XV. Esmeralda y el alucinante paso del Tapón del Darién en bote.

KM. 11430. Bogotá, Colombia.

El 29 de diciembre de 1951, Ernesto “el Che” Guevara de la Serna y su amigo Alberto Granado Jiménez, salieron de la ciudad de Córdoba en Argentina sobre una moto Norton de 500cc para conocer América viviendo de sus propios recursos y gastando dinero solo en aquello que en realidad no pudiera evitarse.

Quiso la suerte que yo saliera en mi moto también un 29 de diciembre desde Buenos Aires pensando en llegar a Colombia, a más de 10.000 kilómetros de distancia, en el tiempo que fuera necesario emplear. Sin prisa, sin GPS y apegándome al plan del Che de gastar lo menos posible durante la travesía. 63 días después lo logré.

-“¿Y qué hago ahora?”, me preguntaba inquieta una voz en mi cabeza cada 30 segundos.

La respuesta siempre era la misma. Seguir el llamado de Christopher, el motociclista canadiense de 73 años que 6000 kilómetros atrás, comenzando a rodar por el desierto de Atacama en Chile, me contó de un lugar mágico llamado Alaska al que se llega atravesando su patria y en el que él fue feliz una vez, aunque nunca pudo volver a verlo. ( https://elmotonauta.com/2017/02/10/why-not-my-friend/ ).

-“Vive viajando por el mundo, nunca pares, habla con todos y cuéntales de dónde vienes y para dónde vas….. al final de la vida los viejos nos arrepentimos solo de lo que no hicimos cuando pudimos”, decía Chris con profunda sabiduría.

El 29 de marzo de 2017 desperté en Turbo, a orillas del Caribe a las seis de la mañana. Tomé una ducha helada, un desayuno rápido y salí con una mochila verde de 100 litros llena de ropa y cosas de acampar rumbo al puerto, a solo cinco minutos de mi hogar de paso, para abordar una lancha rápida y alcanzar a mi moto.

La noche anterior había negociado con el capitán Cristóbal el subir la moto a su viejo barco carguero de madera para llevarla a Capurganá, una hermosísima playa en el caribe colombiano, junto a materiales de construcción, bultos de harina de trigo, plátanos en racimo, cajas de deliciosa cerveza y víveres de toda clase en una travesía que le iba a tomar al viejo capitán más de ocho horas de recorrido.

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El viejo barco surca el golfo de Urabá dos veces a la semana llevando de todo, hasta motos.

No soy religioso, pero el nombre del barco me daba algo de tranquilidad. “No hay como dios”, se llamaba la descascarada embarcación que llevaría a Esmeralda, mi flamante Kawasaki Versys 650, a esta segunda etapa del viaje, en el primero de tres trayectos surcando el Caribe rumbo a Panamá.

La Previa.

Tres días antes, el 26 de marzo, desperté como un zombi a las cuatro de la mañana con la intensión de salir a las cinco de Bogotá con destino a Medellín, primera parada en la ruta hacia Alaska. Había llovido durísimo en la ciudad toda la noche y aún no paraba de caer agua del todo. No había dormido más de cuatro horas intranquilas, sin embargo la decisión estaba tomada. Ese día volvería a la ruta a como diera lugar.

La semanas anteriores estuvieron marcadas por la ansiedad, los problemas de último minuto con la moto: maletas que no cerraban, repuestos que no se conseguían, luces que no alumbraban, pito que no pitaba, frenos que no frenaban y una lista casi sin fin de cosas por hacer para poder viajar tranquilo, como renunciar al trabajo, cerrar cuentas bancarias, pagar todas las deudas, dejar plata para los impuestos del año fiscal, pagar el colegio de mi hija Cata y meter mis pocas pertenencias a una bodega esperando mi regreso.

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Mi hija y yo cuando éramos bebés.

Superados los problemas logísticos, llegaron los emocionales. Despedirme de Cata siempre será triste para mí porque en cada viaje la extraño a morir. De nuevo le hice la promesa de que rodaría lo más seguro posible de ida y vuelta para regresar a su lado sano y salvo. No es fácil dejarlo todo para ir a perseguir los sueños, pero es la única manera de hacerlo bien.

Luego de una ducha tibia, cargué a Esmeralda con cinco maletas de variados tamaños. Dos laterales del color de la moto y un baúl trasero de plástico en los que viajan repuestos diversos, mi computadora, unas botas de trekking, comida en lata, botiquín de primeros auxilios, kit de despinchado de llantas, aceite de motor, lubricante de cadena y herramientas variadas.

Puse una mochila verde y grande de poliéster grueso e impermeable sobre el asiento del pasajero, con ropa adecuada para todos los climas, bolsa de dormir, carpa, aislante para el piso de la carpa, una bolsa con elementos de aseo personal para no oler a chivo durante la travesía, un par de tenis y otro de sandalias para caminar por las playas nudistas que aparezcan en el camino.

La última maleta va asegurada con imanes al tanque de la moto y está cargada con todo aquello que se requiere tener a la mano rápido como el papel higiénico, el bloqueador solar, el pasaporte y la licencia de conducir, el traje de lluvia y la cámara para tomar esa foto soñada.

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Esmeralda lista para partir.

Salí dos horas después de lo presupuestado en medio de una llovizna tenue que le daba un aspecto gris y triste a Bogotá, pero eso no minó el ánimo que me acompañaba.

Los primeros kilómetros los recorrí preso de una mezcla de alegría y miedo mientras aprendía a dominar el peso combinado de la máquina, las maletas y los 90 kilos del piloto.

KM. 11728. San Luis, Colombia.

Rodar por carretera es una maravilla. Esa sensación de que una vez más estaba haciendo aquello que tanto tiempo llevaba planeando, es mejor tomarse una cerveza helada en fondo blanco en una tarde calor intenso a la orilla del mar, sin tener que pagarla.

Llevaba más de cuatro horas manejando cuando de repente, al salir de una curva suave, justo frente a mi apareció una piedra gigante de cerca de 10 toneladas que ocupaba todo el carril derecho por el que transitaba.

La roca casi redonda se había venido rodando desde lo alto de la montaña llevándose por delante árboles, animales y maleza para ir a parar justo en mi camino a Medellín. No iba tan rápido así que fue fácil frenar antes de chocar contra el pedazo de montaña que parecía recién caído.

-“La piedra se vino hace unas dos horas montaña abajo, menos mal no pasaba nadie por ahí a esa hora”, explicó don Mateo, un hombre de más de 50 años, vestido de overol naranja, chaleco reflectivo, casco rojo y botas de trabajo. Él era el único funcionario del municipio cercano de San Luis, destacado frente a la piedra con una paleta pare/siga como solitaria herramienta para evitar accidentes.

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Como dice la canción: “Una piedra en el camino, me enseño que mi destino, era rodar y rodar”

-“Menos mal salí tarde de Bogotá”, respondí pensando que de haber arrancado a tiempo me habría caído encima esa piedrota terminando con mi viaje de manera prematura. Pero como no fue así, interpreté el derrumbe como una señal de que mi destino en esta vida es rodar y rodar, en moto por supuesto.

KM. 12210. Puerto de Turbo, Colombia.

Llegué a Medellín con la necesidad de cambiar la llanta delantera, que de lo gastada ya parecía de pista. Pude cambiarla antes pero inexplicablemente no me alcanzó el tiempo y la fecha de la partida se me vino encima de un momento a otro.

Cambié la llanta y pasé dos noches tranquilas en Medellín visitando amigos, tomando cerveza y comiendo fríjoles con chicharrón, hasta que recordé que mi destino estaba a más de 20.000 kilómetros de distancia y decidí avanzar.

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La pata de Esmeralda es muy corta y se cayó por el peso que ahora carga. Afortunadamente fue en un bonito lugar: Santa Fé de Antioquia, de camino a Turbo.

El puerto de Turbo tiene mala fama. Dicen que roban, matan y que el narcotráfico es la ley en la zona, que no es posible sacar la moto legalmente del país y que no existe puesto de migración en donde sellar el pasaporte a la salida. Por eso docenas de motociclistas de todo el mundo prefieren pagar más de 1000 dólares pasando su moto en un velero a Panamá por Cartagena o en avión desde Bogotá por cifras que arrancan en 1200 dólares.

La mejor manera de pasar la moto es compartiendo un contenedor desde Cartagena con otros dos o tres viajeros y dividir los costos entre todos. Los hay que van en auto, en otras motos, en combis o en casas rodantes. Lo importante es hacer el trámite rápido ya que Cartagena es la ciudad más cara de Colombia y el costo de pagar hotel y comida esperando el grupo adecuado puede ser elevado. Yo no coincidí con nadie así que me fui solo a Turbo a aventurar.

Los piratas del Caribe.

El 29 de marzo de 2017 desperté en Turbo, a orillas del Caribe, a las seis de la mañana. Dormí intranquilo pensando en las docenas de historias que personas bien intencionadas, pero mal informadas, me contaban sobre lo “imposible” de pasar a Panamá por el puerto bananero sobre el Golfo de Urabá.

-“Se te va a ir la moto al mar”, decían unos. “Te van a secuestrar”, decían otros. Y casi todos aseguraban que me iban a robar o que no había manera de sacar la moto legalmente del país, pero ninguno de los amables aconsejadores había estado en Turbo jamás y por supuesto estaban todos equivocados.

Turbo es un puerto feo, eso si, pero tiene capitanía de puerto regentada por la Armada Nacional, aduanas para hacer el trámite de exportación temporal de la moto y puesto de migraciones para salir legalmente del país. Y en caso de que se olvide sellar el pasaporte en el puerto, en Capurganá también hay oficina migratoria.

El capitán Cristóbal llevó a Esmeralda por 50 dólares hasta la bahía de Capurganá, pero no la bajó al pequeño puerto del caserío esperando a que yo negociara el traslado al aún más pequeño puerto de Obaldía, en Panamá, donde se hacen los procedimientos legales de ingreso de moto y nauta al país.

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Capurganá es un paraíso en el Caribe colombiano que vale la pena visitar.

La misma tarde de mi llegada a Capurganá negocié con el primer pirata el pasar la moto, en medio del mar y a fuerza de brazo, del barco de Cristóbal a una lanchita inestable que me llevaría a Obaldía por 90 dólares a las ocho de la mañana del día siguiente. Claro que la negociación arrancó en 200.

-“Se te va a ir la moto al mar”, me decía una voz burlona en mi cabeza.

Para mi sorpresa el trayecto fue muy tranquilo y lo cubrimos en apenas una hora, por lo que al final me pareció caro, pero ya no había nada que hacer. Al llegar al lado panameño bajé la moto a la playa con la ayuda del lanchero y dos espontáneos indígenas kuna-yala a cambio de una propinita de cinco dólares.

El ejército panameño inspeccionó la moto y mis documentos de viaje y tras una hora de preguntas sobre de dónde venía y para dónde iba me dejaron en libertad de acercarme al puesto de control migratorio donde pasé las siguientes seis horas esperando a que algún funcionario en ciudad de Panamá autorizara mi ingreso al país vía internet. Sobra decir que el Wi-Fi en medio de la selva no anda muy rápido.

Yo no era el único esperando el mensaje aprobatorio de la capital. Junto a mí, en la pequeña y caliente oficina, estaban un uruguayo conversador, un comerciante colombiano, un francés tímido en extremo, una joven japonesa buena onda que hablaba bien español y Margot, una rubia inglesa bellísima y tatuada que hizo que la espera valiera la pena. A la media hora ya éramos todos amigos.

Los primeros en salir con su pasaporte sellado fueron los europeos, dos horas después la japonesa, casi tres horas más tarde el uruguayo y al final quedamos los dos colombianos a la espera. Cuando por fin me llamaron habían pasado seis horas desde que atravesé la puerta destartalada de la oficina burocrática.

-“Bienvenido a Panamá”, dijo el funcionario mientras estampaba un sonoro sello en mi pasaporte. Lo siguiente fue hacer la importación temporal de Esmeralda con otro funcionario en camiseta, sandalias y bermudas, que tomaba el sol desprevenido en una silla frente a su casa.

Listo el trámite ya podía rodar por Panamá, solo que no hay carreteras en el Tapón del Darién así que volví a la playa a buscar otra lancha que me llevara a Puerto Cartí, cinco horas al norte, atravesando las 360 islas del archipiélago de San Blas.

Todas las embarcaciones a Cartí habían salido temprano y las siguientes zarparían a las 11:00am del día siguiente. En esa zona del mundo los indígenas Kuna son la ley, dueños de barcos, rutas de contrabando, islas, gasolina, víveres y todo lo que se pueda uno imaginar, así que con ellos comencé la negociación.

-“Ochocientos dólares”, dijo el primero. “Mil doscientos”, pidió el segundo.

-“¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja!”, solté yo en las dos ocasiones, mientras me alejaba de los ilusos.

En puerto Obaldía solo hay dos hoteles, el de Cande y el de su hija Primitiva, ese es su nombre, y están peleadas a muerte lo que ayuda al viajero a negociar un buen precio en cualquiera de los dos hospedajes. Pagué seis dólares en el de Cande por una habitación compartida con el francés tímido y el uruguayo conversador.

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Ella es Cande, dueña y señora de la posada que lleva su nombre.

La bella Margot y la japonesa habían seguido su camino a una isla cercana a vivir la experiencia salvaje de dormir con los indios y Juan, el comerciante colombiano, tenía que regresar a su país al día siguiente ya que las autoridades panameñas le negaron su ingreso por haber estado preso hacía más de 15 años en Estados Unidos por narcotráfico.

A la mañana siguiente salí rumbo a la playa a negociar de nuevo en medio de un sol radiante. Para mi sorpresa había más lanchas ese día y no todas eran de indígenas y además más gente quería pasar a puerto Cartí.

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En esta playa me senté a negociar con los lancheros que querían más de lo que yo podía pagar. Con un poco de paciencia todo se solucionó.

Junté a todos los viajeros para negociar en grupo con el segundo pirata y logramos un buen precio en una lancha rápida. Pagué 200 dólares por la moto y cien más por mi pasaje y salimos pasado el mediodía rumbo a Cartí. Esmeralda al frente con una rueda de camión debajo para amortiguar los golpes que daba la lancha al romper las olas; el uruguayo, el francés y dos suecas en las bancas de atrás y dos contrabandistas panameños al medio junto a mí.

Las siguientes cinco horas fueron alucinantes. No sabía si estaba soñando o era real lo que veía. Barcos fantasma de madera, muy viejos, surcando el caribe despacito, hombres pescando a mar abierto en embarcaciones de juguete, pequeñas islas superpobladas de indígenas semidesnudos, lluvia intensa que fluía del piso de la lancha hacia el cielo, fuertes golpes contra el océano que le dejaron varios rasguños a Esmeralda y múltiples paradas a cargar gasolina y comer galletas en islotes abandonados de la mano de dios sin más leyes que las de la naturaleza.

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Una parada a cargar combustible en medio del Caribe Panameño en las tierras de los indígenas Kuna-Yala.

Cuando por fin llegamos a puerto Cartí eran las 6:30 de la tarde y la noche amenazaba con llegar en cualquier momento. Bajamos la moto del bote entre seis personas a pulso, mientras mis compañeros de viaje huían rápidamente en camionetas de servicio público que esperaban las últimas embarcaciones de pasajeros del día.

Durante la travesía vi como una grieta comenzó a crecer en el carenado derecho de la moto, lo que me obligó a quitarle todas las pastas a Esmeralda, en medio de una parada técnica para reabastecer la lancha de combustible, y así evitar que se rompiera toda.

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No es fácil, pero se puede. Al fondo el Tapón del Darién.

Desarmarla en medio del océano fue fácil, pero armarla de nuevo en el puerto se me complicó demasiado, más que nada por la lluvia y el cansancio. Félix, un panameño buena onda que construye y repara botes con fibra de vidrio en el puerto, se apiadó de mi al verme solo tratando de ponerle el carenaje a la moto y me ayudó hasta que pude salir rodando por fin.

Dos dólares más por el derecho a usar el puerto y fui libre para acelerar a fondo. O por lo menos eso pensé en los primeros minutos. La lluvia no paraba y el camino estrecho rumbo a ciudad de Panamá serpenteaba de derecha a izquierda y de arriba abajo en curvas muy cerradas unas veces o en pendientes excesivamente inclinadas las demás.

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La carretera que va de Cartí a Ciudad de Panamá es complicada, pero en ese momento ya nada importaba, por fin estaba rodando luego de tres días en tres botes distintos.

Llegué al puesto de control del ejército, 20 kilómetros adelante, con las últimas luces del día. El comandante de guardia me hizo sacar todo de las maletas y mostrarle pieza por pieza lo que cargaba en la moto, hasta mis calzones fueron objeto de inspección.

Ese día rompí casi todas las reglas de seguridad del motoviajero: Manejé en medio de la noche más oscura por casi dos horas bajo una lluvia intensa y por parajes selváticos que solo podía imaginar ya que no veía nada a pesar de circular con las luces altas. Pero no tenía otra alternativa, debía llegar a la capital a descansar para seguir.

Llegué a ciudad de Panamá el 1 de abril de 2017 pasadas las 10 de la noche, más piltrafa que hombre, pero feliz de haber logrado el cruce más difícil y temido del planeta con todo y moto. Esa misma noche recostado en una cama suave con dos ventiladores soplando a máxima potencia y una cerveza fría en la mano me dije a mi mismo: “esto no lo vuelvo a hacer”.

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