XXI. México, a medio camino entre lo real y lo mágico.

KM. 16509. Ciudad Cuauhtémoc, frontera Guatemala/México.

Un televisor gris de los viejos dominaba la esquina superior derecha del puesto de migraciones mexicano en Ciudad Cuauhtémoc, Chiapas. En su pantalla abombada se podía ver a El Santo, luchador enmascarado ícono de la cultura mexicana del siglo XX, peleando contra las momias de Guanajuato en una película de los años 70.

-“Estas momias son indestructibles, ¡huyan!”, gritaba el luchador mientras repartía golpes a diestra y siniestra en una de las 50 películas que lo hicieron famoso en todo el mundo como “El Enmascarado de Plata”.

Llegué muy temprano a la frontera y era el primer extranjero en querer entrar a México en moto ese domingo soleado. El funcionario regordete que debía sellar mi pasaporte estaba dormitando sobre su escritorio y junto a él un hombre joven, al parecer su asistente, no despegaba la vista de la película de acción en technicolor.

-“Buenos días”, dije en voz baja para no despertar al gordito.

-“¿Entra o sale?”, preguntó el asistente casi susurrando.

-“Entro”, dije en voz baja mientras el jefe se acomodaba en la silla en medio de sus sueños burocráticos.

El joven de inmediato me entregó los formularios de rigor que procedí a llenar para legalizar mi entrada.

-“¿Será que lo despertamos?” pregunté sin saber que hacer mientras el asistente recibía mi documentación junto a los formularios y las 1000 fotocopias de siempre.

-“El señor que va entrando”, exclamó el joven mientras ponía suavemente su mano izquierda sobre el hombro derecho del viejo para despertarlo a trabajar.

Sobresaltado, el hombre agarró mi pasaporte todavía medio dormido y en un acto reflejo lo abrió y estampó un sonoro sello de entrada en cualquier página sin siquiera mirar y se quedó ahí, inmóvil con el sello en la mano, mirando mi pasaporte como quien ve una foto de la vieja casa familiar, llena de recuerdos, a la que nunca más volvió.

Durante cinco segundos, que parecieron eternos, los tres nos quedamos en silencio viendo el sello en la página 18 de mi pasaporte. Sin mediar palabra el gordo funcionario salió de su sopor para teclear unos datos en su computadora, verificar la validez de mi documento de viaje y devolvérmelo con un gesto de hastío en su cara.

-“Bienvenido a México señor”, dijo el joven con una sonrisa en el rostro, mientras su jefe lo miraba con mala cara.

-“¡Santo no me dejes!”, gritaba una mujer de cabello muy negro y largo en la TV mientras corría en tacones tras el Enmascarado de Plata que no paraba de golpear momias a su paso.

KM. 16608. Comitán de Domínguez, Chiapas.

Justo al lado de la oficina de migraciones están las de aduanas y Banco del Ejercito, en donde se hacen los pagos más elevados que haya visto en frontera alguna: 400 dólares de depósito por entrar en mi propia moto, reembolsables al salir del país; 55 dólares de impuesto de rodamiento de la moto y 30 más por el piloto.

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485 dólares se pagan para pasar esta frontera en moto.

 

Aflojado el dinero fui libre de internarme en territorio mexicano y rodar hasta Comitán, menos de 100 kilómetros al norte de la frontera, donde Beto me esperaba en casa de los motociclistas Byron y Alexis Guerra, padre e hijo, dispuestos a dar refugio a los viajeros que se aventuran en moto por sus tierras.

La casa de los Guerra es una especie de santuario para los motociclistas de todas las cilindradas en el que se pueden hacer reparaciones de todo tipo de ser necesario, descansar tranquilo para recargar energías perdidas, comer tacos caseros y recalcular las rutas dependiendo del destino elegido.

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La casa de los Guerra en Comitán recibe motociclistas de todo el mundo a cambio de amistad.

Por este lugar han pasado europeos de todas las nacionalidades, argentinos locos en motos de baja cilindrada, artistas brasileros, centroamericanos en gigantescas motos chopper y un par de colombianos a los que ahora yo me sumaba.

KM. 16868. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

A la mañana siguiente y luego de un desayuno abundante, salimos de Comitán rumbo a Tuxtla, capital del estado de Chiapas, donde nos esperaba Gabriel Gómez un abogado/motociclista a quien también le gustan los viajes de aventura y quien nos iba a acompañar unos kilómetros para mostrarnos las bellezas de su Estado.

Unos 20 minutos antes de Tuxtla, Beto y yo paramos a tomar algunas fotos de la naturaleza desbordante que rodea a Chiapas y por pura casualidad, junto al río Grande, nos encontramos a tres motociclistas que recién habían pasado la frontera con Guatemala por “el hueco”, de ida y vuelta, sin pasaporte ni papeles de las motos.

Las zonas de frontera en Centroamérica están invadidas por un denso comercio de todo tipo de productos de imitación que van desde las camisetas oficiales de los equipos de fútbol español de moda, hasta Rolex de oro que deslumbran al pasar. Por supuesto hay televisores Clony y celulares marca Sungsam que se venden junto a mercados de calzones multicolores, frutas y verduras, puestos de artesanías y una que otra cervecita helada para el calor.

Una frontera así cuenta además con una serie de pasadizos, callejones y senderos ocultos que permiten a los viajeros indocumentados circular de lado a lado pagando la correspondiente suma de dinero al bandido de turno, o por lo menos eso fue lo que narraron nuestros nuevos amigos a la orilla del río.

Luego de intercambiar impresiones sobre la ruta seguimos camino a Tuxtla donde, ya instalados en casa de Gabriel, trazamos un plan que en los días siguientes nos llevaría a conocer el majestuoso Cañón de la Venta y las cascadas de El Aguacero, maravillas naturales de la región.

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Una ducha refrescante en la cascada El Aguacero en el Cañón de la Venta. Chiapas, México.

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Chiapas es sinónimo de belleza natural. Parte baja del Cañón de la Venta.

La moto de Gabriel, una KLR 650, estaba en el taller esperando un kit de arrastre y suspensión nuevos, lo que nos hizo descansar un par de días mientras estaba lista para seguir avanzando rumbo a Puerto Escondido en Oaxaca a unos 600 kilómetros de la capital de Chiapas.

La Ventosa.

Con la KLR 650 como nueva retomamos el camino, ahora con la guía experta de Gabriel en la delantera. Sobre el istmo de Tehuantepec, casi a mitad de camino, apareció el parque eólico conocido como La Ventosa que, como su nombre lo indica, es una zona azotada por vientos que superan los 120 kilómetros por hora y permiten dar energía limpia a más de 700.000 hogares mexicanos.

El viento por lo general voltea pesados camiones de carga, pero con nosotros estuvo indulgente y nos dejó pasar sin mayores contratiempos por una ruta rodeada de aerogeneradores de más de 80 metros de alto con aspas de hasta 35 metros de largo que dominan el paisaje de esa parte de Oaxaca.

Confiados en que llegaríamos a Huatulco esa misma tarde apretamos el acelerador por la costosa autopista de pago y rodamos tranquilos hasta que, siete kilómetros antes de Salina Cruz, comencé a sentir como Esmeralda se bamboleaba de lado a lado y se hacía difícil de controlar.

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Pinchado en medio de la noche oscura. Pero mis amigos ya venían al rescate.

De inmediato reduje la velocidad hasta lograr controlar la moto para estacionarla a la orilla del camino. Al inspeccionar la máquina me di cuenta que la llanta trasera estaba perdiendo el aire rápidamente y que debía tratar de repararla yo mismo. Al salir de la última estación de gasolina pasamos sobre un terreno en construcción en el que había grava suelta y pedazos grandes de metal. Tal vez ahí se picó la llanta.

Mis compañeros de ruta iban adelante y no pudieron ver que me detuve así que estaba solo en medio de un paraje solitario y muy poco transitado a esa hora. En menos de media hora el sol se ocultó dando paso a una noche cerrada, pero por fortuna una línea de señal celular me permitió enviarle un mensaje a Gabriel con mi ubicación.

10 minutos después Beto y Gabriel llegaron en mi auxilio y aunque pidieron apoyo del personal que trabaja para el concesionario que mantiene la carretera, la ayuda nunca llegó así que procedimos a reparar el pinchazo con aire comprimido en lata y chicotes de goma que metimos a presión.

El arreglo temporal duró justo lo necesario para llegar a una vulcanizadora en Salina Cruz donde tuvimos que sacar la rueda nosotros mismos porque el llantero solo parchaba ruedas de auto y no sabía sacar la de una moto. Fue ahí donde descubrimos que la llanta no solo tenía un piquete sino que además estaba cortada en tres secciones diferentes, como si la hubieran tajado con una navaja muy filosa.

La única alternativa viable para repararla fue poner una cámara inflable dentro de la llanta que por pura casualidad Beto llevaba como repuesto para su moto en caso de emergencia. Ya era muy tarde y la oscuridad y el calor intenso nos hicieron abandonar la idea de llegar a Huatulco ese día.

Decidimos dormir en un hotelito junto a la terminal de autobuses del pueblo para salir muy temprano rumbo al paraíso de las playas del Pacífico oaxaqueño, incluyendo las nueve bahías de Huatulco y Mazunte, la playa de surfistas; el famoso Puerto Escondido y Zipolite, la playa nudista más célebre de México.

En ese momento no lo sabía pero muy pronto caería en un retén de presuntos paramilitares al servicio del narcotráfico que, encapuchados y armados hasta los dientes, se habían tomado a la fuerza un tramo de la carretera entre Acapulco y Ciudad de México por el que yo rodaba desprevenido.

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