XIX. Sin sombra, sin agua y sin pluma.

KM.14869. Puesto de control migratorio y aduanero puente La Amistad. Frontera Honduras/El Salvador.

La policía salvadoreña nos buscaba cerca de la frontera sur con Honduras por haber pasado ilegalmente y alta velocidad los controles aduaneros, desatendiendo la orden de pare del retén policial. La consigna era encontrarnos y  retenernos a toda costa.

Según el reporte oficial tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador. Las motos fueron descritas como “grandes y cargadas de maletas sospechosas. Una de las motos era verde”.

El día anterior nos habíamos despedido de nuestros amigos los Piratas Riders con quienes tanta fiesta y diversión tuvimos y le dimos la bienvenida a Beto Cárdenas, el mexicano que estábamos esperando hacía ya varios días en diferentes ciudades de Centroamérica y que nunca aparecía.

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Beto Cárdenas al frente/Izq, Carlos Mac al frente/Der, Marcell Mendieta nuestro anfitrión, atrás con el chaleco biker y El MotoNauta. Última noche en León, Nicaragua antes de emprender el camino a la frontera.

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Los volcanes siempre acompañan el paisaje centroamericano.

Luego de descansar un día entero, dormir y comer bien, Carlos Mac en la KLR 650, Beto en la V-Strom 1000 y yo en mi Versys 650, nos encaminamos rumbo a la frontera. El plan era sencillo: rodar 300 kilómetros desde León en Nicaragua hasta San Miguel en El Salvador atravesando dos fronteras el mismo día, la de Guasaule (Nicaragua/Honduras) y la de El Amatillo (Honduras/El Salvador).

La primera frontera fue lo usual: fotocopias por triplicado de cada pequeño papel, certificación, título de propiedad, pasaporte, visas y seguro, una corta fila, los sellos y fumigaciones de rigor y adelante.

Entramos a Honduras al comienzo de la tarde en medio de un calor sofocante que superaba los 42ºC a la sombra. Advertidos por los Piratas salvadoreños, sabíamos que el tramo hondureño, de apenas 130 kilómetros, iba a ser el más difícil por el lamentable estado de la carretera.

En este punto la gran cantidad de baches de diversos tamaños y profundidades que van apareciendo en la ruta me hicieron pensar que una guerra terrible había tenido lugar allí y que los cráteres en el pavimento eran producto de un intenso bombardeo enemigo. Pero no, era apenas la clásica desidia oficial por una zona humilde y muy pobre del país que no le interesa a nadie en la capital.

Comenzamos a avanzar con precaución, pero resultaba de verdad imposible eludir cada bache. Las maniobras evasivas, cada vez más complicadas, amenazaban con accidente en cualquier momento así que decidimos bajar la velocidad y tratar de caer en la menor cantidad posible de huecos.

La deshidratación.

Las suspensiones de las tres motos venían soportando bien el difícil terreno y nos movíamos entre 70 y 90 kilómetros por hora, una velocidad que al comienzo nos hizo pensar que en menos de dos horas alcanzaríamos la frontera con El Salvador.

De pronto un calor abrazador, húmedo y casi insoportable se apoderó del ambiente. El sol en lo alto y ni un solo árbol, parada de bus o rancho que nos diera un poquito de sombra. En mi cantimplora llevaba un litro de agua que consumí de apoco en la primera hora y media de trayecto sin saber que en las siguientes dos horas no iba a encontrar un solo lugar en dónde llenarla de nuevo.

El primer síntoma de la deshidratación apareció en la segunda hora: un calambre en la pierna derecha que por poco me hace perder el control de la moto. Solo había una cosa que hacer y era acelerar por entre los baches para enfriar un poco la máquina y el cuerpo con el viento y llegar cuanto antes a El Amatillo.

Un sudor copioso y salado que bajaba por mi frente por momentos me cegaba y al abrir el visor del casco para intentar limpiarlo, un viento caliente se metía con fuerza por los ojos haciéndolos arder con violencia. Era como ponerle de frente la cara a un secador de pelo encendido a su máxima potencia.

Mi corazón latía muy rápido. Un mareo persistente y mis ojos irritados me hacían sentir que estaba en medio de una pesadilla apocalíptica y que iba atravesando un campo contaminado con radiación mortífera luego de una gran guerra nuclear.

No recuerdo muy bien cómo, pero tres horas después de entrar a batallar en ese infierno de carretera, logramos llegar a una estación de gasolina con sombra y agua en botella para beber a gusto.

Bajé de la moto a punto de desmayarme, traté de apagarla y no pude. Beto lo hizo por mí, pero luego me fue imposible sacar la llave del encendido. Con mi último aliento caminé tambaleándome hacia el pequeño almacén de la gasolinera y fui directo al refrigerador principal. Saqué dos botellas de Gatorade y me las bebí ahí mismo, sin pagarlas primero.

Lentamente fui recuperando los sentidos, mi corazón se tranquilizó y el mareo desapareció. Pagué la bebida hidratante y compré un litro adicional de agua. Al salir encontré mi moto atravesada en medio de dos bombas surtidoras, mi chaqueta tirada en el piso junto a los guantes y el casco a punto de caerse de encima del baúl trasero de la moto.

-“¿Te sientes mejor hermano?”, dijo Beto preocupado.

Unos minutos antes, cuando el mexicano acudió en mi ayuda para apagar la moto, yo lo recibí de mal humor, irritado y desdeñoso, síntoma inequívoco de que la deshidratación ya se había apoderado de mí. Le ofrecí una disculpa sincera, recogí mis cosas y 20 minutos después ya estábamos en El Amatillo entregando fotocopias por triplicado de todo.

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¿A dónde se fue el agua?

La pluma.

Los funcionarios de este cruce fronterizo resultaron muy amables y conversadores a ambos lados de la línea que los une, pero del lado salvadoreño parece haber una total desconexión entre el área de migraciones, encargada de los trámites de las personas, y los de aduanas, encargados de los trámites de las motos.

-“Disculpe señorita, ¿y la aduana para la documentación de las motos?”, pregunté al no ver la ventanilla oficial que normalmente aparece junto a la de migraciones.

-“Debe estar unos seis kilómetros adelante, pregúntele al policía en la pluma”, respondió sonriente la funcionaria salvadoreña.

Una pluma es ese brazo de metal que sube y baja gracias a un contrapeso y que sirve de barrera para controlar el tráfico de vehículos y personas. Una talanquera, como las que cierran el paso cuando va a pasar el tren.

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Ya recuperado volví a ser yo mismo.

Mac salió adelante a buscar la pluma, seguido de Beto y yo detrás, todos a menos de 40 kilómetros por hora por la larga fila de camiones que a esa hora congestionaba la entrada a El Salvador.

Sorteamos los camiones por la izquierda y llegamos hasta un control policial que nos ordenó seguir adelante. Mac a la cabeza no obedeció de inmediato y le preguntó al policía de turno por el puesto de aduanas a lo que el uniformado respondió con un gesto de hastío y un grito de trueno.

-“¡Avance señor, avance!”, ordenó el policía. Mac obedeció esta vez y avanzamos buscando siempre la dichosa pluma.

Por unos 20 minutos rodamos y rodamos y nada de la pluma o el puesto de aduanas así que paramos en una gasolinera a consultar en el chat de ayuda al motoviajero para ver si alguien sabía que hacer o dónde quedaba el lugar.

De inmediato nos recomendaron volver al punto donde el policía nos había ordenado avanzar, según los motociclistas del chat, ahí era la pluma!

Desandamos los pocos kilómetros que habíamos avanzado hasta llegar al puesto de control. Un alboroto general se armó entre los policías al vernos volver y el energúmeno uniformado de antes hizo un gesto para llamar a un funcionario identificado con chaleco de la Dirección General de Aduanas (DGA), que de inmediato corrió a nuestro encuentro.

-“¿Por qué se pasaron el control así? La policía los está buscando con la orden de retenerlos a toda costa!”, dijo el funcionario en tono alarmado.

-“¿Y la pluma, dónde es?, pregunté intrigado.

-“Aquí mismo, ésta es”, dijo el de la DGA señalando a los policías del retén.

-“No veo la barrera”, afirmé buscándola con la mirada.

-“Es que no hay barrera física. Este punto se llama así”, informó el funcionario mientras nos mostraba el camino de tierra por el que se llegaba al control oficial de aduanas.

El director.

Ingresamos al complejo que igual atiende camiones descomunales, que motos de 125cc y tratamos de hacer el trámite correspondiente pero se nos negó la entrada. El propio director de la DGA en el sector conocido como El Puente de la Amistad atendería nuestro caso según nos informó un guardia que no entendía por qué tanto alboroto con nosotros si todos los días pasaban motociclistas extranjeros por ahí.

En estas situaciones Carlos Mac siempre se calienta y pelea con los funcionarios, y aunque en esta oportunidad no le faltaba razón, corríamos el riesgo de perder las motos por habernos internado de manera ilegal en territorio salvadoreño, así que Mac se quedó en el estacionamiento cuidando las motos mientras Beto y yo le hacíamos frente a la burocracia y la policía.

Dos horas pasaron antes que nos atendiera el director. Nos recibió en su despacho con un gigantesco código aduanero en la mano y una amplia cantidad de pequeños libros de leyes que comenzó a recitar uno a uno para luego explicar que las habíamos roto todas.

Escuchamos en silencio.

-“¿Dónde los agarró la policía? ¿Desde dónde los devolvieron?”, preguntó el director mirándonos por encima de sus viejos lentes de lectura sin apartar las manos de los códigos legales.

-“Volvimos por nuestra propia voluntad, ninguna autoridad nos retuvo. Regresamos al no encontrar el puesto de aduanas luego de 20 minutos de estar manejando hacia el norte”, explicamos entre sorprendidos y asustados.

El director cambió de actitud de inmediato al saber que volvimos por decisión propia y nos explicó que según el reporte oficial, hecho por el policía mala leche que nos dio la orden de seguir y por culpa de quien evadimos sin querer el control aduanero, tres hombres en motos de alto cilindraje se saltaron los controles oficiales instalados en la frontera y huyeron con rumbo desconocido al interior de El Salvador.

-“La policía dice que ustedes pasaron tan rápido que apenas lograron ver el color de la última moto, una verde, y que no atendieron la orden de parar en la pluma”, explicó el funcionario con cara de desconcierto.

El motociclista que se embarca en este tipo de aventuras generalmente lleva una cámara en el casco para capturar las bellas imágenes que van a apareciendo en la medida que se avanza por rutas alucinantes y paisajes descomunales o asombrosos.

Por supuesto nosotros no éramos la excepción. El argentino tenía grabado todo el paso por el retén y el procedimiento del policía en su GoPro.

Más de cuatro horas después de haber regresado a la aduana de El Amatillo nos fue autorizado el ingreso legal a El Salvador, el director se disculpó, firmó él mismo nuestro ingreso y nos deseó buen viaje.

 

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Parqueadero de la DGA en el que esperamos resignados.

Especulando diría que el policía de la gran puta pluma era corrupto y que nos dejó pasar esperando que sus compinches en patrullas oficiales nos capturaran bien adentro de El Salvador para luego exigir una buena propina en dólares a cambio de nuestra libertad. Sin embargo eso es algo que nunca podré probar.

Muy pronto, esa primera mala impresión del país cambiaría para siempre.

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