V. Why not my friend

KM 1796 y medio. La Serena, Chile.

Llegar al campamento, descargar la moto, armar la carpa, tomar una ducha, beber un buen Trivento para celebrar la hazaña y a dormir agotado por el largo paseo de más de 270 kilómetros desde Los Vilos hasta La Serena.

En la madrugada me pareció escuchar el rugir de una moto grande junto a mi carpa. Pensé que lo había soñado porque tan pronto abrí los ojos a las 3:47am el motor paró y yo volví a dormir casi de inmediato, arrullado por la suave brisa que se colaba entre los árboles del lugar.

No fue un sueño. Al despertar de nuevo, ya sobre las 10 de la mañana, una alta Yamaha XT 660 gris oscura con franjas rojas a los costados estaba justo en el terrenito de al lado posada sobre su soporte lateral, muy cerca de mi hogar temporal.

De inmediato me llamó la atención que junto a ella, un poquito más allá, estaba bien afincada al suelo arenoso una carpa naranja de las que están hechas para aguantar temperaturas bajo cero en montañas nevadas, que brillaba bajo el sol fulminante de La Serena que a esa hora nos cocinaba a fuego lento a no menos de 28 grados centígrados. Moto y carpa vecinas parecían nuevecitas, limpias y bien cuidadas.

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Instalados en La Serena y listos para el turismo.

Marcos despertó de un salto acosado por el calor y a las patadas sacamos a Emilio de su carpa para organizar el desayuno: mate con galletas. Una ducha rápida y nos transformamos en turistas de playa. Almorzamos las delicias que provee el mar, bebimos refrescantes cervezas nacionales y la tarde la pasamos descansando hasta el cansancio, si es que eso es posible.

La línea de playa en esta ciudad balneario es muy generosa, tanto a lo largo como a lo ancho y por supuesto la cantidad de lindas mujeres que toman el sol sobre la arena parece no tener fin. La Serena es un verdadero paraíso, un poco caro eso sí. Llegamos en enero, en plena temporada vacacional de verano en la que por lo general los precios son más altos. Pasa en todo el mundo.

Por la noche Marcos y yo improvisamos un asado de pollo y cerdo con ensalada de lechuga y tomate y papas al vapor condimentadas con sal y mantequilla. Emilio viene cargando desde Mendoza con no sé cuántas botellas de merlot, así que nos bebemos una para acompañar la comida. De postre saco mi última botella de aguardiente colombiano. Un par de tragos y a dormir. La carpa naranja sigue ahí, pero la XT 660 ya no está.

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Christopher.

Serían las 2:15 am cuando me despertó de nuevo el sonido del motor de la XT. Esta vez convencido de que no era un sueño inducido por el aguardiente sino una moto estacionando a dos metros de mí, salté fuera de la carpa movido por la curiosidad de saber de quién eran esa máquina y esa carpa fuera de estación.

-“Buenas noches”, saludé al colega motociclista.

-“Buenos nowches”, respondió  el recién llegado, con marcado acento gringo mientras se quitaba el casco.

Cual sería mi sorpresa al ver descender de la moto a un señor mayor, blanco, alto y delgado, de cabellera gris y muy bien afeitado. Parecía mi abuelo en moto pero versión gringa.

-“Sorry, no quiero molestar con el ruido”, aseguró el sorprendente abuelo en buen español. “Me llamo Chris”, agregó, mientras se acercaba a estrechar mi mano en señal de camaradería.

Christopher, a quien nunca le pregunté su apellido, era canadiense, venía en su moto desde Saskatoon en la provincia de Saskatchewan y con solo oírlo hablar de su patria con tanta pasión daban ganas de ir a conocer en persona esa Canadá lejana y bella de sus relatos.

La verdad es que jamás en toda mi vida había oído hablar de Saskatoon o de Saskatchewan así que mi nuevo amigo, con mucha paciencia, trató de enseñarme a pronunciar bien sus nombres mientras me los mostraba en un mapa muy gastado de las Américas con el que se guiaba en su viaje a la Patagonia.

Ahora entendía por qué la carpa naranja de invierno en medio del trópico abrasador chileno. Él venía del frío canadiense y esperaba llegar en febrero a las nieves perpetuas del glaciar Perito Moreno en Argentina, justo a tiempo para su cumpleaños número 73.

-“I’m going to drink a bottle of scotch as soon as I get to the glacier”. (Voy a beber una botella de whisky tan pronto llegue al glaciar), dijo Chris saboreando el momento por venir.

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Un bote turístico navega sobre el río Saskatchewan. Al fondo el hogar de Emma y Christopher, Saskatoon.  Crédito de la foto: Tourism Saskatchewan/Chris Hendrickson Photography.

En la primavera de 1973, Chris se casó con una bella profesora de historia, 7 años menor que él y compañera de trabajo en el colegio católico en el que ambos pasaron toda la vida enseñando a las nuevas generaciones de saskatonianos de dónde venía su país y para dónde iba. Él era el maestro de ciencias.

Para celebrar sus primeros 10 años de feliz matrimonio, dejaron a sus dos hijos de 7 y 9 años a cargo de los abuelos, se compraron una Honda NightHawk 650cc nuevecita y se fueron a recorrer el norte de Canadá y gran parte de Alaska en el verano de 1983. Solos, en medio de la inmensidad de la naturaleza en una época sin celulares, ni GPS; sin Instagram, Twitter o Facebook para irle contanto a los seres queridos por dónde iban en actualizaciones constantes de estado. Conociendo gente nueva cada día, pidiendo indicaciones para llegar al destino y durmiendo en una carpa junto a su moto en medio del campo donde los sorprendiera la noche.

I´ve always liked to ride but, with the children, everything changed”. (Siempre me gustó rodar pero con los hijos, todo cambió), continuó su relato el canadiense.

Chris pasó las siguientes dos horas mostrándome las fotos de Emma, su esposa, una rubia bellísima de ojos azules y blanca como la nieve que cae en los fríos inviernos de Saskatchewan. De un compartimento en su billetera fueron saliendo fotos de sus hijos y nietos muy rubios y pequeñitos en medio de unos paisajes alucinantes que él llama hogar.

Toda la vida recordaron ese mes en moto por el norte del continente americano y cada año se prometían volver a salir a la ruta en el verano siguiente, pero los años se fueron acumulando y la vida se les fue yendo entre los dedos. Viajaron, sí, pero en avión y con los niños. Nunca con la libertad que les dio la NightHawk 650.

En el otoño de 2009 a Christopher se le ocurrió la idea de comprar una casa rodante mediana para sorprender a Emma con ocasión de su cercano cumpleaños número 65. Para ese momento él ya tenía 71 años y no se había subido a una moto en 26 años, por lo que la elección de un vehículo más grande y de cuatro ruedas parecía obvia. En el verano de 2010 harían un viaje como el de 1983, pero con las comodidades básicas de un hogar viajero.

Emma murió de un ataque al corazón en mayo de 2010, apenas una semana antes de arrancar el viaje de reencuentro con la aventura en la casa rodante que ambos habían comenzado a equipar unos meses atrás. Chris se quedó solo después de 37 años de estar casado con la mujer de su vida.

Ride the route

Luego de sepultar a Emma, Chris, preso de una pena infinita, encargó la venta de la casa rodante y todo lo que habían preparado para el viaje a su hijo mayor. Este tardó dos meses en hacerlo, pero no pudo vender la carpa naranja. En esos 60 días Christopher maduró la idea de salir a recorrer el mundo en moto hasta donde le alcanzara la vida, con las fotos de su esposa en la billetera, un mapa viejo debajo del brazo y miles de historias de las maravillas de su tierra natal y su familia listas para quien las quisiera escuchar. Esa madrugada yo fui el afortunado.

Chris compró la XT de segunda mano con muy poco kilometraje, practicó un par de días la conducción hasta que le volvió la técnica y empacó su vida en una mochila verde militar grande, con forma de tabaco, que ató al asiento trasero de la moto; algo de efectivo en el bolsillo, la tarjeta visa débito para sacar dinero en cualquier cajero automático del mundo y a rodar en honor a Emma, a completar solo el viaje que habían planeado juntos. Cuando se cruzó en mi camino, el profesor de ciencias estaba por cumplir 6 meses en la ruta.

-“¿Te arrepientes de algo?”, le pregunto a mi nuevo amigo.

-“¿What do I regret? Old men around the world regret what we did not do when we could, not what we did”.  (Todos los viejos del mundo nos arrepentimos de lo que no hicimos cuando pudimos, no de lo que si hicimos), respondió el profesor con un pausado tono educativo que le resultaba muy natural.

Esa reflexión caló hondo en mi cabeza. Cuando llegue la hora, no quiero ser como todos los viejos del mundo y arrepentirme de lo que no hice cuando pude.

-“Live traveling around  world, never stop, talk to everyone, tell everyone where you come from and where you expect to go. And most importantly: look for your own Emma so you do not have to ride the route alone”. (Vive viajando por el mundo, nunca pares, habla con todos y cuéntale a todos de dónde vienes y para dónde vas. Y lo más importante: busca a tu propia Emma para que no tengas que rodar solo en esta ruta), concluyó Chris al despuntar el alba.

-“Por qué a la Patagonia?”, pregunté intrigado.

-“¿Why not my friend?”. (¿Por qué no mi amigo?), respondió Chris despidiéndose, mientras abría su carpa para irse a dormir.

En ese momento no lo sabía, pero nunca más lo volvería a ver.

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Patagonia Argentina. Chris, espero hayas celebrado con whisky en este lugar mítico. Crédito de la foto: Lago Roca, Ushuaia, tomada por mi buen amigo Ariel Jiménez Gil Photographer.

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