VI. Sin tiempo para el miedo.

KM. 2120. Enero 8. Región desértica de Atacama, Chile.

Estuve luchando toda la mañana con la pelota de fútbol que traigo desde Buenos Aires. No he podido encontrarle un lugar adecuado entre el montón de maletas que carga la V-Men del asiento del pasajero hacia atrás y se cae cada rato, lo que me obliga a detenerme siempre que decide salir rebotando por la Panamericana rumbo a las arenas del desierto. Tiene vida propia esta pelota.

Las rutas chilenas en general están en muy buenas condiciones y avanzamos poderosamente rumbo al norte del país. Luego de varias horas de rodar sin ver nada más que arena y una ocasional estación de gasolina de Copec, paramos a almorzar en una posada en medio y medio del ultra cálido desierto de Atacama.

Esta posada tenía un atractivo que resultaría definitivo a la hora de tomar la decisión de dónde comer en estos parajes perdidos del mundo: La cantidad de camiones parados frente a ella.

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Es sabido en el mundo entero que camionero que se respete se detiene a comer siempre en lugares en los que la comida es rica, abundante y barata.

Y no nos equivocamos. Sopa de arroz y verduras en una taza de porcelana gigante que parecía no tener fondo, seguida de otro plato blanco gigante del que salían por los lados un trozo generoso de chuleta de cerdo, ensalada y arroz suficiente para alimentar a una familia de 10 integrantes. Todo bajó con dos botellas de gaseosa helada, perfecta para el ambiente sofocante en el que estábamos.

Terminado el abundante festín, felicitamos al cocinero y nos invadió de nuevo un sopor irresistible que nos obligó a buscar una sombra cercana para reposar por más de media hora antes de volver a la ruta y a sus sorprendentes paisajes.

Chile parece tener todas las escenas majestuosas del universo. Desde montañas nevadas, pasando por desiertos agrestes, hasta playas tranquilas en las que dan ganas de dejarlo todo y quedarse a vivir un sueño de libertad.

-“Ya lo dejaste todo para vivir tu sueño, idiota!”, me regaña una voz furiosa en mi mente.

KM 2348 Caldera. Chile.

Llegamos a Caldera al final de la tarde. La jornada ha sido un bello paseo de más de 400 kilómetros bajo el sol radioactivo del desierto de Atacama y de cuando en cuando, la visión cercana del océano Pacífico. La pelota apenas se ha caído dos veces de la moto desde el almuerzo, pero ahora no me molesta porque aprovecho para tomar cuantas fotos me es posible.

En Caldera no hay donde acampar, pero en el malecón del pueblo unos muchachos algo ebrios nos cuentan de una playa cercana ubicada en la Bahía Inglesa en la que los entusiastas del Rally Dakar aguardan la llegada de la siguiente etapa de la dura competencia.

No se diga más! Nos devolvemos un par de kilómetros, ya de noche, para comenzar a buscar un lugar para armar las carpas, comer y dormir tranquilamente.

La entrada a la Bahía Inglesa es de ripio y arena de playa. Llevamos las motos despacio, derrapando de lado a lado en un movimiento que resulta divertido y sirve de entrenamiento para un momento de urgencia en que se necesite esta habilidad. Y se iba a necesitar en Perú, pero en ese momento de juego tranquilo no lo sabíamos.

La noche estaba oscura y las estrellas brillaban en el cielo como nunca antes en la vida las había visto. Decido pararme en los pedales de la moto a baja velocidad y levantar la mirada al cielo para entregarme por completo a la sensación de libertad que otorga este mágico paraje.

No sé en qué momento se acabó el camino de ripio. La rueda delantera de mi moto se clavó en un banco de arena de unos 40 centímetros de profundidad y yo salí volando sobre los mandos. Vuelta mortal en el aire y caigo de espalda con brazos y piernas abiertos sobre la arena blandita de la playa.

La moto quedó en pie, no se cayó. Estaba ahí, con la rueda delantera hundida en la arena mientras su faro me miraba burlón apuntando su rayo de luz a mi cuerpo que yacía inmóvil cara arriba, contemplando la bóveda celeste como nunca antes lo había hecho.

Cuanta paz y silencio. Solté una carcajada que competía con el tranquilo sonido del romper de las olas del mar en una playa cercana. No me pasó nada en absoluto. Estuve luchando unos cinco minutos para sacar la moto de la trampa de arena, sudando a chorros por el esfuerzo, hasta que logré liberarla poniendo una piedra plana de buen tamaño bajo el soporte lateral para inclinarla y rotarla sobre su eje hacia una posición que me permitió la salida.

Ahora estaba perdido. Marcos y Emilio no se dieron cuenta de mi caída y siguieron camino rumbo a una luz lejana que yo nunca vi porque iba siguiéndolos a ellos. No veo nada bien en la noche.

Comencé a conducir hacia donde se oían las olas con la esperanza de encontrar arena compacta y rodar mejor, cuando vi a lo lejos la dichosa luz que perseguían mis compañeros.

-“¿Qué pasó, che? ¿Por qué tardaste tanto?, preguntó Emilio curioso frente a la entrada al campamento.

-“Nada hermano, me quedé viendo las estrellas”, mentí de inmediato para evitar el ridículo.

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Hace frío en las noches del desierto de Atacama.

Para estar en medio de la nada, este campamento cuenta con casi todas las comodidades. Hay baño, pero no ducha, y varios puestos de comida rápida que sirven para calmar el hambre del motero. Un par de hamburguesas no muy buenas que pasaron con las últimas gotas de mi botella de aguardiente y a dormir.

Enero 9.

De nuevo el calor me obliga a salir de la carpa ya entrada la mañana. La vista del océano es perfecta. Acampamos en una lomita desde la que se domina la bahía y se ve como el pacífico de aguas tranquilas se pierde en el horizonte. El lugar está lleno de gente que sigue el Dakar en toda clase de motos, casas rodantes, buggies, camionetas y hasta en bicicleta.

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Vista de la Bahía Inglesa. Foto tomada por Emilio Capone.

Desayunamos mate con galletas. Emilio quiere esperar a que pase el rally, Marcos prefiere tomar camino de inmediato y a mí en este punto ya me da igual. Voy disfrutando cada kilómetro.

KM 2488. Parque Natural Pan de Azúcar. Gran Atacama, Chile.

Pasamos el día holgazaneando por la playa y en consecuencia salimos tarde de la Bahía Inglesa, así que recorrimos poco menos de 150 kilómetros hasta Chañaral. En el puesto de carabineros del lugar nos recomiendan conducir 20 kilómetros más por una ruta sin pavimentar para entrar a la reserva natural Pan de Azúcar y pasar ahí la noche.

El camino es de tierra roja suelta que por momentos se hace peligrosa, sobre todo en las bajadas, pero el fuerte contraste entre lo árido del desierto y la majestuosidad del mar, hace que transitar este camino polvoroso valga la pena.

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20 kilómetros por este camino de tierra que al final tienen su recompensa.

El sol está ocultándose y una vez más vamos a llegar al campamento con las últimas luces del día. Ya se nos hizo costumbre. Arribamos al “Lodge Pan de Azúcar” con los últimos rayos naranjas de sol hundiéndose en el océano allá por el horizonte. El Lodge está en una bahía tranquila, en la que hay cabañas con lugar para hacer asados y kioscos con techo de paja bajo los cuales armamos las carpas.

Tras negociar el precio de estadía por esa noche, que incluyó ducha de agua fría desalinizada,  hacemos algo de comer y Emilio saca otra botella de merlot de su maleta mágica, que más parece una cava, para acompañar las viandas. Hasta ahora, este es el lugar más hermoso, tranquilo y sorprendente en el que hayamos dormido.

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Cae el sol en el parque Pan de Azúcar.

El sol se sumergió y dio paso a la luna que lentamente fue bajando por la misma ruta hasta perderse en lo profundo del Pacífico mientras las estrellas se adueñaban del firmamento formando ese salpicón de leche en el cielo que hizo a los antiguos llamarle Vía Láctea a nuestra galaxia.

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Levantamos el campamento y de vuelta a la ruta.

Dan ganas de quedarse a vivir en Pan de Azúcar.

La imprudencia del Dakar

Salimos del Lodge por el mismo camino de tierra de 20 kilómetros hasta Chañaral. Al llegar a la estación de gasolina del pueblo nos encontramos a muchos de los corredores del Dakar, con sus equipos logísticos y por supuesto con las máquinas de combate con que surcan las dunas de esta zona conocida por ser la más árida del mundo. Autos, motos y camiones van desfilando por la Ruta 5 hacia el sur en un día en el que no hubo competencia.

A menos de 10 kilómetros a delante de Chañaral, la imprudencia de la gente del Dakar por poco nos saca del camino. Los pilotos iban conduciendo por la carretera como si nadie más la usara. Primero fue uno de los gigantescos camiones que se vino en contra vía, adelantando a un bus de pasajeros a toda velocidad y sin ningún tipo de precaución.

Sin importarle que nosotros íbamos en la dirección opuesta, cargó de frente hasta casi chocarnos. Pasó pitando muy cerca de Marcos y Emilio quienes lograron esquivarlo, mientras yo me tiraba de cabeza a la arena del desierto para evitar la colisión.

Lo mismo pasó no más de 20 minutos después con la camioneta del equipo de algún corredor que me obligó a salir del camino una vez más, en un curso acelerado de conducción evasiva bajo el sol.

Al principio, cuando empezamos a ver a la gente del Rally fue emocionante. Pero conforme avanzaba el día esa emoción y admiración se fue transformando en rabia cada vez que un grupo de corredores pasaba sin medir las consecuencias de su imprudencia, mientras nosotros persistíamos en el empeño de ir al norte.

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Camiones del Dakar pasan a toda velocidad rumbo al sur. Foto Tomada por Emilio Capone.

Para variar un poco las cosas, el incidente más grave me ocurrió a mí. Si, de nuevo. Emilio y Marcos iban bien adelante y un grupo de motociclistas y todo su equipo de ayudantes y patrocinadores en camionetas y camiones de todos los tamaños, venían bajando mientras yo subía en un tramo inclinado de la Ruta 5.

Uno de los motociclistas se adueñó de mi carril, a contra mano, en una KTM 450CC Rally color naranja recién lavada. A toda velocidad se vino de frente hacia mí y yo ya no podía cambiarme al carril izquierdo porque por ahí venían  bajando los camiones de su equipo y en esta ocasión no podía volver a lanzarme a la derecha, a las arenas calientes, porque en este punto la carretera era mucho más alta que el desierto y con todo el peso que cargo en la moto la maniobra iba a terminar conmigo de cabeza en el piso una vez más.

Hice lo único que podía hacer en esa terrorífica circunstancia: comencé a pitar  desesperado mientras hacía un no menos frenético cambio de luces, pero el piloto no cambiaba su trayectoria hacia el desastre.

Nunca supe si el tipo me veía o no, si estaba drogado o simplemente maravillado por el paisaje. En el último segundo me la jugué a la izquierda y el piloto, en un rapto de lucidez, despertó de sueño para verme justo enfrente de su moto segundos antes de chocar. El tipo vaciló una milésima de segundo y pasó por la derecha, a poquísimos milímetros de mi V-Men.

Casi perdiendo el equilibrio la KTM se salió del camino volando hacia las dunas para luego regresar a la carretera saltando desde el desierto en otra maniobra arriesgada que por poco la estrella contra un auto familiar que venía atrás de mí. El hijo de mil putas era tremendo piloto.

En ese momento no me había dado cuenta, pero en una de las maniobras evasivas la pelota de fútbol, que tantas alegrías me había dado, se había perdido para siempre.

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Adiós Jabulani. Así se llamaba la pelota.

Alcancé a mis compañeros en un restaurante de camioneros en el que comimos a cuerpo de rey. Cuando les conté el incidente me entró un miedo terrible que no había sentido siquiera en el momento mismo del hecho.

Todo pasó en menos de 10 segundos. No hubo tiempo de asustarse.

 

2 comentarios en “VI. Sin tiempo para el miedo.

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