XXVII. Perdido en Los Ángeles.

KM. 22375. Los Ángeles, California.

Llegué  a Hollywood cerca de las 3 de la tarde, pero no porque así lo quisiera, en realidad estaba perdido en Los Ángeles, sur de California, hacía ya un par de horas.

Ese día quería ir al observatorio Griffith, ubicado en el parque urbano más grande  de los Estados Unidos, y cada vez que enfilaba la trompa de Esmeralda hacia la colina en la que está el edificio científico, tomaba un camino equivocado o se me atravesaba una autopista de la que a duras penas lograba salir para luego regresar al punto de partida y estar más perdido que al comienzo.

No llevo un GPS para mis viajes y el celular, en el que eventualmente uso la aplicación MAPS ME para ubicarme a la entrada y salida de las grandes ciudades, acababa de caerse de la moto a más de 120 kilómetros por hora. Aunque lo rescaté del duro asfalto sobre el cual cayó, sobra decir que solo pude recoger pedazos de variados tamaños del aparato en el cual tenía varias docenas de fotos de mi paso por Centroamérica y México. Lo bueno es que logré recuperar la Sim Card intacta.

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Así quedó el pobre celular. Además del golpe le pasaron por encima varios autos a toda velocidad antes de poder rescatarlo del asfalto. 

Perdido como estaba en una ciudad de más de cuatro millones de habitantes (18 millones si se suman las personas que viven en los condados vecinos de Riverside, Ventura, Orange y San Bernardino y que trabajan o tienen negocios en L.A.), decidí buscar un estacionamiento en el cual dejar la moto segura y caminar por ahí en busca de un nuevo teléfono celular que me sirviera para lo que faltaba del viaje hasta Alaska.

Para las fotos fijas de los lugares impresionantes con paisajes únicos, uso una Nikon Réflex 5100, para los videos que se pueden ver en el canal de YouTube El Motonauta, tengo una cámara de acción Contour Roam 2 HD, casi indestructible que pongo en el casco o en cualquier lugar del chasis de la moto y para todo lo demás uso la cámara del celular, así que era importante reponer el aparato estrellado contra cálido suelo californiano.

En uno de esos giros inesperados, mientras iba al norte cuando tenía que estar conduciendo hacia el sur, encontré un estacionamiento que anunciaba un precio de 8 dólares por 4 horas de parqueo si se consumían productos del comercio cercano.

Dejé la moto en ese lugar y ahí mismo me cambié de ropa y me puse zapatos deportivos para caminar por lo que pensaba era un centro comercial en el que tal vez podría encontrar un nuevo celular.

Cual sería mi sorpresa cuando al salir del ascensor que me subió desde el parqueadero subterráneo hasta el primer piso, me encontré en medio de las instalaciones del Teatro Dolby, en el que se entregan los premios Oscar de la Academia de Ciencias Cinematográficas. No era un centro comercial, por lo menos no como los que yo conocía.

 

Salí a la calle a sentir los agradables 24º C. de la ciudad y mi primer paso fuera fue justo sobre el Paseo de la Fama, una acera que se extiende a todo lo largo del Hollywood Boulevard cubierta con más de 2500 estrellas con los nombres de famosos a los cuales la Cámara de Comercio de la ciudad honra por sus contribuciones al desarrollo de las industrias del cine, la televisión, el teatro, la música y la radio.

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Aquí la estrellita de uno de mis directores preferidos. Paseo de la Fama, Hollywood, California.

-“A tomar fotos para Facebook”, me dijo una voz pantallera en mi cabeza.

Pero no tenía con qué tomarlas! Así que levanté la cabeza para buscar un local en el cual comprar un celular nuevo. Pero nada. El Teatro Chino y el Museo de cera de Madame Tussauds a la izquierda y una tienda de regalos de la película La La Land a la derecha.

Estaba parado sobre la estrella de Mel Gibson, frente a la famosa pagoda del Teatro Chino en Hollywood, con un sol maravilloso iluminando el día y no tenía una camarita para inmortalizar el momento así que decidí volver al estacionamiento para sacar de las maletas de la moto la Nikon 5100, lo que solucionaba el tema de las fotos emblemáticas, pero ¿y las selfies pal face?

Los Super Héroes al rescate.

Caminando por el Paseo de la Fama se puede uno encontrar con Superman y Batman compartiendo una Diet Coke sobre la estrella de Jackie Chan o Quentin Tarantino, con la Mujer Maravilla hablando de las cosas de la vida con su viejo amigo Thor hijo de Odín, y al doctor Bruce Banner a medio transformar en Hulk, sentado a la sombra del Hard Rock Café esperando a que algún entusiasta de los comics se acerque a tomarse una foto con él.

En el Paseo de la fama Marvel, DC Comics y El MotoNauta pertenecen al mismo universo.

Le pregunté a un hondureño disfrazado de Iron Man por un lugar para comprar barato un celular y me dijo que le preguntara a Mickey Mouse, una joven mexicana muy amable que estaba unos metros más adelante disfrazada del tierno ratoncito. Mickey me dio las indicaciones para llegar a un centro comercial pequeño a unas cinco cuadras de ahí en el que vendían de todo y en el que su marido panameño  me indicaría el lugar exacto en el cual conseguir lo que quería.

A estas alturas del viaje ya había descubierto que la gente buena es mayoría en el mundo. Si esto me pasa viajando de turista en avión mi primer sentimiento habría sido de desconfianza y creyendo que me querían robar no habría aceptado ir cinco cuadras abajo a comprar un celular. Pero como soy aventurero en moto, si fui.

Roberto, un panameño hablador y feliz de vivir en Estados Unidos hace más de 15 años, atendía un local de recuerdos de cine y alertado por su esposa vía mensaje de texto me estaba esperando para llevarme hasta el puesto de don Alejandro, un hombre mayor, alto y delgado de cabello muy blanco y piel morena que vendía celulares y variados accesorios para enviar dinero a su casa en Jalisco, México. Compré el celular y volví al Paseo de la Fama a agradecerle a Mickey Mouse por la ayuda.

El teléfono coreano, con una cámara decente que pagué a muy buen precio, resultó de muy buena calidad y todavía me acompaña en estos días. Nadie me quiso cobrar propinas por la ayuda, ni quisieron engañarme, solo gente buena ayudando mientras se buscan una vida mejor lejos de su patria.

El Master Chef.

Terminado el completo paseo por el centro vital de la industria cinematográfica norteamericana consulté el mapa de California, que muy amablemente me dejó descargar don Alejandro en mi nuevo teléfono celular, para encontrar la salida de la ciudad a la Highway 10 hacia el sur, camino para volver a la casa del chef Carlos Michaud en Fontana, a menos de una hora de Los Ángeles y donde me estaba quedando gracias a los buenos oficios de Hugo Coto, el motociclista Boliviano que conocí en el ferry de Mazatlán a La Baja California en México.

Coto, quien ya me llevaba una ventaja considerable, pasó por la casa de Carlos dos semanas antes y ahora estaba en Seattle a dos horas de la frontera canadiense, listo para recorrer en su moto el país en el que comienza la emblemática Alaska Highway con la que todos los motociclistas viajeros soñamos.

Mantuve contacto con el amigo boliviano por whatsapp y gracias a eso ahora estaba alojado en la casa del chef Michaud, un motociclista alegre y buena gente que hace ya varias décadas dejó su Perú natal para convertirse en uno de los mejores cocineros del sur de California luego de estudiar varios años en el afamado Le Cordon Blue College of Culinary Arts.

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Descansando en casa del chef Michaud.

 

Hacía dos días que había hecho el cruce de la frontera de Tijuana a San Diego y sin parar en esta última, seguí derecho a Fontana donde me esperaba Carlos con buenos consejos sobre las rutas norteamericanas, cama y comida calientes y una animada charla sobre las ventajas de vivir rodando en moto. En sus tiempos libres el Master Chef deja atrás las delicias que produce en la cocina y se dedica a su pasión: rodar en moto libre como el viento.

Por su consejo fui a conocer El Chaparral Motors Sports, la tienda de motociclismo más grande de Estados Unidos ubicada en San Bernardino, apenas a 20 kilómetros de mi hogar de paso. Allí me surtí de los elementos de abrigo que me hacían falta para lo que faltaba del viaje a Alaska y le cambié la rueda trasera a la moto por una bellísima Shinko coreana que más adelante probaría su valor.

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Compré esta poderosa llanta Shinko en Los Ángeles pensando en los caminos de tierra, lodo y grava suelta que me esperaban en los territorios del norte de Canadá y por supuesto en las duras carreteras de Alaska. Para probarla cruzé el caluroso Valle de la Muerte en el desierto de Mojave (con una parada técnica de tres días en Las Vegas para rehidratarme) y luego regresé a L.A. para tomar la ruta del Pacífico al norte por toda California y Oregon hasta llegar a Seattle. Atravecé la bellísima British Columbia hasta adentrarme en lo más profundo del Yukon, entré a Alaska en medio de lluvias torrenciales y crucé el Ártico con ella, para finalmente llegar hasta el famoso campamento de Dead Horse al final de la Dalton Highway. Para no hacer largo el cuento, regresé a Colombia rodando casi por el mismo camino y hasta aquí me trajo la Shinko sin una sola pinchadura. Hoy, 36000 kilómetros después de haberla estrenado en California, la estoy cambiando por una doble propósito de la misma marca Coreana y creo que todavía le quedaba algo de vida útil. #ElMotoNauta #kawasakilovers #shinkotires #AlaskaenMoto #lonerider #rideordie #kawasakiversys650 @kawasaki_colombia #DaltonHighway #AlaskaHighway

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Pero antes de seguir al norte hice un pequeño desvío de 300 kilómetros al este para visitar la ciudad del pecado.

Leaving Las Vegas.

La familia de mi amigo y colega periodista Nicolás Abrew hace algunos años vive en California y de manera generosa me ofrecieron su casa en el Rancho Cucamonga (así se llama la ciudad),  para pasar unos días, lavar la ropita, descansar y liberar la moto de peso para recorrer tranquilo los 370 kilómetros que separan Cucamonga de Las Vegas.

Desde el día en que vi la única película buena de Nicolas Cage, Leaving  Las Vegas, quería conocer esa sórdida ciudad, la capital misma del pecado, el sueño americano, la meca del capitalismo salvaje, las apuestas desmedidas y el consumo sin control, y ahora era la oportunidad perfecta.

La señora Nubia, madre de Nicolás (Abrew, no Cage), prepara deliciosos platos que recuerdan los sabores de la comida colombiana que hacía más de cuatro meses no probaba y las amenas charlas con Manuel Abrew padre de Nicolás, Carolina (hermana del colega periodista), y Ronny su esposo (de Carolina no de Nicolás), me hicieron sentir como en casa. En casa colombiana!

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Familia Abrew-Huayhua en pleno recibiendo a El Motonauta en el Rancho Cucamonga.

Dos días de mimos familiares después, salí del Rancho Cucamonga directo hacia Nevada, dispuesto a atravesar el desierto conocido como el Death Valley (Valle de la Muerte), para luego entregarme a los placeres que brinda la ciudad del pecado.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

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