IV. Accidentes, mujeres, oscuridad y otros demonios del camino.

Poco menos de dos meses antes de partir, salimos de fiesta a despedir a Nacho López, otro gran amigo argentino que se iba a vagabundear por el viejo continente y a, tal vez, encontrar el amor de una linda europea que entendiera su forma de ver la vida. Las argentinas no lo hacían y lo echaban a la calle cada rato a pesar de ser un buen tipo.

Como corresponde a este tipo de encuentros en Buenos Aires, hubo baile, cerveza, fernet y choripán de media noche. Los sobrevivientes de la fiesta pasamos la madrugada en casa de Nacho con empanaditas y algún buen vino. Más temprano ese día Marcos, Emilio y yo habíamos dejado las tres motos atadas frente al apartamento de López para recuperarlas al día siguiente ya sin los efectos del alcohol en el cuerpo. Así lo hicimos.

Entramos a saludar al viajero, tomamos mate, despedimos al amigo rumbo a su tour europeo y salimos por la motos, todas con candado especial para el freno de disco y atadas una a la otra con cadenas forradas en un plástico flexible de buen calibre.

Desaseguré mi V-Men y avancé unos metros para darle espacio a los demás. Marcos hizo lo mismo con su Twister y se movió un poco hacia delante. Emilio, ya con paso libre, dio el arrancón y la moto se movió apenas unos centímetros, se apagó en seco y tiró a Capone al suelo quien recibió el golpe entero sobre su clavícula izquierda que se fracturó de inmediato por la fuerza del impacto.

Emilio olvidó quitar el candado del disco del freno delantero y al arrancar el seguro cumplió con la función para la que fue diseñado. Capone no se podía mover. Los 140 kilos de la CBX 250 atraparon su pierna izquierda y al intentar mover los brazos para sacarse la moto de encima, el agudo dolor en la espalda lo hizo casi desmayar. Marcos y yo corrimos de inmediato a ayudarlo.

20 minutos después una ambulancia se llevaba a Emilio a un hospital cercano en el barrio Palermo. Un mes de quietud con yeso y amarrado a un cabestrillo para que el hueso se recupere y entre uno y dos meses más de terapia y rehabilitación física para volver a la actividad.

-“De moto nada eh”, dijo el médico de guardia que atendió a Emilio al conocer los planes que teníamos.

Faltaban menos de dos meses para salir a la gran aventura por Suramérica en moto y estábamos perdiendo al miembro del equipo que más había estudiado las rutas en los atlas de la escuela primaria en los que aprendió a mostrarle a la profesora mendocina en dónde quedaba Argentina en el mundo.

En este punto Google Maps ya era la aplicación favorita de Capone que más parecía un jugador adicto al Candy Crush de los mapas, que un motociclista dedicado.

-“Olvid(á)te che. La vibración de una moto en la ruta te puede destrozar el hueso”, sentenció sabio el galeno del hospital en Palermo.

No los aburriré con los detalles de la angustiosa y muy dolorosa recuperación de Emilio, pero aquí se comprueba que querer es poder. Con un empeño juicioso, el mendocino y su clavícula consiguieron estar bien y a tiempo para la partida desde Mendoza. O por lo menos eso creíamos.

KM 1297. Unos metros antes del Puesto Fronterizo Los Libertadores.

Chile nos da la bienvenida del otro lado del túnel con un gran cartel azul frente al que paramos para tomar la foto de rigor. Intentamos selfies, panorámicas y retratos. Una chilena alta, pelirroja, con esas seductoras manchitas rosa en la cara que dan ganas agarrar a besos. Ella venía de paseo desde Santiago y pacientemente esperaba su turno para hacerse la misma foto que nosotros.

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Una mano amiga siempre es bienvenida a la hora de tomar fotos en la ruta.

Para finalizar nuestra sesión frente a la cámara, ella se ofreció sonriente a tomarnos la foto de los tres. Como niños de primer grado a los que les gusta la misma niña encantadora que siempre pierde su lápiz negro y pide prestado el de los demás, Marcos, Emilio y yo estiramos el brazo al mismo tiempo con las cámaras de cada uno en la mano mientras nos perdíamos en sus ojos verdes que reflejaban las montañas nevadas que nos rodeaban. Ella eligió la mía. Se paró frente a nosotros y tomó la instantánea.

-“Ven amor que los chicos nos hacen la foto”, dijo la malvada pelirroja llamando a su novio que la esperaba unos metros atrás y a quien por supuesto no habíamos visto en escena.

-“Todas las bonitas tienen novio”, me dice  una voz burlona en mi cabeza.

De mala gana tomo la foto mientras Marcos y Emilio se ríen de mí. No hay respeto por el dolor ajeno.

Las motos van cargadas hasta las banderas, y cada parada sirve para distribuir un poco mejor el peso. Estoy en esas cuando hago un movimiento brusco para cerrar una de mis alforjas que hace que mi moto se caiga de costado golpeando a la moto de Emilio en efecto dominó. Capone alcanza a reaccionar y evita, a pura fuerza, que las motos vayan a parar al suelo pero el esfuerzo  revive el dolor de la clavícula partida y recién curada a marchas forzadas. Ese dolor lo va a acompañar todo el viaje.

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El espejo de la V-Men da cuenta del imponente paisaje que estamos disfrutando.

Hace frío. Compartimos una pastillita para aliviar el sufrimiento de la clavícula y mi rodilla y seguimos rumbo a la aduana. Nuestro botiquín lleva todo tipo de analgésicos. Además de los dolores que van dejando mi accidente y el de Emilio, estos viajes traen entumecimiento de las manos, dolor de cuello, espalda alta, media y baja, quemaduras por el frío y el sol y casos esporádicos de dolor de nalgas, cabeza, orejas, codos y punta de la nariz. Todo eso sin contar, intoxicaciones por comida, resacas, mal de altura, gripes de variada intensidad y deshidratación, entre otras.

El personal del paso Los Libertadores nos liberó en apenas una hora de trámites burocráticos que incluyeron relleno de formularios de todo tipo, revisión de la documentación de las motos e inspección completa de la carga en busca de frutas y verduras de contrabando.

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Primeros metros en territorio chileno luego del papeleo aduanero.

El trámite fue más rápido y cordial de lo que esperaba y antes de lo imaginado ya seguíamos camino con los pasaportes sellados con permiso de 90 días para transitar con libertad por territorio chileno.

KM 1364. Los Caracoles-Los Andes, Chile.

Pocos metros después del puesto de aduana comienza un fuerte descenso desde los 3200 metros sobre el nivel del mar hasta menos de 900. Se trata de una carretera conocida como Los Caracoles por la forma en que fue construida. El camino va en forma de sucesivas S, cada curva más cerrada que la anterior, 29 curvas en total.

Descendemos despacio admirando el paisaje mientras camiones y buses de todos los tamaños suben y bajan al borde de los precipicios en medio de una fuerte pendiente. El mínimo error en la conducción puede ser mortal. A pesar del peligro este paso tiene su encanto.

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Comienza el descenso por Los Caracoles.

Voy rodando tranquilo pensando en lo mucho que estoy disfrutando el viaje ahora, cuando de repente la rueda trasera patina, siento que la pierdo y me voy de lado hasta casi caer. Lo bueno es que, no sé cómo,  logré evitar el desastre de una nueva caída. Lo malo es que volvió a mí el recuerdo del accidente en el KM 55 de la travesía y el miedo me invadió de nuevo.

Esta vez iba muy despacio y el resbalón lo produjo una mancha de aceite en la ruta. Estas manchas son muy comunes en las carreteras transitadas con frecuencia por camiones y buses grandes de pasajeros.

Paro, respiro profundo y sigo, esta vez fijándome con más atención en piso que en imponente paisaje que nos rodea. Sobreviví a Los Caracoles. Me repuse del miedo. Si se puede!

Pasado el peligro continuamos a buena velocidad rumbo a Los Andes, pero ya se nos está yendo la luz del día y comenzamos a buscar donde dormir. Recorremos el valle del Aconcagua y a las afueras del pueblo encontramos una estación de gasolina perdida en medio de viñedos interminables. Luego de contarle un poco de que va el viaje, el administrador del sitio nos muestra un lugar donde podemos armar las carpas y pasamos la primera noche en Chile al costado de su estación de gasolina.

KM 1545 Enero 6. Los Vilos, Chile.

Entre las cosas que cargamos en las motos se encuentran una parrillita, dos ollas para cocinar y una estufa pequeña, que funciona con camping gas, en la que calentamos el agua para el mate con galletas que nos sirve de desayuno.

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Pasamos buena noche durmiendo al costado de esta estación de gasolina.

Nos despedimos del administrador de la gasolinera y salimos de Los Andes temprano en la mañana. No llevamos GPS así que preguntamos direcciones, a la antigüita, a cualquiera que se nos atraviese en el camino.  Un grupo de trabajadores de vialidad se ofrece a guiarnos unos kilómetros en dirección a Los Vilos, sobre el océano Pacífico y seguimos su camioneta cerca de media hora hasta que nos dejan bien encaminados.

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Un descanso antes de seguir.

Atravesamos Putaendo, un pueblo bellísimo  de casas pintadas de todos los colores que en algunos tramos me recuerda la arquitectura colonial presente en Cartagena de Indias. 94 kilómetros más delante de Putaendo está el poblado de La Chimba, que cruzamos sin parar. Así de originales son los nombres de los pueblos en esta parte del mundo.

 

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Ruta Putaendo- La Chimba. Mapa tomado de Google Maps.

La carretera está en muy buen estado por lo que podemos ir un poco más rápido que hasta ahora, el oxígeno ya no es problema para los motores que andan de maravilla cerca al nivel del mar, devorando kilómetro tras kilómetro.

Transitamos por la Ruta Nacional 5 rumbo al norte cuando, sin previo aviso, aparece majestuoso tras una colina el Océano Pacífico. Aunque no sé nadar ni un poquito, el corazón me da un salto de alegría al pensar en hoy estaré refrescándome en sus aguas al final del día. Bañarse en el mar sigue siendo gratis. Por ahora.

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Vía Panamericana, Chile. De a poquito vamos al norte.

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Emilio (Izq) y Marcos (Der), posan para la foto en el cartel que anuncia la famosa carretera Panamericana.

 

Llegamos a la ciudad costera de Los Vilos a la hora del almuerzo. Vamos directo al malecón y como la pesca está fresca comemos pescados gigantes y bien sazonados, bañados en limón y salsas de mariscos de toda clase. El restaurante es sencillo, pero tiene una vista al mar privilegiada que ejerce sobre los tres un efecto hipnótico/gastronómico/espiritual que nos conecta con el mundo y sus delicias.

-“Para comer así es que viajo en moto”, me dice una voz golosa en mi cabeza.

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La poderosa V-Men junto al muelle de Los Vilos.

Se hace tarde y todavía nos queda camino por delante.

KM 1796. La Serena, Chile.

Al abandonar Los Vilos dejamos atrás los últimos parajes verdes y comienza a asomarse con decisión el desierto. Vamos rodando por la Ruta Nacional 5 que hace parte de la carretera Panamericana. Este punto es conocido por la violencia con que se encuentran la brisa que viene del mar y el viento que baja de las montañas. El efecto es una poderosa ráfaga que al golpear la humanidad del motociclista se siente como una trompada que desestabiliza la moto y asusta al piloto.

Luego viene el “efecto succión”, que se produce al permitir que vehículos pesados adelanten a las motos a toda velocidad: una vez el camión o bus de pasajeros hace el sobrepaso, la fuerza que lleva succiona la moto tras el vehículo como si estuvieran amarrados, la una al otro, con una cuerda invisible que hala con mucha fuerza por unos segundos, poniendo a prueba la habilidad del motociclista.

Cuesta trabajo acostumbrase a maniobrar en estas condiciones. Lo mejor es estar pendiente del espejo retrovisor y bajar la velocidad para disminuir la fuerza del golpe y la succión cuando un vehículo pesado pasa silbando junto a la moto.

No manejar de noche.

Se hizo tarde. El Sol comienza a caer lentamente y aunque la vista es espectacular, nada que llegamos a La Serena. Marcos y Emilio se adelantan con la promesa de esperarme a la entrada de la ciudad y yo me quedo solo en medio de la inmensidad. Solo el océano me acompaña hombro a hombro, aunque por momentos se esconde tras una lomita ocasional, hasta que la oscuridad se apodera del camino y ya no veo nada.

Cayó la noche y yo en la ruta. Una regla que trato de seguir a rajatabla es nunca conducir de noche, pero hoy tendré que romperla. La noche está tan cerrada que por momentos no veo la carretera aún con las luces altas y tengo que bajar la velocidad. Casi me salgo del camino en una curva que no vi. De mis compañeros no hay rastro y de la anhelada ciudad tampoco.

Más de una hora después de estar conduciendo en medio de la oscuridad, a lo lejos se ven las luces amarillas de lo que supongo es La Serena, pero todavía me cuesta trabajo ver el camino y voy tan despacio que si alguien fuera corriendo junto a la moto me rebasaría sin problema.

Poco a poco el alumbrado público se hace presente. Justo a la entrada de la ciudad me están esperando los compañeros de aventura tal como prometieron, apenas me sacaron 30 minutos de ventaja y no sufrieron tanto con la oscuridad.

Luego de pedir algunas indicaciones y buscar por toda la playa, llegamos a un campamento para turistas en el que por un módico precio nos dan un terrenito de 4 x 5 metros para instalar las carpas, parquear las motos y dormir dos noches seguidas. El día siguiente será de playa y cerveza, nada de moto.

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A dormir que mañana será otro día.

En ese momento no lo sabía, pero en aquel campamento conocería a la persona que inspiró el viaje a Alaska y cuyas palabras guiarán mis acciones hasta el fin de mis días.

 

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