XXIX. El MotoNauta y los Hells Angels.

KM. 24060. Santa Cruz, California.

-“¿What are you looking at?” Me preguntó con voz de trueno un hombre alto, de ojos verdes y con la cabeza calva tatuada, al tiempo que se llevó la mano al cinto para enseñarme el mango de su arma de fuego de manera intimidante.

-“I’m just looking at the bike. ¡Beautiful Harley!”, dije con sorprendente firmeza. “I´m a biker too”, agregué aproximándome muy despacio al hombre tatuado para verlo mejor.

Eran casi las dos de la mañana y había poca luz en las calles del tranquilo pueblo de Santa Cruz en California. Yo había estado tomando cerveza en un bar con música en vivo, pero el calor del baile y el verano me hicieron salir a buscar un lugar más fresco para descansar.

Estacionadas frente a la casa que estaba justo al lado de la salida del bar, había no menos de 10 motos Harley Davidson apenas iluminadas por la tenue luz amarilla del escaso alumbrado público del lugar. Una de ellas llamó mi atención y no dudé en acercarme para admirarla en detalle.

Era una Fat Boy FLSTF 1991 de 1340 centímetros cúbicos, como la que usó Arnold Schwarzenegger en Terminator 2. Esta era roja y con unos diseños bellísimos de calaveras envueltas en llamas pintadas a mano en el tanque.

-“This is a private meeting, only for club members. Do you have any idea of ​​who we are?”, dijo el calvo un poco más cerca de mí y de la luz. Hasta entonces no me había dado cuenta pero aquel hombre llevaba los emblemas de los Hells Angels en la ropa y esas eran sus motos.

Pacific Coast Highway.  Dos días antes.

Todos los amigos motociclistas con quienes hablaba sobre la ruta a seguir desde Los Ángeles hasta San Francisco recomendaron la famosa ruta estatal número 1, conocida como Pacific Coast Highway (PCH), una carretera antigua de cerca de 1000 kilómetros, estrecha y poco transitada que va bordeando el océano Pacífico y que ofrece una vista inmejorable de las espléndidas playas de California.

Tengo la buena costumbre de no usar GPS, así me pierdo cada rato y conozco más personas y lugares que si hiciera una ruta perfectamente planificada. Cada mañana me levanto sabiendo que debo buscar el norte para llegar a la Alaska algún día. Me dejo guiar por mis instintos, la gente local y por viajeros que ya han recorrido el camino sobre el que voy rodando.

El plan original era tomar la autopista Interestatal número 5 hacia el norte y rodar a toda velocidad los 700 kilómetros que separan el Rancho Cucamonga de San Francisco por las bien asfaltadas carreteras que mueven buena parte del comercio de Estados Unidos. Pero si hiciera eso, ¿la aventura para cuándo?

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Las playas de California, perfectas para los amantes de los deportes acuáticos. Yo solo admiro de lejitos el paisaje.
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Emma Wood Beach. PCH, California.

Me decidí por la PCH así que entré temprano en la mañana a Los Ángeles montado en la reluciente Esmeralda para encontrar la nueva ruta en el muelle de Santa Mónica y dar un último paseo por la ciudad que, una vez uno entiende como entrar y salir de las autopistas, es bastante agradable a pesar de los más de cuatro millones de autos que recorren sus calles a diario.

Como era de esperarse me perdí un rato, pero muy rápido encontré la ruta estatal 1 y enfilé la trompa de la moto hacia el norte pasando por Malibu, lugar de residencia de las ricas y famosas estrellas de Hollywood.

Extensos viñedos que abastecen más de 1200 bodegas que en la actualidad producen todo tipo de vinos en la región, comidas recién preparadas en restaurantes con aires y arquitectura del viejo oeste y una fuerte pero refrescante brisa veraniega, acompañan al viajero en este bonito trayecto de curvas suaves, cielos azules y playas llenas de casas rodantes que alojan a surfistas que vienen desde todo el mundo conocido.

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Cielo azul y mucho sol.

Tenerlo todo.

Un sabio refrán popular dice que quien tiene amigos no necesita de nada más y en estos viajes esa máxima es toda una realidad que se comprueba paso a paso. Cuando apenas estaba planeando el viaje en Bogotá mi amigo y colega Jorge Arciniegas me contactó con su hermana Lina en Seattle para ver la posibilidad de alojarme en la capital del Grunge (Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains), un par de días antes de pasar la frontera a Canadá.

Lina a su vez le contó al griego Nick, su devoto esposo y amante fiel, de mis andanzas en moto por el mundo y ambos hablaron con su mejor amigo, el genio informático brasilero Gustavo Guimarães en la ciudad de Santa Cruz, para que me recibiera en su casa una noche en mi camino a través de la PCH. Ni Lina, ni Nick y menos Gustavo me conocían, pero todos estuvieron dispuestos a ayudarme con generosidad digna de mejor causa.

A pesar de haber salido cerca de las 9:00 am de Los Ángeles, llegué a la casa de Gustavo pasadas las 11:00 pm. La razón: paré varias veces a admirar el paisaje, rodé lento disfrutando de la ruta, luego el sol comenzó a caer dándome directo en los ojos y finalmente un fuerte viento azotó mi humanidad por más de tres horas lo que sumado, me hizo pasar más tiempo en la ruta del necesario.

Ah sí, y también me extravié unos 20 kilómetros antes de llegar a Santa Cruz pero por fortuna dos buenos samaritanos me orientaron en medio de la noche. Cuando por fin llegué a casa de Gustavo, él estaba angustiado pero feliz de verme como si se tratara del arribo de un viejo amigo al que no veía hacía tiempo. Tomamos un par de cervezas y a descansar.

Con la luz del día descubrí que la casa, que ahora era mi hogar temporal, estaba situada en medio de un frondoso bosque formado por gigantescas secuoyas cuyos troncos alcanzan 5 metros de ancho y hasta 80 metros de alto, un verdadero paraíso aislado del ruido de las grandes ciudades.

 

Los Ángeles del Infierno.

En el desayuno conocí a Agraja, la esposa de Gustavo, y ambos me invitaron a una fiesta en la noche en la que habría cerveza y música en vivo y como el agotamiento de la jornada de 700 kilómetros del día anterior aún se sentía en mis huesitos, decidí aceptar y quedarme para la parranda que pintaba bien.

Buena música, cerveza artesanal y charla animada con mis nuevos amigos fueron las notas predominantes de la noche. Santa Cruz es una ciudad con muy buena energía, llena de gente buena y aunque trabajadores, todos sus habitantes tienen algo de hippie en su corazón por lo que siempre tienen tiempo de ir a la playa, disfrutar un buen café con los amigos o simplemente divertirse con lo que haya a la mano.

Eran casi las dos de la mañana y había poca luz en las calles de Santa Cruz. El calor del baile en medio del verano me obligó salir a un lugar más fresco para descansar.

Estacionadas frente a la casa que estaba justo al lado de la salida del lugar en el que había estado divirtiéndome con Gustavo, Agraja y sus amigos, había no menos de 10 motos Harley Davidson apenas iluminadas por la tenue luz amarilla del escaso alumbrado público de aquella calle.

En medio de todas, una Fat Boy FLSTF 1991 de 1340 centímetros cúbicos, como la que usó Schwarzenegger en Terminator 2, llamó mi atención. Esta era roja y con unos diseños bellísimos de calaveras envueltas en llamas pintadas a mano en el tanque.

-“¿What are you looking at?” Me preguntó con voz de trueno un hombre alto, de ojos verdes y con la cabeza calva tatuada, al tiempo que se llevó la mano al cinto para sujetar el mango de lo que parecía ser un arma de fuego.

-“I’m just looking at the bike. ¡Beautiful Harley!”, dije con sorprendente firmeza. “I´m a biker too”, agregué mientras caminaba muy despacio hacia el hombre tatuado para verlo mejor.

-“This is a private meeting, only for club members. Do you have any idea of ​​who we are?”, dijo el calvo un poco más cerca de mí y de la luz.

Hasta entonces no me había dado cuenta pero aquel hombre llevaba los emblemas de los Hells Angels en la ropa y esas eran sus motos.

-“Wow, you are the Hells Angels”, dije más emocionado que asustado.

Este club de motociclistas tiene una ruda reputación desde el momento mismo de su creación en 1948 ya que sus fundadores fueron veteranos estadounidenses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial y volvieron a casa para contar la historia.

Este grupo, que hoy cuenta con más de 3500 miembros activos en todo el mundo, ha sido asociado con actividades delictivas como el hurto, el asesinato por encargo, el tráfico de armas y drogas y hasta el proxenetismo, sin embargo ellos afirman que son un grupo de amantes a las motos que se unieron para rodar juntos y que cualquier crimen es responsabilidad de los individuos que los cometieron y no del club en su conjunto.

En los años 60 los Hells Angels hicieron parte del movimiento de la contracultura en San Francisco junto a los escritores Ken Kesey y Allen Ginsberg, los miembros de los Rolling Stones y los Beatles y el padre del “nuevo periodismo norteamericano” Tom Wolf. Su influencia en la cultura pop aún es notoria y puede verse en series de televisión como Sons of Anarchy y Mayans MC, transmitidas por el canal FX en todo el mundo.

El hombre con la cabeza tatuada también se acercó cauteloso y al ver que le extendía mi mano correspondió al saludo con un sólido apretón que apenas duró unos segundos. De inmediato su mano volvió a la funda, que en medio de la luz tenue me había parecido como la de un arma de fuego, para sacar de ella unas gafas que usaba para ver de cerca.

De la casa fueron saliendo más miembros del club y comenzamos una animada conversación sobre viajes en moto que se extendió por cerca de media hora.

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Los Hells Angels.
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Gustavo y Agraja.

Gustavo y Agraja también habían salido del bar y se acercaron a hablar con mis nuevos amigos motociclistas. Por pura casualidad uno de ellos era vecino de mis anfitriones y nunca antes habían hablado entre sí a pesar de vivir a escasos 100 metros el uno de los otros en el mismo bosque. Esa noche todos amigos, todos iguales y unidos por las motos.

Contrario a la creencia popular, las calaveras como símbolo en la cultura de las motos, no significan maldad o muerte sino igualdad. La calavera de un hombre es igual a la de una mujer, la de un negro es igual a la de un blanco, la de un norteamericano es igual a la de un latinoamericano. Todos iguales, sin discriminación, como debe ser.

El paseo a San Francisco.

El plan original era salir de la casa de Gustavo y Agraja rumbo a San Francisco y de ahí a Seattle, pero Gustavo me convenció  de rodar 320 kilómetros al este de Santa Cruz para conocer el parque nacional Yosemite así que por comodidad decidí dejar todas las maletas en la casa de mis anfitriones y hacer el paseo de 135 kilómetros a San Francisco en un solo día por la ruta estatal 1.

No soy muy amigo de entrar a las grandes ciudades en moto, pero San Francisco valió la pena. Su tráfico es menos pesado que el de Los Ángeles y tienen una deliciosa comida de mar, especialmente el cangrejo, que hace chuparse los dedos y pedir más, aunque los precios son altos. Por supuesto atravesar el puente Golden Gate de ida y vuelta siempre tendrá su encanto.

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Cumplido el trámite de San Francisco regresé a Santa Cruz a empacar todo de vuelta en las maletas de la moto. Al día siguiente me despedí con tristeza de mis amigos y tomé rumbo hacia Yosemite esperando que este nuevo giro en la ruta me sorprendiera tanto como haber aceptado el consejo de Lina y Nick de rodar por la Pacific Coast Highway. Quien tiene amigos lo tiene todo.

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