XVIII. La bachata del motoquero.

KM. 14630. León, Nicaragua.

Desperté sobre un colchón a medio inflar, todavía mareado por la excesiva ingesta de alcohol de las dos noches anteriores en compañía de los Piratas Riders de Nicaragua y El Salvador.

Caminé rumbo al baño lento y zigzagueante a través de los restos de la fiesta en lo que parecía una escena de la serie “The Walking Dead”: cuerpos tirados en el piso de la amplia sala de techos altos, gruñidos a lo lejos de mujeres roncando amenazantes y botellas de ron Flor de Caña y cerveza Toña vacías por doquier.

-“No vuelvo a beber”, me repetía un dolor fuerte en mi cabeza mientras avanzaba pesado por el largo corredor que separaba la sala en la que desperté, del baño de invitados.

A penas dos metros antes de llegar a mi meta, por una puerta que no había visto antes, salió de repente Mike Moreira, el presidente del capítulo salvadoreño de los Piratas, con una botella de ron casi nueva en la mano, igualito a los zombis de la serie y dispuesto a atacar a su víctima.

-“¿Uno para la goma?”, saludó el motociclista salvadoreño mientras bamboleaba la botella en gesto de ofrecimiento y con cara de querer tomarse uno también. Y como yo no soy de hacerme rogar, acepté encantado el desayuno que tan amablemente me ofrecía el zombi parlante frente a mí.

Eran las 9:23 de la mañana y ya comenzaban a sentirse con fuerza aplastante los 26 grados C. de León, la ciudad cuna de la revolución Sandinista. La resaca, o goma como se le conoce a este antiguo mal del parrandero en Centroamérica, comenzaba a desaparecer para darle paso a una nueva borrachera.

Dos días antes.

Ni bien se cruza la frontera entre Costa Rica y Nicaragua, a la derecha de la carretera aparece un lago del que emergen majestuosos los volcanes Concepción y Maderas. Más adelante aparece un parque eólico gigantesco que genera de manera limpia y renovable el 22% de la energía que se consume en ese país centroamericano gracias a los fuertes vientos que azotan la zona sur de Nicaragua y a los motociclistas que se aventuran por esta bella ruta.

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Al pasar esta frontera, Nicaragua sorprende por su belleza y la calidez de su gente.

Desde que comencé este viaje he venido experimentado con mucho agrado la solidaridad de la tribu viajera. Dos días antes de salir de San José en Costa Rica, habíamos contactado a través del chat de Ayuda el MotoViajero a Donald Mendieta, presidente del club de motociclistas Piratas Riders en León, una ciudad empedrada llena de iglesias coloniales, a menos de 250 kilómetros de la frontera.

A Carlos Mac le gusta la velocidad y a mí no tanto, manejo más como viejita, disfrutando el paisaje y tomándole fotos hasta las nubes, así que el argentino se adelantó mientras yo avanzaba con paso lento pero seguro.

De pronto un larga línea de autos y camiones apareció por sorpresa tras remontar una suave colina. Decidí avanzar por la izquierda, siempre lento, para llegar hasta el comienzo de la fila y averiguar la causa del embotellamiento.

A la policía local no le pareció tan buena idea como a mi adelantar en tramo prohibido y ni bien llegué al inicio de la fila me detuvieron en el acto.

-“¿Sabe por qué lo detuve?”, preguntó tranquilo el policía enseñando un diente de plata que brillaba al sol, como el de Pedro Navajas… pero de plata.

-“¿Por adelantarme en la fila oficial?”, dije fingiendo algo de sorpresa, aunque bien sabía que la doble línea amarilla en la carretera no estaba pintada ahí por puro gusto.

El sargento Espinoza comenzó a enunciar una larga lista de problemas en los que estaba metiéndome por conducir de manera irresponsable en las carreteras de su país, eso sin contar la elevada multa a la que me exponía y la retención de la moto por parte de la autoridad competente.

-“Lo entiendo oficial, lo siento mucho”, dije mirando desconfiado al policía que no paraba de hablar en su tono pausado, como de maestro de escuela recitando un poema de Rubén Darío.

En otros países esta escena termina con el policía pidiendo plata a cambio de dejar ir al viajero. En Nicaragua no.

-“¿Le queda claro?”, preguntó Espinoza en tono educador al terminar su discurso.

-“Por supuesto oficial”, respondí esperando que me pidiera el soborno.

-“Puede irse, maneje con cuidado”, sentenció el uniformado mientras me devolvía los documentos que minutos antes le había entregado.

No salía de mi asombro. ¡Un policía honesto y comprensivo! En mis viajes en moto muy pocas veces me ha detenido la policía de carreteras, pero casi siempre tuve malas experiencias que ahora me hacen esperar lo peor de los representantes de la autoridad en las rutas latinoamericanas.

Guardé los documentos en la maleta que va sobre el tanque de la moto, aceleré despacito en primera y salí de ahí con una sonrisa de oreja a oreja con un poco más de fe en la humanidad. Insisto en que los buenos somos más.

Los piratas del Pacífico.

La cita con Donald y los demás piratas se cumplió con algún retraso en una esquina del centro de León, a la que llegaron haciéndose notar con el poderoso sonido del motor de sus chopper y sus chalecos de club. Mac y yo nos habíamos encontrado una hora antes cerca de la plaza principal de la ciudad.

Los motociclistas asociados llevan siempre puesto un chaleco lleno de parches cosidos con hilo, que portan con orgullo como los militares usan las medallas en su uniforme oficial. Los tres parches traseros son el Top Rocker, ubicado arriba y en el que viene el nombre del grupo, un parche inferior o Rocker con el lugar de procedencia del club y otro central que es un logotipo o emblema  al que se conoce como los Colores del club.

 

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Los Piratas y sus emblemáticos chalecos.

Los motociclistas siempre personalizan la parte frontal de su chaleco cosiéndole parches más pequeños con la bandera de su país, el nombre del club, su rango o condición (presidente, fundador, capitán de ruta, etc), apodo, años de servicio, eventos especiales a los que han asistido y cualquier otra cosa que tenga un significado especial para quien lo lleva puesto.

Seguimos a los Piratas hasta su cuartel general muy cerca al centro de la ciudad. De las motos fuimos bajando hombres y mujeres a conocernos por fin, ya que nunca antes nos habíamos visto en la vida. Luis Chavarria, un salvadoreño conversador, atento y siempre sonriente fue el primero en acercarse a los viajeros.

De una de las maletas laterales de su Honda Rebel blanca sacó la primera botella de Flor de Caña de la noche y un cucharón de servir la sopa. De no sé dónde apareció una nevera plástica llena de cerveza Toña y mucho hielo para garantizar la adecuada temperatura de consumo de las sagradas bebidas. Tras unas breves palabras de bienvenida de los presidentes de cada país, comenzó la fiesta.

-“¿Para qué es el cucharón?”,  le pregunté intrigado a Luis.

-“¡Cucharonazo!”, tronó tras de mi un grito de guerra.

Varios años atrás, cuando los Piratas Riders de El Salvador fundaron su club, quisieron celebrarlo con una rodada lenta de 200 kilómetros por playas y montañas tranquilas para llegar a un lugar paradisiaco en su país en medio de la nada a acampar y descansar tomando un roncito suave. Pero no llevaron copas para servirlo.

Ese día Luis caminó en medio de la noche hasta un rancho cercano donde una señora muy anciana terminaba de servir la sopa a su también anciano esposo a la luz de una vela a punto de acabarse. Su misión: conseguir vasos, copas o cualquier cosa para servir el ron apropiadamente. Luis volvió con el cucharón de la sopa de la anciana, ella se lo regaló, total tenía varios y ni una copa.

Desde entonces los Piratas de El Salvador beben su ron en cucharón y esa noche me correspondía el honor de probarlo de primero. Sobran los detalles, pero baste decir que bailamos, reímos y gozamos hasta el amanecer, aunque yo fui de los primeros en caer.

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Al frente Mike, atrás El MotoNauta bebiendo en cucharón y Luis con la botella en la mano listo a llenar de nuevo el utensilio de cocina.

Al día siguiente, pasado el mediodía, tomamos la ruta 14 y nos fuimos a la playa Las Peñitas, apenas 20 kilómetros adelante a pasar la goma en el Pacífico nicaragüense con buen ceviche y cerveza helada.

Justo era día festivo y la playa estaba llena de gente disfrutando del sol y de la música que brotaba de los bares a chorros sonoros que servían de anzuelo para atraer a los clientes. Bellísimas morenas en diminutos bikinis multicolores bailaban descalzas sobre la arena tibia mientras nosotros nos divertíamos contando historias de viajes en moto, pasados y por venir.

En Colombia aprendí a bailar salsa y merengue bastante bien y llevaba rato queriendo bailar bachata aunque no conocía muy bien los pasos de ese baile nacido en la República Dominicana y que las nicaragüenses dominan con maestría.

El problema era que las mujeres que nos acompañaban eran la esposa, la novia o la amante de alguno de los motociclistas presentes, con lo que no se podía bailar como corresponde por respeto, así que los más jóvenes y solteros salimos a buscar con quien bailar en formas más divertidas.

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¿Qué hacemos los viajeros cuando no estamos rodando? Bailar un poco y refrescarse.

Por supuesto las bellas morenas fueron nuestro primer objetivo. El argentino y yo en la delantera y dos salvadoreños y un nicaragüense atrás. Me aproximé a la señorita que vi con más cara de tener paciencia para enseñarme a bailar y con mi voz de galán de telenovela colombiana la invité a bailar.

Me miró de arriba abajo y dándole un sorbo a su cerveza helada me dijo que no, gracias. Miré hacia atrás y uno a uno mis compañeros llevaban de la mano a sus parejas de baile mientras la orquesta tropical tocaba en vivo una de Romeo Santos. Si, había orquesta.

Comencé a regresar hacia mi mesa resignado a no moverme al ritmo de “Propuesta Indecente”, y por andar mirando al techo me estrellé de frente con una mujer delgada de abundante cabello negro ensortijado, enfundada en un vestido verde semitransparente que dejaba entrever su bella figura recién bronceada y su bikini blanco.

-“Discúlpeme, no me di cuenta”, dije mirándola directo a sus ojos miel mientras me movía a la derecha para darle paso. Ella se movió a su izquierda y al dar el paso volvimos a tropezar. Fue la primera vez que vi su sonrisa perfecta.

-“¿Y si mejor bailamos?”, preguntó ella extendiendo su mano en señal de amistad.

Durante las siguientes horas aprendí a bailar bachata como corresponde. Dalena. Mi maestra se llamaba Dalena.

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 Vista desde la parte de atrás de los bares en la playa Las Peñitas en León , Nicaragua.

Al día siguiente desperté sobre un colchón a medio inflar, todavía mareado por la excesiva ingesta de alcohol de las dos noches anteriores en compañía de los Piratas Riders de Nicaragua y El Salvador.

Caminé rumbo al baño lento y zigzagueante a través de los restos de la fiesta. Apenas dos metros antes de llegar a mi meta apareció de repente Mike Moreira con una botella de ron casi nueva en la mano.

-“¿Uno para la goma, hermano?”, saludó Mike mientras bamboleaba la botella en gesto de ofrecimiento y con cara de querer tomarse uno también.  Eran las 9:23 de la mañana y ya comenzaban a sentirse con fuerza aplastante los 26 grados C. de León, la ciudad cuna de la revolución Sandinista.

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Las motos aguardan frente al cuartel general de los Piratas en Nicaragua mientras sus pilotos departen alegremente en el interior.

Poco a poco fueron reviviendo los demás piratas y entre todos nos tomamos la botella acompañada con gaseosa de toronja y un hielo ocasional. La resaca comenzaba a desaparecer para darle paso a una nueva borrachera por lo que decidí parar y comenzar a tomar agua, ya la necesitaba después de tanto exceso.

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