II. Vivir para contarla

¿Seguir o no seguir? He ahí el dilema.

KM 500 Laboulaye, Córdoba.

El viento en contra ha sido muy fuerte, lo que sumado al susto de la caída y al dolor intenso de la rodilla, me tienen rodando a 60 kilómetros por hora o menos. No estoy disfrutando el viaje tanto como imaginé que lo haría cuando recostado en la cama blandita de mi casa en Buenos Aires soñaba con devorar carreteras interminables con el sol a la espalda y el horizonte en frente.

-“¿Por qué en moto?”, me pregunta de nuevo una voz reflexiva en mi mente.

Me detengo a tomar fotos en algunos parajes maravillosos en los que aprovecho para dar un par de sorbos al agua que llevo en la cantimplora verde del ejército que me acompaña desde siempre en las aventuras mochileras. Cada parada a tomar agua va acompañada de la ingesta de analgésicos para aliviar el dolor en la inflamada rodilla que no para.

Las drogas legales surten su efecto y mientras conduzco por planicies inmensas sembradas de lo que creo es soja a la izquierda y maíz a la derecha, me comienza a entrar en el cuerpo un sopor irresistible que me obliga a parar a la sombra de un árbol inmenso para echar una siesta de poco más de una hora. Cuándo se viaja así el mundo parece otro, sin peligros derivados de la gente mala que acecha para ver qué mal le puede hacer a su prójimo. Es una vida tranquila, siempre que uno no se azote contra el suelo a 80 kilómetros por hora comenzando la aventura.

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Orilla del Lago San Agustín, General Levalle. Córdoba.

KM 550. General Levalle, Córdoba.

En Laboulaye la hermosa vendedora de la droguería local me dice con su encantador acento cordobés que más o menos 50 kilómetros adelante hay un lago “precioso” junto al cual se puede acampar libremente. Olvidé lo que iba a comprar. Las mujeres argentinas son como las sirenas de los cuentos que con su voz musical atraen a los viajeros que, como yo, quedan hechizados con su belleza.

–  “Se ve feo ese golpe, eh”, dijo la sirena cordobesa echando un ojo sobre mi cara.

– “Ah sí, por eso venía. ¿Tendrás aspirina y algún desinfectante con yodo?”, respondí usando mi voz de galán de telenovela colombiana.

La sonrisa no me sale, me duele la cara y se queda a medias el intento de ser coqueto.

-“Pará que le pregunto a mi marido”, me respondió la desalmada.

De un grito levantó al droguista que dormía la siesta en la parte trasera de la tienda. Unos minutos después el marido, un pendejo alto, flaco y con cara de modelo de Calvin Klein salió con un tarrito de pervinox para la herida de la rodilla y otro lleno de aspirinas para cualquier dolor del hombre.

– “Tené”, le dijo a su mujer, mientras me miraba con cara de “esto es mío boludo”.

Salgo huyendo de Laboulaye con el corazón roto en dirección a General Levalle. “Precioso” es poco. La sirena no mintió, el lago no decepciona. Busqué un lugar apartado para armar mi carpa, en cuanto lo encuentro desmonto la maltrecha carga y ato la moto al palo horizontal de una cerca como si fuera un caballo.

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No hacía falta asegurar la moto con una cadena al palo, pero eso es lo que se aprende en la ciudad.

Estando ahí solo, sentado a la orilla del lago viendo el atardecer, golpeado por el asfalto, azotado por el sol intenso y el viento en contra más bravo de todos los tiempos y con mis sueños de casarme con una bella droguista cordobesa rotos, me llega a la cabeza una certeza que ya no me abandonará jamás: Para conocer lugares mágicos como este es que estoy haciendo el viaje. Y como en la película de karate de los años 80, de ahora en adelante “No retroceder, no rendirse”. Llegaré a Colombia como sea.

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Se necesita muy poco para ser feliz.

Al caer la noche comí dos sanduches de salame y queso y me bebí dos litros de agua que me pasaron factura a las 2:00AM. El lago San Agustín tiene servicio de baño así que con mi linterna en mano salgo a buscarlo rengueando en medio de la oscuridad.

Satisfecha la necesidad decido revisarme la rodilla. Al retirar la venda el dolor me hace soltar un par de lágrimas gruesas. Nunca en la vida volví a sentí un dolor físico tan agudo como ese. No sé si es que me gusta sufrir pero, no contento con eso, decidí que era buena idea lavarme la herida con agua fría y aplicarle el yodo comprado en la farmacia del amor. Me dolió tanto que las lágrimas le dieron paso a un llanto verdadero. Me puse una venda fresca y a dormir.

-“No retroceder, no rendirse”, me dice una voz confiada en mi cabeza.

30 de diciembre 5:30AM

Dormí muy bien a pesar de que las vecinas de las carpas instaladas alrededor del lago estuvieron de parranda toda la noche. La cumbia villera me arrulló hasta que me venció el cansancio. Eran chicas en su último año de colegio despidiendo el año con fernet, cocacola y los novios del momento.

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Amanece en el Lago San Agustín.

Salgo de la carpa y el sol está asomando entre los árboles pintando de un naranja rojizo las aguas quietas del lago.

-“Para ver esto es que hago el viaje”, me dice una voz tranquila en mi cabeza.

Tomo una rápida y dolorosa ducha fría, desarmo el campamento y a la ruta de nuevo.

KM 702. Villa Mercedes, San Luis.

Las cajeras de la estación de gasolina YPF en esta provincia parecen bellas modelos de revista, son muy cordiales y atentas con el herido, pero ya aprendí mi lección. Nada de voz de galán y menos intentar la sonrisa. Eso quedó en el pasado. A ver cuánto me dura esa seriedad. Hoy he disfrutado mucho la ruta, el viento ha sido menos fuerte y el calor disminuyó también, la rodilla ya no duele tanto y de a poco el pómulo parece estar menos inflamado.

KM 797. San Luis Capital.

Conduje más de 90 kilómetros bajo una muy intensa lluvia, despacito para evitar otro accidente. A pesar de estar usando el traje impermeable, me entró agua por la nuca que bajó fría hacia la espalda. Los pies completamente mojados. Mis zapatos deportivos no ofrecen ninguna protección.

-Nota mental: “comprar botas impermeables”.

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Entrada a San Luis, Argentina.

A pesar de la lluvia disfruté la llegada a San Luis, la autopista es muy buena y los paisajes parecen postales de primavera, aunque es pleno verano en este lado del continente. Falta poco para alcanzar la primera meta del viaje. Llegar a Mendoza a tiempo para disfrutar la fiesta del año nuevo.

KM 1000. Las Catitas, provincia de Mendoza.

Justo en el emblemático kilómetro 1000, aparece una señal en letras blancas y fondo verde que dice “Las Catitas”, que interpreto de inmediato como un mensaje de ánimo que me envía mi hija Catalina a través de ese vínculo especial que nos une. El día ha sido muy bueno y los fantasmas se están aburriendo de mí y han comenzado a esfumarse uno a uno. Mike Tyson dejó de castigarme y ahora siento que este round que está por terminar lo voy ganando yo.

KM 1083. Mendoza Capital.

Llegué a Mendoza a las 8:52PM del 30 de diciembre. Ha sido más duro de lo que había imaginado en las largas sesiones de planeación de los meses anteriores, pero el balance es positivo, muy positivo si se tiene en cuenta todo lo que me pasó antes de llegar a la capital del buen vino.

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Antes de entrar a la provincia de Mendoza, mundialmente famosa por sus vinos, es necesario pasar un control sanitario en el que la fumigación de la moto es obligatoria.

El combate me lo gané a mí mismo, logré vencer mis miedos y levantarme para seguir a pesar de la adversidad. Ahora voy con más confianza, pero también con más prudencia. “Maté la fiebre”, como se dice en Colombia. Lo que sigue va a ser mejor, más tranquilo y voy a dejar de rodar solo.

Un año atrás, aquella deliciosa tarde de asado y cervezas en Buenos Aires en la que sintiéndome valiente por el vino conté mis planes de ir en moto por el mundo, estaban comiendo carne junto a mí, y escuchando atentamente, dos mentes avanzadas que se dejaron picar del bichito de la aventura. Emilio Capone el primero y Marcos Rosa después. A partir de ahí ambos soñaron conmigo y me ayudaron a darle forma más o menos concreta al proyecto.

Para meterme presión, unos seis meses después del asado, Emilio el mendocino y Marcos el paulista, aparecieron en la puerta de mi casa en la Capital argentina con sendas Honda CBX 250CC, Twister. Roja el argentino y blanca el brasilero.

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De izquierda a derecha: Emilio, Marcos y su servidor, El MotoNauta.

Al mes compré la mía, una Honda V-Men de 125CC. En ese momento no lo sabía, pero este par de personajes se convertirían en hermanos del alma, más firmes que las montañas imponentes de los Andes. Poco a poco equipamos las bestias y preparamos a las familias para lo que se venía.

¡A la carga!

El año en que murió mi padre, víctima de la absurda violencia en Colombia, él me regaló “Vivir para Contarla”, la autobiografía de Gabriel García Márquez, libro que me acompañó en este viaje. Una de sus páginas trae la historia de la derrota en las urnas del caudillo colombiano Jorge Eliécer Gaitán en los años 40. Cuenta García Márquez que luego de perder, Gaitán se fortaleció de manera sorprendente y trabajó con más fuerza para ganar la próxima elección. Para darse ánimo instituyó su tradicional grito de batalla electoral “A la Carga!”.

Un día en la ruta, uno solo! El primero de lo que espero sean muchos más, me ha dado tantísimas lecciones que es casi imposible de creer. No voy a dejar el viaje. Voy a llegar a Colombia a salvo, feliz y disfrutando de lo que venga, como venga. Me caí para levantarme y seguir adelante con más fortaleza.

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El bello tanque de la V-Men antes del golpe.

Te voy a cumplir la promesa mi Cata. Ahora me cuidan dos amigos y yo los cuido a ellos ¡A la carga! Chile nos espera.

4 comentarios en “II. Vivir para contarla

  1. Te estamos siguiendo desde aca,y aprendiendo tambien con las anecdotas …que hoy asustan y mañana seran graciosas…no estas solo.. vamos las rutas esperan!!!

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