IX. Buscarle males al cuerpo.

KM 3868 y medio. Moquegua, Perú.

Conocía de sobra a las personas como El Ingeniero peruano. Ni bien lo vi la primera vez me recordó a Víctor Carranza, también llamado “El Zar de las Esmeraldas”, en Colombia. Un personaje oscuro que hizo fortuna con la minería en el departamento de Boyacá y parte de Cundinamarca, zona central de mi país.

A Carranza siempre se le asoció con grupos armados de extrema derecha, más conocidos como “paramilitares”, y fue famoso por eliminar a tiros a sus competidores en un conflicto armado que consumió el occidente de Boyacá en la llamada “Guerra Verde”, bautizada así por los medios por el hermoso color de las piedras que brotan de la montaña y que son fruto de la codicia del hombre. Entre los enemigos que ayudó a mandar al más allá, está el célebre narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha amigo y socio de Pablo Escobar en su época de auge.

-“Tres motociclistas extranjeros aparecen muertos a tiros en las playas de Ilo en la región de Moquegua, Pacífico peruano. Las autoridades investigan pero aún no tienen pistas de los móviles o los autores del macabro crimen”. Imaginé que así comenzarían los noticieros de televisión tres días después, si nos íbamos de fiesta con El Ingeniero y sus amigas.

Marcos y Emilio estuvieron de acuerdo conmigo y de la manera más amable y firme posible declinamos la invitación. Para sorpresa mía El Ingeniero lo tomó muy bien y se fue con su sombrero vaquero y una sonrisa feliz en la cara.

-“Adiós muchachos, buen viaje!”, se despidió el minero/gallero mientras palmeaba en las nalgas a cada una de sus amigas al subirse a la camioneta.

-“Adiós Ingeniero”, respiramos aliviados.

KM 4094. Arequipa, Perú.

Entramos a Arequipa temprano en la mañana y a pleno rayo del sol, después de recorrer un camino tranquilo que poco a poco fue dejando atrás el paisaje desértico para darle paso a una tierra roja sobre la que reposan plantaciones muy verdes de cebolla y ajo que perfuman el ambiente cálido de la ruta.

La ciudad es como todas por las que hemos pasado, con pobres y ricos apelmazados en una sola caja, solo que los pocos ricos ocupan más espacio en la caja que los muchos, muchísimos pobres. El centro histórico de Arequipa es muy bello, católico, apostólico y romano.

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Plaza de Armas de Arequipa.

Al parecer entre los curas Jesuitas y los Dominicos se repartieron la tierra de los indios, sin consultarles claro, en épocas de la colonia e hicieron una ciudad llena de templos muy blancos y costosos, tallados a mano por artesanos en toba volcánica o sillar, una piedra blanca, ligera y muy resistente con la que los romanos hacían sus murallas.

-“¡Cuánto lujo el de los religiosos que hacen votos de pobreza!”, me suelta una voz blasfema en mi cabeza.

Es la primera vez que llegamos tan temprano a una ciudad así que decidimos buscar un alojamiento bueno, bonito y barato con tranquilidad. Estamos en esas cuando de la nada aparece un peruano vestido de colores vivos, a medio camino entre hippie y jamaiquino, con una pluma verde colgando de la oreja derecha y un bigotico incipiente que de inmediato me recordó al del famoso personaje mexicano “Cantinflas”, interpretado magistralmente por don Mario Moreno, ofreciendo un hostel de precio razonable y camas cómodas con vista al volcán.

-“¿Volcán, qué volcán?”, pregunto sorprendido.

-“Pues ese de ahí”, dijo el hippie/rasta señalando la montaña a mis espaldas.

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A menos de 12 kilómetros del volcán Misti están los primeros barrios de Arequipa, invasiones de gente pobre que convive con el peligro real de una erupción repentina.

No se cómo no me había percatado de la imponente presencia del volcán Misti, el novio dormido de Arequipa.

Entramos al hostel de mochileros conduciendo las motos por un angosto y largo pasillo que nos llevó al amplio patio central de una descascarada casona colonial que de seguro vio mejores tiempos. La habitación era sencilla pero muy cómoda y limpia.

Salimos a buscar el almuerzo a los restaurantes ubicados en el marco de la plaza de armas y por segunda vez en la vida degusté el fuerte sabor de la carne de alpaca a la brasa, una delicia. Hace más de 15 años comí alpaca por primera vez en un restaurante de carretera al bajar de un bus de pasajeros que me llevaba en viaje mochilero de La Paz a Cochabamba en Bolivia.

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La mejor comida es la local. Alpaca, un pisco sour y la mejor vista de la ciudad.

En aquel viaje por Suramérica no tenía la libertad que ahora me da mi moto. Pasaba horas encerrado en las cabinas de los buses colectivos que me llevaban a hacer turismo del punto A al punto B.

Unas veces durmiendo, otras viendo las películas piratas finamente seleccionadas por el conductor y siempre perdiéndome de lo que pasaba en el camino, de la gente y sus historias, su comida y sus lugares más hermosos. En definitiva, en moto la vida es más sabrosa.

Luego de caminar por la ciudad unas buenas horas degustando el amargo sabor de un par de cervezas heladas, volvimos al hostel a cocinar la cena. Subimos a la terraza para ver el paisaje dominado por el volcán y compartimos una botella de vino de la reserva inagotable de Emilio con una profesora francesa de las que enseñan su lengua natal a los locales por unos cuantos dólares para seguir viajando por el mundo hasta que el cuerpo le aguante.

Nos fuimos a dormir temprano luego de la tranquila velada.

El soroche.

KM 4229. Imata, Perú a 4500 metros sobre el nivel del mar.

Se acabó el tranquilo paseo por las cálidas tierras bajas de Los Andes. Conducimos nuestras máquinas por horas montaña arriba en una lucha constante contra el frío, la altura y el dolor de cabeza que repica con fuerza desde que pasamos los 4000 metros sobre el nivel del mar.

Las motos vienen subiendo despacio por la falta de aire. La mía no pasa de 20 kilómetros por hora en primera o segunda para no perder la fuerza. Un camionero nos advirtió durante el almuerzo que la ruta entre Arequipa y Puno era particularmente fría, pero jamás imaginamos que tanto así.

El frío era tan intenso que debí usar casi toda la ropa que llevaba en el viaje: medias normales y de fútbol hasta la rodilla, uno sobre otro dos pantalones gruesos de algodón, camiseta, camisa, saco y chaqueta y un gorro de lana bajo el casco que aprieta mucho la cabeza. En las manos llevo guantes de lana sobre los cuales me pongo unos buenos guantes de cuero que poco hacen por protegerme de la cada vez más baja temperatura.

Nunca creí que extrañaría el desierto.

El hermoso atardecer que reina sobre Los Andes nos anunciaba con su rojo fulgor que se nos venía la noche encima y aún no encontrábamos dónde dormir. Por primera vez en el viaje me di cuenta que todo el equipo de acampada que traigo, incluida la bolsa de dormir, es para tierra caliente y sin lluvias.

-“En qué estabas pensando para salir así de Buenos Aires boludo!”, me grita una voz irritada en mi cabeza.

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Las rutas en Perú suben sin piedad.

Una vez más la noche nos envuelve en medio de la ruta en un paraje desolado en el que la temperatura cae varios grados bajo cero al ocultarse el sol. Acampar con este equipo no es una opción así que decidimos seguir adelante por el temor a congelarnos en la noche y amanecer como paletas.

Seguimos por una o tal vez dos horas como zombies motorizados hasta llegar al pequeño poblado de Imata, construido alrededor de una estación de tren, a más de 4500 metros sobre el nivel del mar. El mal de altura, también conocido como “soroche” o “apunamiento”, nos está matando.

Logramos que la dueña de una tienda local nos permitiera quedarnos en el segundo piso de su casa, que aún estaba en construcción, y que por baño solo contaba con una letrina maloliente cavada en la tierra dura y yerma de aquel páramo que esa noche sería nuestro hogar.

Es lo que hay. Ahora no parecía tan mala idea irse de parranda con El Ingeniero de Moquegua y sus amigas a navegar las aguas del Pacífico mientras el sol bronceaba nuestra humanidad.

Pasé una noche terrible, la peor de todo el viaje hasta ahora. Sufrimos de un fuerte dolor de cabeza, mareo intermitente y fiebre, síntomas inequívocos del soroche, lo que sumado al intenso frío, hizo que no pudiera dormir más que unas pocas horas interrumpidas por el estruendoso ruido del tren de las 3:00am que atravesó por la mitad a Imata.

KM 4420 Puno, Perú.

Al comienzo culpé de mis males a la altura, pero en un rapto de lucidez entendí que se trató de una tontería pasar tan rápido de los 2000msnm a más de 4000msnm. Lo hicimos en un solo día sin preparación alguna, sin aclimatarnos de a poco y eso nos pasó factura. A 4500 msnm cada movimiento requiere de un esfuerzo adicional que cansa el cuerpo unas 10 veces más rápido por la falta de aire y la menor presión atmosférica. A las motos les pasa lo mismo.

Salimos a la ruta luego de un delicioso desayuno de mate argentino aderezado con hojas de coca para el apunamiento y galletas de avena con chips de chocolate para completar el festín. La ropa ya me va quedando grande, siento que he bajado de peso un motón pero siempre olvido buscar una báscula de humanos para saber si es cierto o apenas percepción.

Llegamos a Puno por una ruta llena de llamas blancas que pastaban libres en el campo y curvas suaves que subieron un poco más para luego bajar hasta los 3800msnm de la ciudad a orillas del lago Titicaca. En la medida en que pasamos tiempo en la altura el soroche va cediendo hasta casi desaparecer en la tarde.

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Llamas y ovejas pastan juntas y libres en los campos peruanos.

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las llamas se atraviesan con frecuencia en la carretera por lo que hay que tener cuidado para no estrellarse con una descarriada.

 

Conseguimos alojamiento muy barato en el centro de la ciudad en un hotel de media estrella en el que nos facilitaron una especie de vitrina a la entrada del edificio en la que dejamos las motos encerradas, como en exhibición y venta.

Sentimos que merecemos algo de descanso después de dos días muy duros en la ruta y Emilio propone irnos de parranda a embriagarnos con cerveza Cusqueña helada por los bares de la ciudad. Aceptamos encantados.

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Embarcadero del Lago Titicaca, Perú.

Encontramos una Puno atestada de extranjeros, sobre todo de europeos muy blancos de cachetes rojos que a pesar de estar en una ciudad de tierra fría andan por ahí de bermudas, con camisas de colores sin mangas y en chancletas u ojotas como se conoce a ese calzado de corte veraniego al sur del continente americano

La resaca al día siguiente se confundió con el mal de altura, pero pasó rápido con una buena y abundante comida de arroz chino y pollo frito con mucha agua. Marcos y Emilio se fueron a hacer turismo a las islas del lago Titicaca y yo aproveché a quedarme en el hotel para hablar con mi hija Cata vía Internet y contarle que vamos bien y que cada día que pasa es uno más cerca de ella.

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Marcos y Emilio de turismo en las islas flotantes del lago Titicaca.

Estaba en esas cuando con el codo le di un golpecito a un vidrio pequeño en la parte baja de una venta oculta tras una cortina roja y descolorida. El vidriecito, que no era de más de 3cms x 3cms, se rompió  y procedí a retirarlo para evitar que yo o alguno de mis compañeros se cortara por accidente. Más tarde el viento sacudió la misma ventana y la abrió de un golpe ya que yo la había dejado sin asegurar al quitar el vidrio pequeño.

Nunca entendí cómo pero el vidrio gigante, de unos 50cms x 50cms se salió de su lugar sin romperse luego del sacudón propinado por el viento y quedó en vilo a dos pisos del suelo por donde pasaban otros clientes del hotel. Al darme cuenta salté de la cama en un intento desesperado por reacomodarlo antes de que le cayera encima a alguien, pero no lo logré.

Un segundo antes de atraparlo en el aire, el dichoso vidrio se soltó de la tela de araña que lo sostenía y solo alcancé a gritar “¡cuidado abajo!”, tan fuerte como me fue posible.

El cristal estalló contra el suelo en un estruendo como de catástrofe natural sin dañar a nadie, pero el encargado me culpó del accidente y nos obligó a pagar el equivalente a 20 dólares en soles a pesar de haberle explicado que el vidrio no tenía por qué salirse de su lugar si el mantenimiento de las instalaciones del hotel y su media estrella estaba hecho a cabalidad.

-“Usted abrió la ventana, es su culpa”, repetía entre dientes el encargado como un autómata programado para decir solo esas siete palabras hasta exasperar al turista.

Salimos de ahí a la mañana siguiente rumbo al mítico Cusco. En ese momento no lo sabíamos pero en los siguientes 400 kilómetros pondríamos a prueba nuestras habilidades de conducción evasiva aprendidas a la fuerza en las rutas chilenas, con los maestros de la imprudencia del Rally Dakar, varias semanas atrás.

 

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