III. Una sola Tribu

Mendoza, Argentina. Enero 3.

-“¡Estás hecho mierda che!”, soltó Emilio en cuanto me vio bajar de la moto y caminar  cojeando a su encuentro.

Conocí a Capone en Buenos Aires. Cursamos juntos una maestría que poco usamos en el mundo laboral pero que nos permite cobrar más dinero por hora cuando de hacer un trabajo se trata. Mendocino como el vino tinto, no se guarda nada para sí mismo. Hincha a muerte del Club Atlético Newell’s Old Boys, es el argentino generoso, de buen humor y gran anfitrión que se siente la reencarnación del niño dios en la tierra. No se puede encontrar un mejor amigo en el mundo siempre y cuando le caigas bien.

Pasé el año viejo comiendo las maravillas que la señora Marisa, madre de Emilio, prepara con mano maestra y tomando algunos vinos con don Hugo, el padre y médico de profesión, quien atendió las heridas de mi combate con el Tyson. En sus años mozos don Hugo recorrió parte de Argentina en una Lambretta italiana de 80cc y nunca se cayó de ella.

Los días siguientes fueron de mucho turismo en Mendoza, de comer asados interminables y de tomar merlot, tal como manda la regla por estas latitudes. ¿Quién soy yo para despreciar tales atenciones?

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Emilio, Don Hugo y la señora Marisa posan mientras, atrás, Marcos trata de resolver cómo cargar su moto para partir rumbo a Chile.

Marcos llegó el 3 de enero a Mendoza. Hizo la misma ruta desde Buenos Aires en su Twister 250cc y le fue divinamente. Sin accidentes, ni viento, ni sol, ni nada. Llegó despeinado y con sed. Hizo el trayecto en apenas 14 horas, 8 menos que yo. Como don Hugo, nunca se cayó de su moto.

Conocí a Marcos en la misma maestría en Buenos Aires. Amigo generoso, leal y siempre sincero, es el tipo que  tiene una palabra amable a la mano, un consejo perfecto en tiempos de duda y, si hace falta, te saca de problemas sin siquiera pedirlo. Aún en medio de la tormenta más oscura es capaz de tenderte la mano para llevarte hasta ese cachito de sol inalcanzable que se ve entre las nubes.

Paulista nacido en Campinhas, es un brasilero atípico. Amante del acordeón, no juega fútbol ni baila samba pero hace su propia cerveza y trabaja de sol a sol en su propia empresa como nadie que haya conocido antes. Será millonario, seguro.

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Marcos con su bandera de Brasil en el costado, Emilio al frente en su Twister roja y yo en poderosa V-Men al momento de la partida.

Estamos completos. Nos vamos a Chile.

05 de Enero 11:45AM

Luego de comprar un espejo nuevo para la Twister de Marcos, que se rompió al caerse sola y apagada, víctima del peso excesivo de las maletas traseras, retomamos la Ruta 7 rumbo al paso del Cristo Redentor, un túnel de más de 3 kilómetros de largo a una altura superior a los 3200 metros sobre el nivel del mar, que une Argentina con Chile. El plan es dormir en un nuevo país, aunque no sabemos dónde exactamente.

KM 1204 Uspallata, Argentina.

El paisaje es imponente. Montañas nevadas se presentan ante nosotros y lo mejor es que la carretera se pierde hacia ellas, hacia dónde vamos. El clima está perfecto, el cielo despejado y un viento suave que refresca el ambiente invita a sentarse a tomar un mate, otra buena costumbre argentina que se me va pegando.

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Al fondo, los Andes nevados. Para allá vamos.

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Al fondo el embalse Potrerillos a 70kms de Mendoza. Vale la pena parar verlo. Otra ventaja de andar en Moto: paras donde quieras.

Por la ruta vemos pasar varios hermanos motociclistas con rumbos inciertos a bordo de máquinas de alto cilindraje, BMW y Transalp que dominan la carretera. Todos saludamos tocando la bocina, con cambio de luces o con la mano izquierda en alto haciendo la V con los dedos índice y medio.

En la estación de gasolina de Uspallata se produce una escena que se va a repetir en todo el viaje.

-“¿Desde Buenos Aires en esas motos?, ¿No son muy pequeñas?”, pregunta con asombro un motero arriba de su brillante BMW F800 GS amarilla con frenos ABS y cuanto gadget se pueda uno imaginar.

-“No hay moto pequeña si el corazón es grande y la decisión fuerte”, respondo inspirado.

Ya me volvió la voz de galán de telenovela colombiana y llevo seis meses ensayando esta respuesta frente al espejo.

A juzgar por la cara del colega de la BM la frase es convincente porque es la verdad. Solo hace falta darse una vuelta por Google para encontrar que hay viajeros recorriendo el mundo en motos grandes y pequeñas, en bicicleta, en carros viejos o a pie en rutas larguísimas que en muchos casos les toman años de esfuerzo y sacrificios lejos de la familia pero con el pleno convencimiento de que nacieron para ver el mundo con sus propios ojos.

-“Vamos a Colombia y si se puede hasta Alaska”, afirmo sacando pecho con orgullo.

-“¡Que capos!” responde el motero con verdadera admiración.

La ruta enseña que el motociclista es un hermano sin importar edad, cilindraje, condición social, sexo o raza. No hay color político arriba de una moto o nacionalidad que nos divida. Somos una sola tribu que habla todos los lenguajes y cuyos miembros se ayudan en cada camino del mundo conocido.

-“Vos estás haciendo realidad mis sueños”, remata el nuevo amigo bajándose de la BM para estrechar mi mano.

KM 1277. El Aconcagua.

El frío arrecia y la subida se hace difícil pero la V-Men no se rinde y aunque va a 35kms por hora sigue avanzando. No hay prisa. Marcos y Emilio me toman ventaja, van a 50kms por hora pero me esperan al llegar al puente del Inca a 2707 metros sobre el nivel del mar.

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El Puente del Inca.

El puente es una formación natural sobre el río Las Cuevas que tiene 47 metros de largo por 28 de ancho y bajo el cual fluyen aguas termales en las que, según la leyenda local, la realeza Inca se sumergía para aliviar los males del cuerpo y limpiar el alma. Hoy parece estar prohibido bañarse ahí. Habrá que seguir de largo con el alma sin lavar.

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La bandera Argentina ondea, dándonos la despedida.

Al costado derecho del puente se alza imponente el monte Aconcagua, el cielo está despejado y podemos verlo en todo su esplendor. Se trata de una montaña mágica que me atrae como un poderoso imán a un pedacito de metal.

En mis años de mochilero y aprendiz de escalador, escuché muchas historias de temerarios que se atrevían a desafiar los 6962 metros de altura sobre el nivel del mar que tiene el Aconcagua, solo para probar que la especie humana es capaz de realizar actos extraordinarios como escalar esta montaña monumental, peligrosa y bella al mismo tiempo.

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El Monte Aconcagua, el más alto de toda nuestra América, nos deja verlo en todo su esplendor. El buen clima nos está acompañando.

 

  • “Para ver esto es que viajo en moto”, me dice una voz feliz en mi cabeza.

Estar frente a esta maravilla natural, de la que hasta ahora solo había visto fotos en internet, es conmovedor. Ya se siente un poco más de frío y la altura le pasa factura a los motores de nuestras Hondas que por la escasez de oxígeno van subiendo más lento y en cambios bajos para mantener la fuerza.

  • “Un día vas a volver para ver el mundo desde allá arriba”, me dice una voz esperanzada en mi cabeza.

Atrás van quedando las llanuras verdes y llenas de vida para dar paso a paisajes casi desérticos y montañas nevadas. Aún con las motos un poco “apunadas” vamos disfrutando el viaje. Esto está mejor de lo que pude imaginar cuando meses atrás, distraído en clase de estadística, pensaba en subir a mi moto y darle varias veces la vuelta al mundo antes de morir. Tuve que re-cursar estadística, claro.

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Los tres motoqueros, al pie de la montaña.

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Una parada a tomar mate en un sitio mágico.

KM 1292 Túnel Transandino Cristo Redentor. Frontera Chile – Argentina.

Seguimos subiendo despacito hasta llegar al paso del Cristo Redentor a 3209 metros sobre el nivel del mar. Voy resignado a rodar en segunda o tercera a 25 kilómetros por hora. El motor va haciendo su esfuerzo pero se mantiene firme ante una pendiente cada vez más elevada.

Yo sigo como niño en dulcería. Voy feliz contemplando la perfección de la naturaleza. Por el camino vemos andinistas a pie que van cargando sus mochilas rumbo a la montaña y más motociclistas en el sentido opuesto al nuestro en motos que no bajan de 650CC. Todos saludan en señal de camaradería. Somos de la misma tribu, nos reconocemos al instante.

Hay varios túneles entre Uspallata y la frontera con Chile, pero este es especial. Justo en la mitad del tubo bajo los Andes, se encuentra un país con el otro. Antes de entrar al túnel me quito los lentes de sol para ver el punto exacto en el que arranca el segundo país de esta travesía.

Apenas logro verlo comienzo a tocar la bocina eufórico y a gritar como poseído. La primera frontera que atravieso en moto en mi vida! Marcos y Emilio hacen lo mismo. Somos como un grupo de locos que intentan una sinfonía en el patio de descanso de su hospital mental con instrumentos musicales de juguete donados por el Ejercito de Salvación.

-“¡Suena bonita esta música estridente!”, grita fuerte una voz en mi cabeza.

No se puede parar ahí para tomar fotos, pero en el cartelito que anuncia la frontera se ven  claros el escudo de Argentina junto al de Chile, pegaditos. Países hermanos.

De pronto, la luz al final del túnel y a la salida un cartel azul que nos da la bienvenida a territorio chileno. El sol se nos está yendo y todavía tenemos que pasar la burocracia del puesto fronterizo Los Libertadores para luego bajar muy rápido por la peligrosa cuesta conocida como Los Caracoles.

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Primera frontera de la travesía!

Esta parte de la ruta tiene 29 curvas muy cerradas, cada una más peligrosa que la anterior, y cae de 3200 metros sobre el nivel del mar, a menos de 900 metros sobre el nivel del mar en aproximadamente 20 minutos, si se es un buen conductor.

Cualquier cosa puede pasar y ya sabemos que no soy Valentino Rossi.

 

 

 

 

2 comentarios en “III. Una sola Tribu

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