VII. Dejarse sorprender

KM 2897. Antofagasta. Chile.

Al terminar el almuerzo nos quedamos a charlar con un grupo de camioneros regordetes y bonachones que nos recomendaron salir de la Ruta 5 y seguir por la vía costera número 1 hasta Antofagasta, que según ellos era más bonita, tranquila y corta.

Después de todo lo que pasó con la gente del Dakar, decidimos aceptar el consejo de los profesionales del volante y bajamos al pueblo de Taltal para tomar la Ruta 1. No se equivocaban nuestros amigos. La carretera resultó espectacular, con curvas suaves que corren a pocos metros del mar y sin una nube en el horizonte.

Un camino magnífico y solitario que invita a la reflexión profunda. Rodar así es como practicar yoga, pero en moto. Queda uno tranquilito y agradecido con la vida de poder ver la majestuosidad de la naturaleza con tanta paz. Esta nueva ruta además nos ahorró 160 kilómetros de recorrido que de otra forma tendríamos que haber hecho a través del desierto de Atacama viendo arena a lado y lado de la ruta.

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La vista de los últimos días ha sido un verdadero privilegio.

Llegamos a Antofagasta cerca de las seis de la tarde. En esta época del año el sol se oculta sobre de las 9:00pm, así que decidimos relajarnos un poco y buscar algún hilito de Wi-Fi en una estación de gasolina para avisarle a la familia que vamos bien. Se nos fueron dos horas actualizando el estado en Facebook.

Eduardo Rosa, el hermano de Marcos, le regaló uno de esos libros para gringos viajeros que parecen una biblia. Viene con datos muy útiles de sitios de acampada, hostels, clima según la fecha del año, mapas, rutas, transporte público y todo aquello que le pueda servir al turista. Nunca vi a un latino cargar con una guía de esas, hasta ahora.

Ya es de noche y el libro nos manda a un campamento carísimo y sin agua para ducharnos, que desestimamos de inmediato. Vamos a otro más económico pero la mala actitud del propietario nos saca corriendo de ahí. La ciudad parece estar llena de turistas y no hay lugar para hospedarse en ninguna parte.

Seguimos peregrinando de aquí para allá sin suerte hasta que de la nada aparece un campamento en plena playa. Bajo de la moto para hablar con la encargada del lugar quien nos recibe feliz y sin cobrarnos un peso nos da un buen espacio para armar nuestras carpas, acomodar las motos y cocinar. No teníamos agua potable así que volví donde la encargada a ver si nos vendían un litro o dos para hacer la sopa y pasar la cálida noche hidratados.

-“El agua no se vende”, dijo con voz de mando la señora Elsy, coordinadora del lugar, mientras mandaba llenar mi cantimplora y el camelbak de Marcos con agua fresca a dos mujeres jóvenes, delgadas y perfectamente bronceadas que oían la conversación al fondo de la carpa.

-“Si necesitan más me avisan que aquí el agua es de todos”, ofreció generosa el tesoro líquido más apreciado en estas tierras áridas que nunca ven llover.

Pasaríamos la noche en los dominios de la Agrupación de Carpistas de Antofagasta, un conjunto variopinto de gente sencilla y sin más hogar que los muros de nylon, poliéster y plástico verde de sus carpas.

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Personas sin tierra encuentran hogar en esta playa.

Sus habitantes tuvieron que llegar a esta playa expulsados de la suntuosa ciudad, por la falta de empleo, para vivir en condiciones precarias en un predio que años atrás funcionó como lugar de paso para turistas y mochileros de todas las nacionalidades, pero que ahora estaba en ruinas, apenas rescatado por esta gente buena que vive en su playa sin agua, luz, teléfono, gas, Instagram, Facebook o Twitter, pero con una dignidad que sorprende.

Son casi las 11:30 de la noche. Marcos está cocinando a gas mientras Emilio y yo levantamos las carpas. El hambre llama a gritos desde lo más profundo de mis tripas cuando aparecen frente a nosotros la hermana menor y la hija mayor de Elsy con un plato plástico de buen tamaño en el que reposaban tres empanadas gigantes rellenas de mariscos frescos y aceitunas que nos ofrecen para mitigar el hambre mientras tanto.

Ofrecemos pagar por la comida, pero rechazan nuestro dinero en una muestra más de generosidad que nos deja sin palabras. Deliciosas! No había probado empanadas tan sabrosas desde Mendoza. Las devoramos en segundos y damos las gracias como los caballeros bien educados que somos. Fueron ellas quienes llenaron mi cantimplora de agua en la carpa mayor más temprano.

Trabajo en equipo

Dormí muy bien, pero el sol no permite que lo haga más allá de las ocho de la mañana cuando la temperatura alcanza fácilmente los 24 grados a la sombra. Recién ahora podía ver la real dimensión del campamento que se extiende por más 1000 metros cuadrados sobre la playa.

La gente está muy activa. Algunas personas salen a la vía a buscar transporte para ir a trabajar mientras los demás se quedan en casa a organizar las carpas y a barrer sus entradas de arena gris para darles un aspecto más prolijo.

La noche anterior charlé un rato con Renán, un hombre de no más de 40 años, delgado, de mediana estatura, moreno a golpe de sol y de un humor ácido que divierte y hace fluir la conversación. Vive unos metros atrás de mi moto en una carpa no muy grande, que alguna vez fue verde manzana, con su mujer y dos hijas pequeñas que no van a la escuela por ser muy cara para ellos.

Renán solía trabajar como conductor de camioneta para una compañía minera, pero lo despidieron hacía ya dos años y en ese tiempo solo había conseguido trabajos temporales que pagaban poco o muy poco.

-“No hay trabajo po. Pero algo hay que hacer pa comer weón”, dice Renán sin asomo de preocupación.

Estoy pensando en qué desayunar cuando pasa Renán con sus dos hijas de la mano. Las más grande es rubia como la mamá, va con camisa naranja y sandalias y la otra de cabello castaño claro como el del papá, con camisa roja y sandalias iguales a las de su hermanita. Tendrán cinco y seis años. Me saluda como a un antiguo camarada y sigue su camino.

-“Y a dónde irán a esta hora”, me pregunta una voz intrigada en mi cabeza.

El misterio se revela a los pocos minutos. El trío va buscando latas de cerveza y gaseosa vacías para reciclar. El padre hurga en las canecas de basura, saca las bolsas, revuelve los desperdicios de quienes gastaron su dinero la noche anterior en alcohol y encuentra el tesoro de aluminio escondido en la podredumbre. Otra forma de hacer minería.

Renán saca cada lata y la pone en el suelo, luego su hija rubia le da un fuerte pisotón para aplastarla y acto seguido la niña de cabello más oscuro y camisa roja guarda la lata aplanada en una bolsa blanca como de supermercado que seguro también reciclaron. Es trabajo en equipo, producción en cadena.

Comienzan con los botes de basura que están cerca de la Agrupación de Carpistas y se van alejando de caneca en caneca siguiendo la línea costera, repitiendo el ritual hasta perderse en una curva de la playa con la ciudad reluciente de fondo.

Desayunamos al estilo argentino: Mate y galletas. Cargamos las motos y agradecemos a Elsy y su familia por la generosa atención de que fuimos objeto. Salimos por la misma vía que Renán y sus hijas y a menos de 5 minutos de estar rodando los veo a lo lejos.

Los alcanzamos justo en frente a una línea de playa con hoteles lujosos en frente. Ahí sí que debe haber un montón de aluminio y botellas vacías de whisky, vodka y ginebra para sumar al botín.

Toco la bocina sin asustar a nadie, los turistas van con audífonos oyendo quien sabe qué, y levanto la mano para despedirme mientras bajo la velocidad para asegurar que me vean. Los tres se despiden agitando sus manos en alto. Las niñas saltan y dan vueltas jugando mientras me dicen adiós .

Pienso en mi hija. No debe haber niñas trabajando en la calle.

KM 3048 Cementerio familiar de los Rivera.

Fieles al consejo de los camioneros de Taltal seguimos por la Ruta costera número 1 por la orilla del océano. La carretera da para correr un poco y Marcos y Emilio se adelantan sin que yo los vea por más de una hora. De pronto al salir de una curva veo a Marcos estacionado a la orilla del camino mirando en dirección al mar, de espalda al desierto.

Detengo la moto a ver lo que tiene a Marcos tan concentrado y resulta ser algo sorprendente: en la playa, bañado por las olas del mar, hay un cementerio sin lápidas con más de 200 cruces de madera marrón oscuro que identifican a cada muerto por nombre, fecha de nacimiento y día de su muerte.

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Marcos contempla el sorprendente cementerio a la orilla del Océano Pacífico.

En lo que parece ser la entrada al campo santo hay un letrero que advierte: “no lo destruya, Cementerio de la Familia Rivera Cañete”.

KM 3219 Playa Ike Ike. Los pescadores de algas.

La noche se avecina y con los pocos rayos de sol que nos quedan decidimos acampar libremente en una playa donde hay varias familias chilenas veraneando junto a sus camionetas 4×4. Esta es una playa en la que además viven pescadores de algas marinas que secan al sol para luego ir a venderlas al mercado de Iquique.

Al primer intento de entrar en la playa las motos se entierran en la arena blanca y fina mientras el sol sigue su camino para esconderse en el horizonte en un espectáculo de luces rojas y naranjas que alegran la vida. Es una escena que se ha vuelto familiar para nosotros, pero no por eso deja de maravillarnos su belleza.

Con ambas ruedas de cada moto enterradas en la arena, llegan a la carrera dos niñitos de no más de 6 años cada uno dispuestos a ayudarnos a salir del apuro a cambio de contarles historias del lugar del que venimos.

En este punto de la historia no podíamos más que reír. Inmovilizados en una playa tipo paraíso, cargados hasta las banderas, sudando la gota gorda por el calor extremo del desierto, en motos con ruedas no aptas para andar rodando en arena y la única ayuda que viene es de dos muchachitos que no pueden vestirse solos. Pero no importa, aceptamos la ayuda encantados.

El más simpático es Jorgito, no llega a medir un metro es un niño que nació bronceado y no sabe lo que es usar camisa. Como diría mi abuela “habla más que un perdido cuando aparece” y según nos cuenta vive con sus padres y un hermano mayor en una de las casas de madera y techo de lata de los pescadores de algas. El niño que lo acompaña es su primo.

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Jorgito acompaña la salida de las motos de la arena.

 

Ninguno de los dos conoce otro mundo más allá de esa playa. Saben que  hay un lugar misterioso que queda pasando la carretera, hacia el desierto y tras una montaña que se ve a lo lejos, desde donde vienen almas en pena a castigar a quienes se atreven a meterse en sus dominios.

Jorgito lo llama “El Castillo”. Don Jorge, su papá, le contó que en medio de unas ruinas más allá de la carretera habitan espíritus dispuestos a castigar a los niños que se portan mal y a los extraños que dañen o ensucien su playa. Me parece un trato justo.

Queda un hilo de luz solar. Frente a nuestra playa hay una pequeña isla de piedra que sobresale del mar unos 20 metros y sobre ella veo gente retozando, unas quince personas en total. Jorgito me advierte que son los lobos marinos.

-“¿Muerden?”, pregunto asustado.

-“Ellos no vienen cuando hay gente”, responde Jorgito dándome tranquilidad.

Después de una hora de lucha contra la arena y de bajar la presión de las ruedas dejando escapar un poco de aire, logramos sacar las motos y llevarlas a menos de 10 metros del océano para plantarlas en arena más firme donde tendemos nuestras hogares de nylon. Cocinamos una cena sencilla y nos acostamos a dormir tan rápido que no alcanzamos a decir hasta mañana.

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Cuándo el sol se va, quedan el sonido del mar y las estrellas para arrullar al viajero.

Martina.

El sol está calentando medio mundo y dentro de mi carpa su fuerza se siente redoblada. El rumor de las olas tranquilas me invita a terminar de despertar y debo hacerlo rápido antes que el calor se haga insoportable. Despertar a los colegas, desarmar la carpa, cargar las motos y volver a la ruta. Ese era al plan.

Las familias en las gigantescas carpas cercanas comenzaron su actividad más temprano. Por lo que se ve, las señoras madrugaron a preparar el desayuno y ya están llamando a todos a sentarse a la mesa. Si, tienen mesa. También sillas, platos, cubiertos y una pequeña planta de energía que usaron para darse luz en la noche.

Música, también tienen música que sale de algún equipo de sonido empotrado en alguno de los mil compartimentos de sus muy trajinadas camionetas 4×4.

De pronto llamó mi atención que frente a una 4×4 Mitsubishi blanco hueso, y a menos de 10 o 15 metros de mí,  una chilena linda de unos 20 años, piel morena, alta y delgada bailaba despacito lejos de la mirada de sus acompañantes.

Sus largas piernas comenzaban en un pequeño short de jean azul, deshilachado por el uso, y llegaban hasta la arena que ya comenzaba a calentarse, para rematar en unos pies elegantes y desnudos que se movían al ritmo de una tonada que no logré identificar pero que me pareció una versión chilena de Love in an Elevator de Aerosmith.

Ella seguía bailando mientras con una mano sujetaba su cabello y con la otra iba subiendo su blusa ligera, blanca y semi transparente para dejar al descubierto un ombligo perfecto y tan bellamente puesto en ese abdomen de bronce plano y bien templado que me hipnotizó de inmediato. No pude seguir desarmando mi carpa, ni despertar a mis amigos, ni mucho menos cargar la moto.

Me quedé ahí parado, viéndola descaradamente sin que el mundo a mi alrededor importara. Ella siempre supo que la estaba mirando, se dio cuenta desde el principio que me tenía atrapado con su ritmo. Dio una vuelta y me lanzó una mirada de frente que, si fuera mal pensado, habría creído que era una invitación a disfrutar de su danza y su panza un poquito más de cerca.

Una vuelta más revoleando el pelo negro, lacio y largo hasta la mitad de la espalda, para luego bajar la blusa a la altura de cintura en un lento movimiento de zigzag.  Con la mirada fija en mis ojos chinos, dio dos pasos decididos hacia mí.

-“Martina el desayuno!”, gritó una de las señoras desde el otro lado de la Mitsubishi blanco hueso, mientras avanzaba a buscar a su hija, nieta, sobrina o lo que fuera Martina de esa destrozadora de momentos mágicos. La tomó del brazo y se la llevo. Nunca más la volví a ver.

-“¿Che, estas bien hermano?”, me preguntó Emilio al salir de su carpa y verme ahí parado, inmóvil como una estatua, viendo el espacio vacío en el que hasta hace unos minutos bailaba la bella Martina.

-“No me lo vas a creer hermano….”, murmuré con tristeza.

 

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Entre carro y moto bailó Martina.

 

 

Ni bien terminamos de cargar las motos llegó Jorgito contando historias de otros motociclistas que habían pasado temprano haciendo ruido por la carretera cercana y de más espantos que lo cuidan en la noche.

Las historias de fantasmas vengadores y territoriales sirven para que los niños de la comunidad de pescadores de algas no se atrevan a cruzar la peligrosa carretera que lleva a Iquique, dos murieron atropellados el año anterior.

Marcos subió a Jorgito a la moto y lo llevó hasta su casa con el casco puesto por si acaso. El niño agradeció la vuelta en moto con una sonrisa de oreja a oreja y un abrazo sincero, propio de una criatura inocente que no ha visto la maldad del mundo. Este habría sido un gran lugar para dejar la pelota que me hicieron perder los idiotas del Dakar. Nos despedimos de los pescadores y sus hijos y seguimos adelante.

 

Nos vamos acercando al final de la ruta chilena que no para de sorprender.

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