VIII. Los bandidos de siempre.

 

KM 3355. Iquique, Chile.

Pasamos por Iquique muy rápido, apenas nos dimos tiempo para buscar aceite de motor en en un barrio de talleres de motos y un almuerzo sabroso en un pequeño restaurante del mismo lugar en dónde encontramos el lubricante.

-“Entran a un bar un colombiano, un brasilero y un argentino….”, parecemos el comienzo de un buen chiste.

La mezcla de nuestros acentos llama la atención de quien nos oye hablar siempre que entramos a un lugar a pedir cualquier cosa y eso nos ayuda a entablar una rápida y amigable conversación casi con cualquier persona. Jorge Luis y María Clara, los dueños del restaurante casero, en el que mecánicos de motos de todas las marcas hacen fila para entrar, no fueron la excepción y nos contaron, a grandes rasgos, la historia del norte de Chile y  como este territorio fue ganado en batalla a los peruanos.

Por supuesto resaltando siempre el heroísmo en la guerra de los bravos hombres chilenos por encima de los esfuerzos de sus adversarios para mantener su posición.

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La parte chilena de la Carretera Panamericana  está en muy buenas condiciones, lo que permite disfrutar el recorrido y su paisaje desértico.

Aunque Jorge Luis y María Clara tienen nombre de personajes de telenovela venezolana, son de Copiapó, una región minera celebre por el derrumbe de una mina con 33 mineros en su interior que de manera casi milagrosa salvaron la vida con no poco esfuerzo y sufrimiento transmitido en vivo y en directo para el mundo por radio, prensa y televisión.

Terminamos el almuerzo y salimos como rayo del lugar. Luego de subir unos tres o cuatro kilómetros por una pendiente muy pronunciada llegamos a una estación de gasolina que presta el servicio de ducha y baño a los viajeros.

Todavía no lo sabíamos, pero en los siguientes kilómetros conoceríamos a los bandidos de siempre.

La Gitana.

Ya no recordaba hacía cuántos días no me bañaba con agua dulce que saliera a chorros por un tubo empotrado a la pared. Marcos dice que dos días, pero el olor de mi cuerpo aseguraba con vehemencia que eran tres días de sal marina, desierto y sudor.

Nunca había visto gitanos de verdad y en el lugar estaba un grupo de siete gitanas adultas con cuatro niños entre los 2 y 6 años de edad que de inmediato se lanzaron sobre nosotros para pedir dinero, tratar de vendernos trastos viejos que seguro se cayeron de algún camión de chatarra en la Panamericana y, por supuesto, para ofrecer leernos el pasado, presente y futuro escrito en las líneas de nuestras manos. A todo dijimos que no.

Antes de pasar a tomar la ducha, en la estación de gasolina nos advirtieron que cuidaramos nuestras pertenencias de las gitanas ya que al parecer tienen la costumbre de tomar prestado aquello que no está firmemente asegurado a las motos para luego venderlo ahí mismo, así que tomamos turnos para asearnos y uno de nosotros siempre estuvo afuera con las motos, las maletas y las gitanas.

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El desierto, mi compañero fiel.

Durante mi guardia, una gitana joven de apenas unos 25 años, se interesó por mi Honda V-Men y en un español que a duras penas logré comprender me dijo su nombre, “Dika”, y preguntó de dónde veníamos. Le respondí cualquier cosa, la verdad esta mujer me tenía un poco aturdido.

Su cara era bellísima pero se veía una tristeza infinita y antigua en sus ojos verdes muy claros. Su cabello rubio oscuro nunca había conocido la suave caricia del champú pero lo llevaba bien peinado y atado con una cinta roja. Su piel tostada por el sol desconocía la existencia del bloqueador solar o la crema hidratante de noche que usan las señoras para desmaquillarse.

Mi mirada trató de quedarse en sus ojos profundos, pero sus senos perfectos me lo impidieron. Se veían firmes a través de su raída y larga camisa beige transparente que le llegaba casi hasta las rodillas. Sus hombros desnudos brillaban con la luz del día y su falda, alguna vez de color naranja, se dejaba atravesar por los rayos del sol que a contraluz permitían adivinar unas piernas bien torneadas a causa de andar a pie por el mundo todos los días sin descanso. Ahora que lo pienso estaba prácticamente desnuda frente a mí.

-“No usar sostén debe ser una antigua tradición gitana”, me dice una voz maravillada en mi cabeza.

La extrañamente bella Dika me sigue murmurando palabras que no logro entender. Era algo como un hechizo en lengua romaní mezclada con español que lanzaba mirándome fijo a los ojos para luego tratar de venderme una olla esmaltada de buen tamaño que cargaba apoyada en su cadera. Ante mi negativa me hace un gesto de resignación y se va directo hacia una pareja que está abasteciendo de gasolina su auto unos metros más adelante. No le funcionó el hechizo comercial conmigo.

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Vamos por los últimos kilómetros del norte chileno. Marcos por poco pierde el equilibrio al posar para esta foto.

Los Bandidos y el Robo.

KM 3418. Huara, Chile.

La salida de Iquique es una subida de más de seis kilómetros de largo que va serpenteando montaña arriba entre acantilados que meten miedo por su altura. De caer por uno de ellos encontraría el fin de mis días contra piedras gigantes y afiladas que en milésimas de segundo acabarían con el viaje en medio de un gran estallido rojo tipo Tarantino.

Al ganar altura y conquistar la cima el camino se hace recto y se ve flanqueado por la arena del desierto. Un fuerte viento nos exige andar lento y con mucha precaución pues la intensidad de las ráfagas es tal que nos obliga a  ir inclinados hacia un lado para contrarrestar su violencia. La noche nos llega en un poblado pequeño y frío llamado Huara.

-“Buenas tardes comandante, mi nombre es Gerardo Soto. Mis amigos y yo recorremos el mundo en esas tres motos que ve allá afuera. ¿Será posible instalar las carpas para pasar la noche en su puesto de carabineros?, pregunté con voz marcial.

El comandante Morales nos mostró un lugar frente a su estación de policía en el que nos instalamos con la tranquilidad de estar a salvo del viento y los bandidos. O por lo menos eso creíamos.

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Dormimos en Huara sin sospechar que habíamos sido asaltados en la noche.

Al despertar al día siguiente descubrimos que nuestras provisiones habían sido asaltadas. Papas y cebollas regadas por toda la plaza de armas del regimiento policial, sobres de sopa instantánea  y restos de tomate fresco adornando la base del asta de la bandera chilena y bolsas rotas, antes llenas de pan, quedaron en el piso como evidencia del saqueo.

La investigación duró poco y no tardamos en descubrir a los dos ladrones con la ayuda de los carabineros chilenos. Total, Huara es un pueblo chico. El líder de la banda, rubio y flaco respondía al nombre de Toni y era de confianza del comandante Morales. El otro era negro como la noche, desayunaba a diario en la estación de policía y respondía al alias de Max.

Los dos perros de raza criolla nos dejaron sin comida por un desafortunado descuido de Emilio quien, luego de cocinar la cena en la noche anterior, no guardó de manera adecuada las bolsas llenas de alimentos. Desayunamos mate y galletas, lo único que sobrevivió al ataque canino.

KM 3638. Arica, Chile.

Llegamos a Arica recorriendo la carretera Panamericana a través del desierto silencioso y caliente que solo se altera cada vez que un camión de carga pasa zumbando junto a las motos a más de 140 kilómetros por hora.

Nosotros establecimos una velocidad media de 80 kilómetros por hora para disfrutar el viaje. Claro que Emilio, amante de la velocidad,  de cuando en cuando da tremendos arrancones y nos deja viendo polvo como el correcaminos al coyote en las caricaturas de antaño.

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Primavera en el desierto.

Poco antes de llegar a Arica mi moto se apaga en plena ruta sin avisar. Me quedé sin gasolina en pleno desierto. Mi Honda tiene dos litros de reserva en el tanque que me permiten llegar a la ciudad apenas con el olor del combustible.

La primera resaca.

KM 3718. Tacna, Perú.

Al llegar a la frontera sorprende mucho ver un campo minado en pleno proceso de desactivación de los artefactos explosivos sembrados en la tierra. Una cerca alambrada, como las de los documentales de NatGeo sobre los intentos fallidos de cruzar clandestinamente el muro de Berlín, protege esa tierra de nadie.

Cada dos metros hay carteles que avisan del peligro de muerte que se corre si se intenta pasar la frontera a las malas. Nunca imaginé que el nivel de confrontación entre Chile y Perú diera para minar su línea limítrofe.

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Primeros kilómetros en Perú. El desierto no conoce fronteras.

Luego de un trámite aduanero más bien rápido y sencillo, pasamos a Perú poco antes de las seis de la tarde y rápidamente nos instalamos en nuestro primer hotel de tres estrellas de la travesía. Agua caliente, internet y por primera vez en semanas, televisión por cable y una cama blandita para cada uno.

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Emilio y yo posando para la foto de bienvenida a nuestra primera ciudad peruana.

Quiso la fortuna que el día en que cruzamos a Perú coincidiera con el cumpleaños número 30 de Marcos, así que luego de una ducha con abundante agua dulce salimos a celebrar con dos pollos fritos, papas a la francesa y ensalada que apuramos con tragos largos de cerveza helada y varios litros de pisco que nos mantuvieron cantando y bailando por los bares de Tacna hasta bien entrada la madrugada.

Como era de esperarse la resaca y el hambre nos levantaron a golpe de tambor pasado el mediodía. Luego de un almuerzo poderoso, mucho alka-seltzer y varias aspirinas, cambiamos el aceite del motor de las tres motos, aceitamos y estiramos las cadenas y lavamos nuestras maquinas a fondo para enfrentar Los Andes peruanos al día siguiente ya sin los efectos del alcohol en la sangre.

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El buen clima de Tacna nos anima a celebrar con cerveza fría.

 

El Ingeniero.

3868. Región de Moquegua, Perú.

Paramos  a cinco kilómetros de Moquegua en una posada en la bien llamada “Ruta del Pisco”, donde dicen que se hace el mejor del país. Era un lugar amplio y bien iluminado con restaurante abierto las 24 horas, habitaciones para viajeros y servicios sanitarios completos.

El dueño del lugar, un peruano gordo de bigote y cejas pobladas, al que llamaban don Pancho, nos permitió instalar las carpas en el estacionamiento. Lo que no sabíamos es que en la madrugada el restaurante se convierte en una estridente discoteca que toca a grito herido las canciones de moda de las bandas de la región y varias cumbias más provenientes de nuestros países del sur del continente americano.

Un hombre alto, rechoncho y de piel café al que le decían “El Ingeniero”, celebraba a manos llenas que le habían pagado un buen negocio. Estaba rodeado por varios hombres armados que parecían ser sus amigos y varias mujeres en tacones altísimos y muy cortas minifaldas que bailaban lo que fuera en medio de una parranda que al parecer no tendría fin.

Sobre las 8 de la mañana del día siguiente desperté y la música aún sonaba al fondo en el restaurante/discoteca. Don Pancho, más borracho ahora que la noche anterior me mandó avisar con un mesero que El Ingeniero nos quería conocer y brindarnos unos tragos de Pisco Biondi, que según dicen es el mejor de la región. Dadas las circunstancias, esa fue una oferta que no pudimos rechazar.

-“Buon Giorno padrino”, me sentí tentado a saludar al Ingeniero en clara referencia a sus actitudes mafiosas, pero mejor no. Me arrepentí mientras estiraba la mano para estrechar la suya adornada con tres anillos de oro coronados con piedras rojas y verdes que de seguro las señoritas en minifalda habían besado toda la madrugada.

-“Buenos días Ingeniero”, dije con mi entrecortada voz de gallina colombiana al notar que él también estaba armado de revolver al cinto. Pero apreté duro su mano, como los machos.

El hombre resultó ser un peruano alegre y muy conversador que en efecto nos recibió con la botella prometida en la mano. Probamos el pisco y la verdad estaba buenísimo. Nunca más probé uno de un sabor tan agradable, fresco y fuerte a la vez.

El ingeniero no parecía amanecido, al contrario, se veía fresco y listo para seguir la rumba. Nos contó que además de ser el dueño de una mina de la que extrae oro muy cerca de ahí, pertenece a la Liga de Lucha de Gallos del Perú y que viaja por el mundo salvaje llevando sus mejores ejemplares a batirse en duelos que terminan en la muerte de un animal y en el enriquecimiento fortuito del dueño del gallo sobreviviente.

Pasamos un buen rato con este padrino criollo. Nos hace reír entre pisco y pisco y nos confirma lo que sospechábamos desde la noche anterior. Sus acompañantes son putas de reconocida trayectoria y sus amigos, guardaespaldas entrenados que lo cuidan a sol y sombra.

Es sábado y nos invita a ir con él y su séquito a las cercanas playas de Ilo, a dos horas de donde estamos, en una de las cuatro camionetas 4×4, último modelo y de vidrios polarizados que lo esperan afuera de la posada para pasear en bote por el Pacífico, beber y comer lo que se nos antoje. Al parecer le caímos bien al Ingeniero.

Desierto Perú

Y ahora, ¿Quién podrá ayudarnos?

Salimos a desarmar nuestras carpas al estacionamiento bajo el ojo vigilante de los guardaespaldas mientras tratábamos de idear la respuesta que le daríamos a nuestro potentado amigo sobre su nueva propuesta, que también parecía de esas que no se pueden rechazar.

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