XXVI. De Tijuana a San Diego. La frontera más transitada del planeta.

Las 14 fronteras que había atravesado por tierra, hasta ese momento,  tenían dos puntos de control de pasaportes y documentación de la moto. Uno del lado del país del que se va saliendo y otro del lado de aquel al que se pretende entrar. Así que para mí fue una sorpresa encontrarme de frente con la caseta de migración norteamericana sin antes haber sellado mi salida de México.

Llegué al punto de control luego de menos de una hora de fila al rayo del inclemente sol de verano. Para ser el cruce fronterizo más transitado del planeta (más de 300.000 pasos diarios), me pareció rápido.

-“Cuál es el motivo de su viaje a los Estados Unidos”,  me interrogó en inglés un oficial migratorio, afroamericano como dicen los gringos políticamente correctos, sin salir de su caseta mientras alargaba la mano para que yo le entregara mi pasaporte.

– “Turismo, voy a Alaska en esta moto”, respondí de inmediato, también en inglés,  al tiempo que le entregaba mi pasaporte vigente.

-“¿Tiene visa?”, preguntó el oficial.

-“Por supuesto”, dije mientras le alcanzaba otro pasaporte, el caduco, en el que tenía la visa gringa.

El funcionario comenzó a revisar ambos pasaportes intentando encontrar algo. Una y otra vez le daba vueltas a las hojas de mis documentos de viaje sin pronunciar palabra, solo movía la cabeza de izquierda a derecha en señal de desaprobación.

Pensé que estaba buscando el sello de salida de México, que por supuesto no tenía, por lo que me apresuré a decirle que aún no había hecho ese trámite en el vecino del sur.

-“Todavía no he salido de México oficial, no vi la caseta de migración de ese lado”, dije en tono informativo.

-“¡Estos son los Estados Unidos de Norteamérica!”, dijo el policía subiendo el tono de voz. Me recordó al rey de Esparta interpretado por Gerald Buttler en la película 300, gritando justo antes de enviar a un pozo sin fondo, de un solo patadón en el pecho, a un mensajero del rey rival.

Me devolvió mis pasaportes y me pregunto si ya había estado antes en Estados Unidos a lo que respondí que sí.

-“Muéstreme el sello de entrada”, dijo desafiante.

Sin bajarme de la moto me quité los guantes y procedí a buscar el dichoso sello que un par de años atrás le habían puesto a mi pasaporte viejo en el aeropuerto de Newark. Entre tanta estampa oficial, yo tampoco lo encontré y como el procedimiento ya tardaba mucho apareció otro oficial con cara, apellido y bigote latinos.

-“Buenos días”, saludé en español al oficial Vargas.

-“Aquí se habla inglés”, dijo el recién llegado funcionario, en inglés, claro. “¿Cuál es el problema?, le preguntó a su colega.

-“Quiere entrar al país, dice que va a Alaska en esa moto y que ya estuvo antes en Estados Unidos pero no encuentro el sello de entrada anterior”.

-“¿Mi visita previa no le aparece en su sistema? Tal vez si revisa…”, interrumpí a los policías.

-“¡No me diga cómo hacer mi trabajo!”, respondió exaltado el afroamericano.

-“Aquí no puede entrar en moto señor”, terció Vargas.

-“¿Cómo no?, hace menos de 15 días pasaron dos colegas motociclistas brasileros y uno argentino por aquí. Apenas ayer pasó otro boliviano también en moto”, dije con seguridad.

-“¿Entonces, usted sabe más que yo?”, me increpó Vargas en perfecto español.

-“Pareciera que sí”, afirmé respetuoso, pero mirándolo directo a los ojos.

-“¡Inspección secundaria!”, tronó Vargas visiblemente contrariado.

Another brick in the Wall.

El rancho de la Tía Juana o Ticuan (tortuga), como los indígenas Kumiai llamaban a la ciudad de Tijuana en referencia al Cerro Colorado cuya forma tiene la apariencia del caparazón del lento animalito, se asienta en numerosas colinas, cañones de variada profundidad y una larga línea costera a orillas del Pacífico oculta por una bruma misteriosa en la mañana que lentamente desaparece a medida que el sol calienta sus aguas repletas de surfistas en verano y que termina contra la barrera de contención que los gringos le han impuesto a sus vecinos del sur.

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Miles de migrantes tratan de cruzar el muro cada año tratando de asegurar una vida mejor a sus familias. Algunos lo logran y otros mueren en el intento.

Ese muro fronterizo no es de ahora, ni fue un invento de míster Trump. Su construcción se inició en 1994 en el gobierno de Bill Clinton, ¿lo recuerdan? Era aquel presidente que le daba besitos a sus becarias en el lugar más deseado del mundo: la oficina oval de la Casa Blanca.

En los más de 3000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay muros, vallas y barreras diversas de 1050 kilómetros de extensión. Donde no los hay, existen accidentes geográficos naturales que harían muy difícil construir nuevas barreras artificiales.

Según la Organización Internacional para las Migraciones, durante el primer semestre de 2017 murieron más de 250 migrantes indocumentados tratando de “dar el brinco al otro lado”. Unos ahogados en su intento por cruzar a nado el río Bravo, otros presas de las temperaturas extremas del desierto de Sonora/Arizona y muchos más asesinados por los crueles “coyotes”, traficantes de personas para quienes la vida de los pobres es una mercancía desechable.

En julio de 2017 fueron noticia mundial los 10 indocumentados que murieron asfixiados en Texas y que viajaban hacinados en un camión de carga con más de 100 migrantes de diferentes nacionalidades. Del lado mexicano, en Veracruz otro remolque fue abandonado ese mismo mes con 147 centroamericanos que buscaban llegar a Estados Unidos por “el hueco”. De ellos 48 eran niños. Los coyotes los dejaron encerrados a su suerte sin agua y sin comida a más de 34ºC.

Según la conservadora estadística oficial, de los miles de migrantes que cada año tratan de llegar a Estados Unidos sin papeles en busca del “sueño americano”, mueren en el camino entre 350 y 500 personas, de las cuales el 30% son menores de edad, muchos de ellos viajando solos.

Cada año cerca de 50 millones de personas cruzan de un lado a otro de esta frontera, unos con papeles, otros con cojones. La desesperación es mucha en nuestra América Latina y el castigo por ser un pobre sin visa es la muerte.

La temida inspección secundaria.

 Este procedimiento se aplica a las personas o vehículos sospechosos de cualquier cosa, desde llevar más de lo que dicen en su equipaje, hasta terrorismo. Y ahí estaba yo en una bahía especial para vehículos vigilado por docenas de cámaras, escáneres térmicos y equipos de rayos- x listo a que me inspeccionaran.

Había pasado una media hora de estar esperando con las maletas abiertas de par en par en la bahía a la que había sido conducido por el funcionario afroamericano, cuando llegó una oficial bellísima, uniformada de azul igual que sus colegas de la caseta, pero claramente con más rango por la forma en que todos se dirigían a ella. Alta, de curvas perfectas y cabello negro divinamente anudado con una cola de caballo que se movía de lado a lado con cada paso decidido que daba hacía mí.

-“ Good morning officer”, saludé maravillado a la deslumbrante policía migratoria.

-“Vamos a ver, ¿qué pasó? ¿Por qué lo mandaron acá?”, preguntó la oficial en un español caribeño que puso mi corazón a latir más rápido de lo normal.

Con la mirada fija en sus grandes ojos negros que contrastaban perfecto con su delicada piel blanca, apenas bronceada por el sol de San Diego, le expliqué la escena de la caseta con los dos policías.

En esa media hora esperando al bello brazo de la ley que ahora con gran amabilidad me atendía, había encontrado el sello de entrada por el aeropuerto de Newark que me habían puesto en una visita previa a suelo norteamericano. Se lo mostré y me dijo que no hacía falta. Que en su sistema constaba mi entrada. Plop!

Con su dulce voz me preguntó de nuevo a que venía al país. Le conté que estaba recorriendo todo el continente americano y que iba para el Ártico, a Alaska, a probarle a mi hija que un hombre ordinario puede hacer cosas extraordinarias si se lo propone. Fue la primera vez que vi la sonrisa perfecta de este ángel uniformado.

-“¿Trae más de 10.000 dólares con usted en este momento?”.

-“ No señora”.

-“¿Trae armas o drogas ilegales que pretenda ingresar a los Estados Unidos?”

-“No señora”.

-“¿Tiene la intención de cometer actos terroristas en suelo norteamericano?”.

-“No señora”.

-“¿Cuál es su profesión u oficio?”.

-“ Soy periodista, escribo crónicas de viaje”, respondí señalando la dirección de mi página web estampada en la camiseta.

Vásquez, así se apellidaba la inspectora, ordenó que los perros olfatearan mi equipaje. Superada la prueba canina me pidió que cerrara las maletas y que la acompañara a las oficinas administrativas.

Pensaba en acompañarla hasta el fin del mundo mientras caminaba a su lado rumbo a un edificio gris de metal y cristal espejado. En cuanto cruzamos las puertas del complejo un frío aire artificial refrescó mi humanidad. Vásquez me condujo hasta el cubículo en que dos oficiales muy rubios, el gordo y el flaco, conversaban animadamente sobre motos.

-“¿La tuya es alemana o japonesa?, me preguntó el flaco.

-“Kawasaki, japonesa por supuesto. Ellos hacen las mejores motos para estos viajes”, respondí animado.

-“¡Te lo dije!”, estalló el gordo en una sonora carcajada mientras con su gran mano izquierda asestaba una sonora palmada en la humanidad de su colega, quien a su vez reconoció que se había equivocado, como quien pierde una apuesta. Habían observado todo el procedimiento a través de las cámaras de seguridad.

Revisaron mi visa, mis pasaportes y luego de pagar seis dólares de impuestos, estamparon el sello que me concedía hasta seis meses para completar mi faena hasta el Ártico y salir sin inconvenientes de territorio estadounidense. De la moto no me pidieron ni un papel.

Vásquez me acompañó hasta la moto y mientras caminábamos por el complejo me ofreció disculpas por el tiempo que me habían hecho perder asegurando que Johnson, el afroamericano, era un novato, aprendiendo a hacer su trabajo.

-“No es un problema oficial, si éstas cosas no me pasaran no tendría historias que contar”, respondí con sinceridad.

A partir de ese momento comencé a rodar por la amplias y rápidas autopistas norteamericanas. Apenas 8.000 kilómetros me separaban del campamento petrolero de Dead Horse en el Ártico alaskeño, el punto más al norte del continente al que se puede llegar en moto.

San Diego
Al salir de México y entrar a USA, las autopistas se presentan de inmediato al otro lado del muro. Rápidas y bien hechas permiten avanzar más rápido.

Lo que no sabía en ese momento es que me esperaba una de las experiencias más intensas de mi vida recorriendo la costa oeste norteamericana, conociendo gringos generosos a cada paso y ciudades y parajes alucinantes que nunca se iban a borrar de mi mente.

Para eso se viaja en moto.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. El visitante dice:

    Hola Camarada te sigo hace unos dias… fuerza con tu proyecto

    Me gusta

    1. El MotoNauta dice:

      Gracias por leerme. Un abrazo hermano!

      Me gusta

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