XVII. Pasar fronteras, un dolor de cabeza necesario

No me quería ir de Panamá. Solo pensar en los numerosos trámites burocráticos que rodean el cruce de cada frontera me producía una especie de malestar parecido al del domingo por la tarde cuando uno sabe que es inevitable tener que ir a trabajar o estudiar al día siguiente luego de un fin de semana maravilloso en brazos de la mujer amada.

La primera frontera que atravesé en moto fue Argentina/Chile, seguida de Chile/Perú, de ahí Perú/Ecuador y luego Ecuador/Colombia donde me quedé tomando fuerzas y ahorrando algo de dinero para esta segunda parte del viaje.

Hasta ahora la más difícil ha sido Colombia/Panamá por el gran obstáculo conocido como el Tapón del Darién. Muchos mandan en contenedor su moto desde Cartagena y los más adinerados lo hacen en avión desde Bogotá. Yo tomé la opción más barata y peligrosa que fue la salir por Turbo en una travesía de tres días en lanchitas de motor hasta puerto Cartí en Panamá. (Aquí la crónica completa del cruce: https://elmotonauta.com/2017/06/01/xv-esmeralda-y-el-alucinante-paso-del-tapon-del-darien-en-bote/ )

La siguiente sería Panamá/Costa Rica y como con todas había que prepararse física, mental y económicamente para pasar al otro lado. Carlos Mac, el argentino en su KLR 650 y yo pilotando a Esmeralda decidimos acompañarnos rumbo al norte algunos días y rodar juntos hasta donde nuestras personalidades diferentes nos lo permitieran.

Beto Cárdenas, el mexicano, se nos uniría en su V-Strom 1000 unos días después en Costa Rica luego de aplicarse la vacuna contra la fiebre amarilla que exigen algunas autoridades fronterizas a los viajeros que han estado o vivido en países tropicales.

101 fotocopias, papeles y visas.

La documentación básica que no puede faltar consta de pasaporte, visas, título de propiedad original de la moto, licencia de conducir y, en algunos países, un seguro que cubra daños a terceros por el tiempo que uno esté rodando en el país anfitrión. Estos seguros los venden en las mismas fronteras por precios que arrancan en 15 dólares por un mes. Y atención, porque hay que llevar fotocopias por triplicado de todo!

Carlos y yo llegamos a la frontera justo para disfrutar del calor abrazador del medio día. No era la mejor hora pero yo ya no madrugo, ni corro para llegar a citas o me estreso en el tráfico por llegar a tiempo a ningún lugar, así que empaqué mis maletas con calma, me despedí del buen Bobby Valdez y su familia y me encaminé rumbo a Costa Rica a cualquier hora. Ya ni siquiera miro el reloj.

Curiosamente nadie más quería salir de Panamá a esa hora, solo Mac y yo hacíamos los trámites aduaneros correspondientes así que salimos rápido de aquel país maravilloso que tan bien me trató.

Para recorrer las tres Américas en moto el viajero colombiano requiere las visas norteamericana y canadiense. Aunque Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala también exigen visado, este no hace falta si se cuenta con la visa de Estados Unidos que por algún convenio internacional es válida para entrar en estos cinco países centroamericanos. Las demás naciones nos dan la bienvenida sin trámites adicionales.

Del lado Costarricense una bella funcionaria tica nos vendió el seguro válido para tres meses de cobertura por 16700 colones, casi 30 dólares, y otros dos funcionarios nos autorizaron a pasar a su territorio luego de llenar tres formularios diferentes, uno para la migración y correspondiente sello en el pasaporte y luego otros dos para la importación temporal de las motos. Muertos de calor pasamos la frontera para seguir sumando kilómetros hacia el norte.

De inmediato se siente la diferencia al cambiar de país. Del lado tico miles de árboles refrescan el camino y si uno se cansa puede parar a la sombra de alguna especie exótica a tomar agua y rehidratarse. En Panamá la deforestación a orillas de la carretera impide que uno pare, siempre hay que seguir porque no hay sombra.

Rodamos menos de 200 kms desde la frontera hasta la playa Dominical en la provincia de Punta Arenas, donde nos estaba esperando Jonathan Elizondo, colega motociclista conocido como Shell, quien vuela en una superbike Kawasaki Ninja roja por Centroamérica a altas velocidades que ya le costaron varios huesos rotos en múltiples accidentes. El más duro de ellos lo dejó en cama más de tres meses y en rehabilitación por un año, pero no se baja de las motos, las ama.

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Versys, Ninja y KLR. Kawasaki Lovers.

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Buena máquina mi Esmeralda.

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Menos mal no aparecieron los cocodrilos.

Ya en la playa instalamos nuestras carpas mientras tomábamos fotos del atardecer en el océano el Pacífico, una escena que en este viaje he visto docenas de veces pero que siempre resulta diferente y maravillosa dependiendo del estado de ánimo que me acompañe y en ese momento era de tranquilidad, pero iba a durar poco.

 

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Las bellas playas costarricenses y su desbordante naturaleza me dan la bienvenida y, como diría el pitufo bromista, “una sorpresita”.

El robo

Hasta ahora, en mis viajes en moto solo unos perros callejeros me habían robado la comida una noche que no guardé bien los víveres dentro de la carpa en un pueblito cercano al desierto de Atacama en Chile. (La crónica del desierto aquí: https://elmotonauta.com/2017/03/08/viii-los-bandidos-de-siempre/ )

Esa tarde en Dominical un borracho jovial y conversador se acercó a preguntar por las motos sorprendido de verlas tan cargadas de maletas y con placas extranjeras. No habrá estado más de tres minutos con nosotros pidiendo algo de dinero para tomarse una cerveza helada, pero ese tiempo le bastó para quitar de mi casco la cámara de acción, con la que venía grabando el camino, para robársela.

Ni Carlos, ni Jonathan y mucho menos yo nos dimos cuenta. El hábil ladrón, que ahora presumo no estaba borracho, se valió de su actuación para distraernos mientras se llevaba su botín. Afortunadamente, la noche anterior en el refugio de las montañas de Chiriquí había descargado todos los videos a mi computadora, pero se perdieron los de la entrada a Costa Rica.  Aunque busqué por toda la playa y avisé a la policía, la rata nunca apareció.

El día siguiente lo pasamos rodando despacio de playa en playa, esperando a Beto quien anunció su llegada para esa tarde. Aprovechamos el tiempo tomando fotos, comiendo pizza y bebiendo mucha agua para la resaca.

24 horas antes, en una estación de gasolina a 70 kilómetros de Dominical, nos habíamos cruzado con un grupo de mochileros entre los que estaban una francesa bellísima de ojos azules y largo cabello negro, bronceada a fuerza de haber pasado más de dos meses en Centroamérica entre el Pacífico y el Caribe y una delgada inglesa rubia y blanca como una hoja de papel que estaba en su primer viaje de mochilera por el mundo.

Mientras buscaba al ladrón me las encontré de frente, acababan de llegar a la playa en un camión que transportaba el fruto de la palma africana, muy común en la región y de la que se extrae aceite hace más de 5000 años en otros continentes. Les conté lo sucedido con el presunto borracho y en un gesto de camaradería me ofrecieron una cerveza para aliviar la pena de la pérdida de mi camarita.

Regresé al campamento que levantamos con el argentino y este me estaba esperando con otra cerveza helada. Media hora después nos unimos al grupo de mochileros en una celebración de la vida con música de tambor, ukelele y cerveza que duró hasta el amanecer. Al fin de cuentas yo también soy mochilero, solo que me muevo en moto.

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Los viajeros del mundo nos encontramos en todas partes, en esta foto de Izq. a Der. Carlos Mac de Argentina, José Gallet de Francia, Cristina May de Venezuela, el MotoNauta de Colombia y Jonathan “Shell” Elizondo de Costa Rica.

KM 14111. San José, Costa Rica.

Beto no llegó así que decidimos avanzar hasta San José donde una inesperada caravana de motociclistas, miembros del club Iron Horses alertados por Shell de nuestro paso, nos estaba esperando para guiarnos hasta la casa de Perejil, uno de sus líderes, para alojarnos, comer un rico asado de carne a la brasa, compartir historias de la ruta y si, beber más cerveza.

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Hermandad motera con los Iron Horses de Costa Rica en casa de Perejil.

Perejil fue bautizado por sus padres como Edwin Naranjo, pero antes de ser un rudo motociclista que rueda en chopper de alto cilindraje fue un tierno payasito en una Vespa que animaba fiestas infantiles con su novia usando el nombre artístico de la planta-condimento.

Al día siguiente salimos a dar vueltas por la ciudad con Shell y Perejil quienes resultaron ser unos tipos amables y generosos al punto de no dejarnos pagar ni una sola vez comida y cerveza durante el tiempo que estuvimos en Costa Rica a pesar de mi protesta reiterada.

-“Cuando yo vaya a Colombia pagas tu mae, hoy me toca a mí”, decía Shell con una sonrisa en la cara siempre.

En uno de esos recorridos conocí a Cristiano Aramis, un italiano que decidió dejarlo todo en su tierra natal e irse a probar suerte a Costa Rica. Hoy tiene una tienda en San José repleta de motos clásicas y todo tipo de ropa y accesorios para el motociclista moderno, incluso ofrece servicios de tatuajes y barbería. ¿Su nuevo sueño? Recorrer el mundo en una moto comenzando por Sur América.

Al parecer cada vez que se alcanza un objetivo la pregunta recurrente es ¿Y ahora qué sigue? Me pasa todo el tiempo.

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La tienda de Cristiano en San José.

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Perejil (centro), nos encamina hasta la carretera que nos llevará a la frontera con Nicaragua.

KM 14420. Peñas Blancas, Frontera Costa Rica/Nicaragua.

Pasamos dos días esperando a Beto en San José pero como no llegó Salimos de la ciudad rumbo a la frontera con Nicaragua conocida como el paso de Peñas Blancas, 300 kilómetros al noroeste de la capital costarricense.

-“No puedo autorizar su entrada a Nicaragua señor”, me dijo una funcionaria del servicio migratorio sin siquiera mirarme mientras me daba de vuelta las muchas fotocopias, formularios y documentos originales que la acababa de entregar.

-“Le falta la fotocopia de la hoja del pasaporte en la que está el sello de salida de Costa Rica, complementó la robusta mujer en medio de un calor tremendo que me hacía sudar copiosamente aún sin el casco y sin la chaqueta de protección.

Esa no me la esperaba. Salí a buscar una fotocopiadora sabiendo que sus servicios especializados de toma de copias de la hoja del pasaporte en la que está estampado el sello de salida del país vecino llegan a costar hasta un dólar la unidad en moneda local.

-“Señor tiene que ir a pagar el impuesto de entrada al país y el de la alcaldía local. Traiga esos comprobantes, si no, no puede entrar a Nicaragua”, me soltó la mujer cuando le mostré la dichosa fotocopia que me había pedido.

Otra ventanilla, otra fila. Iba de regreso al puesto de la funcionaria a la que se le notaba que no le gustaba para nada su trabajo y que ‘servicio al cliente’ era una frase que solo había oído cuando llamaba a reclamar por su elevada cuenta de telefonía celular. Al ver que me aproximaba de nuevo exclamó: “¿y ya compró el seguro para la moto?”.

-“Paciencia, paciencia, paciencia”, me repetía una voz tranquila en mi cabeza.

En total se pagan más de 50 dólares para entrar legalmente a Nicaragua entre impuestos locales y nacionales, seguro y fumigación de la moto. Casi dos horas haciendo un trámite que en otras partes del mundo tarda apenas 5 minutos. El mal sabor de boca que deja la burocracia fronteriza se quita casi al instante gracias a que la ruta que sigue es bellísima.

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La burocracia en las fronteras centroamericanas puede ser agobiante, pero al final todo se olvida cuando se vuelve a la ruta.

Ni bien se cruza de un país a otro aparece a la derecha del camino el lago Nicaragua, de aguas tranquilas de las que emergen majestuosos los volcanes Concepción y Maderas, los primeros en la lista de 21 volcanes, 19 de ellos activos, que tiene este país a lo largo de su geografía y que acompañan al viajero en su ruta al norte.

Más tarde, en la ciudad de León, nos esperaban los motociclistas del club Piratas Riders de Nicaragua y con ellos sus hermanos los Piratas de El Salvador que venían a un encuentro binacional a celebrar la hermandad motera.

En total, más de 30 personas entre hombres y mujeres amantes de las dos ruedas, dispuestos a dar la vida por sus hermanos motociclistas y a beberse todo el ron del país si era posible.

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¿De dónde salió tanta gente?

En ese momento no lo sabía, pero me esperaban más de tres días de fiesta, cerveza y bachata en la ciudad cuna de la revolución Sandinista.

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2 comentarios en “XVII. Pasar fronteras, un dolor de cabeza necesario

  1. Disfruté tu crónica de viaje. Necesitaba una de estas lecturas porque de pronto me dan unas inseguridades que disipo con lecturas como la que recién terminé. Soy mexicano, me jubilé hace medio año, conseguí un trabajo de siete meses en Italia (donde vivo desde enero de 2018) y pretendo regresar en septiembre a mi país para subirme a mi Honda Shadow 750 e irme a la península de Baja California para vivir en algún pueblo del lado del Mar de Cortés por un medio año. ¿Qué opinas la moto que me llevaré? Me interesa tu opinión porque se ve que sabes del asunto. Gracias y te felicito por tu(s) crónica(s).

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    1. Hola Raúl, la mejor moto para un gran viaje es la que cada uno tiene. la tuya es tan buena como la mía o como la del que anda en Vespa 125 o BMW 1600, lo importante es tener las ganas de salir a rodar y cumplir los sueños. El miedo siempre estará presente pero conquistarlo es parte de disfrutar la ruta. En la Baja California sur te recomiendo La Paz, bello lugar con playas hermosas y movimiento de una ciudad mediana. Si prefieres algo más pequeño Los Barriles es el pueblo indicado, cerca al Cabo San Lucas, pero no tanto como para que se haya contagiado del turismo absurdo que invade el Cabo. Buenas rutas hermano! Gracias por escribir.

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