XX. Los buenos somos más.

KM. 15319. San Miguel, El Salvador.

Luego de solucionar el mal entendido que nos tuvo como sospechosos de actividades ilícitas por más de cuatro horas en la aduana de El Amatillo en El Salvador, siempre custodiados por un guardia de seguridad con cara de adolescente y un poderoso fusil de asalto en sus brazos que acariciaba como si fuera su hijo recién nacido, avanzamos de nuevo pero esta vez en medio de la noche.

En el mundo hay gente mala, pero estoy convencido de que los buenos somos más. Los amigos del chat de ayuda al motoviajero estuvieron pendientes todo el tiempo de nosotros y uno de ellos nos ofreció apoyo en Santa Rosa de Lima a 20 kilómetros de la frontera.

Jimmy, el colega motociclista de seguro nos vio cara de náufrago recién aparecido luego de pasar meses a la deriva comiendo algas y tomando agua salada porque de inmediato nos ofreció agua y comida abundantes y un techo seguro bajo el cual dormir cómodamente, con ducha y estacionamiento suficiente para las tres motos.

Al día siguiente rodamos los pocos kilómetros que nos faltaban hasta San Miguel para encontrarnos con Wilson Rivas, Julio Portillo y sus amigos quienes nos esperaban en sus poderosas BMW para guiarnos a la casa de playa de Wilson frente al Golfo de Fonseca en el Pacífico salvadoreño.

Yo no sé nadar así que aproveché las tranquilas aguas del golfo para tomar mis primeras lecciones, creo que no me fue mal, pero todavía me da miedo aventurarme en ríos cañadas o lagunas, del mar ni hablar.

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Golfo de Fonseca, El Salvador.

Al día siguiente, luego de una buena cena compuesta de una amplia variedad de frutos del mar y cerveza cortesía de nuestros nuevos amigos, seguimos camino rumbo a La Libertad, cuartel general de los Piratas de El Salvador, quienes en medio de la parranda en Nicaragua dejaron olvidado el cucharón ceremonial de servir el ron. Yo lo había recuperado y ahora lo cargaba como un tesoro en mi moto para devolverlo a sus legítimos dueños.

Las playas del Pacífico son bellísimas y cuesta mucho avanzar porque en todas me quiero quedar a vivir. Ese día en particular tardé de más en cargar la moto de nuevo por estar tomando fotos del paisaje y Carlos, el argentino, tenía la urgencia de encontrar un Western Union del cual retirar una remesa que le habían enviado de su patria y que le serviría para rodar hasta México.

-“Che, los espero a la entrada del pueblo así salimos juntos”, dijo Mac y arrancó a buscar su dinero.

Beto y yo salimos 15 minutos después a esperar al argentino a la entrada del pueblo y por desordenados no logramos encontrarnos para rodar hasta el siguiente punto del itinerario. Ya en La Libertad conseguimos un hilito de señal y logramos comunicarnos con Mac quien, como novedad, estaba furioso.

Una nueva frontera.

Beto decidió seguir avanzando hacia Guatemala para recuperar algo del tiempo perdido en la carretera infernal de Honduras y en la aduana eterna de El Amatillo, mientras yo me fui a la casa de Mike Moreira, el presidente Pirata, a devolver el cucharón.

Lo que no sabía, aunque si lo intuía, es que me esperaban con cerveza, ron y pupusas (tortillas gruesas de maíz hechas a mano y que se rellenan de cualquier delicia comestible), en una casa rodeada de motos y montañas.

Carlos Mac llegó al cuartel general de los Piratas dos horas después que yo y al día siguiente rodamos juntos hasta el paso de la Hachadura, frontera con Guatemala a 150 kilómetros de La Libertad, por una ruta que va pegada al Pacífico y que atraviesa las entrañas de las montañas gracias a cinco túneles que agilizan el paso por el litoral y sus muchas curvas

Ya acostumbrado a la burocracia fronteriza me sorprendió lo ágil que fue este paso en particular, el trato amable de los funcionarios a ambos lados de la frontera y la buena comida casera que encontramos frente al puesto de aduana y que nos sirvió de almuerzo.

En este punto Mac y yo nos despedimos. Yo seguí hacia Antigua a encontrarme con Beto que me esperaba en un hostel/mansión colonial de 12 dólares la noche lleno de mochileros europeos, mientras Carlos seguía su camino rumbo a México, su objetivo: llegar a la Baja 500, un exigente rally que se realiza en el desierto de la Baja California cada año.

Nunca he usado GPS en mis viajes, voy preguntando y fijándome en las señales que muestran el camino a seguir, pero esta vez me perdí y por tomar mal algún desvío o girar donde no debía, llegué a la ciudad capital de Guatemala y me costó un poco salir de su endemoniado tráfico. Llegué a Antigua, mi destino original, al final de la tarde.

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KM. 15919. Antigua, Guatemala.

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Salsa en vivo y cerveza en Antigua, una ciudad que vale la pena visitar.

Ya instalado en el hostel salí con el mexicano a comer y a bailar salsa con las turistas europeas, que abundan en estas ciudades coloniales, en un bar local que tiene música en vivo todos los días de la semana. Apenas dos cervecitas y a dormir temprano.

Dos volcanes dominan la escena en Antigua, el de Agua y el muy activo Acatenango, también conocido como el volcán de fuego. A la mañana siguiente el de fuego lanzó humo y ceniza en estallidos como truenos que meten miedo pero que para los locales son de lo más normal del mundo.

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Atrás del volcán Acatenango ruge en medio de una mañana tranquila.

KM. 15929. Hobbitenango.

Luego de un desayuno frugal Beto y yo nos encaminamos a Hobbitenango, un pueblito de ensueño, construido en lo alto de una montaña a 10 kilómetros de Antigua, cuyas casas hechas de botellas de plástico y materiales reciclados evocan el pueblo de los Hobbits de la famosa saga de El Señor de los Anillos.

En el último kilómetro, justo antes de llegar al pueblo/hotel boutique/restaurante, varios carteles advierten que más allá de ese punto solo vehículos con tracción a cuatro ruedas puede subir a disfrutar de las impresionantes vistas del valle de Panchoy y de los cercanos  volcanes.

Consciente de no llevar llantas off road, igual me aventuré por el estrecho camino de grava y tierra suelta que sube en una pendiente que supera ampliamente los 15º . Yo me fui adelante mientras Beto esperaba en caso de que me cayera. Superada la mitad de la cuesta esperé a Beto quien subió zigzagueando los primeros 500 metros.

Ambos estuvimos a punto de caer varias veces pero logramos controlar nuestras pesadas maquinas, cargadas de maletas, hasta la entrada de Hobbitenango un lugar que además de mágico, funciona completamente con energía solar y eólica y no está conectado a ninguna red local.

Luego de una larga parada a contemplar la naturaleza desde las alturas y un excelente almuerzo, bajamos al borde del abismo en primera y siempre a punto de caer, pero no. Ya una vez había perdido los frenos por usarlos en exceso en un viaje que hice con mi hija Catalina al cañón del Chicamocha en Colombia. Esta vez bajé frenando con el motor y todo salió bien.

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La tranquilidad de estar en las montañas desconectado del mundo se logra aquí.

Todavía nos esperaban 150 kilómetros hasta el lago Atitlán por una ruta de paisajes alucinantes, atravesando ríos y montañas, lo que no sabíamos es que esa carretera estaba prácticamente destruida por el paso constante de camiones cargados con arena de las canteras cercanas y que subía y bajaba en curvas casi imposibles llenas de mucha tierra suelta que cada tanto nos hacía patinar. Lo de Hobbitenango había sido un juego de calentamiento nada más.

Al llegar al lago de 18 kilómetros de longitud, un imponente paisaje hace que las penurias del camino se olviden muy rápido.  Tres volcanes rodean el cuerpo de agua lo que hace aún más impresionante la vista: el Atitlán, el Tolimán y el San Pedro, todos de más de 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.

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Atardecer junto al Lago Atitlán.

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El hogar del viajero.

Los bandidos de siempre.

Conseguimos que nos permitieran acampar en una construcción en la marina frente al lago, pero mientras estábamos armando las carpas la chaqueta de protección de Beto desapareció. Con nosotros solo estaban dos operarios de unas máquinas de coser lona con las que arman fundas de protección gigantes para botes igual de grandes y el administrador de la marina.

Buscamos por todas partes y no logramos encontrar la chaqueta o chamarra, como se le conoce a esta prenda vital del traje del motociclista de aventura, que no solo protege de la lluvia y el frío sino que además, en caso de una caída, cuenta con protecciones en la espalda, hombros y brazos que minimizan el impacto sobre la humanidad del piloto y muchas veces salvan su vida.

La noche cayó y con la luz de una linterna escribimos carteles en hojas de cuaderno en los que se describía el artículo perdido y se anunciaba una recompensa en dólares a quien la devolviera. El número celular de Beto y una frase que decía “la necesito para volver a casa”, remataban los cartelitos que pegamos con cinta gruesa en postes y paredes del pequeño poblado de Panajachel a orillas del lago.

Al día siguiente desarmamos las carpas, cargamos de nuevo las motos e hicimos un último intento infructuoso por recuperar la chaqueta tratando de convencer al administrador del lugar de que nos dijera si había visto algo o que nos dejara ver las cámaras de seguridad del lugar. Pero nada.

Aunque cabía la posibilidad de que la prenda hubiera caído accidentalmente de la moto, ya que Beto se la quitó antes de entrar a la marina y la puso sobre la moto, la sospecha principal recaía sobre el administrador, ya que los dos muchachos trabajadores no se apartaron un segundo de su labor de coser lonas.

Tomamos rumbo hacia Quetzaltenango donde nos esperaba una suculenta carne a la parrilla, cortesía de nuestros amigos motociclistas de La Parrilla 09, resignados a perder la chamarra. Ya habíamos avanzado unos 15 kilómetros cuando de pronto comenzó a sonar el celular de Beto de manera insistente.

Al otro lado de  la línea una voz de mujer anunciaba que había encontrado la prenda tirada en la calle y que al ver el cartelito de la recompensa decidió llamar para devolverla. Beto se devolvió a la marina como un rayo. Al llegar una niña, con marcados rasgos indígenas  y de no más de 12 años, lo esperaba con la chamarra metida en un saco de papas que le entregó al mexicano previo pago de la anunciada gratificación. Sigo pensando que fue el de la marina, pero eso es algo que tampoco podré probar jamás.

Ya en Quetzaltenango almorzamos como reyes y luego de un breve paseo por la ciudad, seguimos camino hacia la frontera con México que ya estaba a menos de 250 kilómetros minados de cientos de reductores de velocidad, topes o túmulos hechos de cemento y construidos de lado a lado de la carretera para prevenir accidentes.

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Buses escolares norteamericanos repotenciados, ruedan a toda velocidad por las calles y autopistas guatemaltecas cargados de pasajeros.

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También hay que hacer turismo. Quetzaltenango, Guatemala.

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La mejor carne de Guatemala está aquí. Motociclistas del mundo, bienvenidos.

Menos de la mitad de ellos están señalizados y aparecen sin previo aviso lo que hace que rodar por esta carretera sea un verdadero martirio para la suspensión de la moto, aún a baja velocidad. Según la prensa guatemalteca, este pequeño país tiene más de 3800 túmulos dispersos en sus carreteras, la mayoría de ellos en las rutas que conducen del centro a hacia la frontera con México.

KM. 16509. Ciudad Cuauhtémoc, frontera Guatemala/México.

Luego de la carrera de obstáculos y de sortear docenas de viejos buses escolares gringos, adaptados a bus de pasajeros, que corren a altas velocidades por los estrechos caminos que llevan a la tierra del tequila y el chile picante, llegamos al paso fronterizo.

Hecho el trámite de salida del lado guatemalteco nos dirigimos al lado mexicano a hacer la entrada correspondiente. Beto volvía a su país después de 3 meses en una ruta que lo llevó en moto hasta Venezuela y de regreso.

Por ser mexicano y su moto estar matriculada en el país no tuvo problemas para entrar, por el contrario yo tenía que esperar al día siguiente ya que la oficina de aduanas y el banco en el que hay que pagar un depósito de 400 dólares por la moto estaban cerrados. Era sábado, no sabía que era sábado.

Me quedé a dormir en un hotelito de frontera bastante decente mientras Beto seguía rumbo a Comitán, a menos de 100 kilómetros del puesto fronterizo, donde me esperaría en casa de Alexis Guerra, otro motociclista dispuesto a ayudar al viajero en Chiapas.

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Salida de Guatemala, entrada a México por Chiapas.

Al día siguiente iba a entrar sin problemas con la idea de recorrer parte del país en 15 o 20 días para luego pasar a Estados Unidos y seguir rumbo al norte, atravesar Canadá y llegar finalmente a Alaska.

Lo que no sabía en ese momento es que México no me dejaría ir hasta 46 alucinantes días después, cargado de docenas de nuevos amigos y toneladas de historias que contar.

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XIX. Sin sombra, sin agua y sin pluma.

KM.14869. Puesto de control migratorio y aduanero puente La Amistad. Frontera Honduras/El Salvador.

La policía salvadoreña nos buscaba cerca de la frontera sur con Honduras por haber pasado ilegalmente y alta velocidad los controles aduaneros, desatendiendo la orden de pare del retén policial. La consigna era encontrarnos y  retenernos a toda costa.

Según el reporte oficial tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador. Las motos fueron descritas como “grandes y cargadas de maletas sospechosas. Una de las motos era verde”.

El día anterior nos habíamos despedido de nuestros amigos los Piratas Riders con quienes tanta fiesta y diversión tuvimos y le dimos la bienvenida a Beto Cárdenas, el mexicano que estábamos esperando hacía ya varios días en diferentes ciudades de Centroamérica y que nunca aparecía.

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Beto Cárdenas al frente/Izq, Carlos Mac al frente/Der, Marcell Mendieta nuestro anfitrión, atrás con el chaleco biker y El MotoNauta. Última noche en León, Nicaragua antes de emprender el camino a la frontera.

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Los volcanes siempre acompañan el paisaje centroamericano.

Luego de descansar un día entero, dormir y comer bien, Carlos Mac en la KLR 650, Beto en la V-Strom 1000 y yo en mi Versys 650, nos encaminamos rumbo a la frontera. El plan era sencillo: rodar 300 kilómetros desde León en Nicaragua hasta San Miguel en El Salvador atravesando dos fronteras el mismo día, la de Guasaule (Nicaragua/Honduras) y la de El Amatillo (Honduras/El Salvador).

La primera frontera fue lo usual: fotocopias por triplicado de cada pequeño papel, certificación, título de propiedad, pasaporte, visas y seguro, una corta fila, los sellos y fumigaciones de rigor y adelante.

Entramos a Honduras al comienzo de la tarde en medio de un calor sofocante que superaba los 42ºC a la sombra. Advertidos por los Piratas salvadoreños, sabíamos que el tramo hondureño, de apenas 130 kilómetros, iba a ser el más difícil por el lamentable estado de la carretera.

En este punto la gran cantidad de baches de diversos tamaños y profundidades que van apareciendo en la ruta me hicieron pensar que una guerra terrible había tenido lugar allí y que los cráteres en el pavimento eran producto de un intenso bombardeo enemigo. Pero no, era apenas la clásica desidia oficial por una zona humilde y muy pobre del país que no le interesa a nadie en la capital.

Comenzamos a avanzar con precaución, pero resultaba de verdad imposible eludir cada bache. Las maniobras evasivas, cada vez más complicadas, amenazaban con accidente en cualquier momento así que decidimos bajar la velocidad y tratar de caer en la menor cantidad posible de huecos.

La deshidratación.

Las suspensiones de las tres motos venían soportando bien el difícil terreno y nos movíamos entre 70 y 90 kilómetros por hora, una velocidad que al comienzo nos hizo pensar que en menos de dos horas alcanzaríamos la frontera con El Salvador.

De pronto un calor abrazador, húmedo y casi insoportable se apoderó del ambiente. El sol en lo alto y ni un solo árbol, parada de bus o rancho que nos diera un poquito de sombra. En mi cantimplora llevaba un litro de agua que consumí de apoco en la primera hora y media de trayecto sin saber que en las siguientes dos horas no iba a encontrar un solo lugar en dónde llenarla de nuevo.

El primer síntoma de la deshidratación apareció en la segunda hora: un calambre en la pierna derecha que por poco me hace perder el control de la moto. Solo había una cosa que hacer y era acelerar por entre los baches para enfriar un poco la máquina y el cuerpo con el viento y llegar cuanto antes a El Amatillo.

Un sudor copioso y salado que bajaba por mi frente por momentos me cegaba y al abrir el visor del casco para intentar limpiarlo, un viento caliente se metía con fuerza por los ojos haciéndolos arder con violencia. Era como ponerle de frente la cara a un secador de pelo encendido a su máxima potencia.

Mi corazón latía muy rápido. Un mareo persistente y mis ojos irritados me hacían sentir que estaba en medio de una pesadilla apocalíptica y que iba atravesando un campo contaminado con radiación mortífera luego de una gran guerra nuclear.

No recuerdo muy bien cómo, pero tres horas después de entrar a batallar en ese infierno de carretera, logramos llegar a una estación de gasolina con sombra y agua en botella para beber a gusto.

Bajé de la moto a punto de desmayarme, traté de apagarla y no pude. Beto lo hizo por mí, pero luego me fue imposible sacar la llave del encendido. Con mi último aliento caminé tambaleándome hacia el pequeño almacén de la gasolinera y fui directo al refrigerador principal. Saqué dos botellas de Gatorade y me las bebí ahí mismo, sin pagarlas primero.

Lentamente fui recuperando los sentidos, mi corazón se tranquilizó y el mareo desapareció. Pagué la bebida hidratante y compré un litro adicional de agua. Al salir encontré mi moto atravesada en medio de dos bombas surtidoras, mi chaqueta tirada en el piso junto a los guantes y el casco a punto de caerse de encima del baúl trasero de la moto.

-“¿Te sientes mejor hermano?”, dijo Beto preocupado.

Unos minutos antes, cuando el mexicano acudió en mi ayuda para apagar la moto, yo lo recibí de mal humor, irritado y desdeñoso, síntoma inequívoco de que la deshidratación ya se había apoderado de mí. Le ofrecí una disculpa sincera, recogí mis cosas y 20 minutos después ya estábamos en El Amatillo entregando fotocopias por triplicado de todo.

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¿A dónde se fue el agua?

La pluma.

Los funcionarios de este cruce fronterizo resultaron muy amables y conversadores a ambos lados de la línea que los une, pero del lado salvadoreño parece haber una total desconexión entre el área de migraciones, encargada de los trámites de las personas, y los de aduanas, encargados de los trámites de las motos.

-“Disculpe señorita, ¿y la aduana para la documentación de las motos?”, pregunté al no ver la ventanilla oficial que normalmente aparece junto a la de migraciones.

-“Debe estar unos seis kilómetros adelante, pregúntele al policía en la pluma”, respondió sonriente la funcionaria salvadoreña.

Una pluma es ese brazo de metal que sube y baja gracias a un contrapeso y que sirve de barrera para controlar el tráfico de vehículos y personas. Una talanquera, como las que cierran el paso cuando va a pasar el tren.

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Ya recuperado volví a ser yo mismo.

Mac salió adelante a buscar la pluma, seguido de Beto y yo detrás, todos a menos de 40 kilómetros por hora por la larga fila de camiones que a esa hora congestionaba la entrada a El Salvador.

Sorteamos los camiones por la izquierda y llegamos hasta un control policial que nos ordenó seguir adelante. Mac a la cabeza no obedeció de inmediato y le preguntó al policía de turno por el puesto de aduanas a lo que el uniformado respondió con un gesto de hastío y un grito de trueno.

-“¡Avance señor, avance!”, ordenó el policía. Mac obedeció esta vez y avanzamos buscando siempre la dichosa pluma.

Por unos 20 minutos rodamos y rodamos y nada de la pluma o el puesto de aduanas así que paramos en una gasolinera a consultar en el chat de ayuda al motoviajero para ver si alguien sabía que hacer o dónde quedaba el lugar.

De inmediato nos recomendaron volver al punto donde el policía nos había ordenado avanzar, según los motociclistas del chat, ahí era la pluma!

Desandamos los pocos kilómetros que habíamos avanzado hasta llegar al puesto de control. Un alboroto general se armó entre los policías al vernos volver y el energúmeno uniformado de antes hizo un gesto para llamar a un funcionario identificado con chaleco de la Dirección General de Aduanas (DGA), que de inmediato corrió a nuestro encuentro.

-“¿Por qué se pasaron el control así? La policía los está buscando con la orden de retenerlos a toda costa!”, dijo el funcionario en tono alarmado.

-“¿Y la pluma, dónde es?, pregunté intrigado.

-“Aquí mismo, ésta es”, dijo el de la DGA señalando a los policías del retén.

-“No veo la barrera”, afirmé buscándola con la mirada.

-“Es que no hay barrera física. Este punto se llama así”, informó el funcionario mientras nos mostraba el camino de tierra por el que se llegaba al control oficial de aduanas.

El director.

Ingresamos al complejo que igual atiende camiones descomunales, que motos de 125cc y tratamos de hacer el trámite correspondiente pero se nos negó la entrada. El propio director de la DGA en el sector conocido como El Puente de la Amistad atendería nuestro caso según nos informó un guardia que no entendía por qué tanto alboroto con nosotros si todos los días pasaban motociclistas extranjeros por ahí.

En estas situaciones Carlos Mac siempre se calienta y pelea con los funcionarios, y aunque en esta oportunidad no le faltaba razón, corríamos el riesgo de perder las motos por habernos internado de manera ilegal en territorio salvadoreño, así que Mac se quedó en el estacionamiento cuidando las motos mientras Beto y yo le hacíamos frente a la burocracia y la policía.

Dos horas pasaron antes que nos atendiera el director. Nos recibió en su despacho con un gigantesco código aduanero en la mano y una amplia cantidad de pequeños libros de leyes que comenzó a recitar uno a uno para luego explicar que las habíamos roto todas.

Escuchamos en silencio.

-“¿Dónde los agarró la policía? ¿Desde dónde los devolvieron?”, preguntó el director mirándonos por encima de sus viejos lentes de lectura sin apartar las manos de los códigos legales.

-“Volvimos por nuestra propia voluntad, ninguna autoridad nos retuvo. Regresamos al no encontrar el puesto de aduanas luego de 20 minutos de estar manejando hacia el norte”, explicamos entre sorprendidos y asustados.

El director cambió de actitud de inmediato al saber que volvimos por decisión propia y nos explicó que según el reporte oficial, hecho por el policía mala leche que nos dio la orden de seguir y por culpa de quien evadimos sin querer el control aduanero, tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador.

-“La policía dice que ustedes pasaron tan rápido que apenas lograron ver el color de la última moto, una verde, y que no atendieron la orden de parar en la pluma”, explicó el funcionario con cara de desconcierto.

El motociclista que se embarca en este tipo de aventuras generalmente lleva una cámara en el casco para capturar las bellas imágenes que van a apareciendo en la medida que se avanza por rutas alucinantes y paisajes descomunales o asombrosos.

Por supuesto nosotros no éramos la excepción. El argentino tenía grabado todo el paso por el retén y el procedimiento del policía en su GoPro.

Más de cuatro horas después de haber regresado a la aduana de El Amatillo nos fue autorizado el ingreso legal a El Salvador, el director se disculpó, firmó él mismo nuestro ingreso y nos deseó buen viaje.

 

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Parqueadero de la DGA en el que esperamos resignados.

Especulando diría que el policía de la gran puta pluma era corrupto y que nos dejó pasar esperando que sus compinches en patrullas oficiales nos capturaran bien adentro de El Salvador para luego exigir una buena propina en dólares a cambio de nuestra libertad. Sin embargo eso es algo que nunca podré probar.

Muy pronto, esa primera mala impresión del país cambiaría para siempre.

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XVIII. La bachata del motoquero.

KM. 14630. León, Nicaragua.

Desperté sobre un colchón a medio inflar, todavía mareado por la excesiva ingesta de alcohol de las dos noches anteriores en compañía de los Piratas Riders de Nicaragua y El Salvador.

Caminé rumbo al baño lento y zigzagueante a través de los restos de la fiesta en lo que parecía una escena de la serie “The Walking Dead”: cuerpos tirados en el piso de la amplia sala de techos altos, gruñidos a lo lejos de mujeres roncando amenazantes y botellas de ron Flor de Caña y cerveza Toña vacías por doquier.

-“No vuelvo a beber”, me repetía un dolor fuerte en mi cabeza mientras avanzaba pesado por el largo corredor que separaba la sala en la que desperté, del baño de invitados.

A penas dos metros antes de llegar a mi meta, por una puerta que no había visto antes, salió de repente Mike Moreira, el presidente del capítulo salvadoreño de los Piratas, con una botella de ron casi nueva en la mano, igualito a los zombis de la serie y dispuesto a atacar a su víctima.

-“¿Uno para la goma?”, saludó el motociclista salvadoreño mientras bamboleaba la botella en gesto de ofrecimiento y con cara de querer tomarse uno también. Y como yo no soy de hacerme rogar, acepté encantado el desayuno que tan amablemente me ofrecía el zombi parlante frente a mí.

Eran las 9:23 de la mañana y ya comenzaban a sentirse con fuerza aplastante los 26 grados C. de León, la ciudad cuna de la revolución Sandinista. La resaca, o goma como se le conoce a este antiguo mal del parrandero en Centroamérica, comenzaba a desaparecer para darle paso a una nueva borrachera.

Dos días antes.

Ni bien se cruza la frontera entre Costa Rica y Nicaragua, a la derecha de la carretera aparece un lago del que emergen majestuosos los volcanes Concepción y Maderas. Más adelante aparece un parque eólico gigantesco que genera de manera limpia y renovable el 22% de la energía que se consume en ese país centroamericano gracias a los fuertes vientos que azotan la zona sur de Nicaragua y a los motociclistas que se aventuran por esta bella ruta.

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Al pasar esta frontera, Nicaragua sorprende por su belleza y la calidez de su gente.

Desde que comencé este viaje he venido experimentado con mucho agrado la solidaridad de la tribu viajera. Dos días antes de salir de San José en Costa Rica, habíamos contactado a través del chat de Ayuda el MotoViajero a Donald Mendieta, presidente del club de motociclistas Piratas Riders en León, una ciudad empedrada llena de iglesias coloniales, a menos de 250 kilómetros de la frontera.

A Carlos Mac le gusta la velocidad y a mí no tanto, manejo más como viejita, disfrutando el paisaje y tomándole fotos hasta las nubes, así que el argentino se adelantó mientras yo avanzaba con paso lento pero seguro.

De pronto un larga línea de autos y camiones apareció por sorpresa tras remontar una suave colina. Decidí avanzar por la izquierda, siempre lento, para llegar hasta el comienzo de la fila y averiguar la causa del embotellamiento.

A la policía local no le pareció tan buena idea como a mi adelantar en tramo prohibido y ni bien llegué al inicio de la fila me detuvieron en el acto.

-“¿Sabe por qué lo detuve?”, preguntó tranquilo el policía enseñando un diente de plata que brillaba al sol, como el de Pedro Navajas… pero de plata.

-“¿Por adelantarme en la fila oficial?”, dije fingiendo algo de sorpresa, aunque bien sabía que la doble línea amarilla en la carretera no estaba pintada ahí por puro gusto.

El sargento Espinoza comenzó a enunciar una larga lista de problemas en los que estaba metiéndome por conducir de manera irresponsable en las carreteras de su país, eso sin contar la elevada multa a la que me exponía y la retención de la moto por parte de la autoridad competente.

-“Lo entiendo oficial, lo siento mucho”, dije mirando desconfiado al policía que no paraba de hablar en su tono pausado, como de maestro de escuela recitando un poema de Rubén Darío.

En otros países esta escena termina con el policía pidiendo plata a cambio de dejar ir al viajero. En Nicaragua no.

-“¿Le queda claro?”, preguntó Espinoza en tono educador al terminar su discurso.

-“Por supuesto oficial”, respondí esperando que me pidiera el soborno.

-“Puede irse, maneje con cuidado”, sentenció el uniformado mientras me devolvía los documentos que minutos antes le había entregado.

No salía de mi asombro. ¡Un policía honesto y comprensivo! En mis viajes en moto muy pocas veces me ha detenido la policía de carreteras, pero casi siempre tuve malas experiencias que ahora me hacen esperar lo peor de los representantes de la autoridad en las rutas latinoamericanas.

Guardé los documentos en la maleta que va sobre el tanque de la moto, aceleré despacito en primera y salí de ahí con una sonrisa de oreja a oreja con un poco más de fe en la humanidad. Insisto en que los buenos somos más.

Los piratas del Pacífico.

La cita con Donald y los demás piratas se cumplió con algún retraso en una esquina del centro de León, a la que llegaron haciéndose notar con el poderoso sonido del motor de sus chopper y sus chalecos de club. Mac y yo nos habíamos encontrado una hora antes cerca de la plaza principal de la ciudad.

Los motociclistas asociados llevan siempre puesto un chaleco lleno de parches cosidos con hilo, que portan con orgullo como los militares usan las medallas en su uniforme oficial. Los tres parches traseros son el Top Rocker, ubicado arriba y en el que viene el nombre del grupo, un parche inferior o Rocker con el lugar de procedencia del club y otro central que es un logotipo o emblema  al que se conoce como los Colores del club.

 

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Los Piratas y sus emblemáticos chalecos.

Los motociclistas siempre personalizan la parte frontal de su chaleco cosiéndole parches más pequeños con la bandera de su país, el nombre del club, su rango o condición (presidente, fundador, capitán de ruta, etc), apodo, años de servicio, eventos especiales a los que han asistido y cualquier otra cosa que tenga un significado especial para quien lo lleva puesto.

Seguimos a los Piratas hasta su cuartel general muy cerca al centro de la ciudad. De las motos fuimos bajando hombres y mujeres a conocernos por fin, ya que nunca antes nos habíamos visto en la vida. Luis Chavarria, un salvadoreño conversador, atento y siempre sonriente fue el primero en acercarse a los viajeros.

De una de las maletas laterales de su Honda Rebel blanca sacó la primera botella de Flor de Caña de la noche y un cucharón de servir la sopa. De no sé dónde apareció una nevera plástica llena de cerveza Toña y mucho hielo para garantizar la adecuada temperatura de consumo de las sagradas bebidas. Tras unas breves palabras de bienvenida de los presidentes de cada país, comenzó la fiesta.

-“¿Para qué es el cucharón?”,  le pregunté intrigado a Luis.

-“¡Cucharonazo!”, tronó tras de mi un grito de guerra.

Varios años atrás, cuando los Piratas Riders de El Salvador fundaron su club, quisieron celebrarlo con una rodada lenta de 200 kilómetros por playas y montañas tranquilas para llegar a un lugar paradisiaco en su país en medio de la nada a acampar y descansar tomando un roncito suave. Pero no llevaron copas para servirlo.

Ese día Luis caminó en medio de la noche hasta un rancho cercano donde una señora muy anciana terminaba de servir la sopa a su también anciano esposo a la luz de una vela a punto de acabarse. Su misión: conseguir vasos, copas o cualquier cosa para servir el ron apropiadamente. Luis volvió con el cucharón de la sopa de la anciana, ella se lo regaló, total tenía varios y ni una copa.

Desde entonces los Piratas de El Salvador beben su ron en cucharón y esa noche me correspondía el honor de probarlo de primero. Sobran los detalles, pero baste decir que bailamos, reímos y gozamos hasta el amanecer, aunque yo fui de los primeros en caer.

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Al frente Mike, atrás El MotoNauta bebiendo en cucharón y Luis con la botella en la mano listo a llenar de nuevo el utensilio de cocina.

Al día siguiente, pasado el mediodía, tomamos la ruta 14 y nos fuimos a la playa Las Peñitas, apenas 20 kilómetros adelante a pasar la goma en el Pacífico nicaragüense con buen ceviche y cerveza helada.

Justo era día festivo y la playa estaba llena de gente disfrutando del sol y de la música que brotaba de los bares a chorros sonoros que servían de anzuelo para atraer a los clientes. Bellísimas morenas en diminutos bikinis multicolores bailaban descalzas sobre la arena tibia mientras nosotros nos divertíamos contando historias de viajes en moto, pasados y por venir.

En Colombia aprendí a bailar salsa y merengue bastante bien y llevaba rato queriendo bailar bachata aunque no conocía muy bien los pasos de ese baile nacido en la República Dominicana y que las nicaragüenses dominan con maestría.

El problema era que las mujeres que nos acompañaban eran la esposa, la novia o la amante de alguno de los motociclistas presentes, con lo que no se podía bailar como corresponde por respeto, así que los más jóvenes y solteros salimos a buscar con quien bailar en formas más divertidas.

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¿Qué hacemos los viajeros cuando no estamos rodando? Bailar un poco y refrescarse.

Por supuesto las bellas morenas fueron nuestro primer objetivo. El argentino y yo en la delantera y dos salvadoreños y un nicaragüense atrás. Me aproximé a la señorita que vi con más cara de tener paciencia para enseñarme a bailar y con mi voz de galán de telenovela colombiana la invité a bailar.

Me miró de arriba abajo y dándole un sorbo a su cerveza helada me dijo que no, gracias. Miré hacia atrás y uno a uno mis compañeros llevaban de la mano a sus parejas de baile mientras la orquesta tropical tocaba en vivo una de Romeo Santos. Si, había orquesta.

Comencé a regresar hacia mi mesa resignado a no moverme al ritmo de “Propuesta Indecente”, y por andar mirando al techo me estrellé de frente con una mujer delgada de abundante cabello negro ensortijado, enfundada en un vestido verde semitransparente que dejaba entrever su bella figura recién bronceada y su bikini blanco.

-“Discúlpeme, no me di cuenta”, dije mirándola directo a sus ojos miel mientras me movía a la derecha para darle paso. Ella se movió a su izquierda y al dar el paso volvimos a tropezar. Fue la primera vez que vi su sonrisa perfecta.

-“¿Y si mejor bailamos?”, preguntó ella extendiendo su mano en señal de amistad.

Durante las siguientes horas aprendí a bailar bachata como corresponde. Dalena. Mi maestra se llamaba Dalena.

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 Vista desde la parte de atrás de los bares en la playa Las Peñitas en León , Nicaragua.

Al día siguiente desperté sobre un colchón a medio inflar, todavía mareado por la excesiva ingesta de alcohol de las dos noches anteriores en compañía de los Piratas Riders de Nicaragua y El Salvador.

Caminé rumbo al baño lento y zigzagueante a través de los restos de la fiesta. Apenas dos metros antes de llegar a mi meta apareció de repente Mike Moreira con una botella de ron casi nueva en la mano.

-“¿Uno para la goma, hermano?”, saludó Mike mientras bamboleaba la botella en gesto de ofrecimiento y con cara de querer tomarse uno también.  Eran las 9:23 de la mañana y ya comenzaban a sentirse con fuerza aplastante los 26 grados C. de León, la ciudad cuna de la revolución Sandinista.

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Las motos aguardan frente al cuartel general de los Piratas en Nicaragua mientras sus pilotos departen alegremente en el interior.

Poco a poco fueron reviviendo los demás piratas y entre todos nos tomamos la botella acompañada con gaseosa de toronja y un hielo ocasional. La resaca comenzaba a desaparecer para darle paso a una nueva borrachera por lo que decidí parar y comenzar a tomar agua, ya la necesitaba después de tanto exceso.

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XVII. Pasar fronteras, un dolor de cabeza necesario

No me quería ir de Panamá. Solo pensar en los numerosos trámites burocráticos que rodean el cruce de cada frontera me producía una especie de malestar parecido al del domingo por la tarde cuando uno sabe que es inevitable tener que ir a trabajar o estudiar al día siguiente luego de un fin de semana maravilloso en brazos de la mujer amada.

La primera frontera que atravesé en moto fue Argentina/Chile, seguida de Chile/Perú, de ahí Perú/Ecuador y luego Ecuador/Colombia donde me quedé tomando fuerzas y ahorrando algo de dinero para esta segunda parte del viaje.

Hasta ahora la más difícil ha sido Colombia/Panamá por el gran obstáculo conocido como el Tapón del Darién. Muchos mandan en contenedor su moto desde Cartagena y los más adinerados lo hacen en avión desde Bogotá. Yo tomé la opción más barata y peligrosa que fue la salir por Turbo en una travesía de tres días en lanchitas de motor hasta puerto Cartí en Panamá. (Aquí la crónica completa del cruce: https://elmotonauta.com/2017/06/01/xv-esmeralda-y-el-alucinante-paso-del-tapon-del-darien-en-bote/ )

La siguiente sería Panamá/Costa Rica y como con todas había que prepararse física, mental y económicamente para pasar al otro lado. Carlos Mac, el argentino en su KLR 650 y yo pilotando a Esmeralda decidimos acompañarnos rumbo al norte algunos días y rodar juntos hasta donde nuestras personalidades diferentes nos lo permitieran.

Beto Cárdenas, el mexicano, se nos uniría en su V-Strom 1000 unos días después en Costa Rica luego de aplicarse la vacuna contra la fiebre amarilla que exigen algunas autoridades fronterizas a los viajeros que han estado o vivido en países tropicales.

101 fotocopias, papeles y visas.

La documentación básica que no puede faltar consta de pasaporte, visas, título de propiedad original de la moto, licencia de conducir y, en algunos países, un seguro que cubra daños a terceros por el tiempo que uno esté rodando en el país anfitrión. Estos seguros los venden en las mismas fronteras por precios que arrancan en 15 dólares por un mes. Y atención, porque hay que llevar fotocopias por triplicado de todo!

Carlos y yo llegamos a la frontera justo para disfrutar del calor abrazador del medio día. No era la mejor hora pero yo ya no madrugo, ni corro para llegar a citas o me estreso en el tráfico por llegar a tiempo a ningún lugar, así que empaqué mis maletas con calma, me despedí del buen Bobby Valdez y su familia y me encaminé rumbo a Costa Rica a cualquier hora. Ya ni siquiera miro el reloj.

Curiosamente nadie más quería salir de Panamá a esa hora, solo Mac y yo hacíamos los trámites aduaneros correspondientes así que salimos rápido de aquel país maravilloso que tan bien me trató.

Para recorrer las tres Américas en moto el viajero colombiano requiere las visas norteamericana y canadiense. Aunque Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala también exigen visado, este no hace falta si se cuenta con la visa de Estados Unidos que por algún convenio internacional es válida para entrar en estos cinco países centroamericanos. Las demás naciones nos dan la bienvenida sin trámites adicionales.

Del lado Costarricense una bella funcionaria tica nos vendió el seguro válido para tres meses de cobertura por 16700 colones, casi 30 dólares, y otros dos funcionarios nos autorizaron a pasar a su territorio luego de llenar tres formularios diferentes, uno para la migración y correspondiente sello en el pasaporte y luego otros dos para la importación temporal de las motos. Muertos de calor pasamos la frontera para seguir sumando kilómetros hacia el norte.

De inmediato se siente la diferencia al cambiar de país. Del lado tico miles de árboles refrescan el camino y si uno se cansa puede parar a la sombra de alguna especie exótica a tomar agua y rehidratarse. En Panamá la deforestación a orillas de la carretera impide que uno pare, siempre hay que seguir porque no hay sombra.

Rodamos menos de 200 kms desde la frontera hasta la playa Dominical en la provincia de Punta Arenas, donde nos estaba esperando Jonathan Elizondo, colega motociclista conocido como Shell, quien vuela en una superbike Kawasaki Ninja roja por Centroamérica a altas velocidades que ya le costaron varios huesos rotos en múltiples accidentes. El más duro de ellos lo dejó en cama más de tres meses y en rehabilitación por un año, pero no se baja de las motos, las ama.

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Versys, Ninja y KLR. Kawasaki Lovers.

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Buena máquina mi Esmeralda.

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Menos mal no aparecieron los cocodrilos.

Ya en la playa instalamos nuestras carpas mientras tomábamos fotos del atardecer en el océano el Pacífico, una escena que en este viaje he visto docenas de veces pero que siempre resulta diferente y maravillosa dependiendo del estado de ánimo que me acompañe y en ese momento era de tranquilidad, pero iba a durar poco.

 

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Las bellas playas costarricenses y su desbordante naturaleza me dan la bienvenida y, como diría el pitufo bromista, “una sorpresita”.

El robo

Hasta ahora, en mis viajes en moto solo unos perros callejeros me habían robado la comida una noche que no guardé bien los víveres dentro de la carpa en un pueblito cercano al desierto de Atacama en Chile. (La crónica del desierto aquí: https://elmotonauta.com/2017/03/08/viii-los-bandidos-de-siempre/ )

Esa tarde en Dominical un borracho jovial y conversador se acercó a preguntar por las motos sorprendido de verlas tan cargadas de maletas y con placas extranjeras. No habrá estado más de tres minutos con nosotros pidiendo algo de dinero para tomarse una cerveza helada, pero ese tiempo le bastó para quitar de mi casco la cámara de acción, con la que venía grabando el camino, para robársela.

Ni Carlos, ni Jonathan y mucho menos yo nos dimos cuenta. El hábil ladrón, que ahora presumo no estaba borracho, se valió de su actuación para distraernos mientras se llevaba su botín. Afortunadamente, la noche anterior en el refugio de las montañas de Chiriquí había descargado todos los videos a mi computadora, pero se perdieron los de la entrada a Costa Rica.  Aunque busqué por toda la playa y avisé a la policía, la rata nunca apareció.

El día siguiente lo pasamos rodando despacio de playa en playa, esperando a Beto quien anunció su llegada para esa tarde. Aprovechamos el tiempo tomando fotos, comiendo pizza y bebiendo mucha agua para la resaca.

24 horas antes, en una estación de gasolina a 70 kilómetros de Dominical, nos habíamos cruzado con un grupo de mochileros entre los que estaban una francesa bellísima de ojos azules y largo cabello negro, bronceada a fuerza de haber pasado más de dos meses en Centroamérica entre el Pacífico y el Caribe y una delgada inglesa rubia y blanca como una hoja de papel que estaba en su primer viaje de mochilera por el mundo.

Mientras buscaba al ladrón me las encontré de frente, acababan de llegar a la playa en un camión que transportaba el fruto de la palma africana, muy común en la región y de la que se extrae aceite hace más de 5000 años en otros continentes. Les conté lo sucedido con el presunto borracho y en un gesto de camaradería me ofrecieron una cerveza para aliviar la pena de la pérdida de mi camarita.

Regresé al campamento que levantamos con el argentino y este me estaba esperando con otra cerveza helada. Media hora después nos unimos al grupo de mochileros en una celebración de la vida con música de tambor, ukelele y cerveza que duró hasta el amanecer. Al fin de cuentas yo también soy mochilero, solo que me muevo en moto.

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Los viajeros del mundo nos encontramos en todas partes, en esta foto de Izq. a Der. Carlos Mac de Argentina, José Gallet de Francia, Cristina May de Venezuela, el MotoNauta de Colombia y Jonathan “Shell” Elizondo de Costa Rica.

KM 14111. San José, Costa Rica.

Beto no llegó así que decidimos avanzar hasta San José donde una inesperada caravana de motociclistas, miembros del club Iron Horses alertados por Shell de nuestro paso, nos estaba esperando para guiarnos hasta la casa de Perejil, uno de sus líderes, para alojarnos, comer un rico asado de carne a la brasa, compartir historias de la ruta y si, beber más cerveza.

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Hermandad motera con los Iron Horses de Costa Rica en casa de Perejil.

Perejil fue bautizado por sus padres como Edwin Naranjo, pero antes de ser un rudo motociclista que rueda en chopper de alto cilindraje fue un tierno payasito en una Vespa que animaba fiestas infantiles con su novia usando el nombre artístico de la planta-condimento.

Al día siguiente salimos a dar vueltas por la ciudad con Shell y Perejil quienes resultaron ser unos tipos amables y generosos al punto de no dejarnos pagar ni una sola vez comida y cerveza durante el tiempo que estuvimos en Costa Rica a pesar de mi protesta reiterada.

-“Cuando yo vaya a Colombia pagas tu mae, hoy me toca a mí”, decía Shell con una sonrisa en la cara siempre.

En uno de esos recorridos conocí a Cristiano Aramis, un italiano que decidió dejarlo todo en su tierra natal e irse a probar suerte a Costa Rica. Hoy tiene una tienda en San José repleta de motos clásicas y todo tipo de ropa y accesorios para el motociclista moderno, incluso ofrece servicios de tatuajes y barbería. ¿Su nuevo sueño? Recorrer el mundo en una moto comenzando por Sur América.

Al parecer cada vez que se alcanza un objetivo la pregunta recurrente es ¿Y ahora qué sigue? Me pasa todo el tiempo.

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La tienda de Cristiano en San José.

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Perejil (centro), nos encamina hasta la carretera que nos llevará a la frontera con Nicaragua.

KM 14420. Peñas Blancas, Frontera Costa Rica/Nicaragua.

Pasamos dos días esperando a Beto en San José pero como no llegó Salimos de la ciudad rumbo a la frontera con Nicaragua conocida como el paso de Peñas Blancas, 300 kilómetros al noroeste de la capital costarricense.

-“No puedo autorizar su entrada a Nicaragua señor”, me dijo una funcionaria del servicio migratorio sin siquiera mirarme mientras me daba de vuelta las muchas fotocopias, formularios y documentos originales que la acababa de entregar.

-“Le falta la fotocopia de la hoja del pasaporte en la que está el sello de salida de Costa Rica, complementó la robusta mujer en medio de un calor tremendo que me hacía sudar copiosamente aún sin el casco y sin la chaqueta de protección.

Esa no me la esperaba. Salí a buscar una fotocopiadora sabiendo que sus servicios especializados de toma de copias de la hoja del pasaporte en la que está estampado el sello de salida del país vecino llegan a costar hasta un dólar la unidad en moneda local.

-“Señor tiene que ir a pagar el impuesto de entrada al país y el de la alcaldía local. Traiga esos comprobantes, si no, no puede entrar a Nicaragua”, me soltó la mujer cuando le mostré la dichosa fotocopia que me había pedido.

Otra ventanilla, otra fila. Iba de regreso al puesto de la funcionaria a la que se le notaba que no le gustaba para nada su trabajo y que ‘servicio al cliente’ era una frase que solo había oído cuando llamaba a reclamar por su elevada cuenta de telefonía celular. Al ver que me aproximaba de nuevo exclamó: “¿y ya compró el seguro para la moto?”.

-“Paciencia, paciencia, paciencia”, me repetía una voz tranquila en mi cabeza.

En total se pagan más de 50 dólares para entrar legalmente a Nicaragua entre impuestos locales y nacionales, seguro y fumigación de la moto. Casi dos horas haciendo un trámite que en otras partes del mundo tarda apenas 5 minutos. El mal sabor de boca que deja la burocracia fronteriza se quita casi al instante gracias a que la ruta que sigue es bellísima.

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La burocracia en las fronteras centroamericanas puede ser agobiante, pero al final todo se olvida cuando se vuelve a la ruta.

Ni bien se cruza de un país a otro aparece a la derecha del camino el lago Nicaragua, de aguas tranquilas de las que emergen majestuosos los volcanes Concepción y Maderas, los primeros en la lista de 21 volcanes, 19 de ellos activos, que tiene este país a lo largo de su geografía y que acompañan al viajero en su ruta al norte.

Más tarde, en la ciudad de León, nos esperaban los motociclistas del club Piratas Riders de Nicaragua y con ellos sus hermanos los Piratas de El Salvador que venían a un encuentro binacional a celebrar la hermandad motera.

En total, más de 30 personas entre hombres y mujeres amantes de las dos ruedas, dispuestos a dar la vida por sus hermanos motociclistas y a beberse todo el ron del país si era posible.

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¿De dónde salió tanta gente?

En ese momento no lo sabía, pero me esperaban más de tres días de fiesta, cerveza y bachata en la ciudad cuna de la revolución Sandinista.

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XVI. Solidaridad, la consigna de la tribu viajera.

¿Dónde voy a dormir esta noche?

La verdad es que nunca sé dónde voy a terminar al final de cada jornada de devorar kilómetros al mando de mi moto rumbo a Alaska. Esa pregunta me la hice a diario y fue la preocupación principal durante la etapa de planeación del viaje.

Pensando en eso compré una carpa resistente que va conmigo a todas partes y en la que he pasado no menos de 20 noches entre Centroamérica y México, contacté amigos que generosos me han recibido en sus hogares o gestionado la ayuda de sus familiares y conocidos en lugares tan distantes unos de otros como Medellín, Ciudad de México, Guadalajara, Tijuana y Los Ángeles.

Pero, la respuesta ya no me inquieta porque descubrí la solidaridad viajera.

 

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Esmeralda y mi carpa a orillas del lago Atitlán en Guatemala.

Antes de salir de Bogotá me inscribí en la aplicación CouchSurfing que funciona maravillosamente si se avisa el destino con tiempo, pero yo improviso mucho la ruta de acuerdo a lo que voy sintiendo del camino y según lo que me cuenta la gente que voy conociendo a la orilla de la carretera así que la he usado poco, pero sirve.

La primera parada en el camino fue en Medellín en casa de mi amiga Diana Lache quien me recibió con una típica bandeja paisa hipercalórica (arroz, frijol, carne, chorizo, chicharrón, plátano y huevo fritos), que tardé más de tres días en digerir.

Antes de salir de Bogotá había hecho contactos con un grupo en Facebook llamado Motoposadas Colombia cuyos miembros al comienzo no me prestaron mucha atención, pero en cuanto comencé a viajar todo cambió.

Ya en Medellín Sandra y Duván fueron los primeros de una larga lista de motociclistas generosos del grupo dispuestos a ayudar al viajero a cambio de compartir una cerveza, un almuerzo y una buena charla.

Ellos me contactaron con Cesar quien pagó de su bolsillo una posada del amor en Carepa, a menos de hora y media del puerto de Turbo, donde descansé tranquilamente mientras las morenas damas de compañía del Urabá antioqueño intercambiaban dinero por cariño con sus clientes, camioneros cansados de transportar banano por las carreteras de la zona.

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Residencias Quito en Carepa, segunda noche en la ruta. ¿Ya vieron a Esmeralda?

Ya en Turbo, mi tío Alejandro me envío a casa de su amigo Toyo Romani, que me sirvió de base mientras gestionaba, negociaba y renegociaba el paso a Panamá con todo y moto.

Estaba en esas cuando me escribió al celular un tulueño buena gente que era amigo, del primo, de un compadre del vecino de un motociclista del grupo de Facebook que había recibido ayuda en Panamá de un tal Dioris Osis.

El anónimo tulueño,  a quien no conocía de nada pero le estaré eternamente agradecido, me dio el teléfono del panameño con un mensaje que decía. “Escríbale, él lo ayuda en Panamá”.

Y yo hice caso, le escribí. Total nada podía perder mandando un mensajito presentándome, diciendo que era amigo del tulueño y que iba para allá en quien sabe cuántos días y que si me recomendaba un hotelito barato o un lugar para acampar.

KM. 12865. Ciudad de Panamá, Panamá.

“Hermano! Bienvenido a Panamá, te espero en mi casa cuando quieras, no pagues hotel”, me respondió Dioris casi de inmediato, al tiempo que me enviaba la ubicación de su casa en Google Maps. Yo no lo podía creer. Alguien que no me conocía, me recomendó con otra persona que tampoco conocía y esta a su vez me ofrecía su casa para descansar al salir de la travesía por las Islas de San Blas en el Atlántico colombo-panameño.

Si usted leyó la crónica de mi paso de Turbo a Panamá con los piratas del Caribe en tres botes distintos, cambiando la moto de barco en barco en medio del océano para llegar de noche a un puerto perdido en la selva, entenderá que lo único que yo quería al terminar la travesía de tres días por el borde del Darién era llegar a la casa del famoso Dioris. (Lea aquí la crónica del paso del Darién: https://elmotonauta.com/2017/06/01/xv-esmeralda-y-el-alucinante-paso-del-tapon-del-darien-en-bote/ )

En cuanto salí a la civilización, otro desconocido me prestó su teléfono. Dioris apareció en una camioneta con su hija y me guió hasta su casa, llena de motos, donde repuse fuerzas por dos días, lavé la ropa, le quité la sal a la moto y pude ver con tranquilidad los daños sufridos por Esmeralda en el último tramo del viaje en bote, el de cinco horas desde puerto Obaldía hasta puerto Cartí.

Casa de Dioris Osis.

El carenaje rayado y las pastas de los lados con serias grietas que amenazaban con expandirse. Daños cosméticos que no me quitan el sueño. Luego de los paseos correspondientes por la ciudad, el canal y sus alrededores, Dioris me preguntó por mis planes de viaje, a lo que respondí sacando pecho: “Alaska”.

-“Y ya estás en el grupo de apoyo de Centroamérica y México?”, preguntó el motociclista anfitrión con tono de testigo de Jehová invitándome a su culto al verme la cara de pecador sin remedio.

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Cinco minutos más tarde me estaba presentando en el grupo de Whatsapp ante una comunidad de más de 200 motociclistas desperdigados desde Panamá a Tijuana, muchos de ellos viajeros como yo y todos dispuestos a ayudarme con posada, comida y no pocos consejos de rutas, mecánica básica y avanzada y sobre todo con buena energía para el camino. Desde entonces no he vuelto a preguntarme, dónde dormiré la noche siguiente.

KM. 13510. David, provincia de Chiriquí, Panamá.

El primero en ofrecer su apoyo vía grupo de whatsapp fue Bobby Valdez, un panameño aguerrido y motociclista apasionado que a pesar de tener una BMW de 1200cc, decidió subirse a una Yamaha de 125cc para recorrer toda Centroamérica y parte de México en un viaje en honor a sus padres que le llevó más de dos meses completar.

Por supuesto acepté la invitación y más de 450 kilómetros adelante de Ciudad de Panamá estaba llegando a su refugio para motociclistas en las tierras altas de Chiriquí.

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Bobby en su BMW 1200CC.

Hacía ya varios años años que Bobby viajaba en moto, comandaba una familia de esposa y tres hijos y cuidaba a su madre, una señora mayor que vivía feliz entre los recuerdos de su vida pasada. Una mañana calurosa, como todas las mañanas en la ciudad de David, la madre de Bobby al oírlo hablar de viajes en moto con otro colega motorizado lo llamó y le pidió que no la dejara sola.

“Espérate a que me muera y después te vas a viajar en moto”, le dijo la señora en privado. Tres días después murió. Al funeral asistieron motociclistas de todo Panamá quienes le hicieron una calle de honor de camino a su última morada.

Las palabras de su madre querida calaron profundo en la mente de Bobby, un hombre recio y trabajador que por momentos se entristecía y perdía su mirada en el horizonte mientras me contaba esta historia con un vaso de Seco Herrerano mezclado con soda, limón y hielo en la mano.

Tardó un mes en equipar a la ComeCalle, nombre con el que bautizó a la Yamaha YBR 125cc azul con la que se lanzó a la carretera rumbo al norte, y en organizar su vida para poder salir a disfrutar de la ruta.

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Bobby y la ComeCalle.

Cuando llegué al refugio pensé en pasar una o dos noches allí en medio de las montañas en un clima agradable que nunca superó los 20 grados. Terminé pasando cinco días y cuatro noches recorriendo caminos poco transitados, playas solitarias, comiendo buena comida panameña, tomando cerveza, bañándome en cascadas de agua cristalina y conociendo gente nueva todos los días.

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Lugar privilegiado para el descanso en las montañas de Panamá.

También aproveché el tiempo para escribir un par de crónicas que casi no publico y para reforzar con fibra de vidrio el carenaje de la moto y así evitar que las grietas se expandieran más. Ya estoy en Los Ángeles y el arreglo sigue funcionando.

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Un poquito de fibra de vidrio por dentro y Esmeralda como nueva.

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Lavar las camisetas para seguir el camino oliendo rico.

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Paz y mucha tranquilidad para escribir con calma una buena crónica.

Al refugio fueron llegando Luis Diaz un motociclista español de 67 años conocido como el Moterus Vetustus, Beto Cárdenas un mexicano hiperactivo en sus 30, hijo de médicos brujos de Jalisco y Carlos Mac un argentino pelionero y buena gente que reniega de todo, todos los días de su vida pero al final disfruta del viaje.

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De Izq. a Der. Beto Cárdenas, Roberto Valdez Jr, Bobby Valdez y su nieto, Carlos Mac y El MotoNauta. El mundo es un lugar menos peligroso de lo que nos muestran los medios. Los buenos somos más.

Luis, policía retirado, estaba buscando un terreno para construir su casa soñada en Centroamérica y seguir disfrutando de la vida; Beto, ingeniero emprendedor, luego de más de un mes en una ruta que lo condujo de su natal Guadalajara hasta las alturas del pico Bolívar en Venezuela, estaba regresando a su tierra en una Suzuki V-Strom de 1000cc y Carlos Mac, mecánico de barcos, en una KLR 650 estaba yendo desde Argentina hasta la Baja California en México para ver la carrera conocida como La Baja 500. Cada loco con su tema.

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Motos del mundo en el refugio “Mamao” para motociclistas en las tierras altas de David, provincia de Chiriquí, Panamá.

En ese momento no lo sabía, pero aunque cada uno de nosotros llevaba un destino diferente, íbamos a recorrer juntos miles de kilómetros por varios países, incluyendo la playa en la que me robaron en Costa Rica, el bar en el que aprendí a bailar bachata con una esbelta morena nicaragüense y la carretera hondureña en la que por poco me desmayo manejando, víctima del calor extremo y la deshidratación severa.

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Playa La Barqueta, Chiriquí. Panamá. Vale la pena visitar Panamá y si es en moto mejor.

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XV. Esmeralda y el alucinante paso del Tapón del Darién en bote.

KM. 11430. Bogotá, Colombia.

El 29 de diciembre de 1951, Ernesto “el Che” Guevara de la Serna y su amigo Alberto Granado Jiménez, salieron de la ciudad de Córdoba en Argentina sobre una moto Norton de 500cc para conocer América viviendo de sus propios recursos y gastando dinero solo en aquello que en realidad no pudiera evitarse.

Quiso la suerte que yo saliera en mi moto también un 29 de diciembre desde Buenos Aires pensando en llegar a Colombia, a más de 10.000 kilómetros de distancia, en el tiempo que fuera necesario emplear. Sin prisa, sin GPS y apegándome al plan del Che de gastar lo menos posible durante la travesía. 63 días después lo logré.

-“¿Y qué hago ahora?”, me preguntaba inquieta una voz en mi cabeza cada 30 segundos.

La respuesta siempre era la misma. Seguir el llamado de Christopher, el motociclista canadiense de 73 años que 6000 kilómetros atrás, comenzando a rodar por el desierto de Atacama en Chile, me contó de un lugar mágico llamado Alaska al que se llega atravesando su patria y en el que él fue feliz una vez, aunque nunca pudo volver a verlo. ( https://elmotonauta.com/2017/02/10/why-not-my-friend/ ).

-“Vive viajando por el mundo, nunca pares, habla con todos y cuéntales de dónde vienes y para dónde vas….. al final de la vida los viejos nos arrepentimos solo de lo que no hicimos cuando pudimos”, decía Chris con profunda sabiduría.

El 29 de marzo de 2017 desperté en Turbo, a orillas del Caribe a las seis de la mañana. Tomé una ducha helada, un desayuno rápido y salí con una mochila verde de 100 litros llena de ropa y cosas de acampar rumbo al puerto, a solo cinco minutos de mi hogar de paso, para abordar una lancha rápida y alcanzar a mi moto.

La noche anterior había negociado con el capitán Cristóbal el subir la moto a su viejo barco carguero de madera para llevarla a Capurganá, una hermosísima playa en el caribe colombiano, junto a materiales de construcción, bultos de harina de trigo, plátanos en racimo, cajas de deliciosa cerveza y víveres de toda clase en una travesía que le iba a tomar al viejo capitán más de ocho horas de recorrido.

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El viejo barco surca el golfo de Urabá dos veces a la semana llevando de todo, hasta motos.

No soy religioso, pero el nombre del barco me daba algo de tranquilidad. “No hay como dios”, se llamaba la descascarada embarcación que llevaría a Esmeralda, mi flamante Kawasaki Versys 650, a esta segunda etapa del viaje, en el primero de tres trayectos surcando el Caribe rumbo a Panamá.

La Previa.

Tres días antes, el 26 de marzo, desperté como un zombi a las cuatro de la mañana con la intensión de salir a las cinco de Bogotá con destino a Medellín, primera parada en la ruta hacia Alaska. Había llovido durísimo en la ciudad toda la noche y aún no paraba de caer agua del todo. No había dormido más de cuatro horas intranquilas, sin embargo la decisión estaba tomada. Ese día volvería a la ruta a como diera lugar.

La semanas anteriores estuvieron marcadas por la ansiedad, los problemas de último minuto con la moto: maletas que no cerraban, repuestos que no se conseguían, luces que no alumbraban, pito que no pitaba, frenos que no frenaban y una lista casi sin fin de cosas por hacer para poder viajar tranquilo, como renunciar al trabajo, cerrar cuentas bancarias, pagar todas las deudas, dejar plata para los impuestos del año fiscal, pagar el colegio de mi hija Cata y meter mis pocas pertenencias a una bodega esperando mi regreso.

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Mi hija y yo cuando éramos bebés.

Superados los problemas logísticos, llegaron los emocionales. Despedirme de Cata siempre será triste para mí porque en cada viaje la extraño a morir. De nuevo le hice la promesa de que rodaría lo más seguro posible de ida y vuelta para regresar a su lado sano y salvo. No es fácil dejarlo todo para ir a perseguir los sueños, pero es la única manera de hacerlo bien.

Luego de una ducha tibia, cargué a Esmeralda con cinco maletas de variados tamaños. Dos laterales del color de la moto y un baúl trasero de plástico en los que viajan repuestos diversos, mi computadora, unas botas de trekking, comida en lata, botiquín de primeros auxilios, kit de despinchado de llantas, aceite de motor, lubricante de cadena y herramientas variadas.

Puse una mochila verde y grande de poliéster grueso e impermeable sobre el asiento del pasajero, con ropa adecuada para todos los climas, bolsa de dormir, carpa, aislante para el piso de la carpa, una bolsa con elementos de aseo personal para no oler a chivo durante la travesía, un par de tenis y otro de sandalias para caminar por las playas nudistas que aparezcan en el camino.

La última maleta va asegurada con imanes al tanque de la moto y está cargada con todo aquello que se requiere tener a la mano rápido como el papel higiénico, el bloqueador solar, el pasaporte y la licencia de conducir, el traje de lluvia y la cámara para tomar esa foto soñada.

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Esmeralda lista para partir.

Salí dos horas después de lo presupuestado en medio de una llovizna tenue que le daba un aspecto gris y triste a Bogotá, pero eso no minó el ánimo que me acompañaba.

Los primeros kilómetros los recorrí preso de una mezcla de alegría y miedo mientras aprendía a dominar el peso combinado de la máquina, las maletas y los 90 kilos del piloto.

KM. 11728. San Luis, Colombia.

Rodar por carretera es una maravilla. Esa sensación de que una vez más estaba haciendo aquello que tanto tiempo llevaba planeando, es mejor tomarse una cerveza helada en fondo blanco en una tarde calor intenso a la orilla del mar, sin tener que pagarla.

Llevaba más de cuatro horas manejando cuando de repente, al salir de una curva suave, justo frente a mi apareció una piedra gigante de cerca de 10 toneladas que ocupaba todo el carril derecho por el que transitaba.

La roca casi redonda se había venido rodando desde lo alto de la montaña llevándose por delante árboles, animales y maleza para ir a parar justo en mi camino a Medellín. No iba tan rápido así que fue fácil frenar antes de chocar contra el pedazo de montaña que parecía recién caído.

-“La piedra se vino hace unas dos horas montaña abajo, menos mal no pasaba nadie por ahí a esa hora”, explicó don Mateo, un hombre de más de 50 años, vestido de overol naranja, chaleco reflectivo, casco rojo y botas de trabajo. Él era el único funcionario del municipio cercano de San Luis, destacado frente a la piedra con una paleta pare/siga como solitaria herramienta para evitar accidentes.

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Como dice la canción: “Una piedra en el camino, me enseño que mi destino, era rodar y rodar”

-“Menos mal salí tarde de Bogotá”, respondí pensando que de haber arrancado a tiempo me habría caído encima esa piedrota terminando con mi viaje de manera prematura. Pero como no fue así, interpreté el derrumbe como una señal de que mi destino en esta vida es rodar y rodar, en moto por supuesto.

KM. 12210. Puerto de Turbo, Colombia.

Llegué a Medellín con la necesidad de cambiar la llanta delantera, que de lo gastada ya parecía de pista. Pude cambiarla antes pero inexplicablemente no me alcanzó el tiempo y la fecha de la partida se me vino encima de un momento a otro.

Cambié la llanta y pasé dos noches tranquilas en Medellín visitando amigos, tomando cerveza y comiendo fríjoles con chicharrón, hasta que recordé que mi destino estaba a más de 20.000 kilómetros de distancia y decidí avanzar.

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La pata de Esmeralda es muy corta y se cayó por el peso que ahora carga. Afortunadamente fue en un bonito lugar: Santa Fé de Antioquia, de camino a Turbo.

El puerto de Turbo tiene mala fama. Dicen que roban, matan y que el narcotráfico es la ley en la zona, que no es posible sacar la moto legalmente del país y que no existe puesto de migración en donde sellar el pasaporte a la salida. Por eso docenas de motociclistas de todo el mundo prefieren pagar más de 1000 dólares pasando su moto en un velero a Panamá por Cartagena o en avión desde Bogotá por cifras que arrancan en 1200 dólares.

La mejor manera de pasar la moto es compartiendo un contenedor desde Cartagena con otros dos o tres viajeros y dividir los costos entre todos. Los hay que van en auto, en otras motos, en combis o en casas rodantes. Lo importante es hacer el trámite rápido ya que Cartagena es la ciudad más cara de Colombia y el costo de pagar hotel y comida esperando el grupo adecuado puede ser elevado. Yo no coincidí con nadie así que me fui solo a Turbo a aventurar.

Los piratas del Caribe.

El 29 de marzo de 2017 desperté en Turbo, a orillas del Caribe, a las seis de la mañana. Dormí intranquilo pensando en las docenas de historias que personas bien intencionadas, pero mal informadas, me contaban sobre lo “imposible” de pasar a Panamá por el puerto bananero sobre el Golfo de Urabá.

-“Se te va a ir la moto al mar”, decían unos. “Te van a secuestrar”, decían otros. Y casi todos aseguraban que me iban a robar o que no había manera de sacar la moto legalmente del país, pero ninguno de los amables aconsejadores había estado en Turbo jamás y por supuesto estaban todos equivocados.

Turbo es un puerto feo, eso si, pero tiene capitanía de puerto regentada por la Armada Nacional, aduanas para hacer el trámite de exportación temporal de la moto y puesto de migraciones para salir legalmente del país. Y en caso de que se olvide sellar el pasaporte en el puerto, en Capurganá también hay oficina migratoria.

El capitán Cristóbal llevó a Esmeralda por 50 dólares hasta la bahía de Capurganá, pero no la bajó al pequeño puerto del caserío esperando a que yo negociara el traslado al aún más pequeño puerto de Obaldía, en Panamá, donde se hacen los procedimientos legales de ingreso de moto y nauta al país.

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Capurganá es un paraíso en el Caribe colombiano que vale la pena visitar.

La misma tarde de mi llegada a Capurganá negocié con el primer pirata el pasar la moto, en medio del mar y a fuerza de brazo, del barco de Cristóbal a una lanchita inestable que me llevaría a Obaldía por 90 dólares a las ocho de la mañana del día siguiente. Claro que la negociación arrancó en 200.

-“Se te va a ir la moto al mar”, me decía una voz burlona en mi cabeza.

Para mi sorpresa el trayecto fue muy tranquilo y lo cubrimos en apenas una hora, por lo que al final me pareció caro, pero ya no había nada que hacer. Al llegar al lado panameño bajé la moto a la playa con la ayuda del lanchero y dos espontáneos indígenas kuna-yala a cambio de una propinita de cinco dólares.

El ejército panameño inspeccionó la moto y mis documentos de viaje y tras una hora de preguntas sobre de dónde venía y para dónde iba me dejaron en libertad de acercarme al puesto de control migratorio donde pasé las siguientes seis horas esperando a que algún funcionario en ciudad de Panamá autorizara mi ingreso al país vía internet. Sobra decir que el Wi-Fi en medio de la selva no anda muy rápido.

Yo no era el único esperando el mensaje aprobatorio de la capital. Junto a mí, en la pequeña y caliente oficina, estaban un uruguayo conversador, un comerciante colombiano, un francés tímido en extremo, una joven japonesa buena onda que hablaba bien español y Margot, una rubia inglesa bellísima y tatuada que hizo que la espera valiera la pena. A la media hora ya éramos todos amigos.

Los primeros en salir con su pasaporte sellado fueron los europeos, dos horas después la japonesa, casi tres horas más tarde el uruguayo y al final quedamos los dos colombianos a la espera. Cuando por fin me llamaron habían pasado seis horas desde que atravesé la puerta destartalada de la oficina burocrática.

-“Bienvenido a Panamá”, dijo el funcionario mientras estampaba un sonoro sello en mi pasaporte. Lo siguiente fue hacer la importación temporal de Esmeralda con otro funcionario en camiseta, sandalias y bermudas, que tomaba el sol desprevenido en una silla frente a su casa.

Listo el trámite ya podía rodar por Panamá, solo que no hay carreteras en el Tapón del Darién así que volví a la playa a buscar otra lancha que me llevara a Puerto Cartí, cinco horas al norte, atravesando las 360 islas del archipiélago de San Blas.

Todas las embarcaciones a Cartí habían salido temprano y las siguientes zarparían a las 11:00am del día siguiente. En esa zona del mundo los indígenas Kuna son la ley, dueños de barcos, rutas de contrabando, islas, gasolina, víveres y todo lo que se pueda uno imaginar, así que con ellos comencé la negociación.

-“Ochocientos dólares”, dijo el primero. “Mil doscientos”, pidió el segundo.

-“¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja!”, solté yo en las dos ocasiones, mientras me alejaba de los ilusos.

En puerto Obaldía solo hay dos hoteles, el de Cande y el de su hija Primitiva, ese es su nombre, y están peleadas a muerte lo que ayuda al viajero a negociar un buen precio en cualquiera de los dos hospedajes. Pagué seis dólares en el de Cande por una habitación compartida con el francés tímido y el uruguayo conversador.

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Ella es Cande, dueña y señora de la posada que lleva su nombre.

La bella Margot y la japonesa habían seguido su camino a una isla cercana a vivir la experiencia salvaje de dormir con los indios y Juan, el comerciante colombiano, tenía que regresar a su país al día siguiente ya que las autoridades panameñas le negaron su ingreso por haber estado preso hacía más de 15 años en Estados Unidos por narcotráfico.

A la mañana siguiente salí rumbo a la playa a negociar de nuevo en medio de un sol radiante. Para mi sorpresa había más lanchas ese día y no todas eran de indígenas y además más gente quería pasar a puerto Cartí.

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En esta playa me senté a negociar con los lancheros que querían más de lo que yo podía pagar. Con un poco de paciencia todo se solucionó.

Junté a todos los viajeros para negociar en grupo con el segundo pirata y logramos un buen precio en una lancha rápida. Pagué 200 dólares por la moto y cien más por mi pasaje y salimos pasado el mediodía rumbo a Cartí. Esmeralda al frente con una rueda de camión debajo para amortiguar los golpes que daba la lancha al romper las olas; el uruguayo, el francés y dos suecas en las bancas de atrás y dos contrabandistas panameños al medio junto a mí.

Las siguientes cinco horas fueron alucinantes. No sabía si estaba soñando o era real lo que veía. Barcos fantasma de madera, muy viejos, surcando el caribe despacito, hombres pescando a mar abierto en embarcaciones de juguete, pequeñas islas superpobladas de indígenas semidesnudos, lluvia intensa que fluía del piso de la lancha hacia el cielo, fuertes golpes contra el océano que le dejaron varios rasguños a Esmeralda y múltiples paradas a cargar gasolina y comer galletas en islotes abandonados de la mano de dios sin más leyes que las de la naturaleza.

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Una parada a cargar combustible en medio del Caribe Panameño en las tierras de los indígenas Kuna-Yala.

Cuando por fin llegamos a puerto Cartí eran las 6:30 de la tarde y la noche amenazaba con llegar en cualquier momento. Bajamos la moto del bote entre seis personas a pulso, mientras mis compañeros de viaje huían rápidamente en camionetas de servicio público que esperaban las últimas embarcaciones de pasajeros del día.

Durante la travesía vi como una grieta comenzó a crecer en el carenado derecho de la moto, lo que me obligó a quitarle todas las pastas a Esmeralda, en medio de una parada técnica para reabastecer la lancha de combustible, y así evitar que se rompiera toda.

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No es fácil, pero se puede. Al fondo el Tapón del Darién.

Desarmarla en medio del océano fue fácil, pero armarla de nuevo en el puerto se me complicó demasiado, más que nada por la lluvia y el cansancio. Félix, un panameño buena onda que construye y repara botes con fibra de vidrio en el puerto, se apiadó de mi al verme solo tratando de ponerle el carenaje a la moto y me ayudó hasta que pude salir rodando por fin.

Dos dólares más por el derecho a usar el puerto y fui libre para acelerar a fondo. O por lo menos eso pensé en los primeros minutos. La lluvia no paraba y el camino estrecho rumbo a ciudad de Panamá serpenteaba de derecha a izquierda y de arriba abajo en curvas muy cerradas unas veces o en pendientes excesivamente inclinadas las demás.

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La carretera que va de Cartí a Ciudad de Panamá es complicada, pero en ese momento ya nada importaba, por fin estaba rodando luego de tres días en tres botes distintos.

Llegué al puesto de control del ejército, 20 kilómetros adelante, con las últimas luces del día. El comandante de guardia me hizo sacar todo de las maletas y mostrarle pieza por pieza lo que cargaba en la moto, hasta mis calzones fueron objeto de inspección.

Ese día rompí casi todas las reglas de seguridad del motoviajero: Manejé en medio de la noche más oscura por casi dos horas bajo una lluvia intensa y por parajes selváticos que solo podía imaginar ya que no veía nada a pesar de circular con las luces altas. Pero no tenía otra alternativa, debía llegar a la capital a descansar para seguir.

Llegué a ciudad de Panamá el 1 de abril de 2017 pasadas las 10 de la noche, más piltrafa que hombre, pero feliz de haber logrado el cruce más difícil y temido del planeta con todo y moto. Esa misma noche recostado en una cama suave con dos ventiladores soplando a máxima potencia y una cerveza fría en la mano me dije a mi mismo: “esto no lo vuelvo a hacer”.

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XIV. Llegar a Colombia. Soñar con Alaska.

KM. 7297 Huaquillas, Ecuador.

Mancora nos trató muy bien, es un lugar al que con seguridad volvería a pasar unas vacaciones de playa con amigotes y cervezas, pero al que nunca dejaría ir a mi hija porque van muchos tipos con sus amigos a tomar cerveza y bailar reguetón

Salimos de la playa rumbo a la frontera cerca de las 12:00 en medio de un sol abrasador que hacía difícil ponerse la ropa de viaje, que no era más que un jean azul,  tenis grises y la ya tradicional chaqueta de protección negra. Dentro del casco sudaba a chorros y ya no recordaba cuándo había sido la última vez que lavé el interior del casco.

Pasamos sin problemas los controles migratorios y aduaneros peruanos, pero con cierta nostalgia por por dejar a tras un país de tantos contrastes, de gente buena y paisajes impresionantes. Pero había que seguir y Colombia estaba a menos de 1100 kilómetros de distancia según el Google Maps.

Al llegar al lado ecuatoriano una nube de tramitadores, con más cara de bandido que de alma caritativa, se ofrecía insistentemente a agilizar el paso a cambio de una pequeña propina cuyo valor era incierto y dependía de la cara del turista.

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La felicidad de sumar un nuevo país duraría poco.

En todas las fronteras hay personajes así tratando de ganarse la vida mintiéndole al viajero con lo “complejos y demorados” que son los trámites para ingresar a cada país que en realidad son más bien rápidos o tratando de vender formularios que son gratuitos en las ventanillas oficiales.

Al pasar el puente internacional encontramos el puesto de control. Luego de averiguar cómo era el trámite de cruce con un policía del lugar, nos dirigimos a las ventanillas de aduana para legalizar la entrada de las motos. Más de una hora después de estar formados en una fila en la que apenas 2 personas estaban por delante de nosotros un funcionario regordete y mal encarado en sus cincuentas me miró de arriba abajo a través de sus pequeños lentes de abuelo lector y murmuró algo que no logré comprender.

-“Disculpe, no le oí”, dije tratando de sonreírle al hombresillo.

-“Seguro, seguro señor. Tiene que comprar un seguro para entrar a Ecuador”, respondió con desidia el personaje.

-“Si, sí, estamos informados. El policía de afuera nos dijo que podríamos comprarlo al entrar al país un par de kilómetros adelante”, aseguré con paciencia.

-“Sin seguro no pueden entrar. Hay que comprarlo primero”, afirmó el funcionario con un tono parecido al del padre que regaña por enésima vez a su hijo malcriado por cometer el mismo error una y otra vez.

Me sonaba contradictorio entrar a Ecuador sin permisos, internarme en la moto dos kilómetros en su territorio para comprar el seguro de accidentes y luego regresar a hacer el trámite legal, pero en nuestra América Latina todo puede suceder así que salimos a buscar el seguro en el pueblo cercano.

La propinita.

Huaquillas es una ciudad pequeña y caliente con una única oficina expendedora de pólizas de seguros que queda en medio de un mercado popular muy maltratado y sucio. Una hora más tardó la empleada de la aseguradora en expedir las tres documentos con validez de un mes para todo el territorio ecuatoriano.

Retrocedimos los dos kilómetros hasta el puesto de aduanas donde el hombresillo con cara de pocos amigos estaba charlando animadamente con el policía que nos había indicado dónde comprar el SOAT. Al vernos, ambos hicieron mala cara y caminaron pasmosamente hasta sus puestos respectivos.

El aduanero murmuró de nuevo algo incomprensible. No le hice caso y le mostré el seguro aún con la tinta fresca para que lo inspeccionara. Al comprobar que estaba en regla me lo devolvió junto con un formulario para llenar a mano con los datos del viajero y la moto. Marcos y Emilio procedieron a llenar sus respectivos formularios con buen ánimo. Esa era la tercera frontera que atravesábamos en moto y siempre hay algo de emoción al hacerlo.

Con todos los documentos originales en regla, fotocopiados por duplicado y el formulario perfectamente diligenciado nos acercamos de nuevo a la oficina del funcionario del Servicio Nacional de Aduana del Ecuador con la seguridad de que ahora si pasaríamos de manera definitiva. Pero no.

-“No tiene el sello de migraciones”, dijo el representante del Senae con un intento de sonrisa en los labios que más parecía la mueca triunfal de un político que ha conseguido elegirse en un cargo público por medio del fraude.

El policía de la entrada nos había dicho que primero hiciéramos aduana de las motos y después migración, pero ahora el aduanero decía que era al revés, primero migración y luego aduanas. Ya llevábamos más de dos horas tratando de entrar a Ecuador sin lograrlo.

Al llegar a la ventanilla de migración, apenas a 100 metros de la aduana, la encontramos cerrada. De vuelta al puesto del policía de turno, este nos dijo en tono burlón que esa ventanilla cerraba a las 5:00PM y que tendríamos que volver a Huaquillas, al puesto de migraciones que atiende las 24 horas a los pasajeros que entran al país en bus. Mi reloj marcaba las 5:04PM.

Dos kilómetros hasta Huaquillas, una vez más, sellar el pasaporte luego de una fila de más de 40 minutos y regresar al puesto de aduanas para ver si ahora si, por fin, lo lográbamos. Pero no. El funcionario del Senae se había ido a su casa y cerrado la oficina a las 5:00pm, justo cuando salimos de ella en busca de la ventanilla de migraciones del complejo.

-“Se los dije amigos, es mejor pagar una propinita”, dijo sonriente uno de los tramitadores que más temprano había ofrecido sus servicios de agilizador de pasos fronterizos. Faltó poco para caerle a golpes al descarado.

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Aunque llovía, el calor era intenso en la frontera.

Especulando diría que los tramitadores y el de aduanas trabajaban en llave y se reparten “la propinita” hasta con el policía que mal informó a los viajeros. No puedo probarlo, pero creo que al negarnos a pagar el cobro ilegal nos castigaron dejándonos por fuera. Sobra decir que la furia se apoderó de los tres y aunque gritamos y pataleamos no conseguimos el permiso de entrar rodando en las motos a Ecuador.

Así, sin papeles volvimos a Huaquillas a buscar un hotel barato para pasar la noche y tomar una ducha helada. Al día siguiente bien temprano fuimos de nuevo a la frontera, pero ahora estaban nuevos funcionarios, todos muy amables y atentos con los motociclistas.

Tardamos menos de 15 minutos haciendo lo que nos llevó casi cuatro horas el día anterior. Sin dramas, sin propinas.

KM. 7721. Patricia Pilar, Ecuador.

Por fin en Ecuador. Con todos nuestros papeles en regla rodamos en medio de plantaciones interminables de banano que se perdían en el horizonte y que ayudaban a refrescar con su sombra la muy caliente carretera Panamericana.

Mis compañeros de viaje se adelantaron hasta perderlos de vista y como las autopistas ecuatorianas están en muy buen estado, aceleraron a fondo y ya no los vi más en todo el día. Me gusta manejar despacio para ver los paisajes, parar a tomar una foto o conversar con alguien a la orilla del camino, además el accidente que tuve el primer día del viaje a 55 kilómetros de Buenos Aires ( https://elmotonauta.com/2017/01/05/una-paliza-de-215-kilometros/ ), me hizo más precavido de lo normal.

No sé en qué momento me perdí, hice un giro en la dirección equivocada o tomé la carretera que no era pero terminé pasando a 50 kilómetros de Guayaquil, cuando el plan era llegar a Quito y como no uso GPS tuve que parar a preguntar direcciones, a la antigüita.

Estaba rodando por la ruta 40 pero debía ir por la 25, iba disfrutando tanto la carretera y sus paisajes que de verdad no me di cuenta cuándo fue que me desvié. Pero no importaba, esta vía también me llevaba a Quito aunque con varios kilómetros de más.

La noche se acercaba y comencé a buscar dónde parar dormir. De pronto, al final de una subida suave apareció un cartel que daba la bienvenida a Patricia Pilar, un poblado a menos de 200 kilómetros de Quito.

La jornada había sido muy tranquila, curvas apacibles, pendientes suaves, lloviznas refrescantes y comida abundante en paradas de camiones, pero al mismo tiempo larga y cansada. Por la ruta que tomé hice cerca de 480 kilómetros desde la frontera hasta Patricia Pilar en poco más de 9 horas.

En cuanto estuve instalado en un hotelito destinado para el amor furtivo, pero con buen estacionamiento para guardar la moto de manera segura, salí a buscar un café internet para ver si me podía comunicar con Marcos y Emilio. Facebook nos reconectó y tras darles las indicaciones pertinentes, llegaron tres horas después a Patricia Pilar.

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La moto Marcos (der) y la mía listas para partir rumbo a Quito. Las bolsas negras de la basura son buenos impermeables para las maletas.

KM. 7906. Quito, Ecuador.

Llegamos a Quito recorriendo carreteras en muy buen estado rodeadas de cerros cargados de naturaleza verde y cascadas altísimas que bañaban el asfalto con hilos de agua helada. Alcanzamos los 3000 msnm de la capital ecuatoriana de manera casi imperceptible por lo suave del ascenso y aunque la idea inicial era seguir de largo hasta la Mitad del Mundo, 50 kilómetros adelante, decidimos pasar la noche en la ciudad.

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Centro histórico de Quito. ¿Qué estaríamos mirando?

Marcos venía con síntomas de intoxicación por comida así que luego de un breve paseo por el centro de la capital nos fuimos a dormir temprano en un hostel montado en una antigua casa de corte colonial mientras el brasilero mejoraba para salir temprano rumbo a la frontera.

KM. 8116. Ipiales, Colombia.

Aunque el día amaneció lluvioso y gris el ánimo estaba por encima de las nubes por la certeza de que esa misma noche estaríamos durmiendo en Ipiales, la primera ciudad de Colombia por la que rodaríamos en nuestras motos. Marcos despertó un poco mejor gracias a la dieta del suero pedialite y frutas frescas, pero seguía enfermo. Aún así, en menos de 5 horas ya estábamos haciendo los trámites migratorios en el puente internacional que une a las dos naciones.

La experiencia previa con los funcionarios de la aduana ecuatoriana en el límite con Perú me hizo llegar muy prevenido a sus oficinas en la frontera con Colombia, en la que por supuesto había tramitadores “expertos” en agilizar el paso, pero la cercanía de mi país me dio la fuerza para resistirme a pagar la propina y me dispuse a pasar el tiempo que fuera necesario haciendo las filas para realizar todos los trámites del caso por mi propia cuenta.

La sorpresa fue gigante cuando encontramos un espacio cómodo y bien señalizado con personal atento que rápidamente le dio curso a nuestros trámites. En menos de 20 minutos ya estábamos sellando el pasaporte en el lado Colombiano para entrar por fin a mi país.

En medio de una lluvia copiosa el funcionario de la aduana colombiana inspeccionó la documentación de las motos y luego de tomarnos varias fotos casuales con el cartel que da la bienvenida a Colombia, nos dio los permisos de rigor para rodar tranquilos por su territorio.

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Por fin en mi patria!

Conseguimos un hotel de paso muy barato junto a una iglesia por cuyo atrio paseaban prostitutas semidesnudas ofreciendo sus servicios en medio de un frío intenso y no poca lluvia helada.

KM. 8621. Cali, Colombia.

La carretera que lleva de Ipiales a Popayán tiene tramos en muy malas condiciones con hoyos gigantes que ocupan el espacio en el que debería estar el asfalto y como había llovido bastante, los charcos hacían que conducir fuera muy difícil y yo quería pasar muy rápido por el Cauca, una zona considerada muy peligrosa por la presencia de grupos armados al margen de la ley, especialmente de fuerzas guerrilleras y paramilitares en constante conflicto por el control de territorio.

Solo tuve que hacer una parada técnica en un pueblo del Cauca llamado El Bordo cuando se reventó el cable del embrague por el exceso de uso y el abuso a que venía siendo sometida la pobre moto. Ese fue el único desperfecto que presentó la moto en todo el viaje. De verdad que es indestructible.

Llegamos a Cali cerca de las seis de la tarde tras 11 largas horas de conducción a través del territorio de las FARC. Marcos y Emilio se enteraron del peligro más tarde en medio de unas ricas cervezas heladas. Preferí no contarles nada en la mañana para que viajaran en paz y sin preocupaciones innecesarias. La carretera estaba militarizada y la recorrimos de día.

Los siguientes cuatro días los pasamos en casa de mi buen amigo Ariel Jiménez quien con su acostumbrada generosidad y buen humor nos llevó a comer las delicias locales, a beber cerveza helada y aguardiente del valle, a bailar salsa en Juanchito con mujeres bellísimas y a jugar fútbol en una cancha sintética en la que corrimos como nunca en la vida para rematar con más cervecita.

Se va un hermano.

Hacía varios días Emilio venía averiguando la mejor manera de enviar su moto a Buenos Aires. Llevábamos casi dos meses en la ruta y el tiempo de sus vacaciones ya estaba por terminar y no le alcanzaba para volver rodando a casa.

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La moto de Emilio lista a volar a Buenos Aires.

Al final se fue en avión con su moto no sin que antes hiciéramos una despedida serena en La Cumbre, un pueblito tranquilo y fresco a una hora de Cali en el que los padres de Ariel tienen la casa familiar.

Luego de una corta parada en Tuluá en casa de mi tío Orlando y de visitar la tumba de mi padre en esa ciudad, Marcos y yo seguimos a Bogotá, pero extrañando al Enano, como cariñosamente llamamos a Emilio. En ese momento ya lo sabía con seguridad. Emilio se convirtió en mi hermano del alma, más firme que las montañas que estábamos surcando en nuestras motos. Buen viaje hermano, pronto nos veremos.

KM 9230. Bogotá, Colombia.

Llegamos a Bogotá tras recorrer 400 kilómetros de carreteras despejadas, libres de camiones ya que sus conductores estaban en paro exigiendo del gobierno bajar el precio de los combustibles y subir las tarifas que ellos cobran por transportar carga a lo largo y ancho del país. Su protesta nos sirvió para llegar rápido y sin contratiempos a casa de mi madre. Al fin en casa sano y salvo!

-“Te cumplí la promesa hija linda”, le dije a Cata mientras nos fundíamos en un abrazo eterno y largamente esperado.

Aquella deliciosa tarde de asado y cervezas en Buenos Aires en la que sintiéndome valiente por el vino conté mis planes de ir en moto por el mundo, fijé una primera meta: llegar a Santa Marta a casa de mi hermano Andrés a disfrutar el caribe colombiano.

Marcos aún no se recuperaba completamente de lo que siempre creímos fue una intoxicación por comida, así que pasamos una semana tranquila en Bogotá recomponiéndonos de tanta rumba en Cali y de tantos kilómetros devorados en nuestras motos.

Partimos en auto bus rumbo a Santa Marta, 1100 kilómetros al norte de la capital colombiana, y pasamos una semana más entre la Sierra Nevada y la casa de mi hermano quien nos recibió como héroes míticos que vuelven de la batalla, con comidas abundantes y bebidas sin límite.

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Parque Tayrona, Colombia. Teníamos que ir al Caribe, vimos el océano pacifico durante casi todo el viaje. Foto by El MotoNauta.

Al regresar a Bogotá Marcos decidió volver a Brasil en avión con la esperanza de alcanzarme luego para continuar viajando en moto libre como el viento fresco que baja de las montañas bogotanas en las mañanas.

Despedir a Marcos también fue triste, otro hermano del alma que se me va en menos de dos semanas y luego de 63 días y más de 11000 kilómetros de compartir casi de todo en la carretera. Nos vemos pronto hermano, aquí o allá.

Estando solo comenzó a sonar en mi cabeza el llamado de Chris, el canadiense que 6000 kilómetros atrás en Chile me inspiró la idea del viaje a Alaska y cuyas palabras guiarán mis acciones hasta el fin de mis días ( https://elmotonauta.com/2017/02/10/why-not-my-friend/ ).

En ese momento no lo sabía, pero nada de lo que había vivido hasta ahora en la ruta me había preparado para lo que estaba por venir atravesando el Tapón del Darién, desde Turbo rumbo a Panamá, con los piratas del Caribe.

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Comienza una nueva aventura, solo que un poquito más extrema.

XIII. Conducir a ciegas, incendiar la moto y ser robado por la policía.

KM. 4939 y medio. Curahuasi, Perú.

Las carreteras peruanas son verdaderas escuelas de conducción que, gracias a sus condiciones extremas, constantemente están probando las habilidades del motociclista al mando de su máquina. Las curvas cerradas dominan los caminos que suben sin piedad hasta alturas nevadas para luego bajar hasta el nivel del mar a través de caminos velados por la neblina más espesa o la lluvia torrencial.

Luego de rodar menos de 110 kilómetros por estas vías espectaculares para el motociclismo de aventura, encontramos un alojamiento perdido en medio de una montaña apenas visible por causa de la neblina que llenaba el lugar al tiempo que los cultivos de anís perfumaban el ambiente con un suave aroma a aguardiente colombiano.

Una mujer de unos 35 años, delgada, de cabello liso y ojos negros abrió la puerta de lata del alojamiento con una niña de unos dos años a su lado que no la soltaba de la mano. Por su expresión al vernos montados en esas motos recargadas de maletas se podía adivinar que nosotros no éramos la clase de huésped que acostumbraba recibir en su hogar.

-“¿Muy buenas noches, habrá alojamiento para estos tres humildes viajeros?”, pregunté para romper el hielo y que ella viera que éramos capaces de comunicarnos con la gente.

-“Aquí solo vienen enfermos a pasar la noche y se van temprano al hospital”, dijo la mujer  en un suave y pausado acento alto andino, sin salir de su asombro ante el cuadro que los tres presentábamos enfundados en nuestras chaquetas sucias de viaje y con la cara de loco que queda al quitarse el casco.

El centro médico al que ella aludía, llamado Dios Pisuyana, era conocido en la región como el Hospital Alemán y era el único en cientos de kilómetros a la redonda que atendía a los no pocos pobladores de la región de Abancay. Casi todos agricultores de origen humilde,  tenían que caminar por varias horas para llegar desde las lejanas veredas de la provincia en busca de atención y se quedaban en hospedajes como este para madrugar a la cita con el médico o a hacer la fila para pedirla.

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Curvas, curvas y más curvas en Perú hasta perderse en las montañas.

Luego de charlar un poco logramos convencerla de dejarnos armar nuestras carpas en la parte de atrás del terreno, junto a las gallinas y a una veintena de jaulas llenas de cuyes listos para el sacrificio y las brasas. El cuy es un tierno roedor de carne escasa y sabor dulzón que sirve de alimento en Los Andes desde Perú hasta el sur de Colombia.

Tras una escasa cena de arroz y sopa instantánea preparada por Emilio, nos dispusimos a dormir pero resultó muy difícil conciliar el sueño. La habitación para rentar contaba con cuatro camas ocupadas por dos hombres bajitos, de piel café, más de 40 años y muy curtidos de tanto labrar la tierra y una mujer muy vieja de facciones indigenas, la cara arrugadísima como periódico viejo que se tira a la basura y su joven nieta de no más de 20 años.

Ambas, de rodillas a los pies de la cama de la joven, rezaban a gritos pidiéndole a dios por la salud de la anciana. Si dios existe seguro estaba aburrido con tanto grito. A la mañana siguiente ya no había nadie. Las rezanderas se esfumaron y los rudos agricultores acababan de partir luego de tomar jugo de frutas.

El alojamiento era un pequeño rancho de madera y barro con piso de tierra y techo de paja. Pero el centro vital del lugar era la cocina. La estufa de barro estaba en el piso y se cocinaba a leña. El fuego en el centro de la construcción ayudaba a mantener caliente la casa y a que los pacientes pasaran mejor noche.

Por las prisas del día anterior olvidamos preguntar cuanto nos costaría pasar la noche allí, así que al despedirnos preguntamos. La mujer que regentaba el lugar nos cobró el equivalente a 5 dólares en soles peruanos, que incluyeron la noche, un delicioso jugo de frutas con un toque mágico de anís y servicios completos de baño y ducha fría ubicados en un cubículo de lata gris, madera cruda y tela asfáltica negra.

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La dueña de casa juega con su hija en la moto de Emilio antes de seguir camino.

Cuando quisimos pagar los 15 dólares, cinco por cada uno, la mujer nos explicó con la calma con que le hablaba a sus enfermos que eran 5 dólares en total. Igual pagamos los 15 y nos fuimos felices de ver que hay gente buena en el mundo que ayuda a los demás sin esperar nada a cambio, aún en medio de la pobreza de cosas, no de espíritu.

KM. 5191 Poblado Quillcaccasa, Perú.

Salir temprano no garantiza recorrer muchos kilómetros en una jornada. Una vez más las motos iban lentas por la falta de oxígeno en las alturas de los andes peruanos. Rodamos a no más de 40 km/h durante cerca de 8 horas sin tregua.

La noche comenzó a caer en medio de paisajes semidesérticos y nevados y tuvimos que parar en Quilcaccasa, un caserío levantado a orillas de la carretera en el que encontramos una rica cena de arroz con huevo e Inka Cola y un alojamiento de montaña en casa de la dueña del restaurante.

Al despertar, el paisaje resultó sorprendente. Estábamos al filo de una montaña desde la que podíamos apreciar una cadena montañosa nevada, más abajo de nosotros. Las motos pasaron la noche frente a la casa que nos sirvió de posada y amanecieron cubiertas de una nieve fina que no las dejaba arrancar.

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Este lugar desolado nos sirvió de refugio por una noche. La mujer que camina hacia la entrada nos hizo arroz con huevo para el hambre.

Tardamos casi media hora empujando mi V-Men, que por primera vez en todo el viaje se negaba a encender. Al final lo logramos rodándola colina abajo con un esfuerzo descomunal por la falta de oxígeno a los 4120msnm de Quillca, como le dicen los locales a su poblado.

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Por primera vez la V-Men no enciende al toque, pero se entiende por las duras condiciones climáticas que enfrentaba.

Desayunamos mate con galletas, como casi todos los días y volvimos a la ruta helada. Al partir una suave nevada se posaba sobre la ruta y e iba formando una fina capa de hielo sobre la carretera que hacía muy peligroso transitar, pero no podíamos darnos el lujo de esperar a que pasara la nevada o a que el clima mejorara porque en esas latitudes el clima es así el año entero.

De la montaña se desprendían piedras a nuestro paso y se deslizaba tierra constantemente, lo que nos obligó a reducir aún más la velocidad en tramos cortados por sucesivos derrumbes de todos los tamaños. Las manos se me fueron poniendo azules del frío a pesar de llevar tres pares de guantes: algodón, lana y cuero, puestos uno sobre otro.

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Frío, frío y mucho más frío en las heladas rutas peruanas. Un matesito argentino para calentar el cuerpo.

Iba parando cada vez que el frío se hacía insoportable para poner las manos  cerca al calor del motor y del escape de la moto para luego seguir camino con la esperanza de alcanzar tierras más bajas pronto y quitarme de encima las tres camisetas, los dos pantalones, el saco térmico y la chaqueta que me hacían tan difícil la conducción.

De pronto la carretera Panamericana nos sorprendió con la primera bajada en cientos de kilómetros, casi tres días después de haber salido de Cusco. Pero la neblina impedía ver paisajes o ir a una velocidad superior a los 60 kms por hora.

KM. 5943. Nazca Perú. A ciegas.

Casi 9 horas después de comenzar el descenso hacia el valle de Nazca desde la alturas nevadas de Quillca, el ambiente comenzó a calentarse y la oscuridad a presentarse sólida y casi impenetrable. Otra vez a manejar de noche.

Nunca supe en qué momento el faro delantero de mi moto dejó de funcionar. El foco fundido y yo en medio de cañones oscuros de curvas violentamente cerradas que daban a abismos profundos que caen más de mil metros en vertical.

La oscuridad de hizo presente muy rápido y me detuve ante la imposibilidad de conducir sin ver el camino. Prendí las direccionales, las únicas luces que aún servían, y  esperé a que alguien pasara, a que algo pasara. Marcos y Emilio iban adelante y con la ventaja que siempre me sacaban no se dieron cuenta de mis problemas de luz. Como siempre, quedamos en que me esperarían en la entrada de la ciudad.

Cuando estaba a punto de resignarme a pasar la noche en medio de la nada, un gran camión de esos que llevan contenedores gigantes pasó lento junto a mí. El tráiler venía  con luces por todas partes como arreglo de navidad. Rápidamente prendí la moto y me le fui detrás a corta distancia para aprovechar la claridad de su iluminación de seguridad.

Más de una hora después de venir atrás del camión el alumbrado público hizo su aparición anunciando la cercanía de la ciudad. Apreté el acelerador a lo que daba la máquina y alcancé a mis amigos que hacía tiempo me esperaban a la entrada de Nazca.

Ya en la ciudad buscamos un hotel de paso, sin estrellas pero con baño privado, para descansar una noche y seguir a Lima, no sin antes pasar por la enigmáticas líneas de Nazca.

Lineas de Nasca

Parada obligatoria en el desierto peruano.

KM. 5943. Lima, Perú. La bohemia.

Mi buen amigo de varios años y colega periodista Pancho Aranda nos recibió en su casa con buena comida preparada por su padre, cerveza helada comprada por su madre y una energía tan positiva que nos recargó de inmediato con su sola presencia.

Premiado por su trabajo periodístico en la televisión peruana, Pancho es un tipo decente, generoso, buen hijo y siempre atento a ayudar en lo que le sea posible, aún a desconocidos como los que le llevaba en moto esa noche a la puerta de su hogar.

Nuestra primera noche en Lima fue tranquila. Pero la segunda nos amarramos una buena parranda bohemia en bares de escritores con rockola de monedas y música de antaño acompañados del también buen amigo, escritor y periodista peruano Juan José Sandoval Zapata. Para pasar la resaca nos fuimos de turismo por el centro histórico de la ciudad y luego toda una tarde de mantenimiento a las motos.

Por supuesto cambié el bombillo fundido de mi moto, aunque esperaba no tener que manejar de noche una vez más. El último día en Lima, el padre de Pancho nos preparó un delicioso ceviche que hasta el sol de hoy no ha sido superado por ningún otro que haya probado en el mundo. Sencillamente espectacular.

KM. 6232. Huarmey, Perú. Policías corruptos.

El sargento López, conductor de la patrulla que me detuvo a la orilla del camino, aseguraba que iba con exceso de velocidad en una carretera con límite de 100 kilómetros por hora.

-“Casi no te alcanzo Gerardo”, dijo López mientras leía mi nombre en los documentos de viaje que le acababa de entregar.

-“Que raro comandante. ¿Cómo es que una camioneta de 2600cc de la policía no alcanza a una motico de 125cc cargada a más no poder?”, dije arriesgando todas mis fichas.

-“La multa por exceso de velocidad es de 100 dólares que me puedes pagar aquí mismo sin problemas y sigues tu camino”, me tuteaba el bandido de uniforme sin bajarse de su patrulla, mientras el compañero de al lado sonreía imaginando el botín.

-“Vamos a su estación y miramos allá los detalles, no tengo prisa por seguir mi camino”, dije con tranquilidad, pero por dentro quería caerle a golpes al corrupto de mierda.

Por supuesto no quiso que fuéramos hasta su base de operaciones y menos hacerme la multa ya que ni siquiera era policía de carreteras sino de seguridad del pueblo cercano. Al final me arrancó 20 soles y seguí mi camino.

Alcancé a Marcos y a Emilio en una estación de gasolina 23 kilómetros adelante y les conté mi experiencia con el vivo policía peruano.

-“Que hijo de puta che! A mí me estaban pidiendo 100 soles!”, dijo Emilio sorprendido por la coordinación con la que estos piratas oficiales actuaban en carretera para robar al viajero.

Decidimos parar en un hotel de camioneros  para no tener que lidiar con el resto de la policía de la zona que seguro ya había sido alertada por radio del paso de tres motociclistas viajando en máquinas con placa extranjera.

KM 6719. Chiclayo, Perú. El Incendio.

Las lluvias nos venían siguiendo los pasos de cerca y luego de la mala experiencia con el clima en Machupicchu y sus alrededores, decidimos avanzar lo más rápido posible hacia las playas de Mancora, muy cerca de la frontera con Ecuador, famosas por la buena comida y las fiestas de viajeros de todo el mundo en bares a la orilla del mar.

Manejar por parajes desolados da mucho tiempo para pensar en la vida, en la familia, los amores perdidos, los errores cometidos y las oportunidades desperdiciadas. Lo que la rutina del trabajo diario no permite, la vida nómada sobre dos ruedas te lo da por montones: Tiempo para uno mismo y ser feliz sin saber lo que puede pasar cada día al despertar.

El cuentakilómetros de mi moto marcaba 6232 kms de distancia recorrida desde que había salido de Buenos Aires el 29 diciembre y ya era 4 de febrero.  Los camiones pasaban a mi lado haciendo sonar sus bocinas, lo que yo interpretaba como un saludo cordial de los conductores ya que reducían su velocidad y me hacían amplias señas con sus manos. Y por supuesto venía haciendo el balance personal de lo que había hecho con mi vida hasta ese momento.

Pero algo andaba mal. Conducía mi moto por la zona desértica que está a unos 150 kilómetros de Chiclayo, pensando en el tiempo que llevaba en la ruta, cuando vi que de mi alforja derecha se estaba saliendo un trapo naranja que usaba para limpiar la moto de vez en cuando.

Reduje la velocidad para hacerme cargo del trapito, pero este creció casi hasta la altura de mis hombros. Ahí me di cuenta que no era el trapo naranja saliéndose de la alforja, sino fuego de la moto incendiándose.

Me salí de la carretera a toda velocidad y asustado me tiré con todo y moto al desierto hasta dejarla caer sobre la arena aún con el motor encendido. La fuente del fuego era la alforja misma y no tuve más opción que arrancarla con fuerza de la moto  y tirarla lejos para evitar que las llamas se extendieran. Apagué el fuego echándole arena a manotadas a la maleta negra y al revisar la moto vi que solo el escape sufrió un poco por el incendio.

Ese mismo día en la mañana, al pasar por un peaje angosto, la alforja en cuestión había golpeado la barrera del punto de pago y se había caído al piso arrancada de su soporte. La arreglé provisionalmente con cuerda elástica, pero no quedó firme y al avanzar por el camino la vibración hizo que la maleta de cuero sintético entrara en contacto con el caliente escape de la moto.

La alforja llevaba aceite de motor, herramientas, algunos repuestos y varios trapos que sucumbieron al calor dándole paso a las llamas naranjas que al comienzo confundí con un inocente trozo de tela de algodón tejido y que los camioneros al pasar anunciaban con los toques de bocina. Tardé casi media hora reponiéndome del susto y reacomodando el equipaje.

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Llegué a Chiclayo con un alforja menos y una historia más. Así es el viaje.

KM 7116. Playa de Mancora, Perú.

Llegamos a The Point, el hostel más apartado de la zona de rumba en Mancora para pasar dos días tranquilos y reponer las fuerzas perdidas en nuestra rápida huida de la temporada de lluvias que se avecinaba. Guardamos las motos en el estacionamiento del lugar y salimos a tomar el sol, pero me excedí.

Pasé mucho tiempo expuesto y sufrí quemaduras que llevaron mi piel a un bello y doloroso tono Ferrari Testarossa, por lo que tuvimos que quedarnos un día más en Mancora mientras el dolor y la fiebre me bajaban un poco, antes de retomar la ruta.

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Una cervecita fría mientras se descansa en un hostel de mochileros a la orilla del mar nunca sobra.

En cuanto estuve mejor y Emilio se recuperó de un ligero desmayo, tomamos camino hacia la frontera de Huaquillas. Los oficiales de aduanas peruanos fueron muy amables y eficientes al facilitar nuestra salida del país, lamentablemente lo mismo no iba a suceder con los funcionarios del lado ecuatoriano, que se negaron a dejarnos entrar a su patria estando tan cerca de cumplir la primera etapa del viaje de Buenos Aires a Alaska.

Sin sellos, ni permisos de aduana comenzamos a rodar por Ecuador de ilegales por cuenta de la burocracia fronteriza.

XII. Entregarse al destino sin protestar demasiado.

El dolor en la rodilla era tan intenso que apenas podía moverme un poco, casi arrastrando los pies para ir de un lugar a otro. El ambiente estaba tenso y los vigilantes de la estación de tren permanecían alerta y en guardia ante la creciente ola de inconformismo que se apoderaba de los turistas varados en Aguas Calientes, el pueblo ubicado en la parte baja de la montaña que alberga la ciudadela de Machupicchu.

Un comité multinacional de turistas oprimidos liderados por este servidor entabló conversaciones con los delegados de la empresa ferroviaria como distracción, mientras Emilio, David el alemán y unos 15 extranjeros más se metían al último vagón del tren a escondidas y dispuestos a amarrarse a las sillas si era necesario.

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Un funcionario corre para impedir que los turistas revoltosos se suban al tren, pero ya es tarde.

Para cuando se dieron cuenta las autoridades, dos vagones completos estaban llenos de viajeros mojados que hablaban en todos los idiomas, con frío y tan furiosos que metían miedo. No les quedó de otra más que aceptar la fuerza de los hechos.

-“¡Así me toque romperlo todo che! De aquí no me bajan!”, rugía Emilio ante la sorprendida mirada de los empleados del tren.

Y así fue. De ahí no nos iba a sacar nadie hasta que el tren nos llevara a destino. Ninguno estaba dispuesto a caminar de vuelta a la hidroeléctrica tres horas bajo la lluvia y ahora con derrumbes en el medio.

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El vagón del tren tomado a la fuerza por una fuerza multinacional de turistas mojados y oprimidos.

A las tres de la tarde, vencida, la empresa ferrocarrilera decidió enviar una cuadrilla de obreros entrenados para despejar la vía y si lo lograban el tren partiría entre las 5pm y las 7pm. El problema era que nuestro conductor suicida, Roger de Jesús Quispe, nos había advertido que solo nos podría esperar hasta las 4pm en la hidroeléctrica porque manejar de noche era peligroso. Y si él lo decía, pues bueno, de verdad era peligroso.

En el lamentable estado en que nos encontrábamos solo podíamos entregarnos al caprichoso destino una vez más y esperar a ver qué pasaba mientras jugábamos a las cartas por las pocas monedas que nos quedaban en el bolsillo. El alemán resulto ser un hábil jugador y nos esquilmó hasta el último centavo mientras contaba historias de su Colonia natal.

A las 5pm nos anunciaron que la cuadrilla había logrado despejar la vía y que el tren partiría 15 minutos después. Nuestra pequeña revolución había tenido éxito!

Cuando la carretera desaparece.

El trayecto que la noche anterior habíamos hecho en tres horas caminando, el tren lo recorrió en apenas 20 minutos. Al llegar a la hidroeléctrica descubrimos con horror que no había camionetas, ni carretera alguna.

Un pequeño riachuelo que cruzaba por las cercanías se convirtió en un río caudaloso que se llevó por delante el camino, un pequeño puente por el que habíamos pasado antes y todo aquello que se le cruzó en el camino. Solo se veía el rastro de destrucción que dejó a su paso.

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Arriesgando la vida por el único camino que quedó para salir de la Hidroeléctrica. Más tarde quedaría cubierto por el agua.

Los conductores de las camionetas que nos esperaban para llevarnos a Cusco salvaron la vida huyendo a 1,5 kilómetros adelante en tierras más altas. Ahora tendríamos que caminar hasta allá si queríamos salir de ahí y caminar, de momento, no se me daba muy bien.

Como pudimos cubrimos la distancia que nos separaba de Jesús y su camioneta caminando sobre lodo, piedras y escombros de formas y tamaños variados, temiendo que una nueva avalancha acabara con nuestra existencia en cualquier momento. Los conductores de varias camionetas improvisaron puentes con las tablas y los troncos que trajo la corriente y pasamos a salvo hasta alcanzar la “combi de la muerte” que ahora no nos parecía tan mala.

Carolina me cargó todo el trayecto y por supuesto fuimos los últimos en llegar. En ningún momento la lluvia dejo de recordarnos que estaba allí para quedarse y que la acompañaba un frío intenso de ese que cala hasta los huesos. Especialmente los de mi rodilla que cada vez estaba más inflamada.

Jesús tenía mucha prisa por salir y las dos inglesas que de venida se sentaron junto a él no llegaron nunca, ni siquiera las vimos en el tren. Marcos y Emilio se sentaron adelante y dos argentinas ocuparon sus lugares junto a mí. Las chilenas, el alemán, la colombiana introvertida, los recién casados y el costarricense buena onda también abordaron a tiempo.

Salimos como un rayo hacia la trocha que corría junto al río Vilcanota, que amenazaba con desbordarse en cualquier momento, pero al llegar a Santa Teresa tan solo 10 minutos adelante nos informaron que un derrumbe de grandes proporciones había taponado la carretera 5 kilómetros adelante y que maquinaria pesada estaba tratando de abrir paso para el día siguiente.

Faltaban 15 minutos para las 7pm cuando recibimos la noticia y la noche había caído profunda y amenazante al mismo tiempo. No había más remedio que pasar la noche en Santa Teresa. Conseguimos un hotelito familiar, las chicas en un cuarto y los hombres en otro, en el que por fin pudimos tomar una ducha decente, eso sí con agua helada.

David compró varios litros de cerveza cusqueña con las monedas que nos ganó jugando cartas y bebimos cantando, riendo y llorando por lo tragicómico de nuestra situación. De pronto apareció Jesús borracho en la camioneta con música a todo volumen. Animados por la cerveza todos comenzaron a bailar, todos menos yo que no podía ni estar de pie, y se armó una parranda que duró hasta bien entrada la madrugada.

La luz al final del túnel.

Cuando desperté ya era de día, el sol brillaba en medio de un cielo azul despejado y mis compañeros de habitación roncaban al unísono como si no hubiera un mañana. Me parecía que habían pasado semanas enteras desde que habíamos dejado abandonadas a su suerte las motos en la posada del Inca en Cusco, pero solo habían transcurrido tres largos días.

Emilio y Marcos ahora eran los mejores amigos de los conductores y gracias a la fiesta todos estábamos de buen humor y listos a encarar el regreso a la ciudad. Salimos de la trocha maltratados pero vivos y tomamos la vía asfaltada casi dos horas después de salir de Santa Teresa. Jesús se estaba quedando dormido al volante pero eso no le impidió volar a 140 kilómetros por hora en algunos tramos de la carretera que bordea el valle sagrado.

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De izquierda a derecha: El MotoNauta, Emilio Capone, Roger de Jesús Quispe, David Bieger y Marcos Rosa en Santa Teresa, amanecidos.

Marcos, que ahora iba sentado junto al conductor, le hablaba para evitar que el sueño lo venciera y termináramos de cabeza en uno de los cientos de abismos asombrosos que adornan los bellos paisajes peruanos. El viaje duró siete horas hasta la plaza de armas de Cusco.

Los sobrevivientes.

Entrar a la posada fue como llegar al hogar. Había café caliente y pan de maíz recién hecho, ropa y zapatos secos, las motos intactas y por fin agua caliente para ducharnos!  David siguió hasta la estación de buses de Cusco para continuar hasta Lima, luego nos enteraríamos que sufrió otras 27 horas de largo y tortuoso camino hasta su destino en un bus destartalado que iba saliendo cuando él llegó a la terminal.

Luego de un merecido descanso y una  buena cena nos fuimos a tomar mojito y pisco sour a Los Siete Angelitos. Al llegar al bar el dueño saltó de la barra y me saludó como se saluda a un viejo amigo que llega de un largo viaje por el mundo, pero a Marcos lo miró de arriba abajo con cara de revólver.

-“El brasilero no entra”, dijo con voz amenazante.

La noche del vía crucis estábamos tan borrachos que no recordábamos que había hecho Marcos para merecer tal desprecio. Cuando estábamos a punto de irnos el dueño soltó una carcajada y de una palmada en la espalda nos devolvió a la barra a tomar los primeros tragos.

-“¡Es una broma! Son todos bienvenidos jajajajajaja!”, soltó con su acostumbrado buen humor.

Conforme fue pasando la noche aparecieron las chilenas, las argentinas y varios de los extranjeros con los que urdimos el plan de tomarnos el tren a la fuerza y que al final rindió sus frutos. Entrada la madrugada declaramos a grito herido que esa noche era la parranda de los sobrevivientes a la combi de la muerte y al terrible clima que nos acompañó.

Una vez más terminamos bebiendo con descuento y no pocas veces recibimos trago gratis solo por contar nuestras historias en las montañas peruanas. Viva el 2×1 en cocteles de Los Siete Angelitos! Otro día larguísimo en Perú.

Dos días después salimos de Cusco con algo de tristeza. Hasta ahora no habíamos pasado tanto tiempo en un mismo lugar y le agarramos cariño a la ciudad, a su gente, a la buena rumba, la deliciosa comida y por supuesto a los mojitos.

KM. 4939. Curahuasi, Capital Mundial del Anís, Perú.

Retomar la ruta rumbo a Nasca después de un poco más de una semana de parranda y esfuerzos físicos monumentales fue bastante difícil. Fue como comenzar de nuevo el viaje en moto, pero con más sabiduría y respeto por la ruta.

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De regreso a la ruta tras varios días de excesos.

Salimos tarde de Cusco así que apenas logramos hacer 110 kilómetros antes de que comenzara a caer la noche. Buscamos alojamiento sin éxito por espacio de una hora hasta pasar de largo frente a un hospital en el que se nos ocurrió pedir posada. Estábamos regresando rumbo al hospital cuando la luz de mi moto alumbró un letrero providencial: “Alojamiento” con una flechita pintada señalando la entrada a un camino oscuro.

Sin pensarlo dos veces entramos por la vía de barro resbaloso en la dirección que indicaba la flecha del anuncio improvisado en una tabla rota y escrito en buena letra con marcador negro.

Niños con bultos gigantes de anís recién cortado a la espalda saludaban con su manito extendida a nuestro paso por el camino veredal, extrañados al ver nuestras motos tan cargadas como ellos.

Uno de esos niños trabajadores, que no superaba los doce años, nos indicó que el lugar que buscábamos estaba a unos pocos pasos adelante, que tocáramos en una puerta hecha en lámina de acero y que seguro ahí nos atendían.

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Buscar alojamiento antes que caiga la noche es una regla del motero.

Estábamos a punto de pasar la noche en el alojamiento más extraño de cuantos habíamos conocido en un mes de viaje por las carreteras suramericanas.

XI. La estremecedora fuerza de la naturaleza.

Machupicchu, ese lugar mágico al que todos quieren ir, por fin estaba a menos de 120 kilómetros de distancia, al alcance de la mano. Cualquiera que esté leyendo esta crónica en la tranquilidad de su hogar o tal vez sentado en su oficina fingiendo que trabaja muy concentrado, pensará que en menos de dos horas se cubrirían en moto los 120 kilómetros que separan Cusco de la base de la montaña sobre la que se construyó la ciudad sagrada de los Incas, pero no.

Salimos de la Plaza de San Blas y tardamos casi tres horas en llegar a Ollantaytambo a pesar de que el conductor peruano parece un loco amante de la gasolina y la velocidad salido de las viejas películas de Mad Max.

Los conductores incas viven con un desapego casi natural por la vida, parecido al de los kamikazes japoneses de la segunda guerra mundial que estrellaban sus aviones contra blancos enemigos una vez se agotaban las bombas y las balas. Pero matarse en una carretera a 140 kilómetros por hora no tiene gracia.

A esto hay que sumarle que los caminos peruanos son la orilla misma de profundos precipicios y todas sus curvas son extremadamente peligrosas. Nunca se sabe cuándo viene un auto en contra vía adelantando en tramo prohibido.

Atravesamos todo el valle sagrado rumbo al Abra Málaga, un paso entre dos montañas nevadas a más de 4350 msnm, para luego comenzar el descenso por una angosta trocha con un abismo de un lado y con débiles montañas que se derrumban con solo mirarlas del otro. La buena noticia fue que Jesús Quispe, el conductor, tuvo que bajarle a la velocidad al acabarse el asfalto. La mala, que la lluvia no había parado desde que salimos de Cusco.

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El poderoso río Urubamba va creciendo sin control.

El camino era de barro resbaloso y charcos de agua de variada profundidad pero a Jesús poco le importaba eso y seguía avanzando dando saltos de hueco en hueco sin inmutarse, aún ante las protestas de las chilenas que varias veces hicieron detener la camioneta para bajarse a vomitar sin pudor.

Llegamos al poblado de Santa Teresa ocho horas después de haber salido y todavía faltaba un tramo difícil hasta la hidroeléctrica y una caminata de tres horas por las vías del tren hasta Aguas Calientes donde nos esperaba un hotel, comida y agua caliente.

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Un derrumbe reciente anunciaba el peligro.

Pasaron otras dos horas hasta llegar por fin a la hidroeléctrica saltando de aquí para allá al borde de un precipicio que iba a dar al poderoso río Urubamba y que bajaba de la montaña furioso llevándose por delante lo que se le atravesara.

El susto aterrador.

 Comenzamos la caminata sobre las vías del tren en medio de una lluvia suave que nos obligó a sacar los impermeables, pero de poco sirvieron en medio del tupido monte tropical por el que avanzamos. A pesar de la larga jornada en la camioneta de Mad Max y la lluvia inagotable, íbamos animados pensando en ver la ciudad sagrada en la cima de montaña.

Varias camionetas más dejaron a sus pasajeros en el mismo punto que a nosotros y juntos conformamos un nutrido grupo que más parecía el casting de un reality show de supervivencia.

El alemán se llama David, es un orgulloso hijo de Colonia y vive en Buenos Aires y junto a las chilenas se unió a Marcos, Emilio y yo en un grupo más pequeño. Nos juntó la experiencia traumática a bordo de la endemoniada camioneta de Quispe.

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Ese pantalón impermeable se perdió.

Tomamos varias fotos por el camino mientras la noche iba cayendo lentamente sobre el bosque. No se suponía que caminaríamos en medio de la una oscuridad absoluta, pero allí estábamos. Mojados, cansados, con hambre y avanzando casi a tientas sobre maderos húmedos con la esperanza de llegar a Machu Picchu.

Por momentos el ferrocarril pasa sobre riachuelos que bajan con fuerza para alimentar el caudal del Urubamba y da algo de miedo caerse al vacío. No por el golpe, pero si por la posibilidad de pasar derecho, caer al agua turbia y terminar arrastrado y ahogado varios kilómetros río abajo. Yo no sé nadar, pero aunque supiera de nada serviría si me lleva una fuerte corriente de estas que baja con lodo, piedras y palos de todos los tamaños.

Marcos, Emilio y David van adelante con tres  de las señoritas de chile y yo voy un poco más atrás con la cuarta, Carolina, la periodista del grupo de las chilenas. Vamos hablando animadamente de su ciudad natal, Los Vilos, por la que cruzamos hacía ya varias semanas en las motos, cuando de pronto oigo un fuerte golpe acompañado de un intenso grito de dolor.

Volteo de inmediato a la derecha a ver el espacio donde se suponía estaba Carolina, pero ella ya no está. La busco y aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad no logro encontrarla. Pasan unos segundos aterradores en los que vienen a mi mente los peores escenarios hasta que logro oírla unos tres metros atrás.

Retrocedo con cuidado y la encuentro aferrada a uno de los maderos de la vía luchando por no dejarse caer al riachuelo que pasa a unos cinco metros, justo debajo de ella. La tomo con fuerza de los brazos y trato de sacarla de ahí pero no lo logro y corro el riesgo de caer yo también.

Sin soltarla llamo a gritos a mi amigos que van más adelante pero por la violencia con que baja el río, creo que no me oyen así que intento sacar a Carolina una vez más. De pronto aparece David y entre los dos logramos subir a la aterrada mujer. Marcos y Emilio llegan detrás con una linternita y su tenue haz de luz me deja ver por primera vez la cara de todos pálidos del susto.

 

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Los maderos de la ferrovía son muy resbalosos con la lluvia.

Carolina resbaló al pisar uno de los durmientes de la vía, se golpeó las piernas y el torso muy fuerte y en su intento por sostenerse del madero sus brazos sufrieron varias raspaduras y no menos golpes que dejaron serios moretones. Llevábamos dos horas caminando y faltaba una más según el guía local.

Llegamos a Aguas Calientes cerca de las 8:30 de la noche, mojados hasta los calzones, con un hambre feroz y yo con un dolorcito en la rodilla izquierda que me hizo cojear la última media hora. Era la herida que me hice el primer día del viaje al caer de la moto, el 29 de diciembre, en la autopista Buenos Aires -Luján, y que ahora se reactivaba. Al tratar de levantar a Carolina apoyé esa rodilla con fuerza contra el madero, no una sino dos veces.

A la entrada del pueblo nos esperaban nuevos guías, frescos, secos y felices que no entendían por qué parecíamos una horda de zombies a punto de atacar a los vivos. Nos llevaron hasta un hotel pequeño y sin agua en el que, ante la imposibilidad de tomar una ducha, nos pusimos ropa seca para luego bajar al restaurante a comer algo. Tampoco había comida.

Sobre las 10:30 de la noche los cocineros lograron sacar una cena decente para 25 personas mientras afuera la lluvia no paró en uno de los días más largos de cuantos tuvimos en este viaje. Y aún no acababa.

El guía nos entregó los boletos de entrada a Machu Picchu y nos advirtió que debíamos estar a las 7:00am en la entrada del parque para comenzar el recorrido. Hay dos formas de subir de Aguas Calientes a la ciudad sagrada: en bus por casi 15 dólares en un recorrido que no tarda más de 20 minutos, o a pie un trayecto gratuito por el camino del Inca y que según el estado físico del caminante puede tardar entre una y tres horas. Decidimos subir caminando. Nos bebimos la plata del bus en los bares de Cusco.

Entre las curiosidades que cargaba en mi maleta estaban una cámara de cine de 8mm, una Nikon digital moderna y una botella de ron Medellín añejo que encontré a la venta en una tienda de Cusco a dos cuadras del hostel en que dejamos las motos.

Merecíamos un traguito para descansar mejor después de un día tan intenso así que la ofrecí a mis amigos, nuevos y antiguos. El espíritu de la caña de azúcar  de los valles colombianos nos infundió nuevos ánimos para salir a buscar la cima de la famosa montaña.

Machupicchu.

Salimos del hotel antes de las 5:00am para comenzar el penoso ascenso. No paró de llover en toda la noche y el impermeable amarillo que me había protegido hasta ese momento terminó en la basura pues en la caminata del día anterior se había roto irremediablemente.

Marcos y Emilio tenían mejor estado físico que yo y se adelantaron mientras yo me fui quedando rezagado y con un dolor intenso en la rodilla que se fue atenuando conforme iba entrando en calor.

-“¡Siga bebiendo ron así!”, me gritó una voz regañona en mi cabeza adolorida.

Poco a poco fui encontrando mi ritmo hasta lograr un buen paso que me llevó en dos horas desde los 1900 msnm de Aguas Calientes hasta terminar en los 2425 msnm de la ciudadela histórica.

Luego de una desorganizada fila que tardó más de una hora bajo la lluvia y el intenso frío, logramos entrar al complejo. Por fin estábamos en Machu Picchu y veríamos la majestuosidad de sus construcciones precolombinas y sus montañas. O por lo menos eso creíamos.

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El sufrido grupo por fin en Machupicchu.

La montaña cubierta de misticismo, también estaba cubierta de una espesa neblina que no permitía ver más allá de 3 metros. Nos sentimos muy frustrados. Mientras tanto mi temperatura corporal comenzaba a bajar por la falta de movimiento y con ella el dolor en la rodilla se hacía más intenso.

Congelados y mojados comenzamos el recorrido que a pesar de las dificultades del día anterior y la lluvia tratamos de disfrutar todos. Todos menos Marcos que estaba furioso, no soportaba el frío y en la cara se le veía que quería devolverse cuanto antes. Lo escuché maldecir en portugués varias veces antes de decidir que había sido suficiente para él e irse en bus al hotel. Emilio estaba pasmado, no decía nada y su mirada deambulaba perdida de aquí para allá. Yo debía estar peor.

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El frío y el cansancio hicieron mella en los viajeros.

En definitiva no era esa la experiencia que habíamos imaginado. Las horas eternas en la camioneta de Jesús al borde de precipicios sin fondo, la caminata de la muerte por las vías del tren, el hotel sin agua y sin comida, el desorden de los guías, la larga fila en el frío y la intensa lluvia no estaban en los planes. Pero si no era así, ¿qué escribiría yo en estas crónicas?

La montaña no se despejó hasta bien entrada la mañana. Casi a las 11:00am sopló un viento fresco que movió un poco las espesas nubes y por cerca de un minuto se pudieron tomar fotos aceptables.

-“Por fin Machu Picchu como en las postales”, me dice una voz cansada en mi cabeza.

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Ese breve minuto hizo que las penurias valieran la pena.

Era hora de volver al hotel. El paquete turístico que compramos incluía el regreso desde Aguas Calientes hasta la hidroeléctrica en tren y este partía a la 1:00pm. Justo el tiempo para bajar a píe. Mis compañeros hacía rato habían bajado en bus y seguro me esperaban con cerveza en el hotel, secos y bien bañados.

La bajada estuvo marcada por un agonizante dolor en la ahora inflamada rodilla que al llegar a la base de la montaña no me dejaba caminar tres pasos seguidos. Logré llegar a tiempo al hotel solo para encontrarme con la sorpresa de que me habían sacado las cositas de la habitación, las habían puesto en bolsas negras como de la basura y dejado en los pasillos como cuando la esposa echa a la calle al marido pero sin la pasión que se requiere para tirarle la ropa por la ventana.

Después de una pelea casi a gritos con el encargado del hotel me dieron 20 minutos en una habitación sin agua para asearme, ponerme ropa menos mojada y correr a la estación a tomar el tren. En ese punto ya estaba usando bolsas plásticas entre las medias y los zapatos para evitar que estas se mojaran.

Yo no podía caminar por el intenso dolor en la rodilla, así que Emilio y David se fueron a la estación para asegurarse de que el tren me esperara mientras Marcos y Carolina prácticamente me cargaban calle abajo.

-“No hay viaje señor, un derrumbe se llevó las vías. Este tren no sale hoy”, informó un empleado ferroviario a las casi 100 personas que esperaban abordar el transporte a la una de la tarde.

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Machupicchu quedará grabada en mi mente para siempre.

Echados del hotel, mojados hasta el culo, con hambre y frío y ahora nos decían que era imposible salir de ahí. Los guías se desentendieron del problema y nadie respondía por una sopa tibia o una habitación con agua caliente como se nos había prometido en la agencia de viajes en Cusco.

Las chilenas, los motociclistas y el alemán no éramos los únicos maltratados de esta forma. Sin saber muy bien cómo lo lograríamos, comenzamos a orquestar un plan con cerca de 30 turistas de todas las nacionalidades para tomarnos a la fuerza un vagón del tren y pasar la noche ahí si era necesario.