XX. Los buenos somos más.

KM. 15319. San Miguel, El Salvador.

Luego de solucionar el mal entendido que nos tuvo como sospechosos de actividades ilícitas por más de cuatro horas en la aduana de El Amatillo en El Salvador, siempre custodiados por un guardia de seguridad con cara de adolescente y un poderoso fusil de asalto en sus brazos que acariciaba como si fuera su hijo recién nacido, avanzamos de nuevo pero esta vez en medio de la noche.

En el mundo hay gente mala, pero estoy convencido de que los buenos somos más. Los amigos del chat de ayuda al motoviajero estuvieron pendientes todo el tiempo de nosotros y uno de ellos nos ofreció apoyo en Santa Rosa de Lima a 20 kilómetros de la frontera.

Jimmy, el colega motociclista de seguro nos vio cara de náufrago recién aparecido luego de pasar meses a la deriva comiendo algas y tomando agua salada porque de inmediato nos ofreció agua y comida abundantes y un techo seguro bajo el cual dormir cómodamente, con ducha y estacionamiento suficiente para las tres motos.

Al día siguiente rodamos los pocos kilómetros que nos faltaban hasta San Miguel para encontrarnos con Wilson Rivas, Julio Portillo y sus amigos quienes nos esperaban en sus poderosas BMW para guiarnos a la casa de playa de Wilson frente al Golfo de Fonseca en el Pacífico salvadoreño.

Yo no sé nadar así que aproveché las tranquilas aguas del golfo para tomar mis primeras lecciones, creo que no me fue mal, pero todavía me da miedo aventurarme en ríos cañadas o lagunas, del mar ni hablar.

DSC_1246

Golfo de Fonseca, El Salvador.

Al día siguiente, luego de una buena cena compuesta de una amplia variedad de frutos del mar y cerveza cortesía de nuestros nuevos amigos, seguimos camino rumbo a La Libertad, cuartel general de los Piratas de El Salvador, quienes en medio de la parranda en Nicaragua dejaron olvidado el cucharón ceremonial de servir el ron. Yo lo había recuperado y ahora lo cargaba como un tesoro en mi moto para devolverlo a sus legítimos dueños.

Las playas del Pacífico son bellísimas y cuesta mucho avanzar porque en todas me quiero quedar a vivir. Ese día en particular tardé de más en cargar la moto de nuevo por estar tomando fotos del paisaje y Carlos, el argentino, tenía la urgencia de encontrar un Western Union del cual retirar una remesa que le habían enviado de su patria y que le serviría para rodar hasta México.

-“Che, los espero a la entrada del pueblo así salimos juntos”, dijo Mac y arrancó a buscar su dinero.

Beto y yo salimos 15 minutos después a esperar al argentino a la entrada del pueblo y por desordenados no logramos encontrarnos para rodar hasta el siguiente punto del itinerario. Ya en La Libertad conseguimos un hilito de señal y logramos comunicarnos con Mac quien, como novedad, estaba furioso.

Una nueva frontera.

Beto decidió seguir avanzando hacia Guatemala para recuperar algo del tiempo perdido en la carretera infernal de Honduras y en la aduana eterna de El Amatillo, mientras yo me fui a la casa de Mike Moreira, el presidente Pirata, a devolver el cucharón.

Lo que no sabía, aunque si lo intuía, es que me esperaban con cerveza, ron y pupusas (tortillas gruesas de maíz hechas a mano y que se rellenan de cualquier delicia comestible), en una casa rodeada de motos y montañas.

Carlos Mac llegó al cuartel general de los Piratas dos horas después que yo y al día siguiente rodamos juntos hasta el paso de la Hachadura, frontera con Guatemala a 150 kilómetros de La Libertad, por una ruta que va pegada al Pacífico y que atraviesa las entrañas de las montañas gracias a cinco túneles que agilizan el paso por el litoral y sus muchas curvas

Ya acostumbrado a la burocracia fronteriza me sorprendió lo ágil que fue este paso en particular, el trato amable de los funcionarios a ambos lados de la frontera y la buena comida casera que encontramos frente al puesto de aduana y que nos sirvió de almuerzo.

En este punto Mac y yo nos despedimos. Yo seguí hacia Antigua a encontrarme con Beto que me esperaba en un hostel/mansión colonial de 12 dólares la noche lleno de mochileros europeos, mientras Carlos seguía su camino rumbo a México, su objetivo: llegar a la Baja 500, un exigente rally que se realiza en el desierto de la Baja California cada año.

Nunca he usado GPS en mis viajes, voy preguntando y fijándome en las señales que muestran el camino a seguir, pero esta vez me perdí y por tomar mal algún desvío o girar donde no debía, llegué a la ciudad capital de Guatemala y me costó un poco salir de su endemoniado tráfico. Llegué a Antigua, mi destino original, al final de la tarde.

DSC_1257

KM. 15919. Antigua, Guatemala.

DSC_1260

Salsa en vivo y cerveza en Antigua, una ciudad que vale la pena visitar.

Ya instalado en el hostel salí con el mexicano a comer y a bailar salsa con las turistas europeas, que abundan en estas ciudades coloniales, en un bar local que tiene música en vivo todos los días de la semana. Apenas dos cervecitas y a dormir temprano.

Dos volcanes dominan la escena en Antigua, el de Agua y el muy activo Acatenango, también conocido como el volcán de fuego. A la mañana siguiente el de fuego lanzó humo y ceniza en estallidos como truenos que meten miedo pero que para los locales son de lo más normal del mundo.

DSC_1269

Atrás del volcán Acatenango ruge en medio de una mañana tranquila.

KM. 15929. Hobbitenango.

Luego de un desayuno frugal Beto y yo nos encaminamos a Hobbitenango, un pueblito de ensueño, construido en lo alto de una montaña a 10 kilómetros de Antigua, cuyas casas hechas de botellas de plástico y materiales reciclados evocan el pueblo de los Hobbits de la famosa saga de El Señor de los Anillos.

En el último kilómetro, justo antes de llegar al pueblo/hotel boutique/restaurante, varios carteles advierten que más allá de ese punto solo vehículos con tracción a cuatro ruedas puede subir a disfrutar de las impresionantes vistas del valle de Panchoy y de los cercanos  volcanes.

Consciente de no llevar llantas off road, igual me aventuré por el estrecho camino de grava y tierra suelta que sube en una pendiente que supera ampliamente los 15º . Yo me fui adelante mientras Beto esperaba en caso de que me cayera. Superada la mitad de la cuesta esperé a Beto quien subió zigzagueando los primeros 500 metros.

Ambos estuvimos a punto de caer varias veces pero logramos controlar nuestras pesadas maquinas, cargadas de maletas, hasta la entrada de Hobbitenango un lugar que además de mágico, funciona completamente con energía solar y eólica y no está conectado a ninguna red local.

Luego de una larga parada a contemplar la naturaleza desde las alturas y un excelente almuerzo, bajamos al borde del abismo en primera y siempre a punto de caer, pero no. Ya una vez había perdido los frenos por usarlos en exceso en un viaje que hice con mi hija Catalina al cañón del Chicamocha en Colombia. Esta vez bajé frenando con el motor y todo salió bien.

DSC_1273

La tranquilidad de estar en las montañas desconectado del mundo se logra aquí.

Todavía nos esperaban 150 kilómetros hasta el lago Atitlán por una ruta de paisajes alucinantes, atravesando ríos y montañas, lo que no sabíamos es que esa carretera estaba prácticamente destruida por el paso constante de camiones cargados con arena de las canteras cercanas y que subía y bajaba en curvas casi imposibles llenas de mucha tierra suelta que cada tanto nos hacía patinar. Lo de Hobbitenango había sido un juego de calentamiento nada más.

Al llegar al lago de 18 kilómetros de longitud, un imponente paisaje hace que las penurias del camino se olviden muy rápido.  Tres volcanes rodean el cuerpo de agua lo que hace aún más impresionante la vista: el Atitlán, el Tolimán y el San Pedro, todos de más de 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.

DSC_1287

Atardecer junto al Lago Atitlán.

DSC_1294

El hogar del viajero.

Los bandidos de siempre.

Conseguimos que nos permitieran acampar en una construcción en la marina frente al lago, pero mientras estábamos armando las carpas la chaqueta de protección de Beto desapareció. Con nosotros solo estaban dos operarios de unas máquinas de coser lona con las que arman fundas de protección gigantes para botes igual de grandes y el administrador de la marina.

Buscamos por todas partes y no logramos encontrar la chaqueta o chamarra, como se le conoce a esta prenda vital del traje del motociclista de aventura, que no solo protege de la lluvia y el frío sino que además, en caso de una caída, cuenta con protecciones en la espalda, hombros y brazos que minimizan el impacto sobre la humanidad del piloto y muchas veces salvan su vida.

La noche cayó y con la luz de una linterna escribimos carteles en hojas de cuaderno en los que se describía el artículo perdido y se anunciaba una recompensa en dólares a quien la devolviera. El número celular de Beto y una frase que decía “la necesito para volver a casa”, remataban los cartelitos que pegamos con cinta gruesa en postes y paredes del pequeño poblado de Panajachel a orillas del lago.

Al día siguiente desarmamos las carpas, cargamos de nuevo las motos e hicimos un último intento infructuoso por recuperar la chaqueta tratando de convencer al administrador del lugar de que nos dijera si había visto algo o que nos dejara ver las cámaras de seguridad del lugar. Pero nada.

Aunque cabía la posibilidad de que la prenda hubiera caído accidentalmente de la moto, ya que Beto se la quitó antes de entrar a la marina y la puso sobre la moto, la sospecha principal recaía sobre el administrador, ya que los dos muchachos trabajadores no se apartaron un segundo de su labor de coser lonas.

Tomamos rumbo hacia Quetzaltenango donde nos esperaba una suculenta carne a la parrilla, cortesía de nuestros amigos motociclistas de La Parrilla 09, resignados a perder la chamarra. Ya habíamos avanzado unos 15 kilómetros cuando de pronto comenzó a sonar el celular de Beto de manera insistente.

Al otro lado de  la línea una voz de mujer anunciaba que había encontrado la prenda tirada en la calle y que al ver el cartelito de la recompensa decidió llamar para devolverla. Beto se devolvió a la marina como un rayo. Al llegar una niña, con marcados rasgos indígenas  y de no más de 12 años, lo esperaba con la chamarra metida en un saco de papas que le entregó al mexicano previo pago de la anunciada gratificación. Sigo pensando que fue el de la marina, pero eso es algo que tampoco podré probar jamás.

Ya en Quetzaltenango almorzamos como reyes y luego de un breve paseo por la ciudad, seguimos camino hacia la frontera con México que ya estaba a menos de 250 kilómetros minados de cientos de reductores de velocidad, topes o túmulos hechos de cemento y construidos de lado a lado de la carretera para prevenir accidentes.

DSC_1304

Buses escolares norteamericanos repotenciados, ruedan a toda velocidad por las calles y autopistas guatemaltecas cargados de pasajeros.

DSC_1306

También hay que hacer turismo. Quetzaltenango, Guatemala.

DSC_1308

La mejor carne de Guatemala está aquí. Motociclistas del mundo, bienvenidos.

Menos de la mitad de ellos están señalizados y aparecen sin previo aviso lo que hace que rodar por esta carretera sea un verdadero martirio para la suspensión de la moto, aún a baja velocidad. Según la prensa guatemalteca, este pequeño país tiene más de 3800 túmulos dispersos en sus carreteras, la mayoría de ellos en las rutas que conducen del centro a hacia la frontera con México.

KM. 16509. Ciudad Cuauhtémoc, frontera Guatemala/México.

Luego de la carrera de obstáculos y de sortear docenas de viejos buses escolares gringos, adaptados a bus de pasajeros, que corren a altas velocidades por los estrechos caminos que llevan a la tierra del tequila y el chile picante, llegamos al paso fronterizo.

Hecho el trámite de salida del lado guatemalteco nos dirigimos al lado mexicano a hacer la entrada correspondiente. Beto volvía a su país después de 3 meses en una ruta que lo llevó en moto hasta Venezuela y de regreso.

Por ser mexicano y su moto estar matriculada en el país no tuvo problemas para entrar, por el contrario yo tenía que esperar al día siguiente ya que la oficina de aduanas y el banco en el que hay que pagar un depósito de 400 dólares por la moto estaban cerrados. Era sábado, no sabía que era sábado.

Me quedé a dormir en un hotelito de frontera bastante decente mientras Beto seguía rumbo a Comitán, a menos de 100 kilómetros del puesto fronterizo, donde me esperaría en casa de Alexis Guerra, otro motociclista dispuesto a ayudar al viajero en Chiapas.

DSC_1310

Salida de Guatemala, entrada a México por Chiapas.

Al día siguiente iba a entrar sin problemas con la idea de recorrer parte del país en 15 o 20 días para luego pasar a Estados Unidos y seguir rumbo al norte, atravesar Canadá y llegar finalmente a Alaska.

Lo que no sabía en ese momento es que México no me dejaría ir hasta 46 alucinantes días después, cargado de docenas de nuevos amigos y toneladas de historias que contar.

¿Quiere ver lo que yo vi? Suscríbase a mi canal de YouTube El MotoNauta que sigue siendo gratis y ya que está en esas, mi Instagram es ElMotoNauta77 y mi Twitter DonSoto2002.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s