XI. La estremecedora fuerza de la naturaleza.

Machupicchu, ese lugar mágico al que todos quieren ir, por fin estaba a menos de 120 kilómetros de distancia, al alcance de la mano. Cualquiera que esté leyendo esta crónica en la tranquilidad de su hogar o tal vez sentado en su oficina fingiendo que trabaja muy concentrado, pensará que en menos de dos horas se cubrirían en moto los 120 kilómetros que separan Cusco de la base de la montaña sobre la que se construyó la ciudad sagrada de los Incas, pero no.

Salimos de la Plaza de San Blas y tardamos casi tres horas en llegar a Ollantaytambo a pesar de que el conductor peruano parece un loco amante de la gasolina y la velocidad salido de las viejas películas de Mad Max.

Los conductores incas viven con un desapego casi natural por la vida, parecido al de los kamikazes japoneses de la segunda guerra mundial que estrellaban sus aviones contra blancos enemigos una vez se agotaban las bombas y las balas. Pero matarse en una carretera a 140 kilómetros por hora no tiene gracia.

A esto hay que sumarle que los caminos peruanos son la orilla misma de profundos precipicios y todas sus curvas son extremadamente peligrosas. Nunca se sabe cuándo viene un auto en contra vía adelantando en tramo prohibido.

Atravesamos todo el valle sagrado rumbo al Abra Málaga, un paso entre dos montañas nevadas a más de 4350 msnm, para luego comenzar el descenso por una angosta trocha con un abismo de un lado y con débiles montañas que se derrumban con solo mirarlas del otro. La buena noticia fue que Jesús Quispe, el conductor, tuvo que bajarle a la velocidad al acabarse el asfalto. La mala, que la lluvia no había parado desde que salimos de Cusco.

DSC02270

El poderoso río Urubamba va creciendo sin control.

El camino era de barro resbaloso y charcos de agua de variada profundidad pero a Jesús poco le importaba eso y seguía avanzando dando saltos de hueco en hueco sin inmutarse, aún ante las protestas de las chilenas que varias veces hicieron detener la camioneta para bajarse a vomitar sin pudor.

Llegamos al poblado de Santa Teresa ocho horas después de haber salido y todavía faltaba un tramo difícil hasta la hidroeléctrica y una caminata de tres horas por las vías del tren hasta Aguas Calientes donde nos esperaba un hotel, comida y agua caliente.

DSC02247

Un derrumbe reciente anunciaba el peligro.

Pasaron otras dos horas hasta llegar por fin a la hidroeléctrica saltando de aquí para allá al borde de un precipicio que iba a dar al poderoso río Urubamba y que bajaba de la montaña furioso llevándose por delante lo que se le atravesara.

El susto aterrador.

 Comenzamos la caminata sobre las vías del tren en medio de una lluvia suave que nos obligó a sacar los impermeables, pero de poco sirvieron en medio del tupido monte tropical por el que avanzamos. A pesar de la larga jornada en la camioneta de Mad Max y la lluvia inagotable, íbamos animados pensando en ver la ciudad sagrada en la cima de montaña.

Varias camionetas más dejaron a sus pasajeros en el mismo punto que a nosotros y juntos conformamos un nutrido grupo que más parecía el casting de un reality show de supervivencia.

El alemán se llama David, es un orgulloso hijo de Colonia y vive en Buenos Aires y junto a las chilenas se unió a Marcos, Emilio y yo en un grupo más pequeño. Nos juntó la experiencia traumática a bordo de la endemoniada camioneta de Quispe.

DSCN0932

Ese pantalón impermeable se perdió.

Tomamos varias fotos por el camino mientras la noche iba cayendo lentamente sobre el bosque. No se suponía que caminaríamos en medio de la una oscuridad absoluta, pero allí estábamos. Mojados, cansados, con hambre y avanzando casi a tientas sobre maderos húmedos con la esperanza de llegar a Machu Picchu.

Por momentos el ferrocarril pasa sobre riachuelos que bajan con fuerza para alimentar el caudal del Urubamba y da algo de miedo caerse al vacío. No por el golpe, pero si por la posibilidad de pasar derecho, caer al agua turbia y terminar arrastrado y ahogado varios kilómetros río abajo. Yo no sé nadar, pero aunque supiera de nada serviría si me lleva una fuerte corriente de estas que baja con lodo, piedras y palos de todos los tamaños.

Marcos, Emilio y David van adelante con tres  de las señoritas de chile y yo voy un poco más atrás con la cuarta, Carolina, la periodista del grupo de las chilenas. Vamos hablando animadamente de su ciudad natal, Los Vilos, por la que cruzamos hacía ya varias semanas en las motos, cuando de pronto oigo un fuerte golpe acompañado de un intenso grito de dolor.

Volteo de inmediato a la derecha a ver el espacio donde se suponía estaba Carolina, pero ella ya no está. La busco y aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad no logro encontrarla. Pasan unos segundos aterradores en los que vienen a mi mente los peores escenarios hasta que logro oírla unos tres metros atrás.

Retrocedo con cuidado y la encuentro aferrada a uno de los maderos de la vía luchando por no dejarse caer al riachuelo que pasa a unos cinco metros, justo debajo de ella. La tomo con fuerza de los brazos y trato de sacarla de ahí pero no lo logro y corro el riesgo de caer yo también.

Sin soltarla llamo a gritos a mi amigos que van más adelante pero por la violencia con que baja el río, creo que no me oyen así que intento sacar a Carolina una vez más. De pronto aparece David y entre los dos logramos subir a la aterrada mujer. Marcos y Emilio llegan detrás con una linternita y su tenue haz de luz me deja ver por primera vez la cara de todos pálidos del susto.

 

DSC02272

Los maderos de la ferrovía son muy resbalosos con la lluvia.

Carolina resbaló al pisar uno de los durmientes de la vía, se golpeó las piernas y el torso muy fuerte y en su intento por sostenerse del madero sus brazos sufrieron varias raspaduras y no menos golpes que dejaron serios moretones. Llevábamos dos horas caminando y faltaba una más según el guía local.

Llegamos a Aguas Calientes cerca de las 8:30 de la noche, mojados hasta los calzones, con un hambre feroz y yo con un dolorcito en la rodilla izquierda que me hizo cojear la última media hora. Era la herida que me hice el primer día del viaje al caer de la moto, el 29 de diciembre, en la autopista Buenos Aires -Luján, y que ahora se reactivaba. Al tratar de levantar a Carolina apoyé esa rodilla con fuerza contra el madero, no una sino dos veces.

A la entrada del pueblo nos esperaban nuevos guías, frescos, secos y felices que no entendían por qué parecíamos una horda de zombies a punto de atacar a los vivos. Nos llevaron hasta un hotel pequeño y sin agua en el que, ante la imposibilidad de tomar una ducha, nos pusimos ropa seca para luego bajar al restaurante a comer algo. Tampoco había comida.

Sobre las 10:30 de la noche los cocineros lograron sacar una cena decente para 25 personas mientras afuera la lluvia no paró en uno de los días más largos de cuantos tuvimos en este viaje. Y aún no acababa.

El guía nos entregó los boletos de entrada a Machu Picchu y nos advirtió que debíamos estar a las 7:00am en la entrada del parque para comenzar el recorrido. Hay dos formas de subir de Aguas Calientes a la ciudad sagrada: en bus por casi 15 dólares en un recorrido que no tarda más de 20 minutos, o a pie un trayecto gratuito por el camino del Inca y que según el estado físico del caminante puede tardar entre una y tres horas. Decidimos subir caminando. Nos bebimos la plata del bus en los bares de Cusco.

Entre las curiosidades que cargaba en mi maleta estaban una cámara de cine de 8mm, una Nikon digital moderna y una botella de ron Medellín añejo que encontré a la venta en una tienda de Cusco a dos cuadras del hostel en que dejamos las motos.

Merecíamos un traguito para descansar mejor después de un día tan intenso así que la ofrecí a mis amigos, nuevos y antiguos. El espíritu de la caña de azúcar  de los valles colombianos nos infundió nuevos ánimos para salir a buscar la cima de la famosa montaña.

Machupicchu.

Salimos del hotel antes de las 5:00am para comenzar el penoso ascenso. No paró de llover en toda la noche y el impermeable amarillo que me había protegido hasta ese momento terminó en la basura pues en la caminata del día anterior se había roto irremediablemente.

Marcos y Emilio tenían mejor estado físico que yo y se adelantaron mientras yo me fui quedando rezagado y con un dolor intenso en la rodilla que se fue atenuando conforme iba entrando en calor.

-“¡Siga bebiendo ron así!”, me gritó una voz regañona en mi cabeza adolorida.

Poco a poco fui encontrando mi ritmo hasta lograr un buen paso que me llevó en dos horas desde los 1900 msnm de Aguas Calientes hasta terminar en los 2425 msnm de la ciudadela histórica.

Luego de una desorganizada fila que tardó más de una hora bajo la lluvia y el intenso frío, logramos entrar al complejo. Por fin estábamos en Machu Picchu y veríamos la majestuosidad de sus construcciones precolombinas y sus montañas. O por lo menos eso creíamos.

179608_1795572446776_5663854_n

El sufrido grupo por fin en Machupicchu.

La montaña cubierta de misticismo, también estaba cubierta de una espesa neblina que no permitía ver más allá de 3 metros. Nos sentimos muy frustrados. Mientras tanto mi temperatura corporal comenzaba a bajar por la falta de movimiento y con ella el dolor en la rodilla se hacía más intenso.

Congelados y mojados comenzamos el recorrido que a pesar de las dificultades del día anterior y la lluvia tratamos de disfrutar todos. Todos menos Marcos que estaba furioso, no soportaba el frío y en la cara se le veía que quería devolverse cuanto antes. Lo escuché maldecir en portugués varias veces antes de decidir que había sido suficiente para él e irse en bus al hotel. Emilio estaba pasmado, no decía nada y su mirada deambulaba perdida de aquí para allá. Yo debía estar peor.

DSCN0946

El frío y el cansancio hicieron mella en los viajeros.

En definitiva no era esa la experiencia que habíamos imaginado. Las horas eternas en la camioneta de Jesús al borde de precipicios sin fondo, la caminata de la muerte por las vías del tren, el hotel sin agua y sin comida, el desorden de los guías, la larga fila en el frío y la intensa lluvia no estaban en los planes. Pero si no era así, ¿qué escribiría yo en estas crónicas?

La montaña no se despejó hasta bien entrada la mañana. Casi a las 11:00am sopló un viento fresco que movió un poco las espesas nubes y por cerca de un minuto se pudieron tomar fotos aceptables.

-“Por fin Machu Picchu como en las postales”, me dice una voz cansada en mi cabeza.

soto-machupicchu

Ese breve minuto hizo que las penurias valieran la pena.

Era hora de volver al hotel. El paquete turístico que compramos incluía el regreso desde Aguas Calientes hasta la hidroeléctrica en tren y este partía a la 1:00pm. Justo el tiempo para bajar a píe. Mis compañeros hacía rato habían bajado en bus y seguro me esperaban con cerveza en el hotel, secos y bien bañados.

La bajada estuvo marcada por un agonizante dolor en la ahora inflamada rodilla que al llegar a la base de la montaña no me dejaba caminar tres pasos seguidos. Logré llegar a tiempo al hotel solo para encontrarme con la sorpresa de que me habían sacado las cositas de la habitación, las habían puesto en bolsas negras como de la basura y dejado en los pasillos como cuando la esposa echa a la calle al marido pero sin la pasión que se requiere para tirarle la ropa por la ventana.

Después de una pelea casi a gritos con el encargado del hotel me dieron 20 minutos en una habitación sin agua para asearme, ponerme ropa menos mojada y correr a la estación a tomar el tren. En ese punto ya estaba usando bolsas plásticas entre las medias y los zapatos para evitar que estas se mojaran.

Yo no podía caminar por el intenso dolor en la rodilla, así que Emilio y David se fueron a la estación para asegurarse de que el tren me esperara mientras Marcos y Carolina prácticamente me cargaban calle abajo.

-“No hay viaje señor, un derrumbe se llevó las vías. Este tren no sale hoy”, informó un empleado ferroviario a las casi 100 personas que esperaban abordar el transporte a la una de la tarde.

DSCN0979

Machupicchu quedará grabada en mi mente para siempre.

Echados del hotel, mojados hasta el culo, con hambre y frío y ahora nos decían que era imposible salir de ahí. Los guías se desentendieron del problema y nadie respondía por una sopa tibia o una habitación con agua caliente como se nos había prometido en la agencia de viajes en Cusco.

Las chilenas, los motociclistas y el alemán no éramos los únicos maltratados de esta forma. Sin saber muy bien cómo lo lograríamos, comenzamos a orquestar un plan con cerca de 30 turistas de todas las nacionalidades para tomarnos a la fuerza un vagón del tren y pasar la noche ahí si era necesario.

Un comentario en “XI. La estremecedora fuerza de la naturaleza.

  1. Jejejeje me he divertido con este relato yo hice lo mismo pero en noviembre une fue mucho mejor Jejejeje Sigue con tus aventuras bendiciones y buen viaje

    Enviado desde mi iPhone

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s