XXX. Yosemite y los vaqueros de Texas.

Salí de Santa cruz pensando en conducir apenas 4 horas ese día hasta el Parque Nacional de Yosemite. Solo serían 320 kilómetros de recorrido para encontrarme con una de las áreas naturales mejor conservadas del planeta.

Me despedí con tristeza de Agraja y Gustavo pero feliz de comenzar a rodar de nuevo hacia un destino desconocido que nunca estuvo entre los planes de ruta. Una vez más me dejaba guiar por la gente que conoce los lugares por los que iba pasando lanzándome a la aventura sin GPS.

Busqué la mejor ruta en una aplicación muy útil llamada Maps Me que no necesita estar conectada al internet o tener datos móviles para funcionar. Los mapas se descargan cuando se está en línea y se guardan con todo y las indicaciones para llegar al destino elegido.  

Mientras salía de Santa Cruz puse el celular en la parte superior y transparente de la maleta del tanque para que la aplicación me fuera mostrando el camino de salida de allí hasta encontrar la ruta estatal CA152.

El calor era tremendo y el sol pegaba fuerte sobre la maleta del tanque haciendo que el celular se apagara recalentado apenas 45 minutos después de haber salido. Por fortuna ya había estado perdido en esa zona unos días atrás y ya sabía más o menos qué camino tomar.

Generalmente busco la ruta en el celular, tomo notas en un papelito y ese papelito es el que ubico estratégicamente en la maleta del tanque para guiarme en el camino. Si me pierdo, como sucede constantemente, paro y pregunto en cafeterías, estaciones de gasolina o a cualquier persona que esté por ahí a la orilla del camino. Al verme perdido no pocas veces se han detenido personas en sus autos a preguntarme si todo está bien o si necesito ayuda. La gente buena es mayoría en todo el mundo.

En esta oportunidad no tomé las acostumbradas notas con los números de las rutas que debía tomar o los giros que debía hacer en determinadas intersecciones, confié en el celular y este se apagó de repente víctima del sofocante calor del verano californiano.

Decidí avanzar guiándome con ese mismo sol que me atacaba ferozmente. De niños aprendemos que el sol sale por el Este y cruza el cielo en dirección Este-Oeste, así que lo que tenía que hacer era poner el sol en mi cara y avanzar en esa dirección hasta que algún letrero verde informativo me diera la razón o me obligara a volver por donde venía. Esta técnica, que emplean los viajeros hace milenios, sigue funcionando.

La ruta hacía Yosemite es angosta, con curvas suaves que corren siguiendo el cauce de los ríos que bajan tumultuosos de las montañas y atraviesa pueblos como los que aparecen en las películas de vaqueros, muy bien conservados.

En todos hay pequeños almacenes generales y cafeterías con comida y bebida suficientes para no tener que sacar las latas de atún y el pan que llevo en las maletas de Esmeralda y que uso cuando me da hambre en medio de parajes solitarios o muy apartados de lo que llamamos civilización.

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Un placer conducir por estas rutas tranquilas de California.

Entre más me alejo de la costa en dirección al este, menor es el precio de las cosas. Gasolina y comida bajan de precio considerablemente en la medida que me acerco al bosque nacional Sierra, punto elegido por la aplicación de mapas para entrar a Yosemite.

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KM. 24650. Parque Yosemite, California.

Al llegar a la entrada hay una caseta en la que se pagan 25 dólares por el derecho a entrar al parque natural en moto, válido para ingresos ilimitados durante siete días. Si usted va en auto el costo es de 30 dólares que incluyen a todos los pasajeros que vayan dentro y si va en bicicleta paga apenas 15 dólares.

Yosemite tiene muchos lugares para acampar, pero por ser verano estaban a reventar de gente que había hecho reservaciones con varios meses de anticipación para evitar quedarse sin un pedacito de tierra para estacionar su vehículo y clavar la carpa.

Así es, se hacen reservaciones para acampar, quien lo creyera. En mi mente de latino tropical el concepto de acampada no incluye hacer reservas para dormir sobre un colchón inflable.

El primer día lo pasé recorriendo el parque en la moto, tomando fotos y haciendo videos de la naturaleza. Tuve que salir del área protegida para encontrar donde acampar y aunque había hoteles en los poblados cercanos preferí adentrarme en el bosque hasta encontrar el lugar que un excursionista me recomendó en una estación de gasolina.

El sitio era perfecto. Un pequeño claro en medio del bosque junto a un río tranquilo. Y el lugar estaba casi vacío, solo tres personas más lo ocupaban. Una pareja de vaqueros tejanos jubilados, con sus clásicos sombreros de ala ancha en la cabeza, acampaba junto a su van de finales de los años 90 convertida en hogar.

El otro era un tipo rarísimo con cara de asesino en serie, muy rubio y con botas de montar de un cuero casi rojo, de las que terminan en punta. Apenas respondió a mi saludo con un “hi” de cortesía, mientras me lanzaba una mirada de “¡what a fuck are you doing here!”.

Por las altas temperaturas de la época las autoridades tenían prohibido hacer fogatas, así que esa noche cené pan con atún y compartí un par de cervezas cortesía de los tejanos Daniel y Susan, ambos de más de 70 años, que hacían este tipo de viajes cada año en verano desde que el último de sus 5 hijos dejó el nido hacía ya casi 16 años.

Me acosté temprano esa noche. El tipo con cara de asesino en serie se había ido en su auto, un Ford Focus Coupe descapotable de color rojo, y no había regresado. Antes de dormir me quedé pensando que ese era un carro muy raro para andar acampando en el bosque y que esas botas no eran muy cómodas tampoco para caminar por la naturaleza.

Pero cada loco con su tema, lo mismo diría el tipo de mi al verme con cara de náufrago, el pelo enmarañado y la moto verde cargada de maletas a más no poder.

Descansé hasta las siete de la mañana del día siguiente, junté mis cosas, desarmé la carpa, compartí un café horrible con los tejanos, hecho por Dan y que su esposa Sue tomaba con aparente gusto, y volví a entrar al parque para una rápida despedida.

El Focus rojo estaba ahí y aunque la carpa junto a este estaba armada, el tipo dormía dentro del auto. Espero que los tejanos hayan sobrevivido.

El Capitán.

Lo bueno del verano es que los días duran más que las noches, la luz natural acompaña la ruta hasta por 14 horas en California lo que me permitía hacer más turismo y aun así avanzar un poco el mismo día ya que no manejo de noche por precaución. Sé de viajeros en moto que aceleran a fondo día y noche para llegar del punto A al punto B en el menor tiempo posible. Yo voy despacio y de día, me gusta más así.

Otra de las cosas que me gusta hacer por diversión es escalar montañas y tenía que ir a ver El Capitán, el mítico monolito de 2307 metros de altura que escaladores de todo el mundo vienen a visitar a Yosemite desde que el 12 de noviembre de 1958  Warren Harding, Wayne Merry y George Whitmore hicieron la primera ascensión a este bloque de granito. Tardaron 47 días en lograrlo.

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Cara de loco feliz. Atrás, El Capitán.

Escaladores con diversos niveles de habilidad visitan esta roca cada año y hoy el 60 % de las expediciones logran el ascenso en un promedio de 4 a 5 días, durmiendo suspendidos en medio de la pared. El récord en escalada rápida lo tienen Alex Honnold y Hans Florine quienes lograron conquistar El Capitán por la ruta conocida como The Nose en apenas 2 horas, 23 minutos, 46 segundos.

El monolito de granito es impresionante, está justo frente a un río y si uno no es un experto escalador de rocas, puede llegar a su cima a través de un sendero que comienza justo al lado de una cascada de más de 700 metros de altura que va salpicando al caminante con su refrescante llovizna.

La capital mundial de los vaqueros.

Salí de Yosemite con destino a Oakdale, un pueblo conocido como The Cowboy Capital of the World (La capital mundial del vaquero), famosa por sus torneos de Rodeo, un deporte extremo que consiste en montar a pelo potros salvajes o toros bravos con el objetivo de permanecer arriba de la bestia el mayor tiempo posible y lo mejor es que no se lastima al animal, aunque si es muy peligroso para los jinetes que lo intentan.

Según Dan y Sue la verdadera capital mundial de los vaqueros no queda en California sino en Texas y se llama Bandera, su ciudad natal. Aun así me recomendaron que fuera a almorzar a un buen restaurante en Oakdale donde la carne se hace en un tambor ahumador.

Costillitas de cerdo, lomito de res, piernita de cordero, pechuguita de pavo o una mágica combinación de todas las carnes en un solo plato tapa-arterias conocido como combo meal con salsa BBQ, pepinillos, pan y cebollas por apenas 11,50 dólares. Una delicia en estas tierras.

Al llegar al Fasty’s BBQ Joint, el restaurante indicado por los tejanos, descubrí que se trataba de un camión color naranja gigante estacionado en una esquina, muy concurrido, en el que la carne se ahumaba al Texas style sobre maderas de nogal a muy baja temperatura por varias horas para darle ese inconfundible sabor a humo y terneza a la carne.

Una hora y media después de comer de más, el sueño me estaba venciendo en plena carretera. Una vez más comencé a cantar como loco poseído dentro del casco y logré llegar a Sacramento a cargar gasolina y tomar agua helada para refrescarme.

KM. 25415. Mount Shasta, California.

Crucé la ciudad en poco menos de una hora y decidí entrar a la autopista interestatal 5 para avanzar más rápido y así aprovechar las pocas horas de luz que aún me quedaban e intentar llegar hasta la base del mítico monte Shasta.

Por milenios los pueblos nativos norteamericanos han considerado sagrada esta montaña de 4322 metros sobre el nivel del mar. En la actualidad más de 100 organizaciones religiosas consideran que el Shasta tiene un poder místico que emana paz y armonía, todo esto sin contar los numerosos avistamientos de ovnis que han sido reportados en la zona en los últimos 50 años.

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Esmeralda y yo felices con la montaña.

Cuando por fin apareció frente a mí la imponente montaña mi corazón dio un vuelco de emoción, hacía casi tres meses que no veía una de verdad, solo playas en la interminable costa del Pacífico desde Centro América hasta California y yo crecí rodeado por la inmensa cordillera de los Andes. Ya me hacía falta este tipo de paisaje.

Por increíble que parezca, cuanto más me acercaba al Shasta mejor me iba sintiendo, con más energía y vitalidad. El aire se hacía más limpio al dejar atrás las grandes ciudades y el viento frío que bajaba del volcán nevado y dormido ayudaba mucho a la moto y a mi cuerpo a seguir adelante.

Pronto oscurecería así que debía buscar un lugar donde pasar la noche. Abandoné la autopista y tomé una vía secundaria que me llevaba de frente al monte. De pronto un cartel que anunciaba un RV Park, solo tres kilómetros adelante en la base del monte Shasta, llamó mi atención.

Los RV Parks son lotes para estacionar casas rodantes u otros vehículos recreacionales. Estos lugares generalmente tienen espacio para acampar y cuentan con electricidad, duchas, lavadora de ropa que funciona con monedas y, casi siempre, wifi de cortesía.

Conduje 735 kilómetros ese día y aunque en ese momento no lo sabía, esa noche conocería a los radicales partidarios de Donald Trump y habría una dura pelea a trompadas en medio de las casas rodantes.

¿Quiere ver lo que yo vi? En mi canal de YouTube El MotoNauta hay docenas de videos gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y el Twitter DonSoto2002.

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