XXIV. Desierto, tequila y caídas. Mis primeros 40 años.

KM. 19.585. Mazatlán, Estado de Sinaloa. México.

Desperté junto a Esmeralda todavía ebrio de tequila y cerveza en un lavadero de autos en Mazatlán, un bello puerto en el golfo de California en donde las aguas azules del Mar de Cortés se mezclan con las fuertes corrientes del océano Pacífico a lo largo de 80 kilómetros de playas perfectas que le hicieron ganar el nombre a la ciudad de “La Perla del Pacífico”.

Esa mañana cumplía 40 años de vida y la noche anterior la había pasado bebiendo con el Loko Walas y sus muy locos amigos de club de motociclistas Los Cuervos MC que me recibieron con ceviche sinaloense de la mejor calidad y un surtido inagotable de Ballenón Pacífico, una cerveza embotellada en presentación familiar de 1,2 litros para calmar la sed que produce estar a 34ºC de temperatura media en mayo.

 

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En primer plano, el Loko Walas.

 

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Ballenón en mano, solo había que empujar la moto hasta el lavadero para guardarla cruzando la calle.

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Amigos nuevos todos los días. Aquí con Los Cuervos MC que me hicieron el aguante del cumpleaños.

 

Tres días antes.

Los días previos a conocer al Loko Walas y su combo, habían sido de paz y tranquilidad en Etzatlán, Jalisco, los dominios Miguel Urista quien, además de famoso motociclista de aventura, es un reconocido odontólogo en México que cada tanto deja la tranquilidad de su hogar para subirse a su KLR 650 cargada con un consultorio móvil para irse a los pueblos más perdidos de su país y así llevarle salud a la gente que no tiene acceso a ella por lo remoto de los parajes en los que viven y por la muy marcada desidia del Estado que azota a toda nuestra América Latina.

Urista atiende gratis y por varios días a quien lo necesite y no se va de un pueblo hasta que no ha empastado la última muela, tratado el último conducto y removido la última caries de la boca de hombres, mujeres y niños sin importar nada más que la vocación de servicio que lo acompaña. Cada quien cambia el mundo a su manera y este hombre es un ejemplo.

En casa del odontólogo pasé tres días comiendo como marihuanero recién bajado de la nube voladora, arreglando un pequeño desperfecto de la moto con la ayuda Juan Sierra, motociclista, mecánico y experto “choriquesero” de Etzatlán y planeando las mejores rutas para cruzar Estados Unidos y Canadá rumbo a Alaska aprovechando que Urista conoce de memoria cada carretera, curva y paraje insólito de nuestro continente americano.

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Una buena parte del tiempo que se pasa en un gran viaje se emplea viendo mapas y planeando rutas. Aquí en Etzatlán, casa de Miguel Urista antes de partir a Mazatlán.

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Al centro don Jaime Cardenas y de naranja el doctor Urista quien recibe motociclistas de todo el mundo en su casa a cambio de amistad y una buena charla.

Una nueva despedida cargada de emoción y a rodar de nuevo. De camino a Mazatlán me deshidraté una vez más llegando a un pueblito mágico de arquitectura colonial y pescadores de camarones, ciclistas por montones y bellísimas morenas: Escuinapa de Hidalgo. Por fortuna las carreteras de Sinaloa están llenas de todo tipo de comercios en los que por un precio muy bajo se consigue agua fresca y abundante comida de buena calidad.

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La bicicleta es el medio de transporte preferido por los habitantes de Escuinapa.

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Aquí con don Pedro Infante, el motociclista más famoso de Sinaloa.

Hacía tres meses había salido de Bogotá y para el 28 de mayo, día de mi cumpleaños, esperaba estar ya en Alaska pero la belleza natural del camino que estaba recorriendo, la gente buena que estaba conociendo y las miles de historias y lugares imperdibles de los que estaba siendo testigo, inevitablemente me venían retrasando y yo, dejándome llevar siempre por lo que voy sintiendo en la ruta, me fui quedando de buena gana.

KM. 20.085. La Paz, Baja California Sur.

Un almuerzo abundante en comida de mar y mucha agua mineral me dejaron en buenas condiciones para seguir adelante. Los hermanos motociclistas de Los Cuervos me acompañaron hasta el puerto y una vez más tuve que despedirme de buenos amigos recién hechos en la ruta.

La resaca de 12 horas la pasé en el ferry de Mazatlán a La Paz en el que por azar conocí a tres motociclistas brasileros y dos bolivianos que llevaban en la cabeza la misma loca idea que yo de llegar a Alaska en moto. En ese momento no lo sabía, pero de los seis, solo tres llegaríamos a Alaska y apenas dos lograríamos alcanzar, con un mes de diferencia, la meta de llegar al campamento petrolero de Dead Horse en el Ártico norteamericano, la carretera más al norte de nuestro continente.

La travesía por el Mar de Cortés, al que el gran explorador Jacques Cousteau llamó “el acuario del mundo”,  resultó muy animada gracias a las historias que cada viajero contaba sobre su experiencia recorriendo las Américas: lugares paradisiacos por doquier, bellas mujeres en cada país, policías corruptos en todas partes, comidas abundantes en cada esquina, pinchazos en las rutas de todos los tamaños y hermandad motera a diario, fueron los comunes denominadores de cada cuento.

Llegamos a La Paz entrada la mañana del 29 de mayo en medio de un sol radiante que presagiaba una rodada tranquila. Hugo Coto y su esposa, los bolivianos, tomaron rumbo a Los Cabos, mientras yo junto a los brasileros Rudy Gatta y Ricardo Cardoso nos fuimos a buscar un restaurante donde comer un buen pescado. El tercer brasilero desapareció a alta velocidad rumbo al desierto sin despedirse. Luego del almuerzo Rudy y Ricardo siguieron camino al norte mientras yo me quedaba en la ciudad en casa de amigos.

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El ferry entre Mazatlán y La Paz cuesta 124 dólares que incluyen transporte de moto y piloto, la cena y una cómoda silla reclinable para descansar las 12 horas de travesía.

Mi buen amigo y periodista Didier Chica había hecho arreglos para que Esmeralda y yo nos quedáramos a dormir una o dos noches en casa de Mariano y Jacquelinne, su hermano y cuñada, quienes al enterarse de que recién había cumplido 40 años destaparon una botella de buen whisky que descontamos en pocas horas en medio de carcajadas de alegría.

Gracias a la generosidad de los Chica, hice de La Paz mi base de operaciones para rodar sin equipaje por la mítica Ruta 19 que lleva a Todos Santos, el pueblo costero en el que se encuentra el famoso Hotel California de la canción de The Eagles y que termina 160 kms después en el turístico Cabo San Lucas donde un policía de tránsito mexicano me perdonó una multa por estacionar la moto en lugar prohibido, para tomar una foto con el mar azul  y la playa de fondo.

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Wellcome to the Hotel California.

En esta vida viajera cada día se conoce gente maravillosa dispuesta a ayudar a cambio de amistad, por eso dejé con tristeza La Paz luego de despedirme de Mariano y Jacquelinne para enfrentarme a los siguientes 1400 kilómetros de desierto que hay hasta Tijuana, donde me estaba esperando mi gran amigo y casi hermano Jaime Benavidez para la celebración oficial de mis primeros 40 años de vida. Pero la ruta me tenía reservadas aún un par de sorpresas antes de llegar a la tierra de la Tía Juana.

Besar la arena del desierto.

Apenas 100 kilómetros adelante de La Paz, ya en pleno desierto de la Baja, me caí de la moto dos veces en un camino de arena profunda y suelta que servía  como desviación por los trabajos de mantenimiento de las carreteras que cruzan Baja California de sur a norte rumbo a Ensenada.

No me paso nada grave, pero quedé tirado en medio del desierto a casi 40ºC sin ayuda a la vista. Junto a mi pasaron dos camionetas 4×4 y un camión de carga que a pesar de verme luchando por levantar la moto en medio del calor no se detuvieron ayudarme.

Cerca de 20 minutos estuve batallando mientras empleaba todas las técnicas conocidas para poner en píe a la golpeada y pesada Esmeralda sin obtener más resultados que sudar copiosamente para deshidratarme una vez más.

Como saliendo de un espejismo en el horizonte, vi cómo se acercaba un chevy sedan rojo medio viejo a baja velocidad. Al llegar al punto en el que me encontraba, de él se bajaron una canadiense y una pareja de mexicanos. Viajeros que recorren el mundo en ese autito y que al instante reconocieron en mi a un camarada en apuros.

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Esmeralda en el suelo. Primera caída desde que salí de Bogotá, séptima en mi vida como motociclista.

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Siempre hay alguien dispuesto a ayudar. La ruta me puso en el camino de estos buenos samaritanos.

Entre los cuatro levantamos la moto y la echamos a andar, pero el caminito prometía más emoción todavía así que mis nuevos amigos se fueron rodando despacio detrás de mí en caso de que volviera a caer. Y así fue.

La arena caliente estaba muy profunda y aunque Esmeralda estaba calzada con las más finas llantas doble propósito me fui de nuevo al suelo al tratar de remontar una suave duna de arena blanca. Segundo beso al desierto en menos de dos kilómetros.

De nuevo pusimos la moto en vertical, me subí de un salto y le di un arrancón poderoso con el que logré sacarla serpenteando sobre la arena hasta alcanzar terreno más firme unos 600 metros adelante, siempre vigilado por las dos viajeras y el viajero que parecían salidos de una de las viejas películas de Mad Max, el guerrero del camino.

Esa tarde llegué hasta la pequeña ciudad de Santa Rosalía, la segunda población mexicana en tener energía eléctrica después de Ciudad de México gracias a las minas de cobre que fueron explotadas hasta la saciedad en los siglos XIX y XX.

Por apenas 12 dólares conseguí  una habitación decente en un hotel de madera construido al estilo colonial francés, como casi todo el pueblo. La gente del lugar afirma que la iglesia y la sede de gobierno local fueron diseñadas por Gustavo Eiffel cuya obra más célebre es la torre en París que lleva su apellido.

Luego de una noche tranquila arrullado por el lejano sonido de la olas al romper contra la escollera que protege el muelle sobre el Mar de Cortés, retomé la ruta del desierto rumbo a Ensenada. Advertido vía whatsapp por Rudy y Ricardo de la escasez de gasolina en la ruta, los brasileros que ya me llevaban tres  días de ventaja,  traté de conseguir infructuosamente un bidón en el cual transportar un par de galones extra para no quedarme varado en la mitad de la nada.

Al salir de la población de Guerrero Negro, 220 kilómetros después de Santa Rosalía y unos 610 kilómetros antes de Ensenada, un cartel escrito a mano en un trozo de madera confirmaba la advertencia de Ruddy: “Próxima gasolinera a 400 kms”. Sin alternativas tuve que recurrir al ingenio viajero.

En el minisúper de la última estación de gasolina conseguí dos bidones de agua de tres litros cada uno que llené hasta poco antes del tope con combustible regular. Con cuidado los até sobre la maleta que va en el asiento del pasajero de Esmeralda y salí como alma que lleva el diablo a internarme en el desierto solitario.

Aunque los contenedores improvisados se inflaron un poco, resistieron bien el calor abrasador y mis contantes maniobras para esquivar los tremendos hoyos en el asfalto que me acompañaron todo el camino. El depósito de Esmeralda se llena con 19,5 litros de combustible que duran aproximadamente 350 a 380 kilómetros dependiendo de las condiciones de manejo. Mejor prevenir y no quedar tirado por ahí a que me coman los coyotes.

KM. 21.905. Ensenada, Baja California.

Llegué a Ensenada con el sol en la cara casi a las 7 de la tarde (en junio oscurece pasadas las 8:00pm en esa parte del planeta), en medio de un tráfico infernal en el que por poco choco tres veces, dos de la cuales contra la misma camioneta Tacoma negra que cada vez que podía me adelantaba en tramos prohibidos cerrándome el paso en su corrida como si quisiera echar unas carreritas conmigo.

No sé si el conductor de la Tacoma me oyó pero a la segunda embestida le solté una serie irrepetible de groserías de alto calibre con ese acento de ñero colombiano que tan bien se me da y que tanto miedo mete en la series de narcos que inundan la televisión mundial.

¿Recuerdan a Carlos Mac, el argentino pelionero que conocí en Panamá y con quien crucé Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador? Su meta era llegar a la Baja 500, una dura carrera de rally internacional que atrae fanáticos de los autos de todo el mundo, pues Mac lo había logrado.

Nos mantuvimos en contacto todo el camino y ahora me esperaba en un hotel de la ciudad en el que dormí casi 14 horas seguidas, agotado por los 850 kilómetros de desierto que recorrí ese día al rayo de un sol inclemente y a través de paisajes alucinantes que se grabaron en mi mente por su belleza desbordante y salvaje.

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40ºC a la sombra. Con el detallito de que no hay sombra.

Menos de 100 kilómetros me separaban de Tijuana y su famosa frontera con Estados Unidos, así que los recorrí al día siguiente muy despacio por la vía panorámica para llegar hasta el hogar de mi amigo Jaime. En ese momento no lo sabía pero me esperaba una semana de fiestas, comida y bebida antes de estrellarme contra el muro que divide las dos naciones y que por poco no me dejan cruzar.

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