XXII. Las balas corren más rápido que las motos.

-“¡Alto!”, gritó el encapuchado apuntándome directamente al corazón con su fusil de asalto. Acaté la orden de inmediato, las balas corren más rápido que las motos.

De la caseta de pago fueron saliendo más encapuchados, cada uno con un arma más grande que el anterior y aunque solo podía verles los ojos, en su mirada adivinaba que estaban tan sorprendidos como yo con la tensa situación.

KM. 17428. Huatulco, Oaxaca. Cuatro días antes.

Llegué con Beto y Gabriel a Huatulco en medio de una mañana soleada. La brisa del Pacífico nos saludó refrescante mientras el bello paisaje de sus bahías nos daba la bienvenida a un paraíso de aguas verdes y azules rodeado de elevados acantilados y montañitas desbordantes de todos los tonos de verde que tiene la naturaleza salvaje.

Nos instalamos en un hotel muy cómodo, que pagado entre los tres salió a buen precio, y salimos en las motos a recorrer playas, montañas y cuanto atractivo turístico tiene la ciudad para ofrecer y la verdad son muchos.

Esa noche, mientras cenábamos tamales oaxaqueños en un puesto de la calle, junto a mí se sentó una delgada morena preciosa de ojos color café colombiano recién tostado y sonrisa encantadora.

Su brazo izquierdo enyesado y un bello acento, muy distinto al de todos los mexicanos que había oído antes, combinaban a la perfección con su blusa blanca. Dos botones caprichosos desabrochados presentaban un escote profundo que alegró de inmediato la vista del viajero.

Con la seguridad de quien sabe lo que hace, ella pidió un tamal de chile en rajas con queso, el único que yo no había probado por temor al famoso picante mexicano presente en casi todas las comidas del país. Yo iba por mi tercer tamal de mole, una delicia envuelta en hojas de plátano hervidas, pero eso no me impidió probar el de la recién llegada.

-“¿Pica mucho?”, pregunté conociendo de antemano la respuesta. Ningún mexicano admitirá que su deliciosa comida es muy picante porque acostumbran a comer cantidades alarmantes de chile picoso hasta con los dulces destinados a los niños.

-“No tanto. Prueba, está delicioso”,  respondió la bella morena tomando un poco de su tamal en el tenedor de plástico para ofrecérmelo. La miré a los ojos y comí esperando sentir fuego en mi boca y aunque picaba un poco no mintió, estaba delicioso.

De Sinaloa. Su bello acento era de Sinaloa.

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Una de las nueve bahías de Huatulco, al fondo un crucero llenito de gringos.

Las despedidas.

Temprano en la mañana del día siguiente desayunamos en el mercado local y luego comenzamos a recorrer los 110 kilómetros que nos separaban de Puerto Escondido, el lugar hasta el que Gabriel nos acompañaría y desde donde regresaría a Tuxtla.

Con lo que no contábamos era que a menos de 50 kilómetros de Huatulco se nos atravesaría Zipolite, la famosa playa nudista oaxaqueña también conocida como “la playa del amor”.

Paramos por curiosidad a darle un vistazo al lugar para luego seguir adelante y terminar almorzando deliciosos frutos del mar recién pescados, acompañados con cerveza Modelo helada. Entre cerveza y cerveza el día se fue acabando y con él se nos fueron las ganas de rodar. Total, no hay prisa.

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Zipolite, también conocida como la playa del amor, nos gustó tanto que decidimos quedarnos a disfrutar de la noche.

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Ya lo dice el viejo y conocido refrán: “A donde fueres…”

Amanecimos en una cabaña muy cómoda con hamacas a orillas del mar en la Posada México, disfrutamos de un rico desayuno y partimos, pero cada uno por su lado. La noche anterior en medio de cervezas y buena música en vivo, Gabriel nos informó que ya debía regresar a Tuxtla a atender su negocio, Beto había decidido ir a conocer Oaxaca de Juárez, capital del estado, y yo seguiría rumbo a Acapulco con un breve paso por Puerto Escondido.

Entre las cosas más difíciles de la vida nómada están las despedidas. Cada semana se conoce gente maravillosa de la que es inevitable tener que despedirse de manera abrupta. Ese día nos despedimos con un nudo en la garganta pero con la seguridad de que en la ruta nos volveríamos a encontrar.

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Listo para rodar en medio del calor.

KM. 17678. San Agustín Chayuco, Oaxaca.

En México existe la posibilidad de evitar las costosas autopistas de pago y circular por las llamadas “libres”, que en general están en regular estado y llenas de topes reductores de velocidad que hacen lento el circular por ellas.

De Zipolite a Acapulco rodé por la libre sin mayores contratiempos pero decidí descomponer el viaje, de menos de 600 kilómetros, en dos tramos para evitar manejar de noche en el estado de Guerrero que hoy sufre los embates de la violencia de más de cinco organizaciones de narcotraficantes que se disputan a bala el control de su territorio.

Una vez más el chat de ayuda al Motoviajero me proporcionó un hermoso lugar para pasar la noche. Contactada por sus hermanas las Mujeres Bikers Unidas de México, llegó Marissol Merino para guiarme hasta el pueblo de San Agustín Chayuco, con tan buena suerte que esa noche se celebraban las ferias y fiestas del su santo patrón con mucha comida típica, abundante mezcal del bueno, bandas en vivo, desfile de reinas en trajes tradicionales y fuegos artificiales para cerrar la fiesta que cada año junta a indígenas Ñuu Saví (Pueblo de la Lluvia), o Mixtecos y colonos de 80 kilómetros a la redonda.

En medio de la fiesta los hombres llevan en hombros un torito decorado y cargado de varios kilos de pólvora que estalla incesantemente en honor a San Agustín. Animado por el ambiente festivo y el mezcal, yo también cargué mi torito en medio de la plaza, comí y bebí como local y regresé a casa con los padres de Marissol en el platón de una camioneta de estacas, ya pasada la media noche.

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Estas corridas de toros si me gustan. El único animal que sufre es el que carga el toro.

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Bailes típicos, mezcal y buena comida en las fiestas de San Agustín.

Fue una experiencia única estar en el México que no aparece en las guías de viaje y un perfecto recordatorio de que para ver lugares así es que viajo en moto por el mundo.

KM. 18028. Acapulco, estado de Guerrero.

Los 400 kilómetros que me faltaban para llegar a Acapulco los hice bastante rápido por una carretera que a pesar de ser de las libres se hallaba en muy buen estado. Ya en la tarde descansaba tranquilo en casa de una colega periodista a quien contacté a través de la aplicación CouchSurfing, que uso poco en este viaje gracias a la hermandad motera pero que ha probado ser bastante efectiva a la hora de necesitarla.

Luego del paseo de rigor a las playas que de niño veía en el programa número uno de la televisión humorística (El Chavo del 8), subí hasta La Quebrada, el acantilado de 45 metros de altura, para ver el espectáculo  en el que valientes nadadores se arrojan al agua helada del Pacífico sin dudarlo a cambio del aplauso del público y una merecida propina.

A la mañana siguiente decidí rodar por las autopistas de pago para evitar inconvenientes con la delincuencia en lo que me faltaba del estado de Guerrero rumbo a Ciudad de México. En teoría serían de 3 a 4 horas de rápidas autopistas y no más de 35 dólares en peajes. Pero no fue así.

Los encapuchados en la carretera.

Al salir de Acapulco y tomar la ruta 95D el tráfico prácticamente desapareció. Pagué los 76 pesos del primer peaje y avancé por una carretera de asfalto perfecto por unos 60 kilómetros hasta que apareció la caseta de pago de Tierra Colorada.

-“Más plata”, pensé sin darme cuenta que no había filas y que solo yo estaba rodando hacia el peaje. No había camiones, autos u otras motocicletas a pesar de que algunos vehículos me habían adelantado kilómetros atrás.

-“¡Alto!”, gritó un encapuchado que salió de un momento a otro del cubículo de cobro apuntándome directamente al corazón con su fusil de asalto. Acaté la orden de inmediato, las balas corren más rápido que las motos.

De las casetas fueron saliendo más encapuchados, cada uno con un arma más grande que el anterior y todos con pistola al cinto. Aunque solo podía ver sus ojos, en su mirada adivinaba que estaban sorprendidos de ver a una moto tan cargada de maletas y a un tipo tan raro pilotándola.

Tan pronto como pude me quité el casco y apagué la moto para que el hombre que me apuntaba no cometiera el error de pensar que yo quería huir. Sin bajarme de la moto saludé con una sonrisa nerviosa, igual que cuando me para la policía.

-“Buenos días señores”, dije sin esperar respuesta.

-“Buenos días joven”, respondió el encapuchado de manera respetuosa. “¿De dónde viene?, preguntó en seguida sin perderme de vista a través de la mira de su fusil.

-“Desde Colombia en esta moto”, dije intentando una sonrisa que no me salía. Para ese momento cuatro hombres más me rodeaban y otros seis permanecían atentos a prudente distancia.

-“¡En moto desde Colombia! Eso está muy lejos”, exclamó un nuevo hombre que no había visto hasta ese momento y que llegó desde atrás mejor armado y con cara de ser el jefe.

Sin capucha, mostraba su cara con una espesa barba rubia. Llevaba puestos gorra y chaleco negros, lentes de sol, botas militares y pantalón de muchos bolsillos sujetado por un cinturón táctico del que colgaban un radio de comunicaciones, un celular y una pistola en su funda.

 

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Autopista del Sol, Acapulco/CDMX, minutos antes de encontrarme con los encapuchados.

-“¿Ya vio la placa de la moto?, le pregunté al jefe para que corroborara que era verdad lo que yo decía.

-“¡Ya la vi! ¡Que chingón!” soltó el barbón al tiempo que bajaba su arma y me daba una palmada de aprobación en el hombro, gesto que sirvió para que los demás dejaran de apuntarme.

Lo que siguió fue una alucinante conversación con preguntas sobre los kilómetros que había recorrido en la moto, cuánto me costaba el viaje, cómo estaban las carreteras, qué país me gustaba más hasta ahora y la mejor de todas: “¿No ha tenido problemas de seguridad en el camino?”

Le conté de cuando me robaron la cámara en Costa Rica y del incidente de la Chamarra perdida en Guatemala, siempre sentado en la moto sin atreverme a desmontar porque hasta ese momento ese era el primer problema de seguridad que tenía en el viaje.

-“¿Puedo seguir o me devuelvo?”, me aventuré a preguntar en medio de la animada charla.

-“Deja ver”, respondió el jefe alejándose hacia la caseta para hablar en privado por el radio. Menos de dos minutos después regresó igual de jovial que como se fue por lo que me atreví a preguntarle quiénes eran y qué pasaba allí.

-“Somos el pueblo parce”, dijo tratando de imitar el “acento colombiano” que aprendió en las series de narcos que inundan la televisión mundial. No pregunté más.

-“Sigue derecho por la de cuota hasta la caseta de Chilpancingo, no te vayas a salir eh…”, me instruyó tuteando en voz baja el líder de los encapuchados.

-“Ábranle muchachos, está todo bien. ¡Órale, órale!”, urgió el jefe a sus hombres.

Despacito me puse el casco y los guantes, prendí la moto y me despedí del jefe con un amplio ademán de adiós de mi brazo derecho para evitar malentendidos con sus subalternos.

Puse primera y aceleré sin afán tan pronto terminó de levantarse la talanquera. Los siguientes 60 kilómetros hasta Chilpancingo los recorrí completamente solo, no había un alma en el camino.

Al llegar al peaje un retén oficial de la policía federal me detuvo, les conté de mi incidente con los encapuchados a lo que solo respondieron que tuve mucha suerte.

-“¿Sabe quiénes son oficial?”, pregunté intrigado.

El policía negó con la cabeza y me ordenó salir de la autopista un par de kilómetros adelante y seguir la fila de autos por la ruta libre 93 que lleva a Tlapa y de ahí a Cuernavaca porque, según la policía, el resto de la ruta estaba cortada por más encapuchados desconocidos.

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Acapulco de noche. A pesar del susto, México sigue siendo lindo y querido.

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