar a que pasara la nevada o a que el clima mejorara porque en esas latitudes el clima es así el año entero.

De la montaña se desprendían piedras a nuestro paso y se deslizaba tierra constantemente, lo que nos obligó a reducir aún más la velocidad en tramos cortados por sucesivos derrumbes de todos los tamaños. Las manos se me fueron poniendo azules del frío a pesar de llevar tres pares de guantes: algodón, lana y cuero, puestos uno sobre otro.

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Frío, frío y mucho más frío en las heladas rutas peruanas. Un matesito argentino para calentar el cuerpo.

Iba parando cada vez que el frío se hacía insoportable para poner las manos  cerca al calor del motor y del escape de la moto para luego seguir camino con la esperanza de alcanzar tierras más bajas pronto y quitarme de encima las tres camisetas, los dos pantalones, el saco térmico y la chaqueta que me hacían tan difícil la conducción.

De pronto la carretera Panamericana nos sorprendió con la primera bajada en cientos de kilómetros, casi tres días después de haber salido de Cusco. Pero la neblina impedía ver paisajes o ir a una velocidad superior a los 60 kms por hora.

KM. 5943. Nazca Perú. A ciegas.

Casi 9 horas después de comenzar el descenso hacia el valle de Nazca desde la alturas nevadas de Quillca, el ambiente comenzó a calentarse y la oscuridad a presentarse sólida y casi impenetrable. Otra vez a manejar de noche.

Nunca supe en qué momento el faro delantero de mi moto dejó de funcionar. El foco fundido y yo en medio de cañones oscuros de curvas violentamente cerradas que daban a abismos profundos que caen más de mil metros en vertical.

La oscuridad de hizo presente muy rápido y me detuve ante la imposibilidad de conducir sin ver el camino. Prendí las direccionales, las únicas luces que aún servían, y  esperé a que alguien pasara, a que algo pasara. Marcos y Emilio iban adelante y con la ventaja que siempre me sacaban no se dieron cuenta de mis problemas de luz. Como siempre, quedamos en que me esperarían en la entrada de la ciudad.

Cuando estaba a punto de resignarme a pasar la noche en medio de la nada, un gran camión de esos que llevan contenedores gigantes pasó lento junto a mí. El tráiler venía  con luces por todas partes como arreglo de navidad. Rápidamente prendí la moto y me le fui detrás a corta distancia para aprovechar la claridad de su iluminación de seguridad.

Más de una hora después de venir atrás del camión el alumbrado público hizo su aparición anunciando la cercanía de la ciudad. Apreté el acelerador a lo que daba la máquina y alcancé a mis amigos que hacía tiempo me esperaban a la entrada de Nazca.

Ya en la ciudad buscamos un hotel de paso, sin estrellas pero con baño privado, para descansar una noche y seguir a Lima, no sin antes pasar por la enigmáticas líneas de Nazca.

Lineas de Nasca

Parada obligatoria en el desierto peruano.

KM. 5943. Lima, Perú. La bohemia.

Mi buen amigo de varios años y colega periodista Pancho Aranda nos recibió en su casa con buena comida preparada por su padre, cerveza helada comprada por su madre y una energía tan positiva que nos recargó de inmediato con su sola presencia.

Premiado por su trabajo periodístico en la televisión peruana, Pancho es un tipo decente, generoso, buen hijo y siempre atento a ayudar en lo que le sea posible, aún a desconocidos como los que le llevaba en moto esa noche a la puerta de su hogar.

Nuestra primera noche en Lima fue tranquila. Pero la segunda nos amarramos una buena parranda bohemia en bares de escritores con rockola de monedas y música de antaño acompañados del también buen amigo, escritor y periodista peruano Juan José Sandoval Zapata. Para pasar la resaca nos fuimos de turismo por el centro histórico de la ciudad y luego toda una tarde de mantenimiento a las motos.

Por supuesto cambié el bombillo fundido de mi moto, aunque esperaba no tener que manejar de noche una vez más. El último día en Lima, el padre de Pancho nos preparó un delicioso ceviche que hasta el sol de hoy no ha sido superado por ningún otro que haya probado en el mundo. Sencillamente espectacular.

KM. 6232. Huarmey, Perú. Policías corruptos.

El sargento López, conductor de la patrulla que me detuvo a la orilla del camino, aseguraba que iba con exceso de velocidad en una carretera con límite de 100 kilómetros por hora.

-“Casi no te alcanzo Gerardo”, dijo López mientras leía mi nombre en los documentos de viaje que le acababa de entregar.

-“Que raro comandante. ¿Cómo es que una camioneta de 2600cc de la policía no alcanza a una motico de 125cc cargada a más no poder?”, dije arriesgando todas mis fichas.

-“La multa por exceso de velocidad es de 100 dólares que me puedes pagar aquí mismo sin problemas y sigues tu camino”, me tuteaba el bandido de uniforme sin bajarse de su patrulla, mientras el compañero de al lado sonreía imaginando el botín.

-“Vamos a su estación y miramos allá los detalles, no tengo prisa por seguir mi camino”, dije con tranquilidad, pero por dentro quería caerle a golpes al corrupto de mierda.

Por supuesto no quiso que fuéramos hasta su base de operaciones y menos hacerme la multa ya que ni siquiera era policía de carreteras sino de seguridad del pueblo cercano. Al final me arrancó 20 soles y seguí mi camino.

Alcancé a Marcos y a Emilio en una estación de gasolina 23 kilómetros adelante y les conté mi experiencia con el vivo policía peruano.

-“Que hijo de puta che! A mí me estaban pidiendo 100 soles!”, dijo Emilio sorprendido por la coordinación con la que estos piratas oficiales actuaban en carretera para robar al viajero.

Decidimos parar en un hotel de camioneros  para no tener que lidiar con el resto de la policía de la zona que seguro ya había sido alertada por radio del paso de tres motociclistas viajando en máquinas con placa extranjera.

KM 6719. Chiclayo, Perú. El Incendio.

Las lluvias nos venían siguiendo los pasos de cerca y luego de la mala experiencia con el clima en Machupicchu y sus alrededores, decidimos avanzar lo más rápido posible hacia las playas de Mancora, muy cerca de la frontera con Ecuador, famosas por la buena comida y las fiestas de viajeros de todo el mundo en bares a la orilla del mar.

Manejar por parajes desolados da mucho tiempo para pensar en la vida, en la familia, los amores perdidos, los errores cometidos y las oportunidades desperdiciadas. Lo que la rutina del trabajo diario no permite, la vida nómada sobre dos ruedas te lo da por montones: Tiempo para uno mismo y ser feliz sin saber lo que puede pasar cada día al despertar.

El cuentakilómetros de mi moto marcaba 6232 kms de distancia recorrida desde que había salido de Buenos Aires el 29 diciembre y ya era 4 de febrero.  Los camiones pasaban a mi lado haciendo sonar sus bocinas, lo que yo interpretaba como un saludo cordial de los conductores ya que reducían su velocidad y me hacían amplias señas con sus manos. Y por supuesto venía haciendo el balance personal de lo que había hecho con mi vida hasta ese momento.

Pero algo andaba mal. Conducía mi moto por la zona desértica que está a unos 150 kilómetros de Chiclayo, pensando en el tiempo que llevaba en la ruta, cuando vi que de mi alforja derecha se estaba saliendo un trapo naranja que usaba para limpiar la moto de vez en cuando.

Reduje la velocidad para hacerme cargo del trapito, pero este creció casi hasta la altura de mis hombros. Ahí me di cuenta que no era el trapo naranja saliéndose de la alforja, sino fuego de la moto incendiándose.

Me salí de la carretera a toda velocidad y asustado me tiré con todo y moto al desierto hasta dejarla caer sobre la arena aún con el motor encendido. La fuente del fuego era la alforja misma y no tuve más opción que arrancarla con fuerza de la moto  y tirarla lejos para evitar que las llamas se extendieran. Apagué el fuego echándole arena a manotadas a la maleta negra y al revisar la moto vi que solo el escape sufrió un poco por el incendio.

Ese mismo día en la mañana, al pasar por un peaje angosto, la alforja en cuestión había golpeado la barrera del punto de pago y se había caído al piso arrancada de su soporte. La arreglé provisionalmente con cuerda elástica, pero no quedó firme y al avanzar por el camino la vibración hizo que la maleta de cuero sintético entrara en contacto con el caliente escape de la moto.

La alforja llevaba aceite de motor, herramientas, algunos repuestos y varios trapos que sucumbieron al calor dándole paso a las llamas naranjas que al comienzo confundí con un inocente trozo de tela de algodón tejido y que los camioneros al pasar anunciaban con los toques de bocina. Tardé casi media hora reponiéndome del susto y reacomodando el equipaje.

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Llegué a Chiclayo con un alforja menos y una historia más. Así es el viaje.

KM 7116. Playa de Mancora, Perú.

Llegamos a The Point, el hostel más apartado de la zona de rumba en Mancora para pasar dos días tranquilos y reponer las fuerzas perdidas en nuestra rápida huida de la temporada de lluvias que se avecinaba. Guardamos las motos en el estacionamiento del lugar y salimos a tomar el sol, pero me excedí.

Pasé mucho tiempo expuesto y sufrí quemaduras que llevaron mi piel a un bello y doloroso tono Ferrari Testarossa, por lo que tuvimos que quedarnos un día más en Mancora mientras el dolor y la fiebre me bajaban un poco, antes de retomar la ruta.

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Una cervecita fría mientras se descansa en un hostel de mochileros a la orilla del mar nunca sobra.

En cuanto estuve mejor y Emilio se recuperó de un ligero desmayo, tomamos camino hacia la frontera de Huaquillas. Los oficiales de aduanas peruanos fueron muy amables y eficientes al facilitar nuestra salida del país, lamentablemente lo mismo no iba a suceder con los funcionarios del lado ecuatoriano, que se negaron a dejarnos entrar a su patria estando tan cerca de cumplir la primera etapa del viaje de Buenos Aires a Alaska.

Sin sellos, ni permisos de aduana comenzamos a rodar por Ecuador de ilegales por cuenta de la burocracia fronteriza.

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