XXIII. México picante o la gastronomía del viajero.

¿Qué voy a comer hoy?

La verdad es que nunca me hago esa pregunta. Prefiero dejarme sorprender por la comida que la ruta me va presentando cuando me da hambre y así aprovecho para probar los platillos de calles y mercados de cada país. Al salir de Colombia pesaba exactos 92 kilos. Llegando a México por su frontera sur ya había perdido 8 kilos y al salir por Tijuana de la tierra del mariachi y el chile mi peso corporal superaba los 97 kilos que más o menos disimulaba gracias a mis 1,80 metros de estatura.

-“Hay que comer bien cuando se puede. Usted no sabe lo que le espera en el camino”, me decía una voz glotona en mi cabeza.

Mientras tanto devoraba tamales y tacos gigantes en Chiapas, exquisito mole oaxaqueño en Huatulco, generosos ceviches en Sinaloa, tostadas de mariscos enormes en Tijuana, trucha asada recién pescada en Michoacán y quesadillas, tlayudas y enchiladas de todos los tamaños a lo largo de la costa pacífica mexicana, Ciudad de México y Jalisco. Todo aderezado con finos toques de chile picante que al final terminé disfrutando tanto como si hubiera nacido en medio de los extensos cultivos de agave azul del que se destila el famoso tequila.

Me enchilé fuerte en tres ocaciones: en San Cristóbal de las casas con una carne a la tampiqueña deliciosa, en Ciudad de México con un pozole de apariencia inofensiva y en Guadalajara con unos tacos al pastor comprados en la calle. Por supuesto eso no me detuvo y seguí comiendo como si el mundo se acabara mañana.

Subir y bajar de peso en un viaje en moto de larga duración es de lo más normal. Esto sucede por los cambios de comida en cada país que se visita, por los horarios atravesados en los que se toman los alimentos, las altas temperaturas de Centroamérica que deshidratan a cualquiera y las constantes invitaciones de los amigos locales a probar tacos de carnitas, sopes, pozoles, fajitas, burritos, tortas y hasta chapulines, una variedad de insecto colorado que brinca por los verdes campos de la geografía azteca.

Luego viene el enorme esfuerzo físico que supone conducir una moto de 200 kilos cargada hasta las banderas de ropa, herramientas, repuestos, variados accesorios, equipo de acampada y comida en lata para el camino, por varias horas al día, durante muchos días consecutivos. Hay jornadas tan intensas que al final no dan ganas ni de comer. Solo armar la carpa, tomar agua, una barra de Snickers y a dormir.

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Con algo había que bajar la comida y un mezcalito es digestivo.

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Una cervecita antes de subir al Templo de Tepoztecalt.

KM. 18225. Ciudad de México.

Llegué a CDMX con más de dos horas de retraso a casa de mi amiga Ingrid Rueda a quién por supuesto no le había contado por whatsapp del tremendo susto de cinco minutos que me dieron los encapuchados en las carreteras del estado de Guerrero.

En general dejo pasar varias semanas antes de contarle a mi familia y amigos los incidentes desagradables que me pasan en el camino y terminan enterándose de los detalles a través de mis crónicas de viaje. Así no se preocupan innecesariamente por cosas que se solucionaron sin mayores esfuerzos, pero que a la distancia podrían parecer peores de lo que en realidad fueron.

Luego de una ducha refrescante, Ingrid me llevó a comer a Coyoacán. Si, a comer. Nos acompañaron René, su novio, y su bella hija Uma, una niña muy despierta y encantadora de cinco añitos que me daba a probar de todo. Ese día no solo comí los famosos chapulines en tortilla con queso y salsas sino que además probé tacos al pastor, dorados y de carnitas al por mayor.

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Uma Rueda jugando con su nuevo amigo El MotoNauta.

Los siguientes 10 días los pasé disfrutando de la hospitalidad de mis anfitriones, descansando, visitando sitios de interés como cualquier turista, bebiendo diversas variedades de tequila y cerveza nacionales y comiendo las abundantes delicias de la gastronomía mexicana.

Una mañana de sábado luego de una buena fiesta con mariachis en la plaza Garibaldi, René me llevo al mercado Educación, en la zona sur de la ciudad, a probar lo mejores tacos de barbacoa del universo, hechos con carne maciza de borrego. Por supuesto comí más de la cuenta porque “uno nunca sabe lo que le espera en el camino”, pero en México uno sabe que lo que viene es comida y de la buena, en cualquier esquina del país.

Antes de salir de la capital rumbo a ciudad Hidalgo en Michoacán, donde me esperaba la leyenda del motociclismo don Jaime Paz, dejé a Esmeralda tres días en las capaces manos de don Francisco “Chito” Carrillo, otra leyenda del motociclismo mexicano, y su hijo Daniel dueños del mejor y más completo taller de motos en toda CDMX.

En su local de la calle Patriotismo 302 le hicieron un completo servicio a la moto que incluyó cambio de toda clase de fluidos, pastillas de freno y cadena nuevas y reparación de los soportes de las maletas que ya venían con grietas producto del largo viaje por Centroamérica, todo a muy buen precio y con el correspondiente descuento al viajero.

Los Carrillo son una prueba viviente de la solidad de la tribu viajera y más que mecánicos, son motociclistas apasionados dispuestos a ayudar. (¿Dónde voy a dormir esta noche? https://elmotonauta.com/2017/06/15/xvi-solidaridad-la-consigna-de-la-tribu-viajera/ ).

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Daniel (Izq) y don Francisco Carrillo me atienden como un príncipe en su taller. Esmeralda la más agradecida.

Los Viejos Vagos.

Jaime Paz acaba de cumplir 59 años, ha tenido más de 50 motos en su vida y llegó a  Alaska y volvió a su natal Ciudad Hidalgo en apenas cinco semanas a bordo de una BMW 650GS gris sobre cuyo asiento lleva una piel de ovejo que sirve para disipar el calor en las ardientes rutas de la Baja California o calentar el culo en las frías del norte de América.

Jaime Paz Alaska

Jaime Paz el día en que llegó a Alaska apenas 20 días después de haber partido de Michoacán. Voló en su BMW 650GS.

Hace casi siete años, don Jaime rodaba con sus amigos rumbo a Mazatlán, a disfrutar de la famosa semana de la moto, cuando un policía de carreteras los detuvo. Al ser interrogado sobre su ocupación, el motociclista respondió “comerciante”.

Al ver la pinta de don Jaime, que entonces iba en una Yamaha V-Star 1300cc, el agente de la ley le soltó a quema ropa una frase que lo acompañará hasta la tumba: “¡usted lo que es, es un viejo vago!”, y desde entonces así se le conoce al buen don Jaime.

El Viejo Vago me recibió en su casa tres días en los comí como naufrago recién rescatado, pero también rodamos más de 100 kilómetros conociendo los alrededores de su tierra, hablamos de las rutas en Alaska, su pasión por la motos y los años que lleva recorriendo Centro y Norteamérica de extremo a extremo en distintas motos que de solo recordarlas le ponen una sonrisa de oreja a oreja en la cara.

El club de motociclistas que preside está formado por personas de todas las edades, pero son más numerosos los que superan los 55 años  y que comparten con él la imperiosa necesidad de rodar libre por carreteras de asfalto, tierra suelta o barro. Se hacen llamar Los Viejos Vagos Viajeros, por supuesto. Cuando sea grande, quiero ser como ellos.

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Con el Viejo Vago recorriendo pueblitos de Michoacán en busca de trucha fresca para almorzar.

KM. 18895. Guadalajara, Guadalajara.

Si usted ha leído mis crónicas con juicio, ya sabrá que no uso GPS. Voy preguntando por el camino y muy atento a las señales y avisos de la carretera para llegar a mi destino. Sin embargo, cada tanto me pierdo y a veces son perdidas de varios cientos de kilómetros que me llevan a encontrar lugares maravillosos que no estaban en los planes o a conocer gente que de otra forma habría sido imposible cruzarse en el camino.

Saliendo de Ciudad de México me perdí unas dos horas tratando de encontrar la ruta hacia Toluca y en las autopistas de cuota de Michoacán rodé más de 30 kilómetros en dirección opuesta a Guadalajara que era la siguiente ciudad en la que me detendría más de una semana.

La rueda trasera, que se había pinchado más de 1600 kilómetros atrás en Chiapas, de repente estalló faltando menos de 50 kilómetros para llegar a Guadalajara. Por fortuna rodaba despacio y logré controlar la moto sin problemas. En CDMX los Carrillo me habían regalado una llanta usada en muy buen estado que cargaba amarrada al baúl de Esmeralda para usarla en una ocasión así.

Providencialmente, a menos de 200 metros de donde quedé inmóvil, estaba una llantería en donde cambiamos la ponchada en medio del calor abrasador del verano jalisqueño. Si ya sé, debí cambiarla antes, pero que le vamos a hacer.

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Mi moto no tiene caballete, o soporte central, por lo que se hace difícil reparar cualquier cosa de la mitad para atrás de la máquina, pero con un poquito de ingenio todo se soluciona. 

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La llanta estalló casi enfrente a esta llantería en Ocotlán. La suerte siempre de mi lado.

Superado el problema, la primera parada fue la casa de Diego Herrera y su novia Carla. Músico talentoso y líder de la banda Quinta Kalavera, me llevó a comer de todo. Desde tacos dorados rellenos de toda clase de carnes y vegetales hasta la famosa carne en su jugo acompañada de frijolitos refritos con elote, totopos dorados, rabanos, cebollitas cambray fritas, cebolla con cilantro picado y cerveza negra Modelo, de Karne Garibaldi, un famoso restaurante que ostenta el récord Guinness por el servicio más rápido del mundo: sirve su plato fuerte apenas 13,5 segundos después de ordenarlo. Comiendo de esa manera era natural que siguiera subiendo de peso, pero que rico que estaba todo.

Los siguientes días los pasé de arriba abajo conociendo todo lo que pude de la bella capital de Jalisco. Tlaquepaque y sus callesitas de colores, las luchas libres de la Arena Coliseo, los bares del centro entre los que se destaca el Escarabajo Scratch y los edificios de la ciudad que mezclan cuatro siglos de bellísima herencia arquitectónica.

De casa de Diego me mudé a la de Beto Cárdenas, el motociclista y ahora buen amigo mexicano que conocí en Panamá y con quien rodé hasta entrar a su país para luego separarnos en Zipolite hacía ya más de 20 días. Pasé unos días tranquilos en Guadalajara, escribiendo crónicas en casa de Beto, bailando salsa en los parques públicos de la ciudad, tomando cerveza en cantinas antiguas y conociendo gente buena a diario.

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La bella arquitectura de la ciudad me da la bienvenida, ya más gordito de lo usual.

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Lucha libre, una tradición sensacional en México.

Un merecido descanso que iba a necesitar para enfrentar los cerca de 40ºC del desierto de Baja California, La Paz y Los Cabos, el hipercalórico choriqueso del doctor/motociclista Miguel Urista en Etzatlán y las dos semanas de celebración de mi cumpleaños número 40 en Mazatlán y Tijuana con más tequila del que puedo recordar.

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