XII. Entregarse al destino sin protestar demasiado.

El dolor en la rodilla era tan intenso que apenas podía moverme un poco, casi arrastrando los pies para ir de un lugar a otro. El ambiente estaba tenso y los vigilantes de la estación de tren permanecían alerta y en guardia ante la creciente ola de inconformismo que se apoderaba de los turistas varados en Aguas Calientes, el pueblo ubicado en la parte baja de la montaña que alberga la ciudadela de Machupicchu.

Un comité multinacional de turistas oprimidos liderados por este servidor entabló conversaciones con los delegados de la empresa ferroviaria como distracción, mientras Emilio, David el alemán y unos 15 extranjeros más se metían al último vagón del tren a escondidas y dispuestos a amarrarse a las sillas si era necesario.

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Un funcionario corre para impedir que los turistas revoltosos se suban al tren, pero ya es tarde.

Para cuando se dieron cuenta las autoridades, dos vagones completos estaban llenos de viajeros mojados que hablaban en todos los idiomas, con frío y tan furiosos que metían miedo. No les quedó de otra más que aceptar la fuerza de los hechos.

-“¡Así me toque romperlo todo che! De aquí no me bajan!”, rugía Emilio ante la sorprendida mirada de los empleados del tren.

Y así fue. De ahí no nos iba a sacar nadie hasta que el tren nos llevara a destino. Ninguno estaba dispuesto a caminar de vuelta a la hidroeléctrica tres horas bajo la lluvia y ahora con derrumbes en el medio.

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El vagón del tren tomado a la fuerza por una fuerza multinacional de turistas mojados y oprimidos.

A las tres de la tarde, vencida, la empresa ferrocarrilera decidió enviar una cuadrilla de obreros entrenados para despejar la vía y si lo lograban el tren partiría entre las 5pm y las 7pm. El problema era que nuestro conductor suicida, Roger de Jesús Quispe, nos había advertido que solo nos podría esperar hasta las 4pm en la hidroeléctrica porque manejar de noche era peligroso. Y si él lo decía, pues bueno, de verdad era peligroso.

En el lamentable estado en que nos encontrábamos solo podíamos entregarnos al caprichoso destino una vez más y esperar a ver qué pasaba mientras jugábamos a las cartas por las pocas monedas que nos quedaban en el bolsillo. El alemán resulto ser un hábil jugador y nos esquilmó hasta el último centavo mientras contaba historias de su Colonia natal.

A las 5pm nos anunciaron que la cuadrilla había logrado despejar la vía y que el tren partiría 15 minutos después. Nuestra pequeña revolución había tenido éxito!

Cuando la carretera desaparece.

El trayecto que la noche anterior habíamos hecho en tres horas caminando, el tren lo recorrió en apenas 20 minutos. Al llegar a la hidroeléctrica descubrimos con horror que no había camionetas, ni carretera alguna.

Un pequeño riachuelo que cruzaba por las cercanías se convirtió en un río caudaloso que se llevó por delante el camino, un pequeño puente por el que habíamos pasado antes y todo aquello que se le cruzó en el camino. Solo se veía el rastro de destrucción que dejó a su paso.

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Arriesgando la vida por el único camino que quedó para salir de la Hidroeléctrica. Más tarde quedaría cubierto por el agua.

Los conductores de las camionetas que nos esperaban para llevarnos a Cusco salvaron la vida huyendo a 1,5 kilómetros adelante en tierras más altas. Ahora tendríamos que caminar hasta allá si queríamos salir de ahí y caminar, de momento, no se me daba muy bien.

Como pudimos cubrimos la distancia que nos separaba de Jesús y su camioneta caminando sobre lodo, piedras y escombros de formas y tamaños variados, temiendo que una nueva avalancha acabara con nuestra existencia en cualquier momento. Los conductores de varias camionetas improvisaron puentes con las tablas y los troncos que trajo la corriente y pasamos a salvo hasta alcanzar la “combi de la muerte” que ahora no nos parecía tan mala.

Carolina me cargó todo el trayecto y por supuesto fuimos los últimos en llegar. En ningún momento la lluvia dejo de recordarnos que estaba allí para quedarse y que la acompañaba un frío intenso de ese que cala hasta los huesos. Especialmente los de mi rodilla que cada vez estaba más inflamada.

Jesús tenía mucha prisa por salir y las dos inglesas que de venida se sentaron junto a él no llegaron nunca, ni siquiera las vimos en el tren. Marcos y Emilio se sentaron adelante y dos argentinas ocuparon sus lugares junto a mí. Las chilenas, el alemán, la colombiana introvertida, los recién casados y el costarricense buena onda también abordaron a tiempo.

Salimos como un rayo hacia la trocha que corría junto al río Vilcanota, que amenazaba con desbordarse en cualquier momento, pero al llegar a Santa Teresa tan solo 10 minutos adelante nos informaron que un derrumbe de grandes proporciones había taponado la carretera 5 kilómetros adelante y que maquinaria pesada estaba tratando de abrir paso para el día siguiente.

Faltaban 15 minutos para las 7pm cuando recibimos la noticia y la noche había caído profunda y amenazante al mismo tiempo. No había más remedio que pasar la noche en Santa Teresa. Conseguimos un hotelito familiar, las chicas en un cuarto y los hombres en otro, en el que por fin pudimos tomar una ducha decente, eso sí con agua helada.

David compró varios litros de cerveza cusqueña con las monedas que nos ganó jugando cartas y bebimos cantando, riendo y llorando por lo tragicómico de nuestra situación. De pronto apareció Jesús borracho en la camioneta con música a todo volumen. Animados por la cerveza todos comenzaron a bailar, todos menos yo que no podía ni estar de pie, y se armó una parranda que duró hasta bien entrada la madrugada.

La luz al final del túnel.

Cuando desperté ya era de día, el sol brillaba en medio de un cielo azul despejado y mis compañeros de habitación roncaban al unísono como si no hubiera un mañana. Me parecía que habían pasado semanas enteras desde que habíamos dejado abandonadas a su suerte las motos en la posada del Inca en Cusco, pero solo habían transcurrido tres largos días.

Emilio y Marcos ahora eran los mejores amigos de los conductores y gracias a la fiesta todos estábamos de buen humor y listos a encarar el regreso a la ciudad. Salimos de la trocha maltratados pero vivos y tomamos la vía asfaltada casi dos horas después de salir de Santa Teresa. Jesús se estaba quedando dormido al volante pero eso no le impidió volar a 140 kilómetros por hora en algunos tramos de la carretera que bordea el valle sagrado.

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De izquierda a derecha: El MotoNauta, Emilio Capone, Roger de Jesús Quispe, David Bieger y Marcos Rosa en Santa Teresa, amanecidos.

Marcos, que ahora iba sentado junto al conductor, le hablaba para evitar que el sueño lo venciera y termináramos de cabeza en uno de los cientos de abismos asombrosos que adornan los bellos paisajes peruanos. El viaje duró siete horas hasta la plaza de armas de Cusco.

Los sobrevivientes.

Entrar a la posada fue como llegar al hogar. Había café caliente y pan de maíz recién hecho, ropa y zapatos secos, las motos intactas y por fin agua caliente para ducharnos!  David siguió hasta la estación de buses de Cusco para continuar hasta Lima, luego nos enteraríamos que sufrió otras 27 horas de largo y tortuoso camino hasta su destino en un bus destartalado que iba saliendo cuando él llegó a la terminal.

Luego de un merecido descanso y una  buena cena nos fuimos a tomar mojito y pisco sour a Los Siete Angelitos. Al llegar al bar el dueño saltó de la barra y me saludó como se saluda a un viejo amigo que llega de un largo viaje por el mundo, pero a Marcos lo miró de arriba abajo con cara de revólver.

-“El brasilero no entra”, dijo con voz amenazante.

La noche del vía crucis estábamos tan borrachos que no recordábamos que había hecho Marcos para merecer tal desprecio. Cuando estábamos a punto de irnos el dueño soltó una carcajada y de una palmada en la espalda nos devolvió a la barra a tomar los primeros tragos.

-“¡Es una broma! Son todos bienvenidos jajajajajaja!”, soltó con su acostumbrado buen humor.

Conforme fue pasando la noche aparecieron las chilenas, las argentinas y varios de los extranjeros con los que urdimos el plan de tomarnos el tren a la fuerza y que al final rindió sus frutos. Entrada la madrugada declaramos a grito herido que esa noche era la parranda de los sobrevivientes a la combi de la muerte y al terrible clima que nos acompañó.

Una vez más terminamos bebiendo con descuento y no pocas veces recibimos trago gratis solo por contar nuestras historias en las montañas peruanas. Viva el 2×1 en cocteles de Los Siete Angelitos! Otro día larguísimo en Perú.

Dos días después salimos de Cusco con algo de tristeza. Hasta ahora no habíamos pasado tanto tiempo en un mismo lugar y le agarramos cariño a la ciudad, a su gente, a la buena rumba, la deliciosa comida y por supuesto a los mojitos.

KM. 4939. Curahuasi, Capital Mundial del Anís, Perú.

Retomar la ruta rumbo a Nasca después de un poco más de una semana de parranda y esfuerzos físicos monumentales fue bastante difícil. Fue como comenzar de nuevo el viaje en moto, pero con más sabiduría y respeto por la ruta.

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De regreso a la ruta tras varios días de excesos.

Salimos tarde de Cusco así que apenas logramos hacer 110 kilómetros antes de que comenzara a caer la noche. Buscamos alojamiento sin éxito por espacio de una hora hasta pasar de largo frente a un hospital en el que se nos ocurrió pedir posada. Estábamos regresando rumbo al hospital cuando la luz de mi moto alumbró un letrero providencial: “Alojamiento” con una flechita pintada señalando la entrada a un camino oscuro.

Sin pensarlo dos veces entramos por la vía de barro resbaloso en la dirección que indicaba la flecha del anuncio improvisado en una tabla rota y escrito en buena letra con marcador negro.

Niños con bultos gigantes de anís recién cortado a la espalda saludaban con su manito extendida a nuestro paso por el camino veredal, extrañados al ver nuestras motos tan cargadas como ellos.

Uno de esos niños trabajadores, que no superaba los doce años, nos indicó que el lugar que buscábamos estaba a unos pocos pasos adelante, que tocáramos en una puerta hecha en lámina de acero y que seguro ahí nos atendían.

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Buscar alojamiento antes que caiga la noche es una regla del motero.

Estábamos a punto de pasar la noche en el alojamiento más extraño de cuantos habíamos conocido en un mes de viaje por las carreteras suramericanas.

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