X. La calma antes de la tormenta.

KM 4812. Cusco, Perú.

Aún antes de salir de Buenos Aires, traté de imaginar cómo serían los paisajes que vería por el camino. Revisé mil veces fotos en Internet de viajeros intrépidos y leí cuanto blog de viajes se ha escrito sobre las rutas que recorro sobre mi moto superpoderosa.

Pero nada me había preparado para los majestuosos paisajes naturales que ofrece Perú a lo largo y ancho de su geografía, ni para los peligrosos desafíos de sus carreteras serpenteantes y su clima despiadado.

Rumbo a Cusco la moto volvió a trepar a más de 4300 metros sobre el nivel del mar pero, gracias un truco con la válvula que regula el paso de la gasolina que me enseñó un agricultor dueño de una moto china, ahora va más rápido, con menos esfuerzo y en tercera a una velocidad de entre 40 y 50 kilómetros por hora.

Ya sé que no es muy rápido, pero en alturas similares en el pasado cercano la moto no pasaba de 20 o 30 kilómetros por hora y esa es una gran diferencia cuando se está luchando por avanzar en la ruta.

El mal de altura ya se fue, pero ahora enfrentamos temperaturas bajísimas, lluvias intermitentes de variada intensidad y carreteras resbalosas por el hielo fino que se forma sobre ellas.

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El frío arrecia mientras atravesamos los nevados Andes Peruanos.

A todo esto hay que sumarle que los conductores peruanos de bus, camión y taxi, son los peores que hasta la fecha he encontrado en el camino. Constantemente salen adelantado en curva, en contra vía y de frente a nosotros, lo que nos obliga a maniobrar para evitar la colisión de frente contra estos insensatos que se creen inmortales.

Nunca vi tanta indiferencia por la vida y las normas de tránsito. El conductor peruano es un suicida furioso al volante que no respeta a nada ni a nadie, ante la indiferencia de la policía de carreteras que poco o nada hace para regular tanta locura.

A menos de 100 kilómetros de Cusco se nos hace de noche una vez más. Yo que juré jamás conducir en la oscuridad ya llevo varios cientos de kilómetros haciéndolo sin querer queriendo.

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4335 metros sobre el nivel del mar y seguimos adelante.

Tardamos más de dos horas en llegar a la antigua capital del imperio Inca. Cuando por fin lo hacemos, nos invade una sensación de alegría infinita por haber llegado a salvo después de haber sorteado el frío intenso, la oscuridad absoluta y a varios idiotas en contra vía, sin luces en plena autopista o que iban adelantando por la derecha a toda velocidad.

Esto sin contar los varios ebrios que se adivinan por su bamboleante conducir, dando tumbos de aquí para allá en autos chocados, de latas oxidadas y con heridas en la carrocería jamás reparadas.

La entrada a la Cusco es un sin fin de barrios muy pobres, como casi todas las entradas a las grandes ciudades de nuestro continente y su casco histórico es mágico y sorprendente, como casi todos los cascos históricos de las grandes ciudades de nuestra América.

La vorágine de la rumba.

Nos instalamos en el hospedaje La Posada del Inca, un hostel adecuado en la que fuera una antigua casa colonial, ubicado montaña arriba en el tradicional barrio San Blas, cuya vista privilegiada de la ciudad encanta al viajero.

Como ya es costumbre después de una larga jornada de conducción defensiva, nos fuimos de parranda por los bares de Cusco esperando conocer a los descendientes modernos de los sabios constructores Incas. Pero la realidad es bien distinta.

Cada  bar de la ciudad que visitamos, y no fueron pocos, estaba lleno de turistas gringos, europeos, chilenos, argentinos y hasta un equipo completo de rugby australiano buscando pelea por cualquier motivo con quien se atreviera a retarlos. Los pocos locales presentes en las calles tratan de vender sus mercancías en mal inglés al mejor postor.

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Las caras rojas por las quemaduras producidas por el frío no impiden que brindemos con una cervecita.

Al día siguiente amanecí sin resaca a pesar de haber aprovechado todas las “promociones” al 2×1 en pisco sour de la ciudad y haber bebido una que otra cusqueña de trigo helada para acallar la sed que produce el baile a los 3375msnm de Cusco.

De día es otra cosa. Los extranjeros duermen los excesos de la fiesta y los peruanos en pleno hacen su aparición. La ciudad está llena de historias de actos heroicos de los indios y de episodios infames de la fuerza invasora liderada por curas avaros y militares violentos muy bien armados en épocas de conquista y colonia.

Los muros Incas, sólidamente construidos con una artesanía inmejorable, contrastan con los horrorosos templos católicos hechos encima de aquellos durante la tenebrosa ocupación española. Para entrar a estas iglesias hoy, hay que pagar un boleto.

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Selfie frente al Muro Inca en la calle Hatum Romiyoc. Cusco, Perú.

Pasamos varias noches en Cusco, la ciudad tiene mucho que ofrecer en materia de gastronomía, paseos y fiestas, pero la velada más memorable la pasamos con Marcos una noche que decidimos salir de Vía Crucis etílico con la misión  de conocer la mayor cantidad de bares en una sola noche, tomando un trago en cada uno.

La peregrinación incluyó ocho establecimientos de rumba distintos, todos con 2×1 en pisco sour que no desaprovechamos. Pasamos por establecimientos tropicales, rockeros, crossover, de reguetón, de hippies buena vibra, de reggae y hasta una cantina de mala muerte en la que la cerveza era la única bebida permitida.

El mejor fue el último, al que llegamos cerca de las 3:00AM dando tumbos de lado a lado y cantando alegres en portugués y español sin medir el volumen de la voz o la calidad interpretativa de los cantantes.

Los 7 Angelitos.

Marcos y yo íbamos subiendo las empinadas escaleras que nos llevarían hasta nuestro hogar de paso en Cusco cuando en medio del silencio de la noche en el Barrio San Blas una música lejana se comenzó a escuchar muy suave. Estábamos tan borrachos que decidimos seguirla.

Al comienzo el eco de nuestros pasos sobre los adoquines de piedra rompía el silencio frío de la madrugada cusqueña. Conforme avanzábamos el rumor de una fiesta se hacía más claro. Dimos vuelta en una esquina y caminamos unos pasos en dirección a la casa que creíamos era la de la rumba. Pero la puerta estaba cerrada.

El borracho es atrevido, así que Marcos le dio tres golpecitos a la puerta de madera a ver si alguien se asomaba. Tal vez era una casa de familia en la que se celebraban los 15 años de alguna niña inocente y su padre nos iba a sacar corriendo a palos. De pronto la puerta se abrió de par en par y la luz y la música brotaron a chorros del interior de la casa.

-“A esta hora no hay servicio, el bar ya está cerrado, pero tenemos licor, cerveza y buena fiesta! Pasen no más que la noche está muy fría”, dijo el considerado hombre.

Llegamos a Los 7 Angelitos. “Dos por uno en los mejores mojitos de la ciudad”, rezaba un cartelito en la barra del bar. Quien abrió la puerta resultó ser el dueño del sitio y nos dio la bienvenida con cocteles de cortesía, buenos de verdad, cargaditos de ron blanco como corresponde.

La música del caribe nos encendió el alma y comenzamos a bailar con la nutrida concurrencia y a hacer amigos por todas partes. Le contamos nuestra historia de motos a todo aquel que quiso escucharnos hasta que la vorágine de la parranda nos envolvió al punto de perder el conocimiento en medio de la mejor música, el delicioso mojito cubano y los nuevos amigos.

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Unos mojitos no le hacen daño a nadie. Marcos lo sabe.

Cerca de las seis de la mañana recobré algo de lucidez sentado en la barra mientras hablaba animadamente con una chilena de no sé qué. Busqué a Marcos en la pista de baile, en una salita de sillas muy cómodas en la que varias argentinas dormían a pierna suelta, lo busqué hasta en el baño y al final lo encontré en la tarima que sirve de escenario cuando hay música en vivo en Los Siete Angelitos, bailando y cantando en un español bastante bueno para estar tan ebrio.

Al salir a la calle la luz lastimó nuestros ojos enrojecidos y un viento fresco nos impulsó a subir los interminables escalones que llevan a la Posada del Inca. Quedamos en volver a Los 7 Angelitos. Que buena noche, tremenda rumba. Que duro Vía Crucis.

Buenos días Cusco.

Me levanté pasadas las 3 de la tarde, junto a mi cama reposaba un vaso de vidrio con un mojito a medio terminar y junto a la de Marcos una botella de cerveza cusqueña 750cc casi llena. No recordaba haber traído nada en las manos mientras caminaba hacia la posada. Tampoco recordaba haber llegado a seguir bebiendo en el balcón de nuestra habitación y menos me acordaba de haber levantado a gritos a todo el alojamiento.

Según Emilio, Marcos y yo llegamos carnavaliados casi a las 7:00am más felices que padre de la patria en elecciones, cantando y  gritando “BUENOS DÍAS CUSCO!”, en portuñol. En este punto pienso que los pilotos hemos tomado más litros de cerveza que las motos gasolina. Pero bueno, esto también hace parte del viaje.

Por andar de parranda olvidamos hacer los trámites que exige el gobierno peruano para subir a Machu Picchu, tampoco compramos los pasajes de tren y menos pagamos la entrada a la ciudad sagrada de los Incas. Era sábado y todos los bancos estaban cerrados a esa hora.

Las fuertes lluvias de Los Andes en esta época del año hacen muy difícil conducir unos kilómetros las motos para acercarse a la montaña y quedarse dos días más en Cusco para hacer los trámites el lunes suponía un gasto alto que no estaba en el presupuesto.

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Las fuertes lluvias de Los Andes en esta época del año hacen muy difícil conducir unos kilómetros las motos para acercarse a la montaña y quedarse dos días más en Cusco para hacer los trámites el lunes suponía un gasto alto que no estaba en el presupuesto.

En medio de las fiestas alguien nos contó que era posible pagar un tour guiado de dos días, que lleva al turista en una pequeña camioneta de 15 puestos hasta el sector conocido como la Hidroeléctrica en Urubamba y que de ahí se caminan unos 3 kilómetros por la vías del tren hasta la base de la montaña en Aguas Calientes, dónde se duerme para intentar el ascenso en la madrugada del día siguiente.

Le estoy contando esto a Emilio en un bar de la Plaza de Armas de la Ciudad cuando a lo lejos vemos emerger de una callesita la figura maltratada de Marcos. El pobre brasilero está hecho mierda por la resaca y trae una botella de medio litro de agua en la mano de la que bebe sorbos largos cada 10 segundos.

Ya los tres juntos decidimos ir a buscar el tour guiado de dos días en camioneta de 15 pasajeros y lo encontramos muy rápido y fácil. En Cusco hay varias docenas de agencias de viajes en cada cuadra, que venden el recorrido empaquetado con transporte, hotel en Aguas Calientes, guía certificado, impuestos y boletos de entrada al parque, almuerzo y cena, todo por 120 dólares cada uno.

A la mañana siguiente, luego de comer y dormir muy bien, nos levantamos temprano para ir a buscar la camioneta. Hace cuatro días no para de llover y Jesús Quispe, el conductor, nos informa que es posible que encontremos cerrado el camino hacia la hidroeléctrica por derrumbes.

También nos dice existe una alta probabilidad de Huaicos en el camino por lo que tratará de llevarnos lo más seguros posible. Un huaico, o wayq’u en quechua, es una masa enorme de lodo y piedras que las lluvias torrenciales desprenden de las altas montañas peruanas, que desbordan los ríos tierras abajo y que a su vez arrasan comunidades enteras a su paso inundándolo todo.

Las motos se quedaron en Cusco al buen cuidado del amable personal de la Posada del Inca, donde nos permiten dejarlas sin que paguemos un centavo por el servicio de estacionamiento. Mientras no estén al volante, los peruanos son gente muy buena, amable y generosa.

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El personal del Hospedaje Posada del Inca nos hizo sentir como en casa.

El cupo de la camioneta se completa con cuatro chilenas conversadoras, una pareja de novios, también chilenos, en su luna de miel, un fotógrafo costarricense buena onda, una colombiana introvertida, dos inglesas adelante al lado del conductor y un alemán que se convertiría en el cuarto mosquetero en esta parte de la aventura. 14 turistas, un conductor. Estamos completos.

El clima estaba verdaderamente difícil, llovía durísimo todo el tiempo y varios ríos ya amenazaban con desbordarse. Pero tranquilos, Jesús nos guiaba a través de las montañas a una velocidad que por momentos resulta asustadora. Jesús Quispe, el conductor, claro.

Los verdaderos problemas comenzaron cuatro horas después de haber salido de Cusco, justo cuando se acabó la carretera asfaltada y comenzó el camino viejo de barro y piedra suelta que corre al borde de profundos precipicios junto al río Vilcanota.

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Las carreteras peruanas suben sin piedad hasta encontrarse con las nubes.

En ese momento no lo sabíamos, pero el tranquilo paseo de 2 días a Machu Picchu con el que habíamos soñado se convertiría en una odisea de 3 días y medio escapando de la estremecedora fuerza de la naturaleza y sus peligros.

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