XXV. La Felicidad tiene nombre de mujer.

KM. 22025. Tijuana, Baja California. México.

La cadena de transmisión de Esmeralda venía sonando duro, forzada, amenazando con reventarse en cualquier momento de lo tiesa, seca y usada que venía, ya no aguantaba más tensión y el aceite lubricante de poco o nada le servía a la maltrecha pieza vital.

Y no era para menos. Al llegar a Tijuana la cadena ya tenía encima más de 30.000 kilómetros de uso, de los cuales cerca de la mitad habían sido rodados en las extremas condiciones que ofrecen las rutas de los Andes colombianos, el accidentado y salado Pacífico centroamericano y los valles, sierras y desiertos mexicanos. En general, la cadena sufría del abuso diario de un viaje en moto por el mundo.

Semanas atrás había comprado, a muy buen precio en Ciudad de México, una cadena DID japonesa que cargaba junto a otros repuestos para cambiarla cuando fuera necesario y ahora lo era. Lo que no sabía en ese momento es que el tan necesario paso por el taller iba a ser postergado varios días más.

A celebrar la vida.

Al llegar a la casa de mi buen amigo Jaime Benavidez en Tijuana, una cerveza helada me esperaba junto al correspondiente abrazo de bienvenida de toda su familia. Su esposa Vero, sus dos hijos Mati y Lio y su hermano Omar me recibieron como uno más del clan en su hogar.

A Jaime lo conocía de la época de la universidad. A comienzos de este siglo, los estudiantes de comunicación social del continente nos dábamos cita cada año en cualquier ciudad de América Latina para atender conferencias, talleres y clases magistrales en congresos académicos que casi siempre terminaban en parranda, noviazgos pasajeros y amistades de por vida.

Aunque nos mantuvimos en contacto gracias a las maravillas de la tecnología moderna como el Facebook y el Whatsapp, llevábamos años de no vernos. Sin embargo eso no impidió que el buen Jaime me celebrara el cumpleaños 40 por todo lo alto con un derroche de generosidad que solo se obsequia a los miembros más queridos de la familia cercana.

Comenzamos suave en el Sótano Suizo, el primer pub con cerveza artesanal propia de Tijuana. Luego llegó la comida, un gigantesco Mamut Dog que básicamente es un perro caliente de 50 centímetros de largo hecho con salchicha húngara picante, queso suizo, mostaza francesa, pico de gallo y cuatro chiles habaneros encima que le dan ese sabor especial a la cocina mexicana.

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Jaime luciendo los colores de la selección Colombia de fútbol mientras se acumulan las cervezas en la mesa. No se desperdició ni una gota.

 

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El famoso y muy sabroso Mamut Dog del Sótano Suizo en Tijuana.

Lo que siguió fue una serie inagotable de cervezas de la casa mezcladas alegremente con historias de viajes inolvidables protagonizadas por personajes del pasado, finamente aderezadas con tragos de tequilas bravos y uno que otro mezcalito oaxaqueño de los buenos, que los muchos amigos de mi anfitrión iban pidiendo en la medida que iban llegando al Sótano Suizo alertados de la llegada de un motociclista colombiano medio loco que estaba de paso por sus tierras.

La fiesta con baile frenético, música a todo volumen, abundante comida y ríos de tequila duró una semana entera de bar en bar, e incluyó tacos de camarón con queso y aguacate, tacos de pescado a la tempura, tacos de birria (carne de borrego o res) bien picantes, tacos con todo tipo de mariscos frescos y los deliciosos tacos al pastor, todo siempre acompañado de cerveza fresca bien helada en un clima templado inmejorable.

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De la entrada no pasé.

Por supuesto que subí de peso una vez más gracias a la cocina “BajaMed” que combina a la perfección la comida típica mexicana con la mediterránea aprovechando los variados ingredientes que se cosechan en la región.

Salto a la fama.

En medio de la celebración otro buen amigo, de esos días de viajes universitarios por nuestra América Latina, se convirtió en mi relacionista público principal. Roberto Clemente, dueño de su propia agencia de comunicaciones, me llevó a aparecer en canales de televisión, periódicos y revistas y a dar charlas en universidades contando mis historias de viajes y la motivación que me impulsaba a rodar en moto libre por el mundo.

Siempre traté de inspirar a más personas a viajar, a liberarse de la rutina y , en ultimas, a cumplir sus sueños más alucinantes. Ahora gracias a Roberto y su agencia Cuatro Comunicación, que me dieron mis 15 minutos de fama en todo el norte de México, tenía esa maravillosa oportunidad de llegar a más gente con ese mensaje que había venido construyendo a lo largo de miles de kilómetros a base de experiencias propias y  reveladoras charlas con otros viajeros:

La felicidad tiene nombre de mujer, se llama Libertad y yo la encontré rodando en moto por el mundo.

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Entrevista para Tv Azteca, uno de los canales más vistos en México.

Fueron unos días muy divertidos en los que me hicieron sentir como en casa. Aunque venido del extranjero, ya era un Tijuanense más. Uno de los responsables de mis correrías por Tijuana fue Omar Benavidez, el hermano de Jaime y ahora mi manager oficial, en cuya camioneta andaba para arriba y para abajo cumpliendo todo tipo de compromisos, mientras Esmeralda reposaba tranquila en el estacionamiento de la casa Benavidez.

Esmeralda! Tantos encuentros con los medios en las mañanas, preparación de conferencias en las tardes y parrandas en las noches, me habían hecho olvidar que Esmeralda necesitaba taller y cariño urgente.

Cambiada la cadena de la moto en el famoso taller de los hermanos Tapia en la avenida Negrete y superada la monumental resaca que me dejó la parranda, me despedí con tristeza de mis amigos, de mi nueva familia mexicana y de la ciudad fronteriza más visitada del mundo.

46 días habían pasado desde aquel 23 de abril en que había entrado a México por su frontera sur, en Chiapas, y ahora estaba haciendo la temida fila para entrar al gigante hermano rubio del norte.

En ese instante en que solo faltaba un auto para llegar a la caseta en la que enseñaría mi visa gringa para pasar al otro lado, me invadió una profunda tristeza por dejar atrás ese país maravilloso que me había dado casi todo con extrema generosidad y bondad.

Miré al sur por última vez antes de acelerar hacia el punto de control migratorio. Una bandera mexicana gigante, visible desde kilómetros de distancia, clavada en la mitad de la tierra de la Tía Juana ondeaba caprichosa al viento, dándome la despedida y al mismo tiempo invitándome a volver.

Gracias México. Si eres lindo y querido.

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Volveré.

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