I. Una paliza de 215 kilómetros

El 29 de diciembre de 1951, Ernesto Guevara de la Serna y su amigo Alberto Granado Jiménez, salieron de la ciudad de Córdoba en Argentina sobre una moto Norton de 500cc para conocer parte de América viviendo de sus propios recursos y gastando dinero solo en aquello que en realidad no pudiera evitarse.

Quiso la suerte que yo saliera también un 29 de diciembre desde Buenos Aires pensando en llegar a Colombia, a más de 10.000 kilómetros de distancia, en el tiempo que fuera necesario emplear. Sin prisa, sin GPS y apegándome al plan del Che de gastar lo menos posible durante la travesía. Mi moto, una Honda V-Men de 125 centímetros cúbicos. En ese momento no lo sabía, pero esa moto es indestructible.

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La V-Men recién comprada.

La idea ya era vieja. Hacia varios años quería salir de gira en moto por el mundo, pero nunca tuve los huevos suficientes para llevarla a cabo. Antes hice varios viajes por tierra levantando el pulgar, lo que los gringos llaman “autostop“. Así recorrí la geografía colombiana varias veces en mi época de colegio. En los primeros años de universidad, ya había rodado por las rutas suramericanas en buses y hasta en camiones de carga, de mochilero, siguiendo quimeras en aventuras románticas de varios meses.

En mis sucesivas oficinas laborales veía los viajes de otros en Internet y soñaba con hacer lo mismo, con hacer algo!!, por lo menos con volver a la aventura, salir a la ruta sin destino ni horarios preestablecidos.

Como todo sueño que se respete, necesitaba mi decisión para hacerse realidad y el primer paso fue abandonar la comodidad del trabajo bien pago en la empresa privada y con un esfuerzo de ahorro autoimpuesto me fui a estudiar una maestría en Argentina.

Al comienzo pensé en ir en moto, por supuesto, pero me deje ganar del tiempo y como cualquier parroquiano que va postergando sus sueños, viajé en avión. Pasaron dos años! y decidí que al finalizar mis estudios volvería a Colombia en la moto que fuera y como fuera, pero esta vez si era en serio. De verdad.

Una deliciosa tarde de asado y cervezas en Buenos Aires en la que me sentía intrépido y valiente, tal vez por el clima veraniego, comenté a los comensales mi viejo plan de recorrer Suramérica en moto. Esta vez no sería de Colombia (norte) a Argentina (Sur), sino patas arriba o al derecho según se vea: de Sur a Norte partiendo desde Buenos Aires.

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América invertida, dibujo del artista uruguayo Joaquín Torres García, 1943.

Como siempre pasa unos dijeron que era imposible, otros que estaba loco si quería hacer algo así, pero nunca escucho o por lo menos eso dice mi abuela. Volé a Colombia aprovechando el matrimonio de mi hermano Andrés y allí les conté a los míos lo que tenía planeado. Se pusieron serios y comenzaron a hablar de los riesgos, que en realidad son muchos, pero no existe aventura que no los tenga.

Mi hija Cata fue la primera en preocuparse, mi madre hasta lloró pensando en los males del camino y se oyeron voces de “¿por qué en moto?”. Fiel a mis convicciones, y en menor medida a mis decisiones, seguí adelante. Superadas las objeciones iniciales llegó el apoyo familiar, los amigos de larga data se alegraron y los nuevos se sumaron a lo que ahora dejaba de ser un sueño para convertirse en realidad kilómetro a kilómetro.

Veintidós días antes de la largada me vino la mayor fuerza y energía positiva que podía desear para arrancar bien el viaje. Cata llegó a Buenos Aires el 6 de diciembre a darme ánimo, a recordarme que me esperaba en casa  y que debía cuidarme pues aún nos faltaba un trecho largo que recorrer juntos en la vida.

No sé que se dirá de mi en 20 o 30 años, pero con seguridad pueden afirmar que amé a mi hija más que a nadie en el mundo y que por ella llegué a salvo a mi destino. Cata me pidió el 25 de diciembre en la noche que no hiciera en viaje. Hablamos hasta la madrugada, nos abrazamos, lloramos, reímos y al final convinimos que rodaría lo más seguro posible y le prometí que llegaría a salvo a sus brazos para vivir la vida que merecemos.

Dos días después Cata voló a Bogotá y yo me dispuse a recorrer los 1100 kilómetros de ruta que separan a Buenos Aires de Mendoza. Preparé la moto y el cuerpo para el viaje. Más adelante me daría cuenta que la mente no estaba tan lista para encarar el desafío, pero igual salí.

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Diciembre 29,  4:30am. Comienzo a cargar la moto.

La pelea del año! Comienza el Combate!

KM 0.

Desperté asustado como si yo fuera el novato adversario de un sólido Mike Tyson, en su mejor momento de boxeador, al que con seguridad le van a partir la cara a los 10 segundos del primer round, pero con la plena conciencia de no poder echarme para atrás.

Las horas previas a la partida fueron de insomnio, si dormí no fueron más de dos horas de sueño intranquilo. Estaba ansioso, con miedo. Me visitaron varios fantasmas de madrugada, el que más me acompañó fue el del miedo a morir en la ruta e incumplirle la promesa a mi hija.

El combate estaba pactado, se agotaron las entradas para ver el espectáculo y los medios transmitían en vivo para todo el mundo. Aunque no había vuelta atrás, en el fondo, quería mandar todo a la mierda e irme en avión. “¿Por qué en moto?” me preguntaba yo ahora.

Cargué la moto con dos alforjas de cuero sintético impermeabilizado, una maleta roja sobre el asiento del pasajero con ropa, cepillo de dientes, desodorante, algunos repuestos y varios accesorios más atados con cuerda elástica por todas partes. Una carpa individual, bolsa de dormir, ollas para cocinar y hasta un balón para jugar fútbol por el camino, completaron el equipaje.

Todo listo. Prendí la moto, me puse la chaqueta con sus respectivas protecciones y el casco que ahora me quedaba un poco grande. Cuando lo compré tenía el pelo largo, pero unas horas antes de salir me afeité la cabeza al ras. Subí a la máquina, pensé en mi hija y arranqué. Se impuso el Soto aventurero sobre el miedoso, al fin de cuentas superar el miedo nos hace más fuertes y es parte de la vida.

KM 2.

Esperaba el cambio de luz en el semáforo de la calle Corrientes y Pueyrredon para seguir por la segunda y buscar el acceso a la autopista con dirección al oeste. No serían más de las 5:30am cuando de pronto pun! pun!, escucho dos disparos atrás de mi. Volteo la cara para ver que pasa y veo correr a protegerse a la no poca gente que transita esa hora por el barrio Once rumbo a sus trabajos. Yo no fui la excepción. Acelerador a fondo, pasé en rojo el semáforo y Pun! Pun! Pun! Pun!, cuatro tiros más. Esta vez no volteo. Nunca supe qué pasó. Que susto.

KM 55.

Rodar por autopista es una maravilla. Esa sensación de que por fin estaba haciendo aquello que tanto tiempo llevaba planeando, es casi un orgasmo. Ya había salido de Capital y su tráfico endemoniado y transitaba a unos 85 kms/h en dirección a Luján, confiado en mis habilidades de piloto experto adquiridas en las motos de alto cilindraje de mi play station .

El peso de las maletas en la parte de atrás es algo con lo que no había lidiado nunca. Cambiar de carril se hace difícil y requiere cierto grado de práctica y habilidad. De repente comienzo a perder el control de la moto al intentar salir del carril rápido hacia uno de la derecha, más lento, pero no lo logro. La moto se me va yendo de lado, trato de frenar pero siento que voy a derrapar y regreso al carril rápido en un intento desesperado por recobrar la estabilidad, pero ya es tarde.

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Ponerle tanto peso, cambia la manera en que se debe conducir la moto.

Me salgo de la autopista y por segundos voy sobre el pasto del separador. Vuelvo al asfalto en un vaivén que ya dura una eternidad, hasta perder el equilibrio. Voy a dar de cabeza contra el suelo mientras la moto se arrastra de costado sobre la vía unos cinco metros delante de mi.

-“Hijo de puta! Salí hace menos de una hora y ya estoy hecho mierda!”, pensé.

No sé cuanto tiempo estuve rebotando por el suelo. En cuanto pude me paré y corrí hacia la moto para levantarla y evitar algo peor. Ningún auto se paró a ayudarme, varios pasaron pitando enfurecidos y tuve miedo de que un camión me pasara por encima al tratar de reunir mis pertenencias desperdigadas por la autopista. No pensaba con claridad.

Un dolor agudo y punzante en la rodilla izquierda me devolvió a la realidad. No sé cómo pude levantarme y correr antes a buscar la moto sin fijarme en esa herida. Salvé la vida gracias al buen casco que protegió mi cabeza, a la chaqueta de protección que había comprado en Motorman unos días antes y a la puta suerte. Creí innecesario comprar un pantalón con protecciones para el viaje y ahora estaba aprendiendo por la mala que no hay protección innecesaria.

Habría pasado un minuto cuando llegó la ambulancia. No sé como hicieron para llegar tan rápido o si el golpe fue tan fuerte que me hizo perder la noción de la realidad, pero ahí estaban atendiéndome la herida.

-“Gaucho, estás bien?”, preguntó el paramédico.

-“Me duele mucho la rodilla”, respondí.

Una vez descartadas las fracturas y hechas las curaciones de rigor, dos paramédicos y un policía me ayudaron a ajustar la carga de la moto y a echarla andar de nuevo, prendió sin problema y gracias a la defensa “mataperro” que le puse, apenas se sumió un poco el costado izquierdo del bonito tanque negro de la V-Men al golpearse con la luz direccional en su arrastrada por el asfalto.

-“Gaucho, a dónde ibas?”, preguntó el paramédico.

-“No iba. Voy a Mendoza”, respondí convencido.

-“Mejor te llevamos al hospital no estás como para andar……”, intentó explicar el paramédico.

-“Estoy bien, gracias”, interrumpo. Al tiempo me voy cojeando hacia la moto que parece recién salida del concesionario.

-“Tené cuidado che, la sacaste barata”, sentencia el paramédico.

A la lona y casi noqueado en el primer asalto. Inicia la cuenta del referee: 1, 2, 3, 4, 5…. Me levanto y sigue el combate. Con el pantalón roto, la rodilla vendada, inflamada y sangrante y un dolor de cabeza tremendo, me dispongo a reanudar la marcha.

Me dejan ir no sin antes firmar una declaración en la que me hago responsable de mis cuidados médicos y en la que libero de cualquier responsabilidad a los paramédicos que me atendieron, por la irresponsabilidad de no dejarme llevar hasta el hospital. Este fue el tercer accidente que tuve en esta moto y siempre caí por el costado izquierdo. La izquierda siempre es la más sufrida. No quiero pensar en lo mucho que me va a doler la rodilla cuando sea viejo y llueva.

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Plantaciones de girasoles cubren los campos que atraviesa la Ruta nacional 7 en Argentina.

KM 215. Ruta nacional 7. Cerca a Junín.

Me seguía doliendo la cabeza y el pómulo izquierdo se estaba inflamando. Lo supe porque el ojo de ese lado se estaba haciendo cada vez más pequeño hasta casi cerrarse por completo. Paré en una estación de gasolina para verme por primera vez en un espejo. El ojo izquierdo se está poniendo negro, el pómulo definitivamente inflamado duele al contacto con el agua que le aviento para tratar de aliviarlo y tengo un golpe rojo en forma de franja que va desde la frente hacia la oreja izquierda.

-“El Mike pega duro, che”, me dijo burlona una voz en mi cabeza.

Intento una sonrisa ante mi reflejo en el espejo, pero no me sale. Parece que al caer, mi cabeza se golpeó con fuerza contra la parte interna del casco, que ahora me quedaba grande por cortarme los tres pelos que tenía antes de comenzar el viaje.

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Ese Mike pega duro che.

Pedí el desayuno en el restaurante de la gasolinera. Empanadas, que en Argentina son una delicia y jugo en cajita. Consulté el mapa y me pareció que aún faltaba una eternidad para llegar a Mendoza, a parte voy despacio, con miedo.

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Seguir en ruta o no seguir…

No estoy disfrutando el viaje. Comienzo a contemplar la idea de abandonarlo….

6 comentarios en “I. Una paliza de 215 kilómetros

  1. Nada de abandonar, Soto. Pensá (ese pensá leerlo en paisa, no en argentino) en las historias que te alentaron para empezar el viaje, en la aventura del Che y todo eso.

    Un abrazo.

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