XXVIII. A Las Vegas en moto y los hippies alaskeños.

Llevábamos tres días tratando de conquistar las nieves perpetuas de los 5330 metros sobre el nivel del mar del Ritacuba Blanco, una imponente montaña ubicada en la Sierra nevada de Güicán/Cocuy, el glaciar más grande de Colombia, cuando mi hija Catalina hizo una alto en la escalada para recuperar energías tomando agua y comiendo un suave y dulce bocadillo veleño hecho de guayaba y mucho azúcar.

Yo caminaba apenas un metro delante de ella con todo el equipo en mi espalda, sufriendo los rigores del cansancio, los -3º C. de temperatura, la falta de oxígeno a esa altura y disfrutando al mismo tiempo del paisaje impresionante que se aprecia desde las cumbres nevadas de Los Andes.

-“¿La próxima vez vamos de vacaciones un lugar calientico?”, preguntó Cata con un hilo de voz en medio del desierto helado.

-“El más caliente que se pueda hija”. Respondí añorando la suave caricia de la brisa veraniega en alguna playa, para luego tomar un corto sorbo de agua fría de la cantina verde militar que me acompaña en todos mis viajes de aventura.

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Escalar Los Andes con mi hija: Felicidad pura.

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Esa conversación vino a mi mente mientras cruzaba a toda velocidad el desierto de Mojave en mi camino de California a Nevada, rumbo a Las Vegas. Manejaba a Esmeralda casi en piloto automático por las largas y bien pavimentadas carreteras gringas mientras mis recuerdos me llevaban a las montañas junto a mi hija a quien podía ver claramente con su rompevientos naranja hablándome desde aquel lejano nevado en mi patria.

Cuando salí del rancho Cucamonga, pasadas las 11:30am, el termómetro marcaba 38,7º C. a la sombra y el sol radiante en lo alto anunciaba que subiría aún más. Ese día recorrí 371 kilómetros en menos de 3 horas por una ruta casi toda recta y rápida, que ofrecía unas pocas curvas suaves y nada de sombra.

Por alguna razón que nunca supe, todas las áreas de descanso de la Interestatal 15 al norte estaban cerradas y solo descansé una vez al parar por gasolina en el poblado de Baker, en plena Mojave Freeway  a 43º C. Para que la moto y yo soportáramos los rigores del desierto solo había una fórmula que aplicar: velocidad.

Dormirse en la moto a 140kms/h.

Los últimos 100 kilómetros antes de llegar a Las Vegas fueron de una lucha constante contra el sueño. Para evitar hundirme en los tiernos brazos de Morfeo y caer contra la dura realidad del asfalto, desarrollé una técnica que consiste en cantar lo más fuerte y desafinado posible con la visera del casco cerrada para sentir la música a todo volumen.

Pero claro como soy periodista y por algunos años, que recuerdo con cariño, viví de mi voz trabajando en emisoras de radio y haciendo de locutor en comerciales de cuanto producto existiera en el planeta, fundé Radio Helmet, una emisora unipersonal dedicada a no dejarme dormir en las rutas sin curvas del oeste norteamericano.

-“Buenas tardes y bienvenidos a la sintonía de Radio Helmet. Hoy transmitiendo desde el cálido desierto de Mojave en Estados Unidos, conduciendo a más de 140 kilómetros por hora sobre la siempre fiel Esmeralda, una Kawasaki Versys de 650 centímetros cúbicos que aguanta de todo!”.

Así comenzaba la transmisión de mí para mí, un solo locutor, un solo oyente y por supuesto un solo cantante.

-“ Bright light city gonna set my soul
Gonna set my soul on fire
Got a whole lot of money that’s ready to burn,
So get those stakes up higher
There’s a thousand pretty women waitin’ out there
And they’re all livin’ devil may care
And I’m just the devil with love to spare
Viva Las Vegas, viva Las Vegas!!!”.

Imaginaba que cantaba como el rey Elvis, pero no.

-“Acabamos de escuchar Viva Las Vegas, interpretada por Gerardo Soto, más conocido en el ambiente artístico como El Motonauta, a propósito de su próximo arribo a la ciudad del pecado que calculo será en menos de 40 minutos si la policía no lo detiene por exceso de velocidad”, decía para mí mismo con la voz romántica de los locutores de los años 90.

Así seguí cantando como Tom Jones, Axl Rose, James Hetfield, Carlos Vives y hasta como Antonio Aguilar. Parece cosa de locos, pero Radio Helmet salvó mi vida cada vez que el sueño se apoderaba de mí en las rutas rectas y calientes.

-“ Yo soy el aventurero 
El mundo me importa poco 
Cuando una mujer me gusta 
Me gusta a pesar de todo

Me gustan las altas y 
las chaparritas, las flacas y gordas 
y las chiquititas, solteras 
y viudas y divorciaditas 
me encantan las chatas 
de caras bonitas…  Interrumpimos esta transmisión de Radio Helmet porque acaba aparecer ante mis ojos la ciudad de Las Vegas! Llegamos Esmeralda!!!”.

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El lujo y los excesos están a la orden del día en esta ciudad que nunca duerme.

KM. 22746. La Ciudad del Pecado.

Reservé una cama en un hostel con piscina y estacionamiento privado a buen precio en la Fremont Street en pleno Downtown de la ciudad. Guardé la moto, tomé una ducha, me cambié de ropa y como era de esperarse salí a ver con mis propios ojos lo que por décadas había visto en cine y televisión por cable.

Por su cercanía a mi lugar de alojamiento decidí ir primero a vivir la Fremont Street Experience, uno de los espectáculos gratuitos más reconocidos de la ciudad en el que se pueden encontrar conciertos, luces multicolores, desnudistas en topless, cantantes urbanos, cerveza helada, comida por montones y por supuesto, docenas de casinos.

En esta calle de la zona antigua de Las Vegas, la primera en ser pavimentada en toda la ciudad,  se levantaron los primeros casinos y hoteles y por muchos años fue la calle repleta de luces de neón que más apareció en escenas de películas, series y documentales.

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Actualmente una pantalla/bóveda de más de 27 metros de altura, con cerca de 12,5 millones de bombillas led y 220 altavoces (550.000 vatios de sonido envolvente), cubre las 5 cuadras principales de la Fremont Street en la que cada noche se presenta un espectáculo de música y luces que reúne a cientos de turistas de todas partes del mundo.

Recorrí unos siete casinos esa noche. Cada uno con bares deslumbrantes, restaurantes con comidas del mundo, espectáculos internacionales de todo tipo y prostitutas de civil que ofrecían sus servicios en voz baja, con un delicado acento sureño, en las barras de los bares o junto a las máquinas tragamonedas sin llamar la atención del personal de seguridad. Volví a dormir al hostel más de 12 horas después de haber salido.

Al día siguiente pensé en salir en la moto a dar vueltas por la ciudad pero la fuerte resaca me lo impidió. Luego de una ducha fría y un almuerzo abundante pasé la tarde junto a la piscina del alojamiento refrescándome con cerveza helada para la sed bajo un sol que castigaba los ojos y la piel en medio de un cielo azul perfecto en el que ni por error se asomaba una nube pasajera.

Los alaskeños.

Mientras mataba la resaca, una pareja de gringos muy rubios y de piel muy bronceada, que alguna vez fue blanca, se acercó a mi empuñando un par de Bud Light que a la vista parecían cervezas de comercial con cientos de gotas de rocío de variados tamaños rodando sobre la lata azul escarchada.

Ivalu, una mujer alta y delgada de no más de 30 años, me habló primero, en inglés pero con un acento que hasta ahora no había oído jamás.

-“¿Tomas una cerveza con nosotros?”, preguntó la rubia mientras alargaba su brazo para entregarme una de las Bud helada. Acepté de inmediato.

El pequeño bikini dejaba ver una buena colección de tatuajes multicolores esparcidos por su cuerpo cobrizo. Tribales, flores y hasta un pez koi adornaban su atractiva figura.

Detrás llegó su hermano Nilak, apenas dos años menor que Ivalu, cargando una pequeña hielera en la que más tarde descubriría varias cervezas más.

-“¡El motociclista colombiano!”, saludó Nilak en el mismo extraño acento, mientras estrechaba mi mano.

Los hermanos habían llegado la tarde anterior en una vieja camioneta Ford F100 de los años 80 y habían estacionado junto a Esmeralda. Al ver la placa de la moto, averiguaron sobre mí en la recepción del hostel y ya estaban informados que yo aparecía esporádicamente con mi cara de náufrago a tomar una cerveza  antes de salir a dar vueltas por la ciudad.

Nacidos y criados en Alaska, los hermanos Fisher eran hijos de una pareja de hippies californianos  que se fueron a buscar suerte en las heladas tierras del norte a comienzos de los años 90 y nunca más regresaron a lo que consideraban “las sociedades decadentes de su pasado”.

Pero sus hijos no pensaban igual y estaban recorriendo Canadá y Estados Unidos hacía casi dos años, de los cuales le habían dedicado poco más de un año a California y sus playas cálidas sobre el Pacífico. La F100 era la misma camioneta con que la sus padres habían salido de Santa Cruz, California, rumbo a  Alaska y ahora querían ir en ella a México para aventurarse luego hasta Centroamérica, por lo que no podían desperdiciar la oportunidad de hablar con un viajero que venía de aquellos rumbos.

Hostel Fremont Street

Este es el hostel de la calle Fremont, perfecto para mochileros en moto, carro, bicicleta o a pie.  (1322 Fremont St, Las Vegas.)

Ya en la sombra, Ivalu se quitó sus lentes de sol y dejó al descubierto los ojos más azules que haya visto en mi vida. Los de su hermano eran iguales pero no le lucían como a ella.

Cerveza en mano, les narré lo mejor que pude mis experiencias en la belleza mágica del México lindo que me tocó vivir, describí con detalle las playas hermosas del Pacífico panameño, los extensos y verdes bosques de Costa Rica, la tranquilidad del golfo de Fonseca en El Salvador, la majestuosidad de los volcanes en Nicaragua y la riqueza arqueológica de Guatemala.

-“What about the security?”, preguntó Nilak intrigado con su acento, que ahora sabía era alaskeño.

-“Don’t drive your car at night and don’t go where you have not been invited. The world is less dangerous than they have told us”, dije con mi voz de galán de telenovela colombiana para tranquilizar a la pareja que ya comenzaba a soñar con Latinoamérica.

Más tarde me contaron que en la lengua de los esquimales Inuit,  ‘Ivalu’ significa Unión y que ella se llamaba así porque gracias a que su madre quedó embarazada de ella, sus padres se tuvieron casar. Dos años después nació Nilak, que significa algo así como ‘agua fresca que viene del hielo’. Según los hermanos, sus padres escogieron ese nombre porque concibieron al pobre Nilak luego de una noche de copas en la que bebieron mucho whisky con hielo.

No paré de reír en una hora.

The Strip /La Franja.

18 de los 25 hoteles más grandes del mundo están en el Boulevard Las Vegas, también conocido como el Strip de la ciudad del pecado. Un franja de 6,5 kilómetros de larga que alberga nombres tan famosos como Bellagio, Caesars Palace, Flamingo, Mirage, Venetian, MGM, Tropicana, Luxor y Mandalay Bay, entre otros y que deslumbra por su derroche de lujo, luces y millares de turistas que la recorren de noche y de día.

Una vez más la madrugada me sorprendió deambulando por las calles del salvaje oeste del consumo y los excesos. Tome cerveza en el Flamingo, perdí unos dólares en la ruleta del Bellagio, comí el famoso plato de langosta y bistec de Tony Roma’s en el Fremont Hotel y recorrí cada casino que apareció en películas como Ocean’s 11, Diamonds are Forever (James Bond), Con Air, Rain Man y Hangover.

En Las Vegas la realidad supera ampliamente la ficción. Eso si no vi nada de la violencia que se puede apreciar en películas como Leaving Las Vegas o Casino de Martin Scorsese. Al contrario, es una ciudad que ama al turista y su dinero sin importar que, como era mi caso, pareciera un náufrago recién rescatado luego de varios meses perdido en alta mar.

Dormí hasta pasado el mediodía en la habitación del hostel en la que casi siempre estuve solo a pesar de que había señales de que por lo menos otra de las cuatro camas estaba ocupada.

Cerca de las tres de la tarde, en medio de un calor soporífero, estaba listo para regresar a California. Antes de salir busqué a los hermanos alaskeños, pero no estaban aunque la Ford F100 seguía junto a mi moto. Les dejé un par de autoadhesivos de El Motonauta y me dispuse a preparar a Esmeralda para el viaje.

Como ya conocía la ruta y sabía que en máximo tres horas estaría de regreso en el Rancho Cucamonga, me tomé la vuelta con calma. Un último paseo por el alucinante Boulevard Las Vegas y acelerador a fondo para cubrir 371 kilómetros volando sobre la Highway I.15, ahora al sur.

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No podía faltar esta foto.

Una vez más la imagen de mi hija en la nieve me recordaba que cuando hacía frío quería calor y que ahora que lo tenía quería frío. La eterna inconformidad del ser humano con lo que tiene, siempre anhelando algo más.

Dicen que la felicidad solo es completa si es compartida: Estaba recorriendo el mundo en moto, haciendo los sueños realidad, pero mientras rodaba por la autopista que atraviesa el desierto de Mojave sentía la necesidad de estar con mi hija en aquella montaña nevada de Los Andes Colombianos.

-“Buenas tardes y bienvenidos a la sintonía de Radio Helmet…”.

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