XIV. Llegar a Colombia. Soñar con Alaska.

KM. 7297 Huaquillas, Ecuador.

Mancora nos trató muy bien, es un lugar al que con seguridad volvería a pasar unas vacaciones de playa con amigotes y cervezas, pero al que nunca dejaría ir a mi hija porque van muchos tipos con sus amigos a tomar cerveza y bailar reguetón

Salimos de la playa rumbo a la frontera cerca de las 12:00 en medio de un sol abrasador que hacía difícil ponerse la ropa de viaje, que no era más que un jean azul,  tenis grises y la ya tradicional chaqueta de protección negra. Dentro del casco sudaba a chorros y ya no recordaba cuándo había sido la última vez que lavé el interior del casco.

Pasamos sin problemas los controles migratorios y aduaneros peruanos, pero con cierta nostalgia por por dejar a tras un país de tantos contrastes, de gente buena y paisajes impresionantes. Pero había que seguir y Colombia estaba a menos de 1100 kilómetros de distancia según el Google Maps.

Al llegar al lado ecuatoriano una nube de tramitadores, con más cara de bandido que de alma caritativa, se ofrecía insistentemente a agilizar el paso a cambio de una pequeña propina cuyo valor era incierto y dependía de la cara del turista.

image (11)

La felicidad de sumar un nuevo país duraría poco.

En todas las fronteras hay personajes así tratando de ganarse la vida mintiéndole al viajero con lo “complejos y demorados” que son los trámites para ingresar a cada país que en realidad son más bien rápidos o tratando de vender formularios que son gratuitos en las ventanillas oficiales.

Al pasar el puente internacional encontramos el puesto de control. Luego de averiguar cómo era el trámite de cruce con un policía del lugar, nos dirigimos a las ventanillas de aduana para legalizar la entrada de las motos. Más de una hora después de estar formados en una fila en la que apenas 2 personas estaban por delante de nosotros un funcionario regordete y mal encarado en sus cincuentas me miró de arriba abajo a través de sus pequeños lentes de abuelo lector y murmuró algo que no logré comprender.

-“Disculpe, no le oí”, dije tratando de sonreírle al hombresillo.

-“Seguro, seguro señor. Tiene que comprar un seguro para entrar a Ecuador”, respondió con desidia el personaje.

-“Si, sí, estamos informados. El policía de afuera nos dijo que podríamos comprarlo al entrar al país un par de kilómetros adelante”, aseguré con paciencia.

-“Sin seguro no pueden entrar. Hay que comprarlo primero”, afirmó el funcionario con un tono parecido al del padre que regaña por enésima vez a su hijo malcriado por cometer el mismo error una y otra vez.

Me sonaba contradictorio entrar a Ecuador sin permisos, internarme en la moto dos kilómetros en su territorio para comprar el seguro de accidentes y luego regresar a hacer el trámite legal, pero en nuestra América Latina todo puede suceder así que salimos a buscar el seguro en el pueblo cercano.

La propinita.

Huaquillas es una ciudad pequeña y caliente con una única oficina expendedora de pólizas de seguros que queda en medio de un mercado popular muy maltratado y sucio. Una hora más tardó la empleada de la aseguradora en expedir las tres documentos con validez de un mes para todo el territorio ecuatoriano.

Retrocedimos los dos kilómetros hasta el puesto de aduanas donde el hombresillo con cara de pocos amigos estaba charlando animadamente con el policía que nos había indicado dónde comprar el SOAT. Al vernos, ambos hicieron mala cara y caminaron pasmosamente hasta sus puestos respectivos.

El aduanero murmuró de nuevo algo incomprensible. No le hice caso y le mostré el seguro aún con la tinta fresca para que lo inspeccionara. Al comprobar que estaba en regla me lo devolvió junto con un formulario para llenar a mano con los datos del viajero y la moto. Marcos y Emilio procedieron a llenar sus respectivos formularios con buen ánimo. Esa era la tercera frontera que atravesábamos en moto y siempre hay algo de emoción al hacerlo.

Con todos los documentos originales en regla, fotocopiados por duplicado y el formulario perfectamente diligenciado nos acercamos de nuevo a la oficina del funcionario del Servicio Nacional de Aduana del Ecuador con la seguridad de que ahora si pasaríamos de manera definitiva. Pero no.

-“No tiene el sello de migraciones”, dijo el representante del Senae con un intento de sonrisa en los labios que más parecía la mueca triunfal de un político que ha conseguido elegirse en un cargo público por medio del fraude.

El policía de la entrada nos había dicho que primero hiciéramos aduana de las motos y después migración, pero ahora el aduanero decía que era al revés, primero migración y luego aduanas. Ya llevábamos más de dos horas tratando de entrar a Ecuador sin lograrlo.

Al llegar a la ventanilla de migración, apenas a 100 metros de la aduana, la encontramos cerrada. De vuelta al puesto del policía de turno, este nos dijo en tono burlón que esa ventanilla cerraba a las 5:00PM y que tendríamos que volver a Huaquillas, al puesto de migraciones que atiende las 24 horas a los pasajeros que entran al país en bus. Mi reloj marcaba las 5:04PM.

Dos kilómetros hasta Huaquillas, una vez más, sellar el pasaporte luego de una fila de más de 40 minutos y regresar al puesto de aduanas para ver si ahora si, por fin, lo lográbamos. Pero no. El funcionario del Senae se había ido a su casa y cerrado la oficina a las 5:00pm, justo cuando salimos de ella en busca de la ventanilla de migraciones del complejo.

-“Se los dije amigos, es mejor pagar una propinita”, dijo sonriente uno de los tramitadores que más temprano había ofrecido sus servicios de agilizador de pasos fronterizos. Faltó poco para caerle a golpes al descarado.

DSC03044

Aunque llovía, el calor era intenso en la frontera.

Especulando diría que los tramitadores y el de aduanas trabajaban en llave y se reparten “la propinita” hasta con el policía que mal informó a los viajeros. No puedo probarlo, pero creo que al negarnos a pagar el cobro ilegal nos castigaron dejándonos por fuera. Sobra decir que la furia se apoderó de los tres y aunque gritamos y pataleamos no conseguimos el permiso de entrar rodando en las motos a Ecuador.

Así, sin papeles volvimos a Huaquillas a buscar un hotel barato para pasar la noche y tomar una ducha helada. Al día siguiente bien temprano fuimos de nuevo a la frontera, pero ahora estaban nuevos funcionarios, todos muy amables y atentos con los motociclistas.

Tardamos menos de 15 minutos haciendo lo que nos llevó casi cuatro horas el día anterior. Sin dramas, sin propinas.

KM. 7721. Patricia Pilar, Ecuador.

Por fin en Ecuador. Con todos nuestros papeles en regla rodamos en medio de plantaciones interminables de banano que se perdían en el horizonte y que ayudaban a refrescar con su sombra la muy caliente carretera Panamericana.

Mis compañeros de viaje se adelantaron hasta perderlos de vista y como las autopistas ecuatorianas están en muy buen estado, aceleraron a fondo y ya no los vi más en todo el día. Me gusta manejar despacio para ver los paisajes, parar a tomar una foto o conversar con alguien a la orilla del camino, además el accidente que tuve el primer día del viaje a 55 kilómetros de Buenos Aires ( https://elmotonauta.com/2017/01/05/una-paliza-de-215-kilometros/ ), me hizo más precavido de lo normal.

No sé en qué momento me perdí, hice un giro en la dirección equivocada o tomé la carretera que no era pero terminé pasando a 50 kilómetros de Guayaquil, cuando el plan era llegar a Quito y como no uso GPS tuve que parar a preguntar direcciones, a la antigüita.

Estaba rodando por la ruta 40 pero debía ir por la 25, iba disfrutando tanto la carretera y sus paisajes que de verdad no me di cuenta cuándo fue que me desvié. Pero no importaba, esta vía también me llevaba a Quito aunque con varios kilómetros de más.

La noche se acercaba y comencé a buscar dónde parar dormir. De pronto, al final de una subida suave apareció un cartel que daba la bienvenida a Patricia Pilar, un poblado a menos de 200 kilómetros de Quito.

La jornada había sido muy tranquila, curvas apacibles, pendientes suaves, lloviznas refrescantes y comida abundante en paradas de camiones, pero al mismo tiempo larga y cansada. Por la ruta que tomé hice cerca de 480 kilómetros desde la frontera hasta Patricia Pilar en poco más de 9 horas.

En cuanto estuve instalado en un hotelito destinado para el amor furtivo, pero con buen estacionamiento para guardar la moto de manera segura, salí a buscar un café internet para ver si me podía comunicar con Marcos y Emilio. Facebook nos reconectó y tras darles las indicaciones pertinentes, llegaron tres horas después a Patricia Pilar.

DSC03061

La moto Marcos (der) y la mía listas para partir rumbo a Quito. Las bolsas negras de la basura son buenos impermeables para las maletas.

KM. 7906. Quito, Ecuador.

Llegamos a Quito recorriendo carreteras en muy buen estado rodeadas de cerros cargados de naturaleza verde y cascadas altísimas que bañaban el asfalto con hilos de agua helada. Alcanzamos los 3000 msnm de la capital ecuatoriana de manera casi imperceptible por lo suave del ascenso y aunque la idea inicial era seguir de largo hasta la Mitad del Mundo, 50 kilómetros adelante, decidimos pasar la noche en la ciudad.

DSC03102

Centro histórico de Quito. ¿Qué estaríamos mirando?

Marcos venía con síntomas de intoxicación por comida así que luego de un breve paseo por el centro de la capital nos fuimos a dormir temprano en un hostel montado en una antigua casa de corte colonial mientras el brasilero mejoraba para salir temprano rumbo a la frontera.

KM. 8116. Ipiales, Colombia.

Aunque el día amaneció lluvioso y gris el ánimo estaba por encima de las nubes por la certeza de que esa misma noche estaríamos durmiendo en Ipiales, la primera ciudad de Colombia por la que rodaríamos en nuestras motos. Marcos despertó un poco mejor gracias a la dieta del suero pedialite y frutas frescas, pero seguía enfermo. Aún así, en menos de 5 horas ya estábamos haciendo los trámites migratorios en el puente internacional que une a las dos naciones.

La experiencia previa con los funcionarios de la aduana ecuatoriana en el límite con Perú me hizo llegar muy prevenido a sus oficinas en la frontera con Colombia, en la que por supuesto había tramitadores “expertos” en agilizar el paso, pero la cercanía de mi país me dio la fuerza para resistirme a pagar la propina y me dispuse a pasar el tiempo que fuera necesario haciendo las filas para realizar todos los trámites del caso por mi propia cuenta.

La sorpresa fue gigante cuando encontramos un espacio cómodo y bien señalizado con personal atento que rápidamente le dio curso a nuestros trámites. En menos de 20 minutos ya estábamos sellando el pasaporte en el lado Colombiano para entrar por fin a mi país.

En medio de una lluvia copiosa el funcionario de la aduana colombiana inspeccionó la documentación de las motos y luego de tomarnos varias fotos casuales con el cartel que da la bienvenida a Colombia, nos dio los permisos de rigor para rodar tranquilos por su territorio.

image (12)

Por fin en mi patria!

Conseguimos un hotel de paso muy barato junto a una iglesia por cuyo atrio paseaban prostitutas semidesnudas ofreciendo sus servicios en medio de un frío intenso y no poca lluvia helada.

KM. 8621. Cali, Colombia.

La carretera que lleva de Ipiales a Popayán tiene tramos en muy malas condiciones con hoyos gigantes que ocupan el espacio en el que debería estar el asfalto y como había llovido bastante, los charcos hacían que conducir fuera muy difícil y yo quería pasar muy rápido por el Cauca, una zona considerada muy peligrosa por la presencia de grupos armados al margen de la ley, especialmente de fuerzas guerrilleras y paramilitares en constante conflicto por el control de territorio.

Solo tuve que hacer una parada técnica en un pueblo del Cauca llamado El Bordo cuando se reventó el cable del embrague por el exceso de uso y el abuso a que venía siendo sometida la pobre moto. Ese fue el único desperfecto que presentó la moto en todo el viaje. De verdad que es indestructible.

Llegamos a Cali cerca de las seis de la tarde tras 11 largas horas de conducción a través del territorio de las FARC. Marcos y Emilio se enteraron del peligro más tarde en medio de unas ricas cervezas heladas. Preferí no contarles nada en la mañana para que viajaran en paz y sin preocupaciones innecesarias. La carretera estaba militarizada y la recorrimos de día.

Los siguientes cuatro días los pasamos en casa de mi buen amigo Ariel Jiménez quien con su acostumbrada generosidad y buen humor nos llevó a comer las delicias locales, a beber cerveza helada y aguardiente del valle, a bailar salsa en Juanchito con mujeres bellísimas y a jugar fútbol en una cancha sintética en la que corrimos como nunca en la vida para rematar con más cervecita.

Se va un hermano.

Hacía varios días Emilio venía averiguando la mejor manera de enviar su moto a Buenos Aires. Llevábamos casi dos meses en la ruta y el tiempo de sus vacaciones ya estaba por terminar y no le alcanzaba para volver rodando a casa.

DSC03192

La moto de Emilio lista a volar a Buenos Aires.

Al final se fue en avión con su moto no sin que antes hiciéramos una despedida serena en La Cumbre, un pueblito tranquilo y fresco a una hora de Cali en el que los padres de Ariel tienen la casa familiar.

Luego de una corta parada en Tuluá en casa de mi tío Orlando y de visitar la tumba de mi padre en esa ciudad, Marcos y yo seguimos a Bogotá, pero extrañando al Enano, como cariñosamente llamamos a Emilio. En ese momento ya lo sabía con seguridad. Emilio se convirtió en mi hermano del alma, más firme que las montañas que estábamos surcando en nuestras motos. Buen viaje hermano, pronto nos veremos.

KM 9230. Bogotá, Colombia.

Llegamos a Bogotá tras recorrer 400 kilómetros de carreteras despejadas, libres de camiones ya que sus conductores estaban en paro exigiendo del gobierno bajar el precio de los combustibles y subir las tarifas que ellos cobran por transportar carga a lo largo y ancho del país. Su protesta nos sirvió para llegar rápido y sin contratiempos a casa de mi madre. Al fin en casa sano y salvo!

-“Te cumplí la promesa hija linda”, le dije a Cata mientras nos fundíamos en un abrazo eterno y largamente esperado.

Aquella deliciosa tarde de asado y cervezas en Buenos Aires en la que sintiéndome valiente por el vino conté mis planes de ir en moto por el mundo, fijé una primera meta: llegar a Santa Marta a casa de mi hermano Andrés a disfrutar el caribe colombiano.

Marcos aún no se recuperaba completamente de lo que siempre creímos fue una intoxicación por comida, así que pasamos una semana tranquila en Bogotá recomponiéndonos de tanta rumba en Cali y de tantos kilómetros devorados en nuestras motos.

Partimos en auto bus rumbo a Santa Marta, 1100 kilómetros al norte de la capital colombiana, y pasamos una semana más entre la Sierra Nevada y la casa de mi hermano quien nos recibió como héroes míticos que vuelven de la batalla, con comidas abundantes y bebidas sin límite.

183457_10150095959815925_5395542_n

Parque Tayrona, Colombia. Teníamos que ir al Caribe, vimos el océano pacifico durante casi todo el viaje. Foto by El MotoNauta.

Al regresar a Bogotá Marcos decidió volver a Brasil en avión con la esperanza de alcanzarme luego para continuar viajando en moto libre como el viento fresco que baja de las montañas bogotanas en las mañanas.

Despedir a Marcos también fue triste, otro hermano del alma que se me va en menos de dos semanas y luego de 63 días y más de 11000 kilómetros de compartir casi de todo en la carretera. Nos vemos pronto hermano, aquí o allá.

Estando solo comenzó a sonar en mi cabeza el llamado de Chris, el canadiense que 6000 kilómetros atrás en Chile me inspiró la idea del viaje a Alaska y cuyas palabras guiarán mis acciones hasta el fin de mis días ( https://elmotonauta.com/2017/02/10/why-not-my-friend/ ).

En ese momento no lo sabía, pero nada de lo que había vivido hasta ahora en la ruta me había preparado para lo que estaba por venir atravesando el Tapón del Darién, desde Turbo rumbo a Panamá, con los piratas del Caribe.

DSC_0866

Comienza una nueva aventura, solo que un poquito más extrema.

2 comentarios en “XIV. Llegar a Colombia. Soñar con Alaska.

  1. Hi, seems you are on a really adventurous trip. We are on our way to Alaska too on BMW GS1200. We also want to take boat from Turbo to Capurgana. Would you recommend us to do the Darian Gap crossing this way? Do you have more informations? Thanks. Adela

    Hola, parece que estás en un viaje realmente aventurero. Estamos en nuestro camino a Alaska también en BMW GS1200. También queremos tomar el barco de Turbo a Capurgana. ¿Nos recomendaría hacer el Darian Gap cruzando este camino? ¿Tiene más información? Gracias. Adela

    Me gusta

    1. Adela la mejor forma de pasar es compartir un contenedor con otros viajeros desde Cartagena y dividir los gastos entre varios. En facebook tienes varios grupos que juntan a esos viajeros y se arreglan entre ellos para hacer el cruce. La forma como yo crucé fue aventura total, pero no es para todo el mundo ya que implica un alto desgaste físico y emocional que si no se estás preparada vas a sufrir la travesía. Escríbeme a mi e-mail si quieres saber algo más: elmotonauta77@gmail.com Un abrazo y buenas rutas.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s